Capítulo 11 — El fotógrafo quiere negociar #4
—Está preocupado.
—Bellac cree que ha comprado seguridad al repartir una fotografía.
—Quizá tenga razón.
—La seguridad no se compra con algo que otra persona necesita destruir. Solo se retrasa el momento en que decide destruir también al dueño.
Caminaron hasta el vehículo. El comisario sostuvo la ampliación embalada sobre las rodillas durante el trayecto de regreso a la Prefectura.
—La figura es Bastien —dijo.
—Sí.
—La herramienta puede relacionarlo con la compuerta.
—Quizá.
—La mano está donde el camarero dijo que lo vio agachado.
—Sí.
—Y Léonie visitó a Bellac después de la identificación.
—Sí.
Delaunay apoyó la cabeza contra el respaldo.
—Por una vez podría responder sin añadir una duda.
—Las dudas son lo que impide detener a la persona equivocada.
—Bastien no parece demasiado equivocado.
—No lo es. Pero todavía debemos saber qué parte del plan conocía y qué hizo Léonie mientras él preparaba el mecanismo.
—Compró el anillo, cambió la carga y empujó a Gabriel.
—Probablemente.
—Otra vez.
Delacroix miró las calles mojadas.
—Las probabilidades sirven para elegir dónde buscar. No para cerrar una celda.
Al llegar a la Prefectura, Delaunay dejó la ampliación bajo custodia y ordenó al laboratorio analizar de inmediato la taza de Bellac. El café contenía restos de los productos habituales del estudio, aunque el examen completo tardaría varias horas.
Poco antes de medianoche, un agente llamó desde Montparnasse.
Bellac se encontraba trabajando en el laboratorio. Había protestado por la vigilancia, insultado a ambos policías y pedido café nuevo. El agente lo había preparado personalmente en la cocina del estudio, utilizando agua y una taza limpia.
No había recibido visitas.
La puerta trasera seguía bloqueada.
Todo estaba en orden.
Delacroix regresó al hotel cerca de la una. Madame Blanchet había dejado una lámpara encendida en el vestíbulo y una nota junto a la llave de su habitación:
París continúa sin ser un lugar adecuado para descansar.
Subió al tercer piso, se quitó el abrigo y se sentó frente al escritorio sin encender la chimenea. La fotografía de Bellac no estaba allí, pero podía verla con claridad: Gabriel mirando hacia la galería, Léonie sujetándolo, Bastien reflejado en el metal y una mano cerrada sobre una herramienta.
Cuatro personas dentro de una imagen.
Una de ellas muerta.
Dos mintiendo.
La cuarta intentando decidir cuánto cobrar por haberlos visto.
Delacroix abrió la ventana. El patio interior estaba oscuro. En alguna habitación lejana sonó una tubería. Después, silencio.
Pensó en la taza tibia, en la segunda huella sobre la botella y en la puerta trasera bloqueada desde dentro. Léonie había estado en el estudio. Bellac había bebido con ella. Si hubiese querido matarlo en ese momento, habría tenido oportunidad.
Pero no lo había hecho.
Todavía necesitaba la copia.
O necesitaba saber dónde estaba.
Delacroix cerró la ventana.
A las dos menos cuarto, llamaron a la puerta de su habitación.
No era madame Blanchet.
Delaunay estaba en el corredor, sin sombrero y con el abrigo mal abrochado.
—Bellac no responde.
Delacroix tomó el revólver y volvió a ponerse el abrigo.
—¿Los agentes entraron?
—La puerta principal está cerrada por dentro. La trasera sigue bloqueada.
—¿Cuándo lo vieron por última vez?
—Hace cuarenta minutos. Uno de ellos habló con él desde el estudio. Bellac dijo que quería trabajar solo en el laboratorio.
—¿Escucharon algo?
—Un golpe. Después nada.
Bajaron las escaleras sin despertar a madame Blanchet.
El vehículo los llevó por calles casi vacías. La niebla se había espesado. Las luces de Montparnasse aparecían y desaparecían detrás de los cristales.
Cuando llegaron al edificio, la tienda de marcos estaba oscura. Dos agentes esperaban en el patio. Uno tenía en la mano una barra de hierro.
—No hemos forzado todavía —dijo.
Delacroix subió primero.
La luz seguía encendida detrás del cristal esmerilado. Golpeó la puerta.
—Bellac.
No hubo respuesta.
Delaunay llamó también.
—¡Abra!
Silencio.
El agente introdujo la barra junto a la cerradura. La madera cedió después del segundo intento.
La puerta se abrió.
El estudio estaba vacío.
La botella continuaba sobre la mesa. Los vasos habían sido retirados. Una silla estaba caída cerca del laboratorio. Desde dentro llegaba la luz roja.
Delacroix avanzó lentamente.
—Bellac.
Nadie respondió.
La puerta del laboratorio estaba entreabierta.
Sobre el suelo, junto al umbral, había una taza rota.
Delacroix empujó la puerta con el cañón del revólver.
Narcisse Bellac yacía junto a la mesa de revelado, con un brazo doblado bajo el cuerpo y la otra mano extendida hacia una de las cubetas. Sus ojos estaban abiertos. En el suelo se había derramado un líquido oscuro que se mezclaba con el café y los productos químicos.
La silla había caído detrás de él.
La ventana permanecía cerrada.
La salida trasera seguía bloqueada por el armario.
Delaunay se agachó sin tocar el cuerpo.
—Está muerto.
Delacroix observó la mesa.
Faltaba el gran sobre donde Bellac había guardado las pruebas fotográficas antes de la llegada de la policía.
También faltaba una de las llaves del laboratorio.
Sobre una cuerda colgaban varias copias húmedas, pero ninguna mostraba la placa metálica de la torre.
El fotógrafo había conservado una imagen para negociar.
Alguien acababa de cobrarla.