Capítulo 12 — La muerte del fotógrafo
Narcisse Bellac había muerto con los ojos abiertos y una mano extendida hacia la mesa, como si incluso en el último instante hubiera intentado alcanzar algo que consideraba suyo.
Delacroix no entró inmediatamente en el laboratorio.
Permaneció junto al umbral, observando.
La lámpara roja cubría la habitación con una luz espesa que modificaba las distancias y convertía cada objeto en una sombra de sí mismo.
Bellac yacía sobre el costado izquierdo, con una pierna doblada bajo la otra y el brazo derecho extendido hacia una de las cubetas.
Cerca de su mano había unas pinzas caídas.
La silla volcada descansaba detrás del cuerpo.
La taza se había roto junto a la puerta, mezclando el café con un líquido claro derramado desde una botella pequeña.
La escena ofrecía una explicación inmediata.
El fotógrafo había trabajado solo. Había bebido demasiado coñac, confundido una sustancia del laboratorio con otra o volcado accidentalmente algún producto en el café. Después se había sentido mal, intentado alcanzar la salida y caído antes de conseguirlo.
Era una explicación casi tan cómoda como el ataque de Gabriel en la torre.
Delaunay dio un paso.
—No toque nada.
—Pensaba decirle lo mismo.
El comisario se detuvo. Uno de los agentes permanecía detrás de ellos, respirando con dificultad.
Se llamaba Julien Girard y era quien había vigilado el interior del estudio durante la primera parte de la noche.
El otro, Morel, esperaba en la escalera con el rostro pálido y la barra de hierro todavía entre las manos.
—¿Ha entrado alguien después de que nos marcháramos? —preguntó Delacroix.
—Nadie —respondió Girard.
—Piénselo antes de contestar.
—No necesito pensarlo. Estuve aquí.
—No todo el tiempo.
El agente apretó la mandíbula.
—Salí menos de dos minutos.
Delaunay se volvió hacia él.
—¿Por qué?
—Necesitaba ir al retrete. Está en el rellano inferior. Dejé la puerta del estudio abierta y le pedí a Morel que vigilara la escalera.
—¿A qué hora?
—Cerca de la una y cuarenta.
—¿Bellac estaba vivo?
—Sí. Había salido del laboratorio unos minutos antes. Me pidió que le preparara café.
Delacroix miró la taza rota.
—¿Lo preparó usted?
—Sí.
—¿Dónde?
—En la pequeña cocina del estudio. Utilicé una taza limpia y agua nueva.
—¿Añadió algo?
Girard dudó.
—Café.
—Eso esperaba.
—Azúcar. Dos terrones.
—¿De dónde?
El agente señaló hacia el estudio principal.
Sobre una mesa lateral, detrás de la botella de coñac, había una caja de plata con tapa azul. Delacroix la había visto durante su visita, pero no recordaba que Bellac la hubiera abierto.
—¿Los tomó usted? —preguntó.
—Bellac me indicó dónde estaban. Preparé la taza y se la llevé.
—¿Usó una cuchara?
—Sí.
—¿Cuál?
Girard señaló el suelo del laboratorio. Una cucharilla descansaba cerca de la pata de la mesa, separada de los fragmentos de porcelana.
—¿Lo vio beber?
—Un sorbo. Se quejó de que estaba demasiado caliente y volvió al laboratorio.
—¿Llevó consigo la taza?
—Sí.
—¿La puerta quedó abierta?
—Entornada.
Delaunay miró el cuerpo.
—¿Cuándo salió usted al rellano?
—Unos tres minutos después. Bellac seguía trabajando. Le avisé.
—¿Le respondió?
—Dijo que no pensaba escapar por la ventana.
—¿Cuánto tardó?
—Menos de dos minutos. Morel permanecía al pie de la escalera. Nadie subió.
—¿Y al regresar?
Girard bajó la vista.
—La puerta estaba cerrada.
—¿Con llave?
—Sí.
—¿Desde dentro?
—La llave había quedado puesta del lado interior. La vi por el cristal.
—¿Qué hizo?
—Llamé. Bellac respondió que quería trabajar sin que lo observaran.
—¿Lo oyó claramente?
—Sí.
—¿A qué hora?
—La una y cuarenta y tres, quizá.
—Después de beber el café.
—Sí.
—¿Volvió a hablar con él?
—Desde el otro lado de la puerta. Cerca de la una y cuarenta y seis le pregunté si se encontraba bien. Dijo que sí y que dejara de molestarlo.
—¿Era su voz?
Girard frunció el ceño.
—Claro que era su voz.
—¿Lo vio?
—No.
Delaunay se acercó.
—¿Podría haber oído una grabación, una imitación o a otra persona?
—Comisario, era Bellac. Me insultó.
—Eso mejora la identificación —dijo Delacroix.
Girard no sonrió.
—Después no volvió a responder. Al principio pensé que lo hacía por fastidiarme. A la una y cuarenta y ocho escuché una silla caer o algo parecido. Llamé otra vez. Nada. Avisé a Morel y a la Prefectura.
—¿Esperó hasta que llegáramos para entrar? —preguntó Delaunay.
—La puerta estaba cerrada. Morel subió con la barra. Nos ordenaron no forzarla hasta que usted llegara, salvo que oyéramos algo más.
El comisario miró el reloj de pared. Marcaba las dos y doce, aunque no podía saberse si funcionaba correctamente.
—¿Cuánto tiempo pasó desde el golpe hasta que entramos?
—Poco menos de veinticinco minutos.
Delaunay no ocultó su disgusto.
—Si aún estaba vivo...
—No respondió, comisario. Y nos habían ordenado no alterar la escena.
—También les ordené mantenerlo vivo.
Girard bajó la cabeza.
Delacroix seguía observando el laboratorio.
La salida trasera continuaba bloqueada por el armario. La ventana era alta, estrecha y permanecía cerrada por dentro. No había cortinas agitadas, cristales rotos ni señales de que nadie hubiera atravesado el estudio después de que la policía se marchara.
Pero la ausencia de una entrada no convertía una muerte en accidente.
—Llame a Lemaire —dijo Delaunay—. Y a un equipo completo. Nadie toca la cocina, la caja del azúcar, la botella ni el fregadero.
Morel bajó la escalera a toda prisa.
Delacroix se puso guantes antes de entrar.
Se acercó al cuerpo sin pisar las manchas.
Bellac tenía el rostro congestionado y una pequeña línea oscura en la comisura de los labios.
No había espuma ni heridas visibles. Los dedos de la mano extendida estaban ligeramente cerrados, como si hubiera intentado conservar algo que ya no se encontraba allí.
Delacroix examinó las uñas.
Había restos de papel húmedo bajo una de ellas.
—Delaunay.
El comisario se acercó.
—¿Qué ve?
—Papel fotográfico o parte de un sobre.
—Pudo estar trabajando.
—Sí.
En la mesa de ampliación había varias hojas húmedas. Algunas mostraban retratos antiguos, pruebas de contraste y fragmentos de la estructura de la torre. Ninguna contenía el reflejo completo de Bastien.
El gran sobre que Bellac había utilizado antes de la llegada de la policía no estaba allí.
Pero tampoco había prueba de que hubiera permanecido en el estudio después de su primera conversación con Delacroix.
—¿Registraron a Bellac antes de dejarlo? —preguntó.
Girard respondió desde el umbral.
—No completamente. El comisario ordenó inventariar el laboratorio, no registrar al propietario.
—¿Salió del estudio después de que nos marcháramos?
—No.
—¿Envió correspondencia?
—Un mensajero llegó a medianoche.
Delaunay giró con brusquedad.
—Ha dicho que no entró nadie.
—El muchacho no subió. Morel recibió el sobre abajo.
—¿Para quién?
—Bellac.
—¿De quién?
—No llevaba remitente.
—¿Dónde está?
Girard miró hacia el escritorio del estudio principal.
—Se lo entregué.
Delaunay salió del laboratorio. Delacroix lo siguió.
Sobre el escritorio había cartas abiertas, facturas y varios sobres vacíos. Ninguno parecía recién recibido. La papelera contenía fragmentos de pruebas fotográficas, un cordel y dos hojas arrancadas de una libreta.
—¿Cómo era el sobre? —preguntó Delacroix.
—Pequeño. Papel gris. Cerrado.
—¿Bellac lo abrió delante de usted?
—Sí.
—¿Qué contenía?
—Una nota.
—¿La leyó?
—No.
—¿Qué hizo él?
—Sonrió. Después la guardó en el bolsillo de la bata.
Registraron la prenda con cuidado. En los bolsillos encontraron cerillas, tabaco, una lupa, dos llaves, monedas y un pañuelo. No había nota.
—¿Pudo destruirla? —preguntó Delaunay.
—Había fuego encendido en la cocina —respondió Girard.
Delacroix fue hasta allí.
La cocina era pequeña, con un fogón de gas, un fregadero, una alacena y una mesa cubierta de platos sin lavar. En el fogón ardía todavía una llama baja bajo una cafetera ennegrecida. Cerca había un cenicero lleno, varias cucharillas y un frasco de café molido.
El recipiente de basura contenía restos de comida y papel quemado. Delacroix encontró un fragmento gris ennegrecido en los bordes. Solo se conservaban unas letras:
…tendrá lo que pidió. No…
El resto había desaparecido.
—La persona que envió esto prometía pagar —dijo Delaunay.
—O fingía hacerlo.
—Bellac sonrió.
—Creyó que su chantaje funcionaba.
—Y después murió.
Delacroix miró la cafetera.
—¿De aquí sirvió el café? —preguntó a Girard.
—Sí.
—¿Quién la había preparado?
—Bellac dijo que estaba recién hecha.
—¿La probó usted?
—No.
—¿Vertió directamente de la cafetera a la taza?
—Sí.
—¿Y añadió dos terrones de la caja azul?
—Sí.
Delacroix regresó al estudio.
La caja de plata permanecía cerrada. La abrió con unas pinzas.
Dentro había nueve terrones de azúcar. Algunos eran perfectamente blancos. Dos mostraban una pequeña zona amarillenta en uno de los bordes, como si hubieran absorbido humedad o entrado en contacto con otra sustancia.
Delaunay se inclinó.
—No los toque.
—No pensaba hacerlo.
—¿Pudo ser el azúcar?
—Pudo ser el café, la taza, la cuchara o algo que Bellac tomara después.
—La taza estaba limpia.
—Según Girard.
El agente se sintió aludido.
—La saqué de la alacena. La enjuagué antes.
—¿Con qué agua?
—Del grifo.
—¿La secó?
—No.
—¿Usó alguna de las cucharillas de la mesa?
—La que está en el laboratorio.
—¿Dónde estaba?
—Junto a la caja de azúcar.
Delacroix miró la cucharilla desde la puerta. Sobre el mango había una mancha blanquecina.
—Todo debe analizarse por separado —dijo.
Delaunay ordenó que nadie volviera a entrar en la cocina.
Lemaire llegó veinte minutos después, envuelto en un abrigo demasiado grande y con una expresión que dejaba claro que consideraba la muerte una actividad maleducada cuando ocurría de madrugada.
—Dos noches seguidas —dijo al ver a Delacroix—. París estaba más tranquila antes de su visita.
—Eso afirma madame Blanchet.
El médico se puso guantes y entró en el laboratorio. Observó el cuerpo, olió con cuidado los líquidos derramados y comprobó la rigidez de las articulaciones.