Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 11 — El fotógrafo quiere negociar
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Capítulo 11 — El fotógrafo quiere negociar

Narcisse Bellac había construido su reputación sobre una certeza sencilla: todo el mundo deseaba ser visto, pero casi nadie quería ser observado.

La diferencia le había proporcionado dinero, acceso y una colección de secretos que no figuraba en ningún catálogo.

Los ministros aceptaban permanecer inmóviles ante su cámara porque confiaban en que Bellac corregiría la fatiga de sus rostros.

Las actrices le permitían entrar en camerinos donde no habrían recibido a sus maridos.

Los aristócratas posaban delante de bibliotecas que nunca habían leído y los empresarios junto a escritorios donde otros tomaban las decisiones.

Bellac sabía que una fotografía no tenía por qué mentir para engañar.

Solo necesitaba mostrar una parte.

Su estudio se encontraba en una calle próxima a Montparnasse, en la última planta de un edificio cuyos pisos inferiores albergaban una tienda de marcos, un taller de restauración y una academia de dibujo frecuentada por estudiantes que parecían considerar el abrigo una concesión burguesa al invierno.

La entrada principal daba a un patio estrecho.

Desde allí, una escalera de hierro conducía al estudio y a una pequeña vivienda donde Bellac dormía cuando el trabajo se prolongaba demasiado o cuando no deseaba regresar a la casa que compartía, oficialmente, con una esposa a la que veía menos que a sus modelos.

Delacroix llegó a las diez menos cinco.

No se acercó de inmediato.

El vehículo de Delaunay había quedado dos calles más atrás.

Dos agentes vestidos de civil vigilaban los extremos de la calle.

Otro esperaba dentro de la tienda de marcos fingiendo discutir el precio de una moldura que llevaba casi veinte minutos sin intención de comprar.

El comisario se encontraba en un café cercano, donde había prometido permanecer hasta recibir una señal.

Delacroix no confiaba en la promesa.

Tampoco confiaba en Bellac.

Observó el edificio desde la acera opuesta. La ventana superior estaba iluminada. Detrás del cristal esmerilado se movió una sombra, se detuvo y desapareció. Podía ser el fotógrafo, un ayudante o alguien que hubiera llegado antes.

La lluvia de la tarde había dejado el empedrado húmedo.

Los faroles producían reflejos alargados y una niebla ligera comenzaba a descender entre las fachadas.

La calle no estaba desierta. Un vendedor ambulante recogía su puesto; una pareja discutía junto a un carruaje; dos hombres abandonaron un café y caminaron en direcciones distintas después de estrecharse la mano.

Ninguno parecía prestar atención al estudio.

Eso significaba poco.

Delacroix cruzó la calle.

La puerta del patio estaba abierta. No encontró al portero. Desde el interior llegaba el olor de la madera cortada y la pintura. La tienda de marcos permanecía iluminada; el agente situado dentro levantó apenas los ojos al verlo pasar.

Delacroix subió la escalera de hierro.

A mitad del trayecto encontró una colilla reciente aplastada contra el peldaño.

El papel estaba húmedo, pero el tabaco aún conservaba algo de calor.

Bellac fumaba cigarrillos sin filtro, gruesos y mal enrollados.

Aquella colilla era más fina. Podía pertenecer a cualquiera de los empleados del edificio.

La guardó en un papel.

La puerta superior tenía una placa de bronce:

NARCISSE BELLAC

RETRATOS Y ESTUDIOS FOTOGRÁFICOS

SOLO CON CITA

Debajo, alguien había rayado con una llave la palabra estudios. Bellac no había considerado necesario reparar el daño.

Delacroix llamó.

Oyó pasos.

La puerta se abrió unos centímetros. Bellac apareció detrás, vestido con una bata oscura sobre la camisa y sin chaqueta. Tenía el cabello más desordenado que durante la mañana y sostenía un cigarrillo encendido entre los dedos.

—Ha venido solo.

No era una pregunta.

—Eso parece.

Bellac miró por encima de su hombro hacia la escalera.

—La policía no sabe obedecer instrucciones sencillas.

—La policía no sabe obedecer a fotógrafos.

—¿Delaunay está abajo?

—Delaunay está donde considera conveniente.

—Entonces no entra.

—No se lo he propuesto.

Bellac abrió lo suficiente para dejarlo pasar.

El estudio era más amplio de lo que sugería la fachada.

Una pared entera estaba formada por ventanas altas cubiertas parcialmente con cortinas.

Había fondos pintados enrollados, cámaras de distintos tamaños, trípodes, reflectores y muebles utilizados para construir salones, bibliotecas o jardines que solo existían dentro del encuadre.

Un diván verde ocupaba una esquina. Cerca de él descansaba una columna de yeso que no sostenía nada.

Las fotografías cubrían las paredes.

Políticos, cantantes, esposas de banqueros, oficiales, niños vestidos como adultos y adultos obligados a parecer respetables. Todos miraban hacia Bellac desde marcos elegantes, congelados en la versión de sí mismos que habían pagado por conservar.

Al fondo, una puerta comunicaba con el laboratorio.

Bellac cerró con llave.

—¿Teme que entre alguien? —preguntó Delacroix.

—Temo que alguien escuche.

—No es lo mismo.

—Esta noche sí.

El fotógrafo avanzó hasta una mesa donde había una botella de coñac, dos vasos y varios sobres fotográficos. Sirvió una cantidad generosa para sí mismo y una menor para Delacroix.

—No beberé.

Bellac empujó el vaso hacia él.

—No le he preguntado.

—Y yo no le he agradecido.

El fotógrafo bebió el suyo y se dejó caer en un sillón.

—Han convertido mi placa en una propiedad del Estado.

—Es evidencia de un asesinato.

—Es mi obra.

—El muerto colaboró menos voluntariamente.

Bellac sonrió sin humor.

—Eso es lo que me gusta de usted. Siempre encuentra una frase más desagradable que la anterior.

—Usted pidió verme para negociar. Las cortesías consumirían tiempo.

Bellac dejó el vaso.

—¿Delaunay le ha contado que quiere incautar todos mis negativos de aquella sesión?

—Quiere revisar los relacionados con el crimen.

—Hoy. Mañana querrá mis archivos. Después algún funcionario decidirá que una fotografía de una duquesa demuestra adulterio porque su mano aparece cerca de un hombre equivocado.

—¿Demuestra adulterio?

—Demuestra que una mano estaba cerca de un hombre. El resto depende del precio que alguien esté dispuesto a pagar por la interpretación.

Delacroix miró los sobres sobre la mesa.

—¿Eso es lo que vende?

Bellac sostuvo su mirada.

—Vendo fotografías.

—Y conserva interpretaciones.

—Conservo lo que las personas me muestran cuando creen que solo estoy mirando a través de una lente.

—¿Qué mostró la fotografía de la torre?

El fotógrafo volvió a llenar su vaso, aunque todavía quedaba coñac en el fondo.

—Más de lo que Delaunay entiende.

—Delaunay entiende bastante.

—Entiende pruebas, horarios y declaraciones. No entiende imágenes.

—Explíquemela.

Bellac se levantó. Caminó hasta el laboratorio y apoyó una mano sobre el picaporte.

—Antes debemos hablar de condiciones.

—No.

—Entonces puede marcharse.

Delacroix no se movió.

Bellac esperó. Su mano continuaba sobre la puerta.

—Me pidió que viniera —dijo Delacroix— porque ha encontrado algo que teme mostrar a Bastien o a Léonie.

Si quisiera limitarse a proteger su obra, habría hablado con un abogado.

Si quisiera colaborar, habría entregado la ampliación a Delaunay.

Me ha llamado porque cree que puede obtener una ventaja sin comprometerse con ninguno.

—¿Qué ventaja?

—Dinero, inmunidad o ambas cosas.

Bellac sonrió.

—No he cometido ningún delito.

—Todavía no sé qué ha hecho.

—Tomé una fotografía.

—Y después empezó a estudiar cuánto valía.

La sonrisa desapareció.

Delacroix señaló los vasos.

—Ha preparado dos copas, pero no sabía si yo bebería.

—Una cortesía.

—También ha fumado seis cigarrillos desde que llegó.

Hay cuatro colillas en ese cenicero y dos junto a la ventana.

La ventana está cerrada porque no quiere que nadie vea cuándo se mueve dentro del estudio.

La puerta del laboratorio tiene una cerradura nueva y ha colocado un armario delante de la segunda salida.

Bellac volvió la cabeza hacia el mueble.

—¿Qué segunda salida?

—La que conduce a la escalera trasera.

—No conduce a ninguna parte.

—Entonces no necesitaría bloquearla.

El fotógrafo retiró la mano del picaporte.

—Ha venido a interrogarme.

—Usted me citó después de ocultar una prueba.

—No he ocultado nada.

—La ampliación que encontró no está entre las que revisó la policía.

Bellac bebió de nuevo.

—Eso no puede saberlo.

—La nota decía que había encontrado algo. En la Prefectura afirmó que todavía trabajaba en las ampliaciones. Si el hallazgo se produjo allí, los funcionarios habrían visto la imagen. Así que hizo otra copia después de marcharse o conservaba una prueba anterior que no entregó.

—Suposiciones.

—También falta una de las hojas de papel que Clovis registró al preparar el laboratorio.

El fotógrafo lo miró con mayor atención.

—Ese muchacho cuenta mal hasta sus propios dedos.

—Contó veinticuatro hojas. La policía recibió veintitrés, incluida la copia completa.

Bellac caminó hasta la mesa.

—¿Y si arruiné una?

—Habría quedado en los residuos.

—Pude romperla.

—¿Por qué?

—Porque era mala.

—Porque era buena.

Durante unos segundos solo se oyó el reloj situado junto a las ventanas. Marcaba las diez y ocho.

Bellac tomó el vaso de Delacroix y bebió también su coñac.

—No tiene pruebas de que conserve nada.

—Por eso he venido.

—No. Ha venido porque siente curiosidad.

—La curiosidad es menos costosa que la codicia.

El fotógrafo dejó el vaso vacío.

—Quiere saber qué vi.

—Quiero saber a quién intentó venderlo primero.

Bellac se volvió bruscamente.

La reacción fue suficiente.

—No he hablado con nadie.

—La colilla de la escalera no es suya.

—Este edificio recibe visitas.

—La tienda cerró hace una hora. La academia terminó sus clases a las ocho. Alguien subió después.

—Un cliente.

—¿Con cita?

Bellac guardó silencio.