Capítulo 14 — Dos habitaciones y una sola llave #3
Era de seda y lana fina, color marfil. En la muñeca había bordada una letra L. Cerca del índice aparecía una mancha oscura antigua.
No era el par desaparecido en la torre. El diseño era distinto y el desgaste indicaba meses de uso.
Pero demostraba que Léonie había estado allí mucho antes de la muerte de Gabriel.
—¿Por qué lo conservó? —preguntó.
—Los objetos olvidados por amantes suelen ser reclamados cuando dejan de ser amantes.
—¿Y estos no dejaron de serlo?
Madame Vignon miró hacia la escalera.
—La última noche, él quería huir con ella. La dama le respondió que los hombres que huyen resultan culpables antes de que nadie los acuse.
—¿Bastien propuso marcharse?
—Eso entendí.
—¿Qué respondió después?
—Que todo estaría resuelto en veinticuatro horas.
Delacroix guardó el guante en un sobre.
Veinticuatro horas después, Gabriel estaba muerto, el anillo había aparecido en su bolsillo y Bastien seguía en París afirmando que había ayudado a elegirlo.
Regresaron a la Prefectura poco después de las cuatro.
Léonie esperaba en una sala de entrevistas junto a Marot. El abogado protestó al ver entrar a Delacroix.
—Mi clienta ya ha respondido durante horas. No participará en otro interrogatorio sin conocer la acusación exacta.
Delaunay dejó sobre la mesa la llave del apartamento.
—Empecemos por esta.
Léonie la miró.
—No la reconozco.
—Abre su casa.
—Entonces puede ser de Gabriel.
—La encontramos en el apartamento de Bastien.
Marot intervino.
—Monsieur Cormier pudo copiarla sin conocimiento de mi clienta.
—Eso queremos saber —dijo Delaunay—. ¿Le dio alguna vez una llave?
—No —respondió Léonie.
—¿Entró él en su dormitorio?
—No sin Gabriel presente.
—¿Conocía el lugar donde guardaba las gotas para dormir?
—Pudo verlo durante alguna visita.
—¿Conocía el perfume que utilizaba?
—No es un secreto.
—¿La medida de su anillo?
Léonie sostuvo la mirada del comisario.
—Eso ya se lo expliqué.
—No lo explicó. Cambió de respuesta.
Marot apoyó una mano sobre la mesa.
—No vamos a repetir la cuestión de la joyería.
Delaunay colocó la segunda llave.
—Esta abre la galería de servicio de la Torre Eiffel. Bastien la mandó copiar cuatro días antes del crimen utilizando una impresión de cera.
Léonie no movió las manos.
—Entonces pregúntele a él.
—Una mujer lo acompañó al cerrajero.
—París está lleno de mujeres.
—Y de perfume de violetas —dijo Delacroix.
Ella lo miró con frialdad.
—Supongo que ahora cada mujer que utiliza violetas soy yo.
—Solo aquellas que compran anillos de su talla, visitan fotógrafos chantajistas y esperan fuera mientras su amante copia llaves.
Marot se levantó.
—No toleraré esa palabra.
—¿Cuál? —preguntó Delacroix—. ¿Chantajista, amante o llave?
El abogado cerró la boca.
Delaunay abrió el registro privado del Hôtel Saint-Lazare y lo colocó frente a Léonie.
—Habitación treinta y dos. Bastien la alquiló durante once meses. La directora y una camarera la han identificado como visitante habitual.
La mujer no leyó las páginas.
—Se equivocan.
—Más de treinta visitas.
—No estuve allí.
—Encontramos un guante con su inicial.
—Pueden haberlo llevado.
—También un sobre con su letra, cera utilizada para copiar la llave de la torre y una libreta de Bastien donde anotó sus encuentros.
—Bastien pudo fabricar todo eso.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Marot volvió el rostro hacia ella.
Delaunay no perdió la oportunidad.
—¿Por qué fabricaría pruebas de una relación que lo perjudica?
—Porque está desesperado.
—La libreta tiene anotaciones de meses atrás.
—Pudo escribirlas después.
—El hotel conserva pagos, fechas y declaraciones de empleados.
—La gente miente por dinero.
—La camarera oyó que usted dijo que Gabriel sabía demasiado.
Léonie permaneció inmóvil.
—También oyó que Bastien no quería hacer daño a nadie y que usted respondió riéndose.
—No ocurrió.
—Y que la torre funcionaría precisamente porque habría mucha gente.
La serenidad de la mujer se agrietó por primera vez desde la rueda de reconocimiento. No fue una caída completa. Apenas una tensión en las mejillas y un movimiento de los ojos hacia Marot.
El abogado comprendió que necesitaba intervenir.
—Una conversación oída a través de una puerta en un hotel de reputación dudosa no constituye prueba fiable.
—No estaba detrás de una puerta —dijo Delaunay—. La camarera se encontraba en el corredor y ellos hablaban con la puerta abierta.
—Eso afirma ella.
—También afirma que su clienta le ordenó a Bastien hacer únicamente lo que se le dijera al día siguiente.
Léonie se inclinó hacia delante.
—Bastien estaba obsesionado conmigo.
La frase no sorprendió a Delacroix.
Había llegado el momento de entregarlo.
—¿Desde cuándo? —preguntó Delaunay.
—Desde hacía meses. Quizá más.
—¿Y por eso lo visitaba en un hotel?
—No lo visitaba.
—La han identificado.
—Pudo seguirme, guardar objetos míos, copiar la llave de mi casa y convencer a empleados de que me habían visto.
—¿También compró una sortija de su medida disfrazado con velo?
—Pudo enviar a una mujer.
—Hace unas horas dijo que no sabía quién compró el anillo.
—Sigo sin saberlo.
—Pero cada nueva prueba encuentra una forma de señalar a Bastien.
Léonie respiró lentamente.
—Porque todas las pruebas estaban en su poder.
—La grasa de la compuerta estaba en su camisa —dijo Delacroix—. El pasador estaba en su mano. La llave estaba en su casa. El hotel estaba a su nombre. El fraude lleva su firma. Parece una colección muy completa.
—Entonces ¿por qué no lo acusan a él?
—Porque usted eligió el anillo, pidió más luz, sujetó a Gabriel antes de que cayera, visitó a Bellac y dejó su perfume en cada lugar donde una mentira necesitaba convertirse en prueba.
Marot golpeó la mesa con la palma.
—Basta.
Léonie no apartó los ojos de Delacroix.
—Bastien mató a Gabriel.
El silencio fue absoluto.
Era la primera vez que lo acusaba sin rodeos.
Delaunay cerró despacio el registro del hotel.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque ahora veo lo que hizo.
—Explíquelo.
—Estaba celoso. Gabriel pensaba casarse conmigo. Bastien lo sabía y no podía soportarlo.
—El anillo fue comprado por usted.
—No.
—Entonces por una mujer a la que Bastien envió.
—Es posible.
—¿Por qué inventó que había acompañado a Gabriel a comprarlo?
Léonie bajó la mirada.
—Porque quería que todos creyeran que la propuesta existía.
—¿Para qué?
—Para que el crimen pareciera motivado por celos, quizá. O para mostrarse como el único depositario de los secretos de Gabriel.
—Esa explicación no tiene sentido —dijo Delacroix—. Si Bastien quería ocultar su crimen, no necesitaba inventar una propuesta que lo convertía en amante celoso cuando se descubriera la relación.
—Los hombres desesperados no siempre son inteligentes.
—Pero usted sí.
Léonie alzó la vista.
Delacroix continuó:
—Bastien retiró el pasador porque usted le dijo que lo hiciera.
Compró la idea de que Gabriel iba a destruirlos, de que no había salida y de que después podrían marcharse juntos.
Usted eligió el lugar, el anillo y la historia.
Él preparó el mecanismo. Cuando Gabriel cayó, Bastien aún creía que eran cómplices.
Ahora usted pretende convertirlo en autor único.
—No tiene pruebas.
—Tenemos una camarera que oyó la planificación.
—Una mujer pagada.
—Tenemos dos llaves copiadas por el mismo hombre.
—Bastien las encargó.
—Tenemos la fotografía.
—Que lo muestra a él.
—Y tenemos su visita al fotógrafo que la descubrió.
Marot recogió sus papeles.
—No responderá más.
Léonie se puso de pie.
—Quiero que conste que temo por mi vida.
Delaunay la observó.
—Bastien está detenido en otra parte del edificio.
—Puede tener cómplices.
—Hace dos días era su mejor amigo.
—Era el mejor amigo de Gabriel. Yo creí que podía confiar en él.
—También creyó que sabía dónde guardaba sus medicamentos, su llave y la medida de su dedo.
La mujer no contestó.
Antes de que saliera, Delacroix habló.
—¿Cuándo decidió que Bastien cargaría con todo?
Léonie se detuvo junto a la puerta.
—No sé de qué habla.
—¿Antes de comprar el anillo o después de ver la fotografía?
Ella mantuvo la espalda recta.
—Bastien es un asesino.
—Sí —respondió Delacroix—. La diferencia entre ustedes es que él todavía cree que eso lo convierte en alguien importante para usted.
Léonie salió sin volverse.
Delaunay esperó unos segundos antes de ordenar que llevaran el registro, las llaves y la declaración de Solange a la sala donde Bastien permanecía con Sémard.
El abogado leyó los documentos en silencio. Bastien observó primero la llave del apartamento, después la ficha del hotel y finalmente la declaración de la camarera.
—No oyó eso —dijo.
—Lo ha firmado —respondió Delaunay.
—Miente.
—También tenemos el guante de Léonie y los registros de sus visitas.
Sémard se inclinó hacia su cliente.
—No admita nada.
Bastien parecía no escucharlo.
—¿Ella qué dijo?
Delacroix permanecía de pie junto a la pared.
—Que usted estaba obsesionado con ella.
El hombre levantó la cabeza.
—No.
—Que copió la llave de su casa sin permiso, llevó objetos suyos al hotel y fabricó pruebas para fingir una relación.
—No.
—Y que mató a Gabriel por celos.
Bastien palideció.
—No diría eso.
—Lo dijo hace menos de diez minutos.
—Está asustada.
—También dijo que teme por su vida porque usted puede tener cómplices.
—No.
—Empieza a repetirse.
Bastien tomó el registro del hotel. Sus dedos temblaban ligeramente.
—Ella eligió la habitación.
Sémard cerró una mano sobre su brazo.
—Bastien.
El hombre apartó al abogado.
—La eligió porque estaba cerca de la estación. Dijo que algún día podríamos subir a un tren sin volver a casa.
—¿Pensaban huir? —preguntó Delaunay.
—Después de arreglarlo todo.
—¿Arreglar qué?
Bastien miró la llave de la torre.
—Las cuentas.
—¿Y Gabriel?
No respondió.
Delacroix se acercó.
—Léonie nunca pensó marcharse con usted.
—Sí.
—No preparó equipaje. No retiró dinero. No compró pasajes.
—Esperaba que terminara la investigación.
—Esperaba que usted terminara en prisión.
—No.
—Compró el anillo sin decírselo. Visitó a Bellac sin decírselo. Negó la relación y acaba de acusarlo del asesinato.
Bastien cerró los ojos.