Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 14 — Dos habitaciones y una sola llave #2
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Capítulo 14 — Dos habitaciones y una sola llave #2

—El lunes por la tarde. Trajo una impresión en cera de otra llave. Quería una copia rápida.

—¿La de la torre?

—No sabía de dónde era.

—¿La impresión estaba hecha con cera azul?

Maret levantó la vista.

—Sí.

—¿Conserva el molde?

—No. Se lo devolví.

—¿Pagó en efectivo?

—Sí.

—¿Estaba solo?

El hombre pensó.

—Una mujer lo esperaba fuera.

Delaunay se inclinó.

—¿La vio?

—Desde la puerta. No entró.

—¿Descripción?

—Abrigo oscuro. Sombrero. No puedo decir más.

—¿Velo?

—Sí.

—¿Perfume de violetas?

Maret miró a Delacroix con cierta desconfianza.

—No olí a nadie desde aquí.

—¿Bastien habló con ella?

—Cuando salió.

—¿Le entregó la llave?

—Sí.

El cerrajero buscó otro asiento en el libro.

—Volvió el martes por la mañana porque la copia se trababa. Ajusté dos dientes.

—¿La mujer estaba otra vez con él?

—No.

—¿Dijo para qué necesitaba la llave?

—Una puerta de almacén en una imprenta.

—Mintió.

Maret se encogió de hombros.

—La gente no suele contar la verdad a los cerrajeros. Por eso las llaves existen.

Delacroix recorrió con la mirada los cajones.

—¿Copió alguna otra para Bastien?

—Una de hotel.

Delaunay se volvió.

—¿Qué hotel?

Maret sacó una pequeña ficha.

—Hôtel Saint-Lazare. Habitación treinta y dos.

—¿Cuándo?

—Hace unos ocho meses.

—¿Llevaba el original?

—Sí. Las llaves de hotel son sencillas. La copia le llevó pocos minutos.

—¿Dijo por qué?

—Que perdía la suya con frecuencia.

Delaunay cerró el libro.

—No era huésped permanente.

—Eso no me interesa.

—A nosotros sí.

El Hôtel Saint-Lazare se encontraba a unas calles de la estación, en un edificio estrecho de cinco plantas con un salón demasiado elegante para sus habitaciones. Recibía comerciantes, viajeros y parejas que preferían no explicar por qué necesitaban una cama durante la tarde.

La directora, madame Odette Vignon, comprendió el propósito de la visita en cuanto vio la fotografía de Bastien.

—Monsieur Beaumont —dijo.

—¿Ese nombre utilizaba? —preguntó Delaunay.

—A veces.

—¿Y otras?

—Monsieur Cormier, cuando no consideraba necesario ocultarse.

—¿Ocupaba la habitación treinta y dos?

—Desde hacía casi un año. Pagaba por mes, aunque no dormía aquí todas las noches.

—¿Con quién venía?

Madame Vignon miró a Delacroix, después a Delaunay y finalmente la puerta cerrada del despacho.

—La discreción forma parte de nuestro servicio.

—El asesinato no —respondió el comisario.

La mujer cruzó las manos sobre la mesa.

—Con una dama.

—Nombre.

—Nunca lo proporcionó.

—Descripción.

—Joven. Cabello oscuro. Bien vestida. A veces llevaba velo.

—¿Reconoce a Léonie Auber?

Delaunay colocó una fotografía reciente sobre la mesa.

Madame Vignon no necesitó acercarse.

—Sí.

—¿Está segura?

—La he visto entrar más de treinta veces.

—¿Con Bastien?

—Sí.

—¿También con Gabriel Montfort?

—Nunca.

La directora abrió un registro privado que no formaba parte de los libros entregados a las autoridades fiscales. En él anotaba fechas, pagos y observaciones sobre huéspedes regulares.

Bastien había alquilado la habitación treinta y dos once meses antes. Léonie comenzó a visitarlo poco después. Durante los últimos tres meses, las citas se habían vuelto más frecuentes.

La última había ocurrido dos noches antes del crimen.

—¿Cuánto tiempo permanecieron? —preguntó Delacroix.

—Cerca de dos horas.

—¿Discutieron?

Madame Vignon pensó.

—Al marcharse, la dama parecía enfadada. Él intentó sujetarla del brazo en el pasillo. Ella le dijo que no volviera a improvisar.

—¿Esas palabras exactas?

—Sí.

—¿Algo más?

—Dijo: “Mañana harás únicamente lo que te diga”.

Delaunay tomó nota.

—El día anterior al crimen.

—Sí.

—¿Regresaron después?

—Monsieur Cormier vino la mañana de la visita a la torre. Estuvo solo menos de media hora.

—¿Qué hizo?

—Subió a la habitación.

—¿Llevaba algo?

—Una caja de herramientas pequeña.

Delacroix miró al comisario.

—La lima, las tenazas o lo necesario para ajustar la llave.

—¿Salió con la caja?

—Sí.

—¿Y con algún otro objeto?

Madame Vignon frunció el ceño.

—Una pieza metálica envuelta en un pañuelo. No pude ver qué era.

—¿La llave de la galería?

—Podría ser.

—¿Alguien más entró mientras él estaba arriba?

—No.

Delaunay pidió revisar la habitación.

La directora dudó hasta que el comisario mostró la orden.

El número treinta y dos se encontraba al final de un corredor alfombrado.

La cerradura había sido cambiada esa misma mañana por orden de madame Vignon, después de leer que Bastien estaba detenido.

Aun así, la llave original permanecía guardada en administración y la copia encontrada en casa del sospechoso coincidía con el mecanismo anterior.

La habitación era pequeña, con una cama de madera, una mesa redonda y cortinas color burdeos. No parecía haber sido utilizada desde la mañana del crimen. Las sábanas estaban limpias y el armario vacío.

Delacroix examinó los cajones.

En uno encontró restos de cera azul.

En otro, un trozo de cinta clara que coincidía con la utilizada para atar los guantes de mujer cuando se vendían en pares.

Bajo el colchón había un sobre sin carta. En el exterior aparecían las iniciales L. A. y una fecha del mes anterior.

—¿Reconoce la letra? —preguntó Delaunay.

—Se parece a las invitaciones de Saint-Roch.

Dentro del armario, en la parte superior, había una pequeña mancha de polvo metálico. Un técnico recogió la muestra. Podía proceder de una lima utilizada allí.

Madame Vignon llamó a una camarera llamada Solange, que atendía el tercer piso. Era una mujer robusta, de unos cincuenta años, con la expresión resignada de quien había visto demasiadas intimidades ajenas para encontrar alguna interesante.

—¿Recuerda a la pareja? —preguntó Delaunay.

—Sí.

—¿Qué relación tenían?

Solange miró a la directora.

—No venían a jugar a las cartas.

—¿Permanecían siempre en la habitación?

—Casi siempre.

—¿Escuchó conversaciones?

—No escucho detrás de las puertas.

Madame Vignon levantó una ceja.

—Escucho solo cuando hablan fuerte —corrigió Solange.

—¿Hablaron fuerte la última noche?

—Ella sí.

—¿Qué dijo?

La camarera cruzó los brazos.

—Que Gabriel ya sabía demasiado. El hombre le preguntó si sabía lo de ellos. Ella respondió que no importaba lo que supiera, sino lo que pudiera demostrar.

Delaunay dejó de escribir durante un instante.

—¿Algo más?

—Él dijo que no quería hacer daño a nadie.

—¿Y ella?

—Se rió.

—¿Está segura?

—No fue una risa larga. Más bien como cuando alguien escucha una estupidez.

Delacroix se acercó.

—¿Mencionaron la torre?

—El hombre dijo: “No va a funcionar con tanta gente”. Ella respondió que precisamente por eso funcionaría.

El silencio dentro de la habitación cambió.

Hasta ese momento tenían pruebas físicas de que Bastien había copiado la llave, accedido a la galería y retirado el pasador. Tenían el anillo, el fraude y la fotografía. La declaración de Solange conectaba por primera vez a Léonie con la planificación concreta del crimen antes de que ocurriera.

—¿Por qué no contó esto antes? —preguntó Delaunay.

—Nadie me preguntó.

—Un hombre cayó de la Torre Eiffel y su huésped fue detenido.

—Los periódicos dijeron que había sufrido un ataque.

—¿No relacionó la conversación?

Solange se encogió de hombros.

—En este hotel mucha gente dice que algo no funcionará con tanta gente alrededor. Generalmente hablan de matrimonios, negocios o esposas que regresan temprano.

Madame Vignon le dirigió una mirada severa.

—Además —añadió la camarera—, no sabía que el hombre se llamaba Bastien. Para mí era monsieur Beaumont.

—¿Reconocería a Léonie?

—Ya la reconocí en el periódico.

Delaunay cerró la libreta.

—Necesitaremos una declaración formal.

—¿Tendré que ir a la Prefectura?

—Sí.

—Entonces quiero que conste que no estaba escuchando.

—Constará que oyó una conversación desde el pasillo.

—Eso suena mejor.

Mientras los agentes revisaban el resto de la habitación, Delacroix se acercó a la ventana.

Desde allí se veía una parte de la estación y los tejados húmedos.

Bastien y Léonie habían utilizado aquel cuarto durante casi un año.

Habían compartido una llave, una cama, secretos financieros y finalmente un asesinato.

Sin embargo, la habitación conservaba poco de ellos.

Ninguna fotografía.

Ningún objeto personal.

Ninguna promesa.

Solo cera, polvo metálico y un sobre vacío.

Léonie había permitido que Bastien creyera que aquel lugar representaba una vida paralela. En realidad, lo había tratado como trataba todas sus relaciones: un espacio útil que podía abandonarse sin dejar nada detrás.

Delaunay encontró una pequeña libreta en el cajón de la mesa. No pertenecía al hotel. Contenía fechas y cantidades pagadas, anotadas por Bastien.

Junto a varias citas aparecían iniciales.

L. — llave apartamento.

L. — Saint-Roch. Originales quizá escritorio.

L. — torre, lunes. Cera.

L. — Bellac conoce posición.

La última línea había sido escrita antes del crimen o después de la recepción. No llevaba fecha.

—Bastien anotaba todo —dijo el comisario.

—No todo. Solo aquello que temía olvidar o aquello que quería demostrar que había hecho.

—“Bellac conoce posición”. ¿Qué significa?

—Podía referirse al lugar de la fotografía. O a que Bellac sabía que él estaría junto a la galería.

—Eso lo conecta con el fotógrafo antes del crimen.

—Sí.

—¿Bellac era la persona que visitó el estudio a las seis?

—Bastien estaba detenido. Pero pudo haber hablado con él antes, durante la preparación de la sesión.

Delaunay guardó la libreta.

—Y la segunda sombra podría ser Bellac reflejado desde detrás de la cámara.

—La posición no encaja.

—Clovis.

—Tampoco sabemos.

—Adèle.

—Quizá.

El comisario lo miró.

—Ha conseguido que una palabra empiece a parecer una provocación personal.

Abandonaron el hotel con las pruebas embaladas y Solange acompañada por un agente. Antes de salir, madame Vignon llamó a Delacroix.

—Monsieur.

El detective se volvió.

—La dama dejó algo aquí hace meses. Pensé que volvería a buscarlo.

La directora abrió una caja del despacho y sacó un guante claro, cuidadosamente doblado.

—Lo encontramos detrás de la cama.

Delacroix lo recibió con guantes.