Capítulo 14 — Dos habitaciones y una sola llave
La detención de Léonie Auber produjo en París una indignación que la policía no habría provocado arrestando a un ministro, un obispo o al propietario de la mitad de los periódicos que exigían su liberación.
A media mañana, varias mujeres habían depositado flores frente a la Prefectura.
Una asociación dedicada a proteger a prometidas abandonadas envió una carta formal reclamando que se respetara el duelo de la joven.
Dos columnistas denunciaron la crueldad de someterla a interrogatorios después de haber perdido al hombre que amaba.
Un tercero insinuó que la policía pretendía ocultar la negligencia de la Torre Eiffel señalando a una mujer indefensa.
La acusación por fraude ocupaba apenas cuatro líneas.
El anillo comprado la mañana de la muerte era descrito como una coincidencia todavía sin explicar.
El asesinato de Bellac continuaba presentándose como un suicidio.
—La ciudad está empezando a molestarme —dijo Delaunay mientras apartaba de su escritorio un ramo de lirios dirigido a Léonie.
Delacroix observó la tarjeta.
—Pensé que París le gustaba.
—Me gustan sus calles. No necesariamente las personas que escriben desde ellas.
—Esa distinción permite conservar muchas ciudades.
Léonie había pasado la noche en una sala reservada de la Prefectura, lejos de Bastien y bajo la vigilancia de dos agentes.
Marot había conseguido evitar una celda ordinaria alegando que todavía no existía una acusación formal por asesinato y que su clienta corría peligro si era mezclada con otras detenidas.
Delaunay había aceptado porque deseaba mantenerla aislada, no cómoda.
La mujer no pidió ver a Bastien.
Tampoco preguntó por él.
Aquella ausencia de interés había inquietado a Delacroix más que una solicitud desesperada.
Léonie sabía que Bastien estaba acusado de manipular la compuerta.
Sabía que la fotografía lo mostraba junto al cierre, aunque ignoraba cuánto detalle contenían las ampliaciones recuperadas.
Aun así, no había intentado comunicarse con el hombre al que supuestamente amaba.
Quizá confiaba en que permaneciera leal.
O quizá ya no lo consideraba útil.
Delaunay abrió el informe del registro practicado durante la noche en el apartamento de Bastien.
Los agentes habían encontrado libros contables, recibos, correspondencia comercial y una cantidad de dinero demasiado grande para un hombre que insistía en que las discrepancias de Saint-Roch eran simples retrasos administrativos.
También habían encontrado cuatro llaves que no correspondían a ninguna puerta de la vivienda.
—Dos ya están identificadas —dijo el comisario—. Una abre un archivador de la oficina. Otra, un depósito alquilado por su empresa.
—¿Y las demás?
Delaunay colocó dos sobres pequeños sobre la mesa.
Una llave era fina, de corte moderno, con una marca apenas visible cerca de la cabeza. La otra, más pesada, llevaba restos de cera oscura dentro de una de las ranuras.
—La primera abre el apartamento de Gabriel y Léonie —dijo.
Delacroix no pareció sorprendido.
—Bastien negó tener copia.
—También Léonie negó haberle entregado una.
—Una llave puede copiarse sin permiso.
—Sí. Por eso envié a un agente a interrogar al cerrajero que instaló la cerradura.
—¿La segunda?
—Todavía no lo sabemos. Pero Roussel cree que podría corresponder a la puerta interior de la galería de servicio de la torre.
Delacroix tomó el sobre sin abrirlo.
—¿La probó?
—No. Esperaba que estuviera presente.
—Empieza a confiar demasiado en mis vacaciones.
Delaunay se puso el abrigo.
—Roussel nos espera.
La Torre Eiffel había reabierto parcialmente al público, aunque la plataforma donde murió Gabriel permanecía cerrada.
Los visitantes subían hasta niveles inferiores y miraban hacia las zonas acordonadas con una curiosidad que convertía el crimen en una atracción añadida.
Algunos compraban periódicos antes de ascender.
Otros preguntaban a los empleados desde qué punto exacto había caído el enamorado.
La historia del anillo seguía vendiendo entradas, aunque nadie lo admitiera.
Roussel recibió a Delacroix y Delaunay en una oficina técnica situada bajo uno de los pilares. Había extendido sobre una mesa varios planos y colocado junto a ellos la llave original de la galería.
—La forma coincide —dijo—. Pero no puedo asegurarlo sin probarla.
La puerta interior de la pasarela no se encontraba en la compuerta desde la que cayó Gabriel.
Estaba varios metros más atrás, al final del corredor donde Bastien había desaparecido.
Quien consiguiera abrirla podía acceder al mecanismo por dentro, trabajar sin ser visto desde la plataforma y salir después por la misma zona.
Subieron acompañados por dos agentes.
La segunda plataforma estaba vacía. El viento golpeaba las vigas y hacía vibrar los carteles de acceso restringido. La compuerta había sido reparada de forma provisional, aunque la policía conservaba las piezas originales en el laboratorio.
Roussel condujo al grupo hasta la puerta de servicio.
Delaunay introdujo la llave encontrada en casa de Bastien.
Giró sin resistencia.
El mecanismo se abrió.
Nadie habló durante unos segundos.
Más allá había una pasarela estrecha, protegida por una barandilla de metal y parcialmente oculta entre las vigas.
Desde allí se alcanzaba la cara interior de la compuerta y el pasador inferior.
También había un pequeño banco de herramientas, una caja de grasa y varios soportes utilizados por los técnicos.
—Podía preparar todo desde aquí —dijo Delaunay.
—La argolla quedaba accesible —respondió Roussel—. Podía limarla, cortar la cadena y volver a colocar el pasador para que pareciera intacto desde fuera.
Delacroix recorrió el espacio.
En el suelo quedaban marcas antiguas, polvo metálico y residuos del mantenimiento habitual. Los técnicos habían trabajado allí muchas veces desde la construcción de la torre. Encontrar una huella útil sería casi imposible.
Sin embargo, cerca del banco apareció una pequeña vela consumida hasta la mitad. Roussel aseguró que sus hombres no utilizaban velas en aquella zona porque las lámparas eléctricas y de aceite resultaban más seguras.
La base estaba pegada a un platillo mediante cera azul oscura.
La misma cera que aparecía dentro de las ranuras de la llave encontrada en casa de Bastien.
—Hizo una impresión —dijo Delacroix.
Delaunay levantó la vela con guantes.
—¿Aquí?
—Pudo apoyar la llave original sobre cera blanda, presionarla por ambos lados y llevar el molde a un cerrajero.
Roussel miró la puerta abierta.
—La copia temporal estuvo en poder de la organización durante tres días.
—Adèle Montargis —dijo el comisario.
—Ella la devolvió antes de la recepción.
—Pero alguien pudo utilizarla mientras la tuvo.
Delacroix examinó el platillo. En uno de los bordes aparecía impresa parcialmente una letra o un número. Parecía una marca de hotel.
—Embálelo —dijo.
Delaunay miró el símbolo.
—¿Lo reconoce?
—No todavía.
Roussel se acercó a la cara interior de la compuerta.
—Hay otra cosa que no mencioné porque pensé que procedía del trabajo de mis hombres.
Señaló una raya fina sobre el metal. No era suficientemente profunda para producir una rotura, pero seguía la misma dirección que el corte de la cadena.
—La herramienta resbaló —dijo Delacroix.
—Podría ser.
—La persona trabajaba con poca luz y prisa.
Delaunay observó la posición.
—¿Cuánto habría necesitado?
—Si la cadena estaba parcialmente cortada de antemano, cinco minutos. Quizá menos.
—¿Y para hacer la impresión de la llave?
—Uno o dos.
—Bastien pudo subir antes de la recepción.
Roussel negó con la cabeza.
—No figuraba entre los visitantes de la mañana.
—Pudo hacerlo otro día.
—Las llaves estuvieron con la revista desde el lunes.
—¿Quién coordinaba la visita además de Montargis?
—Bellac, Clovis y dos empleados de la publicación. También acudieron algunos invitados para revisar los lugares.
—Léonie —dijo Delacroix.
—Estuvo durante los preparativos del lunes y volvió la mañana del crimen.
Delaunay miró hacia la pasarela.
—Bastien necesitaba la llave original o una impresión. Léonie pudo conseguirla durante su visita.
—O alguien de la revista se la entregó sin saber para qué.
—La segunda sombra de la fotografía.
Delacroix no respondió.
La sombra podía pertenecer a Adèle Montargis, a Clovis, a un empleado de mantenimiento o a una deformación de la propia estructura. Todavía no era prudente convertir una mancha en un cómplice.
Regresaron a la Prefectura con la llave, la vela y el platillo de cera. Un agente los esperaba con el informe del cerrajero.
La cerradura del apartamento de Gabriel había sido instalada por Jules Maret, propietario de un pequeño establecimiento cerca de la rue de Constantinople. Maret recordaba haber confeccionado una copia adicional hacía seis meses para un hombre que afirmó ser secretario de Gabriel Montfort.
El hombre era Bastien.
La segunda llave, la de la torre, también llevaba la marca del taller de Maret.
—Dos copias en el mismo lugar —dijo Delaunay.
—Una del apartamento. Otra de la galería.
—Bastien no fue prudente.
—Los hombres enamorados confunden a menudo la familiaridad con la impunidad.
El cerrajero los recibió en un taller lleno de cerraduras colgadas, llaves sin identificar y cajones diminutos marcados con letras.
Era un hombre bajo y musculoso, con una cicatriz sobre una ceja y la paciencia de quien trabajaba con objetos que cedían únicamente si se los trataba de la manera correcta.
Reconoció a Bastien en una fotografía.
—Vino varias veces.
—¿Cuántas? —preguntó Delaunay.
—Tres, quizá cuatro.
—¿Para copiar la llave del apartamento?
—La primera vez. Dijo que trabajaba para monsieur Montfort y que necesitaba entrar cuando él viajaba.
—¿Le pidió autorización escrita?
Maret soltó una risa.
—Si exigiera autorización por cada llave, la mitad de París tendría que empezar a dormir en la calle.
—¿Llevaba el original?
—Sí.
—¿Cómo lo obtuvo?
—No se lo pregunté.
—¿Cuándo volvió?
El cerrajero revisó un libro de encargos.