Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 12 — La muerte del fotógrafo #2
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Capítulo 12 — La muerte del fotógrafo #2

—¿Hora aproximada? —preguntó Delaunay.

—Muy reciente. Menos de una hora, quizá algo más. Necesito examinarlo.

—¿Causa?

—No murió por el golpe contra el suelo. No hay lesión suficiente.

—¿Envenenamiento?

Lemaire miró la taza rota.

—Es posible.

—Trabajaba rodeado de sustancias peligrosas —dijo Delaunay.

—También trabajaba rodeado de cámaras y no espero encontrar una dentro del estómago.

El médico levantó con unas pinzas un fragmento de porcelana. En el interior quedaba una película oscura.

—¿Qué productos utilizaba?

Bellac había guardado los frascos en estantes etiquetados. Había reveladores, fijadores, ácidos, sales y mezclas preparadas por él mismo. Algunos eran corrosivos. Otros podían resultar tóxicos si se ingerían.

—Un accidente es posible —dijo Lemaire—. Un hombre cansado, bebida, recipientes mal cerrados...

—Bellac no permitía comida ni bebida en el laboratorio —recordó Delacroix.

Delaunay asintió.

—Clovis lo confirmó.

—Sin embargo llevó el café dentro —dijo Lemaire.

—Porque había un agente en el estudio y no quería dejar a la vista aquello en lo que trabajaba.

—Entonces su propia desconfianza pudo matarlo.

Delacroix observó las botellas. Todas tenían formas distintas de la cafetera y la taza. Bellac podía haber derramado una sustancia sobre la mesa, pero difícilmente habría confundido un frasco de laboratorio con azúcar.

—¿Cuánto tardaría en actuar un producto ingerido? —preguntó.

—Depende del producto.

—¿Podría beber, hablar durante diez o quince minutos y desplomarse después?

—Sí.

—¿Podría empezar a sentirse mal, levantarse para buscar ayuda y caer junto a la puerta?

—También.

Lemaire señaló la mano extendida.

—La postura sugiere que intentó salir o alcanzar la mesa. No necesariamente pedir ayuda. Podía buscar un antídoto, agua o algo que sabía que necesitábamos encontrar.

—Papel —dijo Delacroix—. Tiene restos bajo una uña.

El médico examinó la mano.

—Pudo romper una fotografía al caer.

Delaunay miró alrededor.

—Falta una ampliación.

—Faltaba ya antes de que muriera —dijo Delacroix.

—No lo sabemos.

—Exactamente.

La revisión del cuerpo continuó. Bellac llevaba en la muñeca izquierda una marca roja reciente, como si alguien lo hubiera sujetado horas antes. Podía proceder del forcejeo con Delacroix. En el cuello no había lesiones. Tampoco señales de una inyección o de violencia directa.

En el bolsillo interior de la bata encontraron un trozo de papel fotográfico doblado cuatro veces.

No era la ampliación completa.

Mostraba únicamente el borde inferior de la placa metálica y una mancha de forma alargada entre unos dedos deformados por el reflejo. Bellac había recortado la imagen hasta dejar solo el objeto que Bastien sostenía.

En el reverso había escrito dos palabras:

No es lima.

Delaunay leyó la nota.

—¿Entonces qué era?

Delacroix inclinó el fragmento bajo la luz.

El objeto parecía demasiado ancho en un extremo y demasiado plano en el otro. Podía ser una pieza metálica, un pasador pequeño o una herramienta plegada.

—Bellac lo había descubierto —dijo.

—Y no llegó a contárnoslo.

—Quizá pensaba hacerlo después de cobrar.

—O se lo escribió a la persona que debía pagar.

Delacroix miró los restos de papel bajo la uña del muerto.

—¿Hay más fragmentos en el suelo?

Los agentes revisaron la zona alrededor del cuerpo. Debajo de la mesa encontraron un pequeño triángulo de papel húmedo. Mostraba parte de una palabra escrita a mano:

…roche

—¿Broche? —propuso Delaunay.

—O reproche, derroche, noche.

—¿El objeto era un broche?

Delacroix pensó en el alfiler de brújula de Bastien, visible en el reflejo. Pero Bellac había escrito que el objeto de la mano no era una lima. Quizá no examinaba lo que Bastien sostenía, sino algo que había retirado de otro lugar.

—Necesitamos reconstruir cualquier papel roto —dijo.

Lemaire se puso de pie con esfuerzo.

—Me llevaré el cuerpo. No les daré una causa definitiva hasta después del examen.

—¿Accidente o asesinato? —preguntó Delaunay.

—La medicina no acepta esas categorías con la rapidez que desea la policía. Puedo decir que probablemente ingirió algo tóxico y que no parece haberlo hecho muchas horas antes.

—¿Suicidio?

El médico miró la sala.

—Un hombre que prepara una negociación, exige dinero, oculta copias y cree estar a punto de mejorar su posición no suele elegir ese momento para matarse.

—La culpa —dijo Delaunay—. Pudo sentirse responsable por el flash.

—La culpa apareció bastante tarde. Ayer estaba más preocupado por sus derechos de reproducción.

Delacroix observó la taza.

—Y si pretendía suicidarse, no habría pedido a un policía que le preparara el café.

Lemaire asintió.

—Eso también.

La palabra asesinato no fue pronunciada, pero quedó en la habitación.

Los agentes fotografiaron el cuerpo antes de retirarlo. Cuando lo levantaron, apareció debajo de su torso una pequeña llave de latón.

No correspondía a la puerta del laboratorio ni a la salida trasera.

Tenía grabado un número: 17.

—¿La llevaba en la mano? —preguntó Delaunay.

—No —respondió uno de los técnicos—. Estaba debajo del pecho. Pudo caer de un bolsillo.

Revisaron las llaves halladas en la bata. Ninguna llevaba número.

—¿Casillero? —dijo Delaunay.

—Caja, guardarropa, depósito —respondió Delacroix.

—¿La copia segura?

—Quizá.

Delaunay envolvió la llave.

—Bellac dijo que se la había enviado a alguien.

—Bellac decía aquello que aumentaba el precio.

—Entonces pudo esconderla él mismo.

—Sí.

—¿Dónde hay casilleros numerados cerca?

—Estaciones, clubes, teatros, depósitos fotográficos.

—Eso representa medio París.

—Bellac esperaba que alguien comprendiera el número.

—¿Quién?

Delacroix miró el recorte encontrado en la bata. No es lima.

—Tal vez la persona a quien pensaba entregar la llave después de cobrar.

El registro del estudio se prolongó hasta el amanecer.

No encontraron la segunda ampliación. Tampoco la nota completa enviada por el mensajero.

En el escritorio apareció una libreta con iniciales, citas y cantidades, pero muchas entradas correspondían a clientes que no tenían relación visible con Gabriel.

Bellac llevaba años anotando favores y secretos mediante códigos que solo él entendía.

En una página reciente había escrito:

L. A. — nueve. No acepta cifra. B. inútil mientras esté encerrado. Copia fuera.

Delaunay leyó la entrada.

—Léonie Auber estuvo aquí a las nueve.

—Sí.

—“No acepta cifra”. Bellac le pidió dinero.

—O ella se negó a pagar lo que exigía.

—“Bastien inútil mientras esté encerrado”. Sabía que no podía negociar con él.

—Eso parece.

—Y “copia fuera”.

—Eso puede ser verdad o una frase destinada a asustar a quien leyera la libreta.

Delaunay cerró el cuaderno.

—Léonie visitó el estudio, discutió el precio y horas después Bellac murió.

—Bajo vigilancia policial y sin que ella regresara.

—Pudo preparar el veneno durante la visita.

—Sí.

—La taza anterior fue retirada por nosotros.

—Pero la cocina, el azúcar, las cucharillas y la cafetera permanecieron aquí.

El comisario miró la caja azul.

—Los terrones.

—Bellac tenía hábitos. Léonie había estado en el estudio el tiempo suficiente para verlo beber coñac, café o ambas cosas. Si sabía que siempre añadía dos terrones...

—Podía contaminar algunos.

—O la cucharilla, el interior de la cafetera, el café molido.

—Eso habría podido matar al agente que lo preparó.

—El agente no lo probó.

Delaunay abrió la caja sin tocar el contenido.

—¿Por qué solo algunos terrones están manchados?

—Porque quizá no todos estaban contaminados y la posición importaba.

—Eso exige demasiada suerte.

—No si quien los ordenó conocía la caja y dejó una capa limpia sobre otra preparada.

El comisario se volvió hacia Girard.

—¿De dónde tomó los terrones?

—Del fondo. Los de arriba estaban algo pegados; los aparté con las tenacillas y tomé dos de abajo.

—¿Estaban manchados?

—No lo noté.

—¿Los tocó con la mano?

—Con las pinzas de la caja.

Delacroix examinó las pequeñas pinzas de plata. Permanecían sobre la tapa, alineadas con cuidado.

—Bellac era meticuloso en su laboratorio —dijo—. Quien preparó esto podía confiar en sus costumbres.

Delaunay caminó hasta la puerta trasera. Los técnicos habían desplazado el armario y examinado el corredor. No había huellas recientes ni señales de entrada. La cerradura acumulaba polvo. Nadie parecía haber utilizado aquella salida durante la noche.

—Entonces no hubo cuarto cerrado —dijo.

—Nunca lo hay.

—La puerta estaba cerrada desde dentro. Los agentes controlaban la escalera y Bellac murió solo.

—Porque el asesino no necesitaba estar aquí cuando murió.

Delaunay miró hacia el laboratorio.

—Eso convierte la visita de Léonie en la oportunidad perfecta.

—También la visita de cualquier cliente anterior, de Clovis, de un empleado o del hombre que habló desde la escalera.