Capítulo 11 — El fotógrafo quiere negociar #3
—Los periódicos hablan de la fotografía.
—Los periódicos no saben que encontró un reflejo.
—Quizá lo supuso.
—¿Le mostró la ampliación?
—No.
—¿Le pidió dinero?
—No directamente.
—¿Qué dijo?
Bellac se humedeció los labios.
—Que la policía podía interpretar mal ciertas sombras. Que una fotografía incompleta destruiría reputaciones inocentes.
—¿Le ofreció algo?
—Dijo que las personas agradecidas recuerdan a quienes las protegen.
—Y usted respondió con una cifra.
—No.
—Con una reunión mañana.
Bellac no negó esta vez.
Delacroix miró los vasos. Léonie había estado allí. Había visto al menos el estudio, quizá la ampliación cubierta. Había comprobado cuánto sabía Bellac y cuánto deseaba cobrar por su silencio.
—¿Se marchó por la puerta principal? —preguntó.
—Sí.
—¿Hace cuánto?
—Media hora.
—¿La siguió alguien?
—No lo sé.
—¿Tocó algo en el laboratorio?
—No entró.
—¿La botella?
Bellac miró el coñac.
—Bebió una copa.
—¿La taza?
En una mesa lateral, junto a varias hojas de contacto, había una taza de porcelana con restos de café. Bellac la observó como si acabara de recordar su presencia.
—Era mía.
—¿Cuándo la preparó?
—Esta tarde.
—Está tibia.
Bellac se acercó y tocó el borde.
—Debí de servirla después.
—¿Bebió Léonie?
—Coñac.
—¿Está seguro?
—Sí.
Delacroix olió el café sin acercarlo demasiado. No percibió nada extraño más allá del amargor y un leve aroma metálico propio del laboratorio.
—No beba nada más.
Bellac soltó una risa.
—Ahora sí parece preocupado.
—Ahora sé que la persona que pudo matar a Gabriel estuvo aquí y que usted intentó chantajearla.
—No puede demostrar que fuera Léonie.
—Usted acaba de hacerlo.
El fotógrafo miró la ampliación.
—No dije su nombre.
—No hacía falta.
Delacroix caminó hasta la puerta del estudio y golpeó tres veces el marco: dos rápidas y una lenta.
La señal acordada.
Bellac se volvió.
—Le dije que viniera solo.
—Vine solo.
—Ha llamado a la policía.
—La policía ya estaba aquí.
El fotógrafo avanzó para cerrar la puerta del laboratorio, pero Delacroix se interpuso.
—La ampliación queda bajo custodia.
—No puede llevársela.
—Delaunay puede.
—¡Hicimos un acuerdo!
—Usted expuso condiciones. Yo no acepté ninguna.
Bellac intentó apartarlo. Delacroix sujetó su muñeca.
El fotógrafo se detuvo.
Durante un segundo, la furia de su rostro pareció desproporcionada. Después se transformó en miedo. No miraba a Delacroix. Miraba por encima de su hombro, hacia el estudio.
—¿Qué ocurre? —preguntó Delacroix.
Bellac abrió la boca.
No llegó a responder.
Un golpe sonó en la puerta exterior.
Después otro.
—¡Bellac! —llamó Delaunay—. Abra.
El fotógrafo soltó el aire y retiró la mano.
—No quiero escándalos.
—Ha elegido una profesión inadecuada.
Delacroix abrió la puerta. Delaunay entró seguido por un agente. Miró primero al fotógrafo, luego el laboratorio y finalmente la ampliación descubierta.
—¿Eso era lo que encontró?
—Cormier en el reflejo —dijo Delacroix—. Y una mano junto al cierre.
Delaunay se acercó a la mesa.
—¿Por qué no la entregó esta mañana?
Bellac recuperó parte de su orgullo.
—Necesitaba trabajarla.
—La terminó hace horas.
—Eso no puede saberlo.
—Puedo detenerlo por ocultamiento de evidencia.
—Y yo puedo explicar a todos los periódicos que la Prefectura intenta apropiarse de mi trabajo.
—Explíquelo desde una celda.
Bellac se volvió hacia Delacroix.
—Dijo que constaría mi colaboración.
—Constará también el momento en que empezó.
Delaunay llamó al agente y ordenó embalar la ampliación, revisar el laboratorio e inventariar todas las copias. Bellac protestó cuando tocaron sus sobres. El comisario no le prestó atención.
—Hay otra copia —dijo Delacroix.
Delaunay levantó la vista.
—¿Dónde?
—Bellac no quiere decirlo.
—No existe —intervino el fotógrafo.
—Hace un momento estaba orgulloso de que existiera.
—Hablaba en teoría.
—No es buen momento para teorías.
Delaunay se acercó a él.
—¿Dónde está?
Bellac miró a ambos hombres.
—Segura.
—Eso no es un lugar.
—Lo será cuando mañana todo esto termine.
—Nada terminará mañana.
El fotógrafo sonrió con una confianza que no alcanzaba sus ojos.
—Para alguien sí.
Delaunay frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Bellac tomó el vaso que todavía quedaba sobre la mesa.
Delacroix se lo quitó antes de que bebiera.
—Le he dicho que no toque nada.
—Es mi estudio.
—Esta noche no.
Bellac lo miró con irritación, pero no insistió.
Los agentes revisaron la escalera trasera. El armario bloqueaba una puerta estrecha que conducía a un corredor de servicio y, desde allí, al piso inferior. La cerradura podía abrirse por ambos lados. Bellac afirmó que llevaba semanas sin utilizarla.
Uno de los agentes encontró marcas recientes en el suelo. El mueble había sido desplazado aquella misma noche.
—¿Quién lo movió? —preguntó Delaunay.
—Yo.
—¿Por qué?
—Para que nadie entrara.
—¿Antes o después de la visita de Léonie?
Bellac palideció.
Delaunay se volvió hacia Delacroix.
—¿Léonie estuvo aquí?
—Bellac dice que no vio bien el rostro.
El comisario miró al fotógrafo.
—¿Vino o no?
—Una mujer vino a preguntar por un retrato.
—¿Usaba velo?
—Sí.
—¿Perfume de violetas?
Bellac guardó silencio.
—¿Le habló de la ampliación?
—No.
—¿Le mostró algo?
—No.
—¿Le pidió que destruyera una copia?
—No con esas palabras.
Delaunay dejó escapar una respiración lenta.
—Quedará un agente aquí toda la noche.
—No lo necesito.
—No es para protegerlo únicamente a usted.
—No permitiré que un policía duerma en mi estudio.
—Entonces dormirá usted en la Prefectura.
Bellac observó alrededor. La posibilidad de abandonar las cámaras, los negativos y los archivos pareció resultarle más intolerable que el peligro.
—Me quedaré.
—Con vigilancia.
—Un hombre en el pasillo.
—Uno dentro del estudio y otro abajo.
—Esto es una ocupación.
—Es una oportunidad de llegar vivo a mañana.
El fotógrafo apretó la mandíbula.
Delaunay señaló la taza.
—¿Quién preparó ese café?
—Yo.
—¿Cuándo?
—No recuerdo.
—¿Bebió?
—Un poco.
—¿Se siente bien?
Bellac pareció irritado por la pregunta.
—Perfectamente.
Delacroix observó sus pupilas, el color del rostro y la firmeza de las manos. Estaba cansado, nervioso y había bebido demasiado coñac, pero no mostraba todavía signos claros de intoxicación.
—Llévense la taza —dijo.
Bellac protestó.
—¿También van a arrestar mi vajilla?
—La taza tuvo contacto con una visitante que usted se niega a identificar —respondió Delaunay—. Considérelo un honor.
Los agentes continuaron el inventario. Encontraron dos sobres vacíos, varias tiras de prueba y una hoja rasgada en cuatro partes dentro de una papelera. Reconstruida sobre la mesa, mostraba una ampliación imperfecta del reflejo. Bellac había intentado destruirla, aunque no por completo.
—¿Por qué rompió esta? —preguntó Delacroix.
—El contraste era malo.
—Se distingue mejor la mano que en la copia grande.
Bellac miró los fragmentos.
La imagen mostraba la forma alargada entre los dedos. No era una llave. Tampoco un encendedor. Parecía una pequeña herramienta estrecha, quizá una lima o una hoja de metal.
—Cormier tenía un cortaplumas —dijo Delaunay.
—El inventario lo sitúa entre sus pertenencias —respondió Delacroix.
—Podía llevar otra herramienta.
—O haberla entregado después.
Bellac se sentó. Por primera vez parecía agotado de verdad.
—¿Qué espera de mí ahora?
—La segunda copia —dijo Delaunay.
—No está aquí.
—¿Dónde?
—Se la envié a alguien.
—¿A quién?
El fotógrafo miró a Delacroix.
—A una persona que sabe guardarla.
—Nombre.
—No.
Delaunay dio un paso.
—Bellac.
—Si digo el nombre, la copia deja de estar segura. Esa es la razón por la que la envié.
—La razón fue asegurarse de cobrar.
—Llámelo como quiera.
—La persona que la tiene corre peligro.
—Nadie sabe quién es.
—Usted sí. Y alguien ya vino a preguntarle.
Bellac negó con la cabeza.
—No la encontrarán.
—Encontraron a Gabriel en una torre llena de gente —dijo Delacroix—. No confíe demasiado en las distancias.
El fotógrafo no cedió.
A las once y cuarto, Delaunay decidió abandonar el estudio después de instalar la vigilancia.
Se llevó la ampliación, las tiras de prueba, la taza y el recipiente donde Bellac guardaba los productos de revelado más peligrosos.
Dos agentes permanecerían allí. Otro vigilaría la escalera trasera desde el piso inferior.
—No abra a nadie —ordenó el comisario.
Bellac señaló a los policías.
—¿Cómo podría hacerlo sin pedir permiso?
—Inténtelo y descubrirá que son menos pacientes que sus modelos.
Delacroix se detuvo junto a la puerta.
—¿A qué hora debía regresar el hombre del dinero?
Bellac no respondió.
—Ha dicho que mañana.
—Eso dijo él.
—Pero usted escribió en su nota: “Venga esta noche”. No especificó que tuviera prisa. Tenía miedo.
—Quería cerrar el asunto.
—¿A qué hora?
—No fijamos ninguna.
—Entonces puede aparecer cuando quiera.
Bellac miró hacia la escalera trasera.
—Sus agentes están aquí.
—Sí.
—No me ocurrirá nada.
Delacroix observó el estudio: los vasos, la botella, la puerta bloqueada, la ventana alta y el laboratorio donde todavía flotaba el olor de los químicos. Todo parecía controlado.
Los lugares controlados eran los que más preocupaban.
—Díganos dónde está la copia —repitió.
—Mañana.
—Puede que mañana ya no le pertenezca la respuesta.
Bellac sonrió débilmente.
—Siempre termina hablando como si supiera quién va a morir.
—No. Solo sé reconocer a alguien que está negociando con una persona que ya ha matado.
El fotógrafo cerró la puerta.
Delaunay y Delacroix descendieron por la escalera. El agente de la tienda de marcos salió detrás de ellos y ocupó su posición en el patio.
—Deberíamos llevarlo con nosotros —dijo Delaunay.
—No aceptará sin arresto.
—Puedo arrestarlo.
—Y entonces pedirá un abogado, negará la existencia de la otra copia y convertirá su silencio en una cuestión de derechos.
—Al menos estaría vivo.
Delacroix miró hacia la ventana iluminada.
—Los agentes deben vigilar también lo que bebe y cualquier producto que utilice.
—Ya lo he ordenado.
—Que revisen la salida trasera cada quince minutos.
—También.
—Y que nadie entregue mensajes sin abrirlos.
Delaunay lo observó.