Capítulo 13 — La copia que faltaba #3
Delaunay miró hacia el club fotográfico, aunque ya no veía el edificio sino la escena de la noche anterior: Léonie sola en el estudio, Bellac enseñándole quizá una parte de la imagen, la caja abierta sobre la mesa y el fotógrafo distraído por el precio de su silencio.
—Tuvo oportunidad de contaminar los terrones —dijo.
—Sí —respondió Delacroix—. Pero todavía necesitamos saber con qué.
—Lemaire lo sabrá.
—Y si la sustancia procede del laboratorio, necesitaremos demostrar que Léonie podía obtenerla o reconocerla.
Clovis habló desde el interior del vehículo.
—No tenía que reconocer nada.
Los dos hombres se volvieron.
—Bellac etiquetaba los frascos —continuó—. Algunos llevaban una calavera pequeña porque eran venenosos. Uno de ellos estaba siempre en la cocina.
—¿Qué producto?
—Una sal de cianuro que utilizaba para ciertos virajes y para limpiar manchas de plata. La guardaba en un armario alto porque una vez casi la confundieron con bicarbonato.
Delaunay palideció.
—¿Se accedía con llave?
—El armario no cerraba bien.
—¿Falta el frasco?
—No lo sé.
—En el inventario había un recipiente de cianuro —dijo Delacroix—. Parcialmente lleno.
—¿Podía retirarse una cantidad sin que Bellac lo notara?
—Unos gramos, sí.
—¿Tiene sabor?
Clovis se encogió.
—Amargo. Pero en café fuerte y con azúcar quizá no lo notaría de inmediato.
Delaunay llamó a un agente y ordenó transmitir la información a Lemaire y al laboratorio.
—Esto acerca el veneno a Léonie —dijo cuando el vehículo comenzó a avanzar.
—La oportunidad, no la mano.
—Estuvo sola, conoció la existencia de la copia, discutió el precio y dejó preparado el azúcar.
—Probablemente.
—Otra vez esa palabra.
Delacroix observó las calles a través del cristal. París estaba completamente despierta. Los quioscos vendían la historia del suicidio de Bellac mientras la policía transportaba una fotografía que demostraba que había sido asesinado por haber descubierto demasiado.
—Bellac recibió otra visita antes de Léonie —dijo.
Delaunay se volvió.
—Los dos vasos de las seis.
—Sí.
—¿Bastien?
—Estaba en la Prefectura desde la tarde.
—Pudo ser antes de que lo retuviéramos.
—A las seis ya no podía moverse.
—Entonces alguien de la revista, un cliente o un intermediario.
—O la persona que consiguió para Bastien la llave de la torre.
—¿Cree que hay otro cómplice?
—Creo que dos personas prepararon la muerte de Gabriel. Eso no impide que utilizaran a otras sin explicarles para qué.
La sala de interrogatorios estaba preparada cuando regresaron.
Bastien llevaba una chaqueta prestada sobre la camisa de la Prefectura.
Su abogado, maître Jules Sémard, era un hombre grande, de rostro carnoso y voz suave, elegido quizá porque parecía capaz de convertir cualquier delito en un malentendido comercial.
Tenía delante una libreta cerrada y no mostró sorpresa al ver entrar a Delacroix.
—Mi cliente ha respondido ya a las mismas preguntas durante horas —dijo.
Delaunay dejó sobre la mesa una copia de la ampliación general, no la que mostraba con claridad el pasador.
—Todavía no había visto esto.
Bastien miró la imagen.
Su reacción fue mínima: una tensión en la mandíbula, una inspiración más corta y la retirada inmediata de las manos bajo la mesa.
—Es una mancha —dijo.
—Es su reflejo —respondió Delaunay.
—No puede saberse.
Delacroix señaló el cuello.
—El alfiler de brújula.
Bastien miró la pequeña forma brillante.
—Muchas personas utilizan alfileres.
—El suyo tiene ocho puntas y un eje inferior más largo que los demás.
—Lo perdí en la torre.
—No. Fue retirado durante el registro y permanece entre sus pertenencias.
Sémard se inclinó hacia la fotografía.
—Incluso si fuera mi cliente, solo demostraría que se encontraba cerca de la galería. Nunca lo negó.
—Afirmó estar detrás del fotógrafo —dijo Delaunay.
—La confusión posterior a un accidente puede alterar la percepción del espacio.
—No fue un accidente.
El abogado cerró la libreta.
—Eso todavía deberá demostrarlo.
Delaunay colocó una segunda imagen, la ampliación del torso y del brazo inclinado, pero mantuvo fuera de la vista la mano completa.
—Aquí aparece agachado.
Bastien observó el papel.
—Pude recoger algo.
—¿Qué?
—No lo recuerdo.
—Su memoria empeora cuando una fotografía mejora.
Sémard levantó una mano.
—No responderá a provocaciones.
Delacroix se sentó frente a Bastien.
—¿Qué tenía en la mano?
—Nada.
—La imagen muestra un objeto.
—No distingo ninguno.
—Bellac sí.
El nombre del fotógrafo produjo un cambio visible.
—¿Qué ha dicho?
—Bellac está muerto —respondió Delaunay.
Bastien se quedó inmóvil.
Sémard volvió el rostro hacia el comisario.
—¿Cuándo?
—Esta madrugada.
—¿Cómo?
—Envenenado en su estudio.
Bastien miró a Delacroix.
—Léonie.
La palabra escapó antes de que pudiera detenerla.
El abogado cerró los ojos.
Delaunay se inclinó.
—¿Por qué ha dicho su nombre?
—No he dicho nada.
—Lo ha dicho con bastante claridad.
—Preguntaba si estaba bien.
—No formuló una pregunta.
Bastien se levantó, pero el agente de la puerta avanzó y Sémard le indicó que se sentara.
—Mi cliente está conmocionado —dijo el abogado.
—Parece que la conmoción vuelve a ser extraordinariamente productiva —respondió Delacroix.
Bastien respiró varias veces antes de recuperar la voz.
—Léonie fue al estudio.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Delaunay.
—Me lo dijeron.
—¿Quién?
—Un agente mencionó que Bellac había recibido una mujer.
—Ningún agente tenía esa información cuando usted fue encerrado.
—Entonces lo leí.
—No se ha publicado.
Bastien miró al abogado.
Sémard habló con mayor firmeza.
—Mi cliente no responderá más sobre rumores.
Delacroix colocó un dedo sobre la fotografía.
—Bellac descubrió qué llevaba usted en la mano.
Bastien no miró la imagen.
—No llevaba nada.
—¿Una lima?
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Delaunay abrió despacio el sobre donde guardaba la ampliación principal.
—No hemos dicho qué forma tenía.
Bastien comprendió el error.
—Usted habló de una herramienta ayer.
—Hablamos de un objeto pequeño. No de una lima.
Sémard intervino.
—Las preguntas de la policía han sido numerosas y repetitivas. Es razonable que mi cliente confunda términos.
Delacroix mantuvo los ojos en Bastien.
—Bellac escribió antes de morir que no era una lima.
—No sé por qué.
—Porque era el pasador de la compuerta.
El silencio llenó la sala.
Bastien no negó inmediatamente.
Eso fue peor que una confesión.
Delaunay sacó la ampliación completa y la colocó frente a él.
La argolla y el fragmento de cadena se distinguían con claridad.
Bastien miró la fotografía durante varios segundos. Después apartó el rostro.
Sémard tomó la copia.
—La imagen está deformada.
—El encargado de mantenimiento identificará la pieza —dijo Delaunay—.
La grasa de la compuerta apareció en el puño de su cliente.
Un camarero lo vio agachado junto al cierre.
Clovis Perrin situó su sombra allí. Y ahora la fotografía lo muestra sosteniendo el pasador que desapareció antes de la caída.
El abogado dejó la copia.
—No prueba cuándo lo retiró ni por qué.
—Lo tenía en la mano mientras Gabriel posaba delante de una protección preparada para abrirse.
—Pudo encontrarlo en el suelo.
Delaunay miró a Bastien.
—¿Eso ocurrió?
El hombre guardó silencio.
—Dígalo —continuó el comisario—. Diga que encontró por casualidad el pasador desprendido, que no advirtió el peligro, que decidió ocultarlo y que después mintió durante dos días sobre estar junto a la galería.
Bastien apretó las manos.
—No lo retiré.
—Pero lo sostuvo.
—Sí.
La admisión fue baja.
Sémard se volvió hacia él.
—No responda sin consultarme.
Bastien parecía no haberlo oído.
—¿Quién se lo dio? —preguntó Delacroix.
—Lo encontré.
—¿Dónde?
—Junto a la escalera.
—La fotografía lo muestra todavía unido a un tramo de cadena.
—Pudo engancharse.
—La cadena estaba cortada.
—No fui yo.
—¿Quién?
Bastien miró la mesa.
—No lo sé.
—Léonie.
El hombre levantó la cabeza.
—No.
—Ella visitó la torre por la mañana. Conocía el lugar de la fotografía. Pudo debilitar la argolla y dejar el pasador preparado para que usted lo retirara.
—No.
—Entonces alguien más lo hizo.
—Sí.
—¿Quién?
—No lo sé.
Delacroix dejó pasar unos segundos.
—Bellac murió porque vio esta imagen.
Bastien miró la puerta.
—Léonie no habría...
Se interrumpió otra vez.
—¿No habría qué? —preguntó Delaunay.
—Nada.
—¿Matarlo?
—No he dicho eso.
—Lo pensó.
—Están intentando hacerme acusarla.
—Ella ya lo acusó a usted —dijo Delacroix.
Bastien apretó los labios.
—No.
—Sugirió que compró el anillo, que preparó la falsa propuesta y que pudo tener motivos para matar a Gabriel.
—Está mintiendo.
—¿Yo o ella?
—Usted.