Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 13 — La copia que faltaba
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Capítulo 13 — La copia que faltaba

A las siete de la mañana, Narcisse Bellac ya había sido declarado culpable de su propia muerte.

La primera edición de los periódicos afirmaba que el fotógrafo, atormentado por haber provocado la caída de Gabriel Montfort, se había quitado la vida ingiriendo productos de revelado.

La segunda añadía detalles que nadie en la Prefectura había comunicado: una nota de arrepentimiento, una botella vacía junto al cadáver y una confesión dirigida a Léonie Auber.

Para la tercera, Bellac había pronunciado el nombre de Gabriel antes de morir.

Ninguna de aquellas cosas había ocurrido.

Delacroix leyó los artículos en el despacho de Delaunay, donde el humo de los cigarrillos se mezclaba con el olor del café y de la ropa húmeda.

Sobre la mesa descansaban la llave marcada con el número diecisiete, el fragmento fotográfico hallado en la bata de Bellac y la libreta donde el muerto había escrito las iniciales de Léonie.

—Una confesión dirigida a la prometida —dijo Delaunay, dejando otro periódico sobre la pila—. También mencionan que la policía encontró su nombre escrito con sangre.

—Los periodistas consideran que la tinta carece de dramatismo.

—Alguien está alimentándolos.

—Sí.

—¿Léonie?

—O Marot. O una persona de la revista. O cualquiera que necesite que la muerte parezca un suicidio antes de que Lemaire termine la autopsia.

Delaunay se apoyó contra el respaldo. No se había cambiado de ropa desde la noche anterior. El nudo de la corbata estaba torcido y una sombra oscura le rodeaba los ojos.

—Si fue envenenado con uno de sus propios productos, la historia se sostendrá sola.

—Solo hasta que alguien explique por qué preparó una negociación, escondió una copia y pidió protección antes de suicidarse.

—La culpa no siempre es razonable.

—Bellac tampoco, pero era constante. Quería dinero, reconocimiento y el derecho a vender la fotografía. La muerte no figuraba entre sus condiciones.

El comisario tomó la llave.

—Mis hombres han revisado los casilleros de la gare du Nord, la gare de l’Est y Austerlitz. Ninguno utiliza este modelo.

—¿Montparnasse?

—Están comprobándolo.

—Bellac trabajaba con actores, pintores y modelos del barrio. Si necesitaba ocultar algo sin alejarse del estudio, habría elegido una estación que conociera.

—También podía pertenecer a un club, un hotel o un guardarropa.

—Sí.

Delaunay lo miró con cansancio.

—Empiezo a comprender por qué utiliza tanto esa palabra. Permite estar de acuerdo sin comprometerse con nada.

—Es una cualidad útil cuando casi todos mienten.

Llamaron a la puerta.

Clovis Perrin entró acompañado por un agente. Llevaba el mismo chaleco prestado de la víspera y una camisa distinta, pero el cansancio había endurecido su rostro. Al saber de la muerte de Bellac, había acudido voluntariamente a la Prefectura antes de que fueran a buscarlo.

No parecía afligido en el sentido convencional. Parecía un hombre al que acababan de arrebatar la posibilidad de decidir si odiaba o admiraba a alguien.

—Quiero verlo —dijo.

Delaunay señaló una silla.

—El cuerpo está en el instituto médico.

—Quiero identificarlo.

—Ya está identificado.

—Trabajé con él durante seis años.

—Y su esposa durante treinta.

Clovis bajó los ojos.

—Ella no conocía el estudio.

—Eso no afecta a la identidad.

El joven se sentó.

Delacroix colocó delante de él el recorte encontrado en la bata. La forma alargada entre los dedos reflejados parecía aún más abstracta bajo la luz del despacho.

—Bellac escribió que no era una lima.

Clovis observó la imagen.

—Anoche pensaba que sí.

—¿Se lo dijo?

—No. Cuando salí de la Prefectura, todavía trabajaba con las ampliaciones. Me ordenó regresar al estudio con más papel, pero el comisario no me permitió abandonar el edificio hasta terminar la declaración.

Delaunay frunció el ceño.

—No mencionó que Bellac le hubiera pedido papel.

—No creí que importara.

—Su capacidad para decidir qué importa está perjudicando seriamente la investigación.

Clovis soportó el reproche sin defenderse.

—¿Cuánto papel pidió? —preguntó Delacroix.

—Dos paquetes de gran formato. Quería probar otro revelador y aumentar el contraste del reflejo.

—¿Tenía papel suficiente en el estudio?

—Sí, pero no del tipo que quería.

—¿Dónde lo compraban?

—En Fournier et Fils, cerca del boulevard Raspail.

—¿Fue usted?

—No. Cuando me dejaron marchar, fui al estudio. Bellac ya estaba allí y dijo que había enviado a otro muchacho.

—¿A qué hora?

—Cerca de las seis.

—¿Estaba solo?

Clovis pensó.

—Eso creí.

—¿Creyó?

—Había dos vasos sobre la mesa.

Delaunay tomó la libreta.

—Léonie llegó a las nueve.

—Entonces alguien estuvo antes.

—¿Reconoció los vasos?

—Bellac siempre dejaba vasos usados. No pregunté.

—¿Qué estaba haciendo?

—Copias pequeñas. Tiras de prueba. Había separado una parte de la placa con máscaras de cartón.

—¿Qué parte?

Clovis señaló el fragmento.

—La mano y el objeto. También el reflejo del pecho de monsieur Cormier.

—¿Ya había identificado el alfiler de la corbata?

—Sí. Dijo que la brújula lo volvía inconfundible.

—¿Qué pensaba que sostenía?

—Al principio, una lima. Después dijo que la proporción no encajaba.

—¿Por qué?

El ayudante tomó un lápiz del escritorio y lo sostuvo horizontalmente.

—Una lima fina tiene un extremo regular y un mango más ancho. Lo que aparecía en la imagen era cilíndrico casi en toda su longitud y tenía una pequeña argolla en un extremo.

Delacroix miró a Delaunay.

—El pasador inferior.

El comisario tomó la fotografía.

—Roussel dijo que llevaba una argolla unida a la cadena.

—Sí.

—¿Puede distinguirse la argolla aquí?

Clovis acercó el fragmento a la lámpara.

—En esta copia, apenas. Bellac consiguió una mejor.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¿La vio?

—Sí.

—Descríbala.

El joven cerró los ojos por un instante, reconstruyendo la imagen.

—La mano aparecía deformada por la placa metálica, pero se distinguían dos dedos alrededor de la pieza. En el extremo había una curva clara. Bellac dijo que podía ser la anilla del pasador. También se veía una franja de tela junto a la muñeca.

—¿Puño de camisa?

—Sí. Con dos botones pequeños.

Delacroix recordó la camisa que Bastien había entregado al laboratorio. Tenía puños dobles, cerrados con botones de nácar en lugar de gemelos. Una elección poco habitual en un hombre que cuidaba tanto su ropa.

—¿El puño pertenecía a Bastien?

Clovis dudó.

—La figura reflejada llevaba su alfiler. La mano estaba debajo. Bellac decía que los reflejos podían desplazarla, pero estaba convencido de que era suya.

—¿Hizo una ampliación completa?

—Varias.

—¿Cuántas?

—No lo sé. Al menos tres buenas y muchas pruebas.

Delaunay abrió el inventario del estudio.

—Solo encontramos fragmentos, copias parciales y las ampliaciones que ya habíamos retirado. Ninguna muestra con claridad el pasador.

—Entonces falta más de una —dijo Clovis.

—Bellac afirmó que había enviado una copia fuera.

—Hacía eso cuando desconfiaba de un cliente.

Delacroix levantó la vista.

—¿Con frecuencia?

—No sé cuántas veces. Me pedía preparar dos sobres idénticos. Uno quedaba en el estudio y el otro iba a un depósito o a la caja de un banco.

—¿Qué depósito?

Clovis miró la llave marcada con el número diecisiete.

—¿Dónde encontraron eso?

—Debajo del cuerpo.

El joven la tomó por los bordes del sobre transparente y observó la forma.

—No es de una estación.

—¿La reconoce?

—Creo que sí.

—¿De dónde?

—Del Cercle Photographique de Montparnasse.

Delaunay se puso de pie.

—¿Un club de fotógrafos?

—Tienen salas, archivo, biblioteca y pequeños compartimentos para guardar placas. Bellac fue miembro fundador. Cada casillero se abre con una llave numerada.

—¿El diecisiete era suyo?

—No lo sé. Cambiaban de número según la disponibilidad.

—¿A qué hora abre?

—A las ocho.

El reloj del despacho marcaba las siete y veinte.

Delaunay llamó a dos agentes y ordenó preparar un vehículo. Clovis se levantó también.

—Voy con ustedes.

—No —dijo el comisario.

—Conozco el edificio.

—Y nosotros sabemos preguntar.

—Bellac podía utilizar un nombre distinto. Los encargados no entregarán nada sin reconocer a alguien.

Delaunay iba a negarse otra vez, pero Delacroix intervino.

—Que venga.

El comisario lo miró.

—Puede estar implicado.

—Precisamente por eso conviene que no permanezca fuera de nuestra vista.

Clovis no pareció apreciar la lógica, aunque aceptó.

El Cercle Photographique ocupaba una antigua casa de tres plantas en una calle secundaria.

La fachada estaba decorada con placas de vidrio coloreado y una cámara de madera aparecía tallada sobre la puerta.

A esa hora, un conserje barría la entrada y no mostró ninguna intención de permitir que la policía alterara su rutina.

Delaunay enseñó la acreditación.

—Buscamos un casillero identificado con el número diecisiete.

—Los compartimentos son privados.

—El propietario ha muerto.

El conserje dejó de barrer.

—¿Quién?

—Narcisse Bellac.

La noticia produjo una reacción extraña. No dolor, sino una resignación inmediata, como si la muerte fuera solo la forma definitiva de una complicación que el fotógrafo llevaba años anunciando.

—Sabía que terminaría mal —murmuró.

—¿Por qué?

—Porque consideraba la discreción una inversión. Las inversiones siempre exigen intereses.

El hombre se llamaba Marcel Delmas y conocía a Bellac desde hacía más de veinte años. Los condujo a una sala del sótano donde varias hileras de pequeños armarios metálicos ocupaban las paredes. Cada puerta llevaba un número de esmalte blanco.

El diecisiete estaba en la fila inferior.

—¿A nombre de quién? —preguntó Delaunay.

Delmas consultó un registro.

—Está alquilado por monsieur Lucien Barois.

—¿Conoce a esa persona?

El conserje miró a Clovis.

—Es uno de los nombres que utilizaba Bellac.

—¿Para qué?

—Para guardar material que no deseaba asociar con su estudio.

Delaunay mostró la orden provisional firmada por un magistrado de guardia. Delmas la leyó con visible disgusto, pero permitió que utilizaran la llave.

Delacroix se agachó.