Capítulo 13 — La copia que faltaba #2
Antes de introducirla, examinó la cerradura. No había arañazos recientes ni señales de que alguien hubiera intentado forzarla. En el borde inferior de la puerta se acumulaba una línea uniforme de polvo.
—Parece intacta —dijo el comisario.
—Eso solo demuestra que quien la abrió tenía llave.
Introdujeron la número diecisiete.
El mecanismo giró.
Dentro había un sobre rígido envuelto en papel encerado, una caja de placas, un cuaderno pequeño y una fotografía de una mujer joven que ninguno reconoció. No había dinero.
Delaunay retiró cada objeto con guantes y lo colocó sobre una mesa.
El sobre estaba cerrado con cordel. Sobre él, Bellac había escrito:
Torre. Reflejo. Entregar solo si yo lo autorizo.
—No parece algo enviado a una persona de confianza —dijo Delaunay.
—Se lo envió a sí mismo —respondió Delacroix—. La historia de la copia protegida por otro era parte del chantaje.
Clovis observó la letra.
—Hacía eso. Decía que la mejor persona para guardar un secreto era aquella a quien nadie conocía.
—Lucien Barois —dijo Delacroix.
Delmas resopló.
—Bellac disfrutaba demasiado de sus propios trucos.
Delaunay cortó el cordel.
El sobre contenía cuatro ampliaciones.
La primera mostraba el reflejo completo en la placa metálica.
Bastien aparecía deformado, pero reconocible por el alfiler de brújula y por la línea clara de la camisa.
Su cuerpo estaba inclinado hacia delante, no erguido junto a la viga como había declarado.
El hombro derecho descendía y el brazo se extendía hacia el cierre inferior.
La segunda se concentraba en la mano.
La calidad seguía siendo imperfecta, pero el objeto ya no parecía una lima. Era una pieza cilíndrica de metal, de unos diez centímetros, con una argolla en el extremo. Una breve sección de cadena colgaba todavía de ella.
El pasador de la compuerta.
Delaunay acercó la imagen a la luz.
—Lo sostiene.
—Sí —dijo Delacroix.
—Eso demuestra que lo retiró.
—Demuestra que lo tuvo en la mano en el instante del fogonazo. La declaración de Roussel y la cadena cortada completarán el resto.
Clovis tomó aire lentamente.
—Bellac lo vio anoche.
—¿Por qué escribió “No es lima” y no “Es el pasador”? —preguntó Delaunay.
Delacroix abrió el cuaderno pequeño del casillero.
En la última página había una anotación escrita con prisa:
No es lima. Es cierre. Argolla y cadena. Cormier. Ampliar puño. Ver broche.
El fragmento encontrado bajo la uña de Bellac —…roche— pertenecía probablemente a una copia de aquella misma frase o a otra nota donde había escrito broche.
—El broche es el alfiler —dijo Clovis—. La brújula.
Delaunay observó la tercera ampliación.
Mostraba el torso de Bastien. El alfiler de corbata se distinguía con claridad suficiente para reconocer sus ocho puntas y el eje inferior, ligeramente más largo que los demás.
Pero había algo más.
Junto al hombro izquierdo de Bastien aparecía una segunda sombra, más pequeña y parcialmente oculta. No podía identificarse un rostro. Solo una línea clara, quizá una manga, y una mano levantada cerca de la viga.
—¿Otra persona? —preguntó el comisario.
Clovis se inclinó.
—O una superposición del reflejo.
—¿Léonie?
—Ella estaba delante de la cámara —dijo Delacroix—. Su imagen principal no puede aparecer también desde este ángulo salvo que el metal refleje dos planos distintos.
—¿Bellac lo sabía?
Clovis examinó la nota.
—No escribió nada.
La cuarta ampliación era la más extraña.
Bellac había trabajado sobre el borde de la mano que sostenía el pasador. Cerca de la muñeca aparecía el puño de la camisa con dos botones y, sobre la tela, una mancha oscura. No parecía grasa extendida al azar. Formaba una línea curva, como si el brazo hubiera rozado un mecanismo engrasado.
Delaunay miró a Delacroix.
—La camisa de Bastien.
—El laboratorio encontró grasa en el puño.
—La misma mezcla que la compuerta.
—Todavía esperábamos el resultado definitivo.
El comisario llamó a un agente para que telefoneara de inmediato.
Mientras aguardaban, Delacroix revisó la caja de placas. Contenía negativos antiguos, retratos y pruebas sin relación con el crimen. El cuaderno recogía nombres de clientes bajo iniciales. En una página central había un registro de los objetos guardados en el casillero.
La última entrada decía:
Una copia para la policía. Una para B. Una para L. Quien pague primero decide cuál sobrevive.
Delaunay leyó en silencio.
—Pensaba chantajear a los dos por separado.
—Sí.
—Quizá Bastien no sabía que Léonie había venido al estudio.
—Probablemente no.
—Y ella no sabía que Bellac también pensaba negociar con él.
—Bellac confiaba en que los cómplices pagarían más si temían traicionarse.
Clovis cerró los ojos.
—Era un miserable.
—Era un testigo —dijo Delaunay—. Eso es lo que importa ahora.
El joven lo miró.
—Puede ser ambas cosas.
Nadie discutió.
El agente regresó con el resultado del laboratorio. La sustancia de la camisa de Bastien coincidía con el lubricante de la compuerta: grafito, aceite mineral y el compuesto anticorrosivo utilizado por el personal de la torre.
Delaunay apoyó las manos sobre la mesa.
—Esto basta para acusarlo de haber preparado la caída.
—Sí.
—Y su declaración demuestra premeditación.
—Demuestra que mintió sobre el lugar, que sostuvo el pasador, que estuvo en contacto con el cierre y que conocía el momento del fogonazo.
—¿Qué más necesita para llamarlo asesino?
—Saber si sabía que Léonie empujaría a Gabriel.
El comisario lo miró con incredulidad.
—Retiró una protección sobre el vacío.
—No sugiero que creyera que preparaba una broma.
—Entonces sabía que Gabriel podía morir.
—Sí.
—Eso es suficiente para mí.
—Para acusarlo, también. Para comprender el caso, no.
Delaunay guardó las ampliaciones en sobres de evidencia.
—Lo interrogaremos ahora.
—No le muestre todas.
—¿Por qué?
—Enséñele la figura y el alfiler. Deje que niegue el pasador.
—Tenemos la imagen en la mano.
—Y él todavía no sabe cuánto se distingue.
El comisario comprendió.
—Quiere darle espacio para una mentira que podamos cerrar después.
—Las mentiras resultan más útiles cuando sus autores creen haberlas elegido.
Antes de abandonar el club, Delacroix preguntó a Delmas quién había accedido a los casilleros la tarde anterior. El conserje consultó un registro.
—Bellac llegó a las siete y cuarto. Permaneció menos de diez minutos.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Alguien preguntó después por Lucien Barois o por el compartimento diecisiete?
Delmas recorrió las líneas con el dedo.
—Una mujer vino cerca de las once.
Delaunay se detuvo.
—¿Qué mujer?
—Llevaba velo. Preguntó si monsieur Barois había dejado un paquete para recoger.
—¿La había visto antes?
—No.
—¿Qué le respondió?
—Que no entregábamos objetos sin llave ni autorización.
—¿Insistió?
—Dijo que Barois era fotógrafo y que ella trabajaba para él. Le expliqué que no conocía a nadie con ese nombre.
—¿Cómo reaccionó?
—Se marchó.
—¿Perfume de violetas? —preguntó Delacroix.
El conserje lo miró con sorpresa.
—Sí.
Léonie había descubierto que Bellac escondía la copia fuera del estudio.
No había encontrado el casillero, pero había estado lo bastante cerca para preguntar por el alias.
—¿Cómo sabía el nombre Lucien Barois? —dijo Delaunay cuando salieron.
—Bellac pudo mencionarlo durante la negociación.
—O ella vio el cuaderno.
—Sí.
—¿Por qué no regresó con una llave?
—Porque Bellac todavía la tenía.
Delaunay tocó el bolsillo donde guardaba el sobre numerado.
—Hasta que murió.
—Quien lo envenenó esperaba registrar el cuerpo o el estudio. No encontró la llave antes de que llegáramos.
—Léonie no regresó.
—Pudo enviar a alguien.
—No entró nadie.
—Por eso la llave seguía debajo del cadáver.
El comisario se detuvo junto al vehículo.
—Bellac cayó sobre ella.
—Quizá la tenía en la mano o intentó esconderla cuando empezó a sentirse mal.
—¿Sabía que lo habían envenenado?
—Es posible.
—Entonces protegió la copia incluso mientras moría.
—Protegió su última moneda de cambio.
Clovis subió al vehículo de los agentes. Antes de cerrar la puerta, llamó a Delacroix.
—Hay algo que no he dicho.
Delaunay soltó una respiración impaciente.
—Empieza a ser una costumbre.
El joven miró las ventanas del club.
—Cuando llegué al estudio ayer a las seis, Bellac no solo tenía dos vasos. Había una caja azul sobre la mesa.
Delacroix pensó en el azúcar.
—¿La caja de plata con tapa azul?
—Sí.
—¿No estaba siempre allí?
—No. Bellac guardaba el azúcar en la cocina. Sacaba la caja solo cuando recibía clientes porque decía que parecía más elegante.
—¿Quién había estado con él?
—No lo sé.
—¿Los terrones estaban ya dentro?
—Supongo.
—¿Tocó la caja?
—La llevé a la cocina cerca de las ocho. Bellac me ordenó que la llenara.
Delaunay se acercó.
—¿Con terrones nuevos?
—Había algunos dentro. Añadí más del paquete de la alacena.
—¿Cuántos quedaban?
—Tres o cuatro.
—¿Los colocó arriba o abajo?
Clovis pensó.
—Los nuevos encima.
Delacroix miró a Delaunay.
Girard había apartado los terrones superiores y elegido dos del fondo. Si Clovis había añadido azúcar limpio sobre los antiguos, el veneno podía haber quedado en la capa inferior desde la visita de Léonie; Bellac, en cambio, había tomado dos de los nuevos.
—¿Bellac volvió a utilizar azúcar? —preguntó.
—Bebió café cuando regresamos del club. Tomó dos terrones con los dedos.
—¿De la parte superior?
—Sí.
—Y no enfermó.
—No.
—Entonces los terrones contaminados fueron colocados después de las ocho.
—Léonie llegó a las nueve —dijo Delaunay.
—Sí.
—Clovis, ¿permaneció durante su visita?
El joven negó.
—Bellac me mandó a buscar comida poco antes. Cuando regresé, la mujer ya se había marchado.
—¿La vio salir?
—Desde la calle. No le vi la cara, pero reconocí el abrigo azul oscuro.
—¿Entró después en la cocina?
—Sí.
—¿Notó algo distinto?
—La caja estaba de nuevo en el estudio, junto a la botella.
—¿Bellac bebió café después?
—No mientras yo estuve allí. Solo coñac.