Capítulo 11 — El fotógrafo quiere negociar #2
Delacroix recorrió la mesa con la mirada.
Uno de los sobres tenía una esquina doblada y una marca circular de humedad, como si hubiera permanecido debajo de un vaso.
Otro estaba cerrado con lacre. En el borde de la botella se distinguía una segunda huella de dedos, más estrecha que la del fotógrafo.
—¿Fue Bastien?
—Está detenido.
—Léonie puede moverse.
—La vigilan.
—No todo mensaje necesita una persona.
Bellac se acercó demasiado.
—No sabe de qué habla.
—Sé que alguien estuvo aquí antes que yo y que usted sigue vivo, lo que indica que todavía no mostró la copia o que ha convencido a esa persona de que existe otra.
El fotógrafo retrocedió.
No había miedo pleno en su rostro. Había irritación por haber sido comprendido antes de fijar el precio.
—Supongamos que tengo una imagen —dijo—. Una ampliación obtenida mediante mi trabajo, mi equipo y mi conocimiento. ¿Por qué debería entregarla sin garantías?
—Porque un hombre fue asesinado.
—La policía ya tiene el negativo.
—Y usted sabe qué parte ampliar.
—Sin mí pueden pasar semanas observando manchas.
—Entonces explíquelo.
Bellac caminó hacia el laboratorio otra vez.
—Quiero que mi nombre no aparezca vinculado con la negligencia del flash.
—Eso no depende de la fotografía.
—El recipiente fue cambiado.
—Sí.
—Y Clovis intentará decir que yo ordené una carga mayor.
—¿La ordenó?
—No.
—Entonces su ayudante debería preocuparle menos que la verdad.
Bellac apretó el picaporte sin abrir.
—Quiero que conste que colaboré. Que descubrí la prueba. Que la policía no habría visto nada sin mí.
—Eso puede constar.
—También quiero conservar los derechos de reproducción.
Delacroix lo miró.
—Gabriel Montfort murió en esa imagen.
—Murió después.
—La diferencia no mejora su petición.
—Los periódicos pagarán una fortuna por la última fotografía del hombre de la torre.
—Por eso no la obtendrán.
—No puede impedirlo para siempre.
—Delaunay puede impedirlo durante un juicio.
—Cuando termine, la fotografía ya no valdrá lo mismo.
—Entonces ha calculado el precio de un cadáver.
Bellac apartó la mirada.
—Todo París lo ha hecho desde ayer.
—Usted pretende cobrarlo.
El fotógrafo abrió por fin la puerta del laboratorio.
La habitación estaba iluminada por una lámpara roja. Había cubetas alineadas, pinzas, botellas de productos químicos, una mesa de ampliación y varias cuerdas donde colgaban fotografías húmedas. El aire era más caliente y pesado. Olía a papel mojado, vinagre y sustancias metálicas.
Bellac encendió una segunda lámpara, más débil.
—No toque nada.
—Eso suele decirse en las escenas del crimen.
—Aquí no hay ningún crimen.
—Todavía.
Bellac se detuvo.
—Disfruta diciendo eso.
—No.
La ampliación estaba cubierta por un paño negro sobre una mesa lateral. Bellac no lo retiró. En cambio, tomó una copia pequeña y se la entregó.
Era una ampliación del extremo derecho de la fotografía. La imagen mostraba la compuerta detrás de Léonie, parte de la estructura y una placa metálica fijada al marco. La superficie reflejaba el fogonazo como una mancha blanca. Dentro del reflejo aparecía una forma oscura.
—¿Qué ve? —preguntó Bellac.
Delacroix inclinó el papel bajo la lámpara.
—Una silueta.
—Mire el centro.
La forma era humana. Solo se distinguía una parte del torso, deformada por la curvatura del metal. Había una línea clara a la altura del cuello y, debajo, un punto brillante con varias prolongaciones.
Una estrella.
O una brújula.
El alfiler de Bastien.
—Cormier —dijo Delacroix.
Bellac sonrió.
—Estaba junto a la galería.
—Eso ya lo sabíamos por el camarero.
—El camarero vio a un hombre agachado. Esta imagen demuestra que Cormier estaba lo bastante cerca para reflejarse en el marco en el instante de la exposición.
—¿Se distingue qué hacía?
—En esta copia, no.
—¿En la otra?
Bellac no respondió.
Delacroix miró el paño negro.
—Retírelo.
—Primero mis condiciones.
—Ya tiene la garantía de que se reconocerá su trabajo.
—No basta.
—¿Qué más quiere?
Bellac volvió al estudio principal y sirvió otro coñac. Delacroix lo siguió.
—Quiero protección —dijo el fotógrafo.
—¿De quién?
—No lo sé.
—Entonces no puedo protegerlo.
—De quien mató a Montfort.
—Eso reduce poco el círculo.
—Alguien vino esta tarde.
—¿Quién?
Bellac bebió.
—Un mensajero.
—¿Con qué mensaje?
—Que destruyera cualquier ampliación lateral y entregara solo la copia principal.
—¿Firmado?
—No.
—¿Cómo llegó?
—Un muchacho. No tendría más de doce años. Dijo que una señora le pagó para traer el sobre.
—¿Lo conserva?
—Sí.
—¿Dónde?
—En un lugar seguro.
—No en el estudio.
—No.
—¿Qué respondió?
Bellac sonrió con una vanidad casi infantil.
—Que una fotografía destruida suele resultar más cara que una conservada.
—Chantajeó a alguien sin saber quién era.
—Le hice comprender que no trabajo gratis.
—¿Pidió una cantidad?
—Pedí una reunión.
—¿Y vino alguien?
El fotógrafo miró hacia la ventana.
—No exactamente.
—La colilla de la escalera.
—Un hombre subió hasta la puerta. No entró.
—¿Lo vio?
—A través del cristal. Sombrero, abrigo oscuro. No pude verle la cara.
—¿Habló?
—Dijo que podía entregarme dinero mañana.
—¿Cuánto?
Bellac mencionó una cifra superior al salario anual de varios agentes.
—¿Aceptó?
—Dije que necesitaba una garantía.
—¿Cuál?
—Una confesión escrita de que el recipiente de magnesio había sido cambiado sin mi conocimiento.
Delacroix lo observó.
—No buscaba protección. Buscaba limpiar su reputación y cobrar.
—Ambas cosas pueden coincidir.
—¿El hombre aceptó?
—Dijo que hablaríamos mañana.
—¿Reconoció la voz?
—No.
—¿Bastien?
—Cormier está detenido.
—Puede utilizar a otra persona.
—No sonaba como un criado.
—¿Léonie?
Bellac soltó una risa.
—Era una voz masculina.
—Las mujeres también pueden enviar hombres.
—Por eso lo he llamado.
—Me ha llamado porque teme que el pago nunca llegue.
Bellac se acercó al laboratorio y retiró unos centímetros el paño negro, sin descubrir todavía la imagen.
—Hay algo más.
—Siempre lo hay cuando el precio no parece suficiente.
—La placa metálica no refleja solo a Cormier.
Delacroix esperó.
—En el borde inferior aparece una mano —continuó Bellac—. No la de Léonie. Otra mano, cerca del cierre.
—¿Masculina?
—Probablemente.
—¿Qué sostiene?
—Eso es lo interesante.
Bellac retiró el paño.
La ampliación era mucho mayor que la primera. Ocupaba casi toda la mesa. El grano se había vuelto grueso y algunas zonas parecían manchas abstractas, pero el reflejo permitía distinguir mejor la figura de Bastien. El alfiler de brújula brillaba bajo el fogonazo.
Más abajo, cerca del borde de la placa, aparecía una mano parcialmente cerrada. Entre los dedos se veía una forma pequeña y alargada.
—¿Una llave? —preguntó Delacroix.
—Eso pensé al principio.
—¿Y ahora?
Bellac tomó una lupa.
—Una llave tendría dientes. Esto es liso.
—¿El pasador?
—Demasiado corto.
—¿Una herramienta?
—Quizá.
Delacroix examinó la zona. La forma podía ser una lima pequeña, una pieza metálica o incluso un encendedor visto desde un ángulo extraño. El reflejo deformaba las proporciones.
—No basta para identificarla.
—No.
—Pero demuestra que Bastien llevaba algo en la mano junto al cierre.
—Si la mano es suya.
—Está debajo de su torso.
—Los reflejos desplazan las posiciones. Podría pertenecer a alguien situado más cerca del metal.
—¿Quién?
Bellac retiró la lupa.
—Eso es lo que no quiero decidir sin garantías.
—No le corresponde decidirlo.
—Me corresponde decidir qué copia existe.
Delacroix se volvió hacia él.
—¿Cuántas hizo?
El fotógrafo no respondió.
—Una está aquí —continuó Delacroix—. Otra debió de enviarla a un lugar seguro. Si esperaba cobrar mañana, necesitaba demostrar que destruir esta no terminaba el problema.
Bellac sonrió.
—Empieza a comprender.
—Lo comprendí cuando me dejó entrar.
—Entonces también comprenderá por qué Delaunay no puede llevársela esta noche.
—La llevará.
—No.
—Bellac, un hombre ha sido asesinado, otro está detenido y la mujer que compró el anillo sabe que la policía ha encontrado la joyería. Usted ha enviado un precio a alguien dispuesto a manipular una compuerta a cien metros del suelo. Ya no negocia desde una posición fuerte.
—Por eso quiero protección.
—La protección empieza entregando todo.
—La protección empieza cuando sé que la policía no me utilizará y después me dejará solo.
Delacroix contempló la ampliación.
—¿Qué le hace pensar que está solo ahora?
Bellac miró hacia la puerta del estudio.
Fue un gesto breve, pero revelador.
—¿Escuchó algo? —preguntó Delacroix.
—No.
—Entonces esperaba a alguien más.
—No.
—El hombre de la escalera dijo que volvería mañana. Usted no lo creyó.
Bellac bebió otra vez.
—La gente paga más cuando cree que puede perder una oportunidad.
—Lo citó esta noche.
—No.
—¿A Léonie?
—No.
—¿A Bastien antes de que lo detuvieran?
—Ya estaba detenido cuando encontré la ampliación.
—¿A quién?
Bellac dejó el vaso sobre la mesa con fuerza.
—No he citado a nadie.
Delacroix miró los dos vasos utilizados, la huella ajena en la botella y la colilla de la escalera.
—Alguien ya estuvo aquí.
—Un cliente.
—Hace unos minutos dijo que el hombre no entró.
Bellac comprendió la contradicción.
—Otro cliente.
—¿Quién?
—No importa.
—En una investigación por asesinato, la palabra cliente pierde parte de su capacidad para proteger nombres.
—Era una mujer que no tiene relación con esto.
—¿Nombre?
—No.
—¿Llegó antes o después del mensajero?
Bellac caminó hacia la ventana y separó apenas la cortina. Miró la calle.
—No voy a entregarle mi vida privada.
—Quizá ya la entregó a la persona equivocada.
El fotógrafo soltó la tela.
—Vino una mujer a buscar un retrato.
—¿A las nueve de la noche?
—Mis clientes no siempre desean ser vistos entrando durante el día.
—¿Se quedó a beber?
—Sí.
—¿Fumaba cigarrillos finos?
—Sí.
—¿Usaba perfume de violetas?
Bellac no contestó.
Delacroix avanzó un paso.
—¿Era Léonie?
—No le vi bien el rostro.
La respuesta resultó tan absurda en boca de un fotógrafo que ninguno fingió aceptarla.
—¿Llevaba velo?
Bellac volvió a callar.
—¿Qué quería?
—Preguntó por las copias.
—¿Cómo sabía que existían?