Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 14 — Dos habitaciones y una sola llave #4
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Capítulo 14 — Dos habitaciones y una sola llave #4

—No sabe lo que prometió.

—Sé lo que hizo.

El hombre abrió los ojos y miró la llave.

—Yo no corté la argolla.

Delaunay se inclinó.

—¿Quién lo hizo?

Sémard intentó intervenir otra vez.

—No responderá.

Bastien siguió hablando.

—Cuando llegué a la galería, la cadena ya estaba preparada. Solo debía retirar el pasador cuando Bellac empezara a contar.

—¿Quién preparó la cadena? —preguntó Delacroix.

—No lo sé.

—Léonie.

—Ella dijo que otra persona se ocuparía.

La respuesta cambió el aire de la sala.

Delaunay miró a Delacroix.

La segunda sombra.

—¿Qué persona? —preguntó el comisario.

Bastien se pasó una mano por el rostro.

—Nunca me dio el nombre.

—¿Cómo recibió la llave?

—Léonie me entregó la impresión de cera.

—¿Dónde la consiguió?

—Dijo que alguien de la revista se la había prestado.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Adèle Montargis?

—No lo sé.

—¿Bellac?

—No.

La rapidez de la negación llamó la atención de Delacroix.

—¿Está seguro?

Bastien miró la fotografía.

—Bellac sabía que estaríamos junto a la compuerta, pero no sabía para qué.

—¿Habló con él antes del crimen?

—Sí.

—¿Qué acordaron?

—Que me colocaría cerca de la galería y entraría en el reflejo como una broma. Quería aparecer detrás de Gabriel en la fotografía.

—La pregunta sobre registrar movimiento —dijo Delaunay.

—Necesitaba saber si se me vería.

—¿Por qué quería aparecer?

Bastien bajó la voz.

—Para justificar que estuviera allí.

Delacroix comprendió.

No había improvisado la broma. La había utilizado para construir de antemano una explicación por si la cámara registraba su posición.

—Léonie pensó en eso —dijo.

Bastien no respondió.

—Ella le indicó que preguntara a Bellac si el movimiento quedaría registrado.

—Sí.

—Y si la fotografía lo mostraba junto a la galería, diría que intentaba aparecer por sorpresa detrás de la pareja.

—Sí.

Delaunay apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Sabía que Gabriel caería.

Bastien miró hacia el abogado.

Sémard permanecía callado. A esa altura, negar todo resultaba menos útil que limitar la participación.

—Sabía que la compuerta se abriría —admitió Bastien.

—¿Y qué esperaba que ocurriera cuando un hombre cayera contra una compuerta abierta a esa altura?

—Léonie dijo que habría una plataforma inferior.

—No la hay directamente debajo.

—Dijo que no moriría. Que se golpearía, que parecería un accidente y que después podríamos obligarlo a retirar la denuncia.

Delacroix no necesitó decir que no le creía. Bastien lo vio en su rostro.

—Eso me dijo.

—¿Y usted decidió no comprobarlo?

—Confiaba en ella.

—No. Decidió aceptar cualquier explicación que le permitiera hacer lo que deseaba sin llamarlo asesinato.

Bastien hundió los dedos en el borde de la mesa.

—No lo empujé.

—Pero quitó la pieza que lo mantenía vivo.

—Ella lo empujó.

La frase salió rota.

Sémard cerró los ojos.

Delaunay no se movió.

—¿La vio?

—No. El fogonazo me cegó.

—Entonces ¿cómo lo sabe?

Bastien levantó la cabeza. El dolor y la rabia comenzaban a confundirse en su expresión.

—Porque era lo acordado.

El silencio se prolongó.

—¿Qué acordaron exactamente? —preguntó Delacroix.

Bastien miró las llaves, el registro del hotel y la fotografía donde su mano sostenía el pasador.

—Que yo abriría el cierre. Que Bellac usaría el flash. Que ella se ocuparía de Gabriel.

—¿Dijo que lo empujaría?

—No con esa palabra.

—¿Qué palabra utilizó?

El hombre tragó saliva.

—Dijo que lo haría retroceder.

Delaunay cerró la libreta.

—Eso basta.

—No —respondió Delacroix—. Falta saber quién debilitó la cadena y quién entregó la llave original.

Bastien volvió a mirar hacia él.

—Léonie dijo que esa persona no sabía que Gabriel iba a morir.

—¿Una persona utilizada sin conocer el plan?

—Sí.

—¿Hombre o mujer?

—No lo sé.

—¿Cómo podía no saberlo y al mismo tiempo cortar la cadena?

—Le dijeron que Bellac necesitaba abrir la compuerta para obtener un ángulo mejor durante la fotografía. Que el cierre estaba atascado y debía quedar preparado.

La explicación era posible. Un empleado de la revista o de la torre podía haber ayudado creyendo facilitar el trabajo fotográfico.

—La segunda sombra —dijo Delaunay.

Delacroix observó la fotografía.

Aquella figura podía no ser un tercer asesino.

Podía ser una persona engañada que, al descubrir para qué había sido utilizada, se había convertido en otro testigo peligroso.

—¿Léonie sabía quién era? —preguntó.

—Sí.

—¿Y usted no?

—Dijo que era mejor.

—Para ella —respondió Delacroix.

Bastien bajó los ojos.

La habitación treinta y dos, las llaves copiadas y la declaración de Solange habían hecho lo que la fotografía no consiguió por sí sola. No habían probado únicamente una relación clandestina. Habían destruido la idea de que los culpables permanecían unidos.

Léonie había elegido sacrificar a Bastien.

Bastien acababa de empezar a sacrificarla a ella.

Fuera de la sala, Delaunay cerró la puerta y llamó a un agente.

—Quiero a Adèle Montargis, Clovis Perrin y todos los empleados de la revista que tuvieron acceso a la llave.

—También al personal de la torre —añadió Delacroix—. Busque a quien conociera el cierre lo suficiente para debilitarlo y creyera estar ayudando a Bellac.

El agente se alejó.

Delaunay miró hacia la sala donde Bastien continuaba con su abogado.

—Ha confesado complicidad.

—Sí.

—Y ha señalado a Léonie.

—Sí.

—Entonces el caso está casi cerrado.

Delacroix guardó el guante de seda en su sobre.

—No.

—Tenemos el mecanismo, el motivo, el anillo, el fraude y a un cómplice.

—Tenemos también a una persona que preparó la cadena sin saber qué ocurriría. Esa persona estuvo quizá en la fotografía, sabía que Bellac podía identificarla y pudo visitarlo antes que Léonie.

Delaunay recordó los dos vasos hallados a las seis.

—La visita desconocida.

—Sí.

—¿Cree que mató a Bellac?

—No lo sé.

—Pero pudo contarle a Léonie qué había descubierto.

—O Bellac pudo intentar chantajearla también.

El comisario se pasó una mano por el rostro.

—Cada vez que encontramos una llave, aparece otra puerta.

Delacroix miró hacia la ventana del corredor. París seguía extendiéndose más allá de la Prefectura, hermosa, húmeda y obstinadamente indiferente.

—Las puertas rara vez son el problema —dijo—. El problema es quién convenció a alguien de que abrirlas no tendría consecuencias.