Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 15 — Una viuda antes de tiempo
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Capítulo 15 — Una viuda antes de tiempo

El juez de instrucción necesitó cuarenta minutos para devolver a Léonie Auber a las calles de París.

No la declaró inocente. Tampoco puso en duda que hubiese mentido sobre la joyería, su relación con Bastien o las cuentas de Saint-Roch.

Se limitó a considerar que las pruebas financieras aún debían ser examinadas por peritos, que la identificación de Cécile Vautrin no bastaba para sostener una falsificación y que la acusada poseía domicilio conocido, abogado y una ciudad entera dispuesta a reconocerla si intentaba huir.

Maître Marot convirtió aquella decisión administrativa en una absolución moral antes de llegar a la puerta del Palais de Justice.

La noticia había reunido a periodistas, curiosos y mujeres que sostenían flores bajo una lluvia fina.

Algunos aguardaban desde el amanecer. Otros habían llegado al enterarse de que Léonie comparecería ante el magistrado.

Los agentes formaron un corredor estrecho, aunque la multitud no parecía hostil.

Gritaban su nombre con la familiaridad reservada a las actrices y a las víctimas que la prensa consideraba propiedad pública.

Delacroix observaba desde los escalones laterales, junto a Delaunay.

—No debería salir por aquí —dijo el comisario.

—Marot sabe exactamente por dónde desea salir.

—Podíamos haberla conducido por el acceso de detenidos.

—Entonces la habrían fotografiado entre dos agentes.

—Eso sería preciso.

—La precisión no es lo que ha venido a buscar.

Las puertas se abrieron.

Marot apareció primero. Se detuvo el tiempo suficiente para que las cámaras fueran preparadas y después descendió un escalón. Léonie salió detrás de él vestida de negro, con un velo corto y un abrigo cerrado hasta el cuello.

Llevaba una cadena de oro sobre el pecho.

De la cadena colgaba una sortija.

Los periodistas reaccionaron antes de que ella pronunciara una palabra. Se levantaron libretas, las cámaras cambiaron de posición y una mujer cercana comenzó a llorar.

—El anillo está en la Prefectura —dijo Delaunay.

—Ese no es el anillo de la joyería.

—Desde aquí parecen iguales.

—Por eso lo lleva.

La pieza colgada de la cadena era un aro sencillo, más estrecho que el comprado en Maison Vautrin. No tenía piedra. Al girar bajo la luz, Delacroix alcanzó a distinguir una pequeña marca grabada sobre el metal.

Una hoja.

Era la sortija que Léonie había utilizado para indicar su medida a Cécile.

No había afirmado que Gabriel pensara entregársela. No necesitaba hacerlo. Bastaba con colocarla sobre el corazón y permitir que París completara la historia.

Marot pidió silencio.

—Mademoiselle Auber realizará una breve declaración. No responderá preguntas.

Léonie levantó el rostro. Parecía cansada, aunque no vencida. Sus ojos estaban enrojecidos lo suficiente para sugerir una noche de llanto, pero su voz salió firme.

—Gabriel Montfort fue un hombre honrado. Murió porque confió en personas que no merecían su confianza y porque intentó impedir que el dinero destinado a quienes lo necesitaban terminara en manos equivocadas.

Una voz preguntó si se refería a Bastien.

Marot levantó una mano, pero Léonie continuó.

—Durante días he defendido a alguien que creía amigo de Gabriel. Lo hice porque no podía aceptar que una persona tan cercana hubiese participado en su muerte. Ahora sé que también yo fui engañada.

El movimiento entre los periodistas aumentó.

Delaunay apretó la mandíbula.

—Todavía no hemos comunicado la confesión de Bastien.

—Ella no necesita conocerla completa —respondió Delacroix—. Solo sabe que empezó a hablar.

Léonie llevó una mano hasta la sortija.

—No deseo venganza. Deseo que se conozca la verdad. No permitiré que las mentiras de un hombre destruyan el recuerdo de Gabriel ni que conviertan nuestra vida en algo vergonzoso. Él pensaba pedirme matrimonio. Quizá nunca sabremos qué habría dicho aquella noche. Yo sí sé qué habría respondido.

Las cámaras registraron el gesto.

El aro giró sobre la cadena.

Léonie no había dicho que aquella fuese la sortija encontrada en el abrigo. Había pronunciado las palabras con suficiente cuidado para que ninguna mentira pudiera aislarse de las demás. Gabriel había pensado pedirle matrimonio. Ella llevaba un anillo. El público haría el resto.

—Eso es falso —murmuró Delaunay.

—No del todo.

—El anillo era una puesta en escena.

—Ella habla de una intención imposible de comprobar. Bastien ya afirmó que Gabriel había mencionado el matrimonio meses atrás.

—Y acaba de presentar a Cormier como el único traidor.

—Exactamente.

Un periodista gritó:

—¿Cree que Bastien Cormier mató también al fotógrafo?

Marot se volvió con furia hacia el origen de la pregunta.

Léonie bajó los ojos.

—No sé de qué fue capaz.

La respuesta produjo más ruido que una acusación directa.

Había negado saberlo sin defenderlo. Había permitido que la duda cubriera también la muerte de Bellac y, al mismo tiempo, se había mantenido dentro del papel de mujer incapaz de concebir tanta crueldad.

—¿Quién les ha dicho que Bellac fue asesinado? —preguntó Delaunay.

—Nadie oficialmente.

—Entonces alguien les ha entregado el cianuro.

—O una sospecha suficiente.

Léonie terminó la declaración pidiendo respeto para Madeleine Montfort y para la memoria de Gabriel. Después descendió entre flores. Una mujer consiguió acercarse y besarle la mano. Otra le entregó un ramo de violetas.

Marot la condujo hasta un automóvil que esperaba junto a la acera.

Antes de entrar, Léonie levantó la vista hacia Delacroix.

No sonrió.

Tampoco pareció sorprendida de encontrarlo allí.

Solo sostuvo la sortija entre dos dedos y dejó que él viera la hoja grabada.

El gesto duró menos de un segundo.

Podía ser un desafío.

Podía ser una advertencia de que conocía exactamente cuánto sabían.

—Ha querido que la reconociera —dijo Delacroix.

Delaunay siguió el automóvil con la mirada.

—¿El qué?

—La sortija que utilizó en Maison Vautrin.

—¿Por qué mostrarla?

—Porque no podemos demostrar que el aro que lleva al cuello tenga relación con la compra. Y porque desea recordarnos que puede colocar un objeto a la vista de todos sin decir una sola mentira comprobable.

El comisario descendió los escalones.

—Volveré a detenerla.

—¿Por llevar su propia joya?

—Por obstrucción, declaraciones falsas, fraude y todo lo que encuentre antes del almuerzo.

—Marot conseguirá otra comparecencia, otro titular y quizá una procesión.

—No me interesan los titulares.

—A ella sí. Y de momento los utiliza mejor que nosotros.

En la Prefectura, tres periódicos esperaban sobre el escritorio de Delaunay antes de que ellos regresaran. Las ediciones especiales ya llevaban un dibujo de Léonie con la sortija sobre el corazón.

LA PROMETIDA DE LA TORRE PERDONA AL HOMbrE QUE LA TRAICIONÓ

LÉONIE AUBER: “TAMBIÉN YO FUI ENGAÑADA”

BASTIEN CORMIER, SEÑALADO POR SU PROPIA AMANTE

El último titular era el único que mencionaba la relación clandestina. El artículo afirmaba que la policía había descubierto una habitación secreta, llaves copiadas y encuentros ocurridos durante casi un año.

—El registro del hotel se realizó ayer —dijo Delaunay—. Solange declaró bajo custodia. Nadie debía conocer la habitación.

Delacroix tomó el periódico.

El texto incluía detalles que no figuraban en ninguna comunicación oficial: el número treinta y dos, la proximidad de Saint-Lazare y la frase de Bastien acerca de huir juntos. Solo faltaba la copia de la llave y la planificación oída por la camarera.

—Alguien no se limita a filtrar —dijo—. Selecciona.

—¿Qué quiere decir?

—Publican lo suficiente para destruir a Bastien, pero no aquello que vincula a Léonie con el crimen. La habitación aparece como prueba de la obsesión de él. La idea de huir, como otra fantasía. No mencionan que ella dijo que Gabriel sabía demasiado ni que todo se resolvería en veinticuatro horas.

Delaunay leyó el artículo.

—Marot.

—Quizá. Pero la primera historia apareció antes de que ella tuviera abogado.

—Bastien habló con los periodistas después de la caída.

—Él entregó el anillo y la propuesta. No pudo filtrar después su propia detención, la rueda de reconocimiento ni la visita de Léonie a Bellac.

El comisario llamó a un agente.

—Quiero al periodista que firma esto.

El artículo pertenecía a Lucien Féraud, cronista de sucesos de Le Matin de Paris.

Féraud llegó una hora después con el aspecto satisfecho de un hombre que consideraba una citación policial una confirmación de su importancia.

Vestía un traje claro pese al clima, llevaba un cuaderno en el bolsillo del pecho y comenzó a hablar de libertad de prensa antes de sentarse.

Delaunay dejó el periódico frente a él.

—¿Quién le informó de la habitación treinta y dos?

—Una fuente.

—Nombre.

—No revelo fuentes.

—Entonces puede explicar cómo obtuvo información de una investigación reservada.

—La investigación es reservada para ustedes. Las personas continúan teniendo ojos, oídos y deudas.

—¿Pagó?

Féraud se acomodó en la silla.

—No por esa información.

—¿Por otras?

—No estoy aquí para presentar la contabilidad del periódico.

Delacroix permanecía junto a la ventana.

—¿Cuándo recibió el primer dato sobre el anillo?

El periodista lo miró.

—La noche de la caída.

—¿De Bastien?

—Habló con varios reporteros.

—¿Y después?

—Llegó una nota.

—¿Cómo?

—Una muchacha la dejó en la redacción.

—Descripción.

—Joven, ropa de criada. No dio nombre.

—¿Qué decía?

Féraud sonrió.

—No revelo documentos privados.

Delaunay apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Bellac ha sido asesinado. Gabriel Montfort también. Si está ocultando mensajes enviados por la persona que los mató, la protección de una fuente puede transformarse en complicidad.

La sonrisa desapareció.

—No sabía que Bellac había sido asesinado.

—Su periódico lo insinuó esta mañana.

—Nos dijeron que la policía buscaba cianuro.

—¿Quién?

Féraud miró hacia la puerta.

—Las notas no estaban firmadas.

—¿Las conserva? —preguntó Delacroix.

El periodista tardó en responder.

—Algunas.

—Tráigalas.

—Necesitaré hablar con mi director.

—Dígale que la alternativa es un registro.

Féraud regresó dos horas después con cuatro sobres.