Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 22 — La ciudad de la luz #3
100%

Capítulo 22 — La ciudad de la luz #3

Delacroix no creía que careciera por completo de afecto.

Había sentido algo por Gabriel, algo por Bastien y quizá incluso una forma limitada de lealtad hacia Marthe.

Pero cualquier sentimiento debía permanecer subordinado a su necesidad de controlar la vida de quienes la rodeaban.

Cuando alguien dejaba de obedecer, el afecto se convertía en una amenaza.

No mató a Gabriel porque hubiera dejado de amarlo.

Lo mató porque él había decidido marcharse sin pedirle permiso.

A la mañana siguiente, Delaunay acompañó a Delacroix hasta la estación.

Madame Blanchet había despedido al detective con un desayuno excesivo, una factura sorprendentemente moderada y la promesa de no volver a aceptar huéspedes que conocieran comisarios.

—Regresará —dijo mientras le entregaba la maleta.

—¿A París?

—A los problemas.

—Eso no exige viajar.

En el andén, el tren esperaba bajo una nube de vapor. Los pasajeros buscaban sus compartimentos y los empleados cerraban las puertas de los vagones de equipajes.

Delaunay llevaba un periódico bajo el brazo.

La portada mostraba la torre iluminada y un dibujo de la sortija rota en dos.

EL FIN DEL ROMANCE QUE ENGAÑÓ A PARÍS

Delacroix leyó el titular.

—No hubo romance que terminara en la torre.

—Lo sé.

—Gabriel lo había terminado antes.

—También lo sé.

—Entonces ¿por qué lo compró?

—Para recordar por qué no debería hacerlo.

Doblaron el periódico.

—Madeleine envió un telegrama —dijo Delaunay—. Llegó bien a Orléans. El funeral será privado.

—Mejor.

—Bastien pidió asistir.

—¿Qué respondió ella?

—Que no.

—Mejor también.

El silbato anunció la próxima salida.

Delaunay miró la maleta de Delacroix.

—No ha comprado billete de regreso.

—No tenía previsto hacerlo.

—Gabriel tampoco.

La frase los dejó en silencio.

No era una comparación exacta y ambos lo sabían. Aun así, Delacroix pensó en la maleta marrón depositada en Austerlitz, en las camisas dobladas y en el libro que un hombre había conservado desde la infancia para llevarlo cuando necesitara empezar de nuevo.

Gabriel no había llegado al tren.

Su hermana sí.

—¿Cree que Léonie habría podido detenerlo sin matarlo? —preguntó Delaunay.

—No.

—Podía destruir su reputación, negar las cuentas, acusar a Bastien.

—Eso habría retrasado la denuncia. No habría impedido que se marchara.

—Entonces era la ruptura.

—Era la decisión. Gabriel había tomado una que ella no podía modificar.

El comisario observó la torre, apenas visible a lo lejos entre el humo y los tejados.

—La ciudad seguirá llamándolo el crimen del anillo.

—Probablemente.

—Aunque el anillo no tuviera nada que ver con el motivo.

—Tenía que ver con la historia.

—¿No es eso peor?

—Es más humano.

Una campana sonó.

Delacroix subió al vagón y dejó la maleta junto al asiento. Delaunay permaneció en el andén.

—La próxima vez que venga a París —dijo el comisario—, avise.

—¿Para qué?

—Para cerrar la torre.

—Quedan otros lugares altos.

—Cerraremos la ciudad.

—Eso sí atraerá a la prensa.

El tren comenzó a moverse.

Delaunay caminó unos pasos junto al vagón.

—Delacroix.

El detective se acercó a la ventanilla.

—¿Sí?

—No estaba de vacaciones.

—Lo estuve durante varias horas.

—¿Cuántas?

—No llevé la cuenta.

—Gabriel lo habría hecho.

—Por eso él era mejor contable.

Delaunay dejó de caminar.

La estación empezó a quedar atrás.

Delacroix se sentó y observó cómo los andenes, las cubiertas de hierro y las columnas de humo se deslizaban junto a la ventana. Poco a poco aparecieron los tejados. Más allá, la torre se elevaba sobre la ciudad, limpia desde la distancia, sin compuertas, pasadores ni manchas de grasa visibles.

París seguía llamándose la ciudad de la luz.

La expresión no era falsa. La luz estaba allí: en el río, en las ventanas, en las avenidas y en la estructura de hierro que brillaba sobre los edificios. El error consistía en creer que iluminar una ciudad impedía que sus habitantes encontraran lugares donde ocultarse.

Gabriel había confiado en documentos guardados dentro de una caja.

Bellac, en una fotografía escondida bajo otro nombre.

Bastien, en un cuaderno que pensaba utilizar contra la mujer a quien obedecía.

Léonie, en que todos preferirían mirar el anillo antes que el bolsillo donde alguien lo había colocado.

Cada uno había conservado una parte de la verdad como si poseerla significara estar a salvo.

Solo Gabriel intentó entregarla.

Delacroix sacó del bolsillo la hoja que Madeleine le había dado. Leyó otra vez la observación escrita por el muerto:

Delacroix observa como si esperara que las cosas se contradijeran solas. Delaunay finge que eso le molesta.

Doblando el papel, pensó que Gabriel se había equivocado en una cosa. Las cosas no se contradecían solas.

Las personas hablaban por ellas.

Un bolsillo exterior.

Una cadena cortada.

Una fibra.

Una llave.

Un terrón colocado en el fondo de una caja.

Objetos modestos que no sentían amor, miedo ni vergüenza, y por eso podían resultar más honestos que quienes los utilizaban.

El tren cruzó el límite de la ciudad.

La torre disminuyó detrás de las casas hasta convertirse en una línea oscura contra el cielo de la mañana.

París seguía brillando.

Delacroix supuso que las ciudades, a diferencia de los hombres, podían permitirse el lujo de no sentir vergüenza.