Capítulo 12 — La muerte del fotógrafo #3
—Pero solo Léonie necesitaba destruir la ampliación.
—Bastien también.
—Está detenido.
—Pudo preparar el veneno antes de serlo.
—No sabía que Bellac encontraría el reflejo.
—Léonie tampoco hasta que vino aquí.
El comisario guardó silencio.
La luz gris del amanecer empezaba a entrar por las ventanas superiores. Bajo ella, el estudio perdió parte de su teatralidad. Los fondos pintados parecían telas, las columnas eran yeso y los retratos de personas importantes mostraban pequeñas grietas en los marcos.
Nada resultaba tan convincente fuera de la luz elegida por Bellac.
Un agente regresó de interrogar a los vecinos.
—Una mujer del segundo piso oyó voces cerca de las nueve. Un hombre y una mujer. No distingue las palabras. Después escuchó bajar a la mujer.
—Eso confirma la visita de Léonie —dijo Delaunay.
—También vio a alguien entrar en el patio poco antes de medianoche —continuó el agente—. Un muchacho con un sobre. Lo recibió Morel.
—¿Algo más?
—Cerca de la una, creyó oír pasos en el techo.
Todos levantaron la vista.
—¿El techo comunica con otro edificio? —preguntó Delacroix.
El dueño de la tienda de marcos, despertado para la inspección, explicó que había una azotea común con el taller contiguo. Sin embargo, la claraboya del estudio estaba cerrada y cubierta por una rejilla interior.
Los agentes subieron.
Encontraron tejas húmedas, chimeneas y varias huellas deformadas por la lluvia. Ninguna llegaba hasta una entrada practicable. La claraboya no había sido forzada.
—Pájaros, gatos o alguien caminando sobre el edificio vecino —concluyó Delaunay al regresar—. No entraron por arriba.
—No necesitaban entrar —repitió Delacroix.
El comisario observó la silla caída.
—¿Y el sobre desaparecido?
—Puede haberlo escondido antes.
—¿La llave diecisiete?
—Nos dirá dónde.
—¿Y si el asesino encontró la copia durante la visita y se la llevó?
—Entonces mató a Bellac aunque ya no la tenía.
—Para silenciarlo.
—Y porque Bellac había visto su rostro, escuchado su oferta y escrito sus iniciales.
Delaunay tomó la libreta.
—Eso basta para detener a Léonie.
—Por el fraude, la compra del anillo y la visita al fotógrafo, sí.
—Y por el asesinato.
—Todavía no sabemos qué mató a Bellac.
—Lemaire lo sabrá.
—Tampoco sabemos qué fue contaminado ni cuándo.
—Pero sabemos quién estuvo aquí.
—También Bellac, Clovis, Girard, Morel y todos sus clientes.
El cansancio endureció el rostro del comisario.
—A veces parece que trabaja para la defensa.
—Trabajo para que la acusación sobreviva a ella.
Delaunay miró por la ventana.
En la calle comenzaban a pasar los primeros carros de reparto. París despertaba sin saber todavía que la tragedia de la torre tenía un segundo cadáver.
—Cuando se publique esto —dijo—, la ciudad dejará de hablar de accidente.
—Hablará de la culpa del fotógrafo.
—¿Por qué?
Delacroix señaló las cubetas, la taza rota y las sustancias del laboratorio.
—Porque es la historia más sencilla. Bellac provocó el fogonazo, comprendió que había causado la muerte de Gabriel y se envenenó entre sus propios productos.
—Pero no fue así.
—No importa durante las primeras horas.
Delaunay frunció el ceño.
—La misma persona que construyó la tragedia romántica puede construir ahora el suicidio del fotógrafo.
—Sí.
—Léonie.
—Probablemente.
El comisario lo miró con cansancio.
—Algún día conseguirá que odie esa palabra.
—Ese día será útil.
Delacroix regresó al laboratorio y observó el espacio donde Bellac había caído.
La taza rota quedaba cerca de la puerta.
Las pinzas, junto a la mesa. La silla había sido desplazada hacia atrás.
El fotógrafo había empezado a sentirse mal mientras trabajaba.
Se levantó, quizá comprendió qué había ingerido y trató de salir.
Pero antes había doblado un recorte, escrito que el objeto no era una lima y conservado una llave bajo la bata.
No había muerto únicamente como testigo.
Había muerto mientras todavía ocultaba una parte de la prueba.
—Busque todos los lugares donde Bellac alquilara un casillero número diecisiete —dijo Delacroix.
Delaunay se acercó.
—Estaciones primero.
—También el club de fotógrafos, los teatros donde trabajaba y cualquier depósito que utilizara para guardar placas.
—Eso llevará tiempo.
—El asesino buscará lo mismo.
—¿Cree que no encontró la copia?
Delacroix miró la libreta: Copia fuera.
—Bellac seguía negociando porque creía tenerla segura. Quien lo mató no podía estar completamente seguro de que fuera una mentira.
Delaunay guardó la llave en un sobre.
—Entonces tenemos una carrera.
—No.
—¿Qué tenemos?
—Una pregunta.
—¿Cuál?
Delacroix miró la caja de azúcar, la cocina, la taza rota y la puerta que Bellac había cerrado desde dentro para mantener a la policía lejos de su trabajo.
—Quién conocía suficientemente bien al fotógrafo para matarlo sin regresar al estudio.
El comisario siguió su mirada.
La segunda muerte no había ocurrido pese a la vigilancia.
Había ocurrido porque todos vigilaban la puerta.
El asesino había preparado el crimen antes de que Bellac decidiera cerrarla.