Capítulo 10 — Las cuentas impecables #3
—Pero el motivo ya está claro.
Delacroix recorrió las páginas del cuaderno.
—No solo el dinero.
—La denuncia.
—Y la ruptura.
Léonie iba a perder el apartamento, la reputación, el acceso a los donantes y la protección de Gabriel en menos de veinticuatro horas. Bastien iba a perder su negocio, su libertad y la amistad que todavía utilizaba como fachada. El viaje a la Torre Eiffel no había sido una celebración.
Era el último compromiso que Gabriel pensaba cumplir antes de destruir la vida construida por los dos.
—¿Por qué fue? —preguntó Madeleine—. Si ya sabía todo, ¿por qué subió con ellos?
Delacroix cerró el cuaderno.
—Porque había dado su palabra. Y porque probablemente creyó que, mientras ellos ignoraran cuánto sabía, no corría peligro inmediato.
—Pero lo sabían.
—Alguien encontró una forma de descubrirlo.
Delaunay miró las cartas.
—Bastien habló con él esa mañana.
—Y Gabriel debió revelar más de lo que pensaba. O Bastien registró su oficina después.
Madeleine señaló la caja.
—¿Sabían que los originales estaban aquí?
—No —respondió Delacroix—. Si lo hubieran sabido, esta caja estaría vacía.
El comisario pidió al banco los movimientos relacionados con Arnaud Services y las cuentas vinculadas.
Lambert comenzó a explicar que necesitaría otras órdenes, plazos y autorizaciones.
Delaunay le recordó que una persona había muerto.
El director aceptó entonces que ciertos procedimientos podían avanzar con mayor rapidez de la habitual.
Mientras los agentes embalaban las pruebas, Madeleine permaneció junto a la fotografía de la cena.
—Gabriel me dijo una vez que las personas honestas no eran mejores —murmuró—. Solo dormían con menos miedo.
Delacroix la miró.
—¿Lo creía?
—Quería creerlo.
—¿Y ahora?
La mujer observó la imagen de Bastien inclinándose hacia Léonie.
—Ahora creo que el miedo pertenece a quienes todavía esperan perder algo.
Salieron del banco al anochecer. La lluvia había regresado y los faroles se encendían sobre las calles húmedas.
Madeleine fue acompañada al hotel donde permanecería hasta que pudiera organizar el funeral.
Delaunay envió las pruebas a la Prefectura y ordenó que Bastien fuera interrogado de nuevo en presencia de su abogado.
—No lo presionaremos con todo —dijo Delacroix mientras el vehículo avanzaba.
—Tenemos su firma en pagos fraudulentos, las cartas, el cuaderno y la prueba de que Gabriel había descubierto la relación.
—Presiónelo con el fraude. Guarde el cuaderno.
—¿Para qué?
—Para que crea que todavía puede proteger a Léonie sin saber que ella ya está intentando entregarlo.
Delaunay miró los sobres colocados entre ambos.
—Podemos detenerla por conspiración financiera.
—Sí.
—Y mantenerla bajo custodia mientras investigamos el asesinato.
—También.
—Entonces ¿por qué esperar?
—Porque Bellac sigue ampliando la fotografía.
El comisario apoyó la cabeza contra el asiento.
—Una fotografía no va a sustituir todo esto.
—No. Pero quizá demuestre qué hizo Bastien en la galería.
—Ya tenemos al camarero.
—El camarero vio una sombra y un hombre agachado. La placa puede mostrar el objeto que llevaba.
—O puede no mostrar nada.
—Entonces la detendrá mañana.
El coche llegó a la Prefectura. Antes de que pudieran bajar, un agente se acercó bajo la lluvia y entregó a Delaunay una nota.
—La dejó un mensajero hace unos minutos.
El comisario leyó el encabezamiento.
—Es de Bellac.
Delacroix tomó el papel.
La letra era grande, inclinada y apresurada.
He encontrado algo en la ampliación que no debe ver Cormier ni la mujer. No pienso discutirlo delante de sus funcionarios. Venga esta noche a mi estudio. Solo.
Debajo aparecía una hora: las diez.
—No parece muy dispuesto a colaborar —dijo Delaunay.
—Parece dispuesto a negociar.
—¿Por qué conmigo y no con la policía?
—Porque cree que puede obtener algo.
—¿Dinero?
—Protección, reputación o la oportunidad de vender la fotografía antes de que la incautemos.
Delaunay miró el reloj. Faltaban menos de dos horas.
—No irá solo.
—Bellac ha pedido lo contrario.
—Bellac no dirige la investigación.
—Precisamente por eso conviene que crea que sí.
El comisario tomó la nota.
—Colocaré hombres alrededor del estudio.
—Sin uniformes.
—Naturalmente.
—Y no entre hasta que se lo indique.
Delaunay guardó silencio durante unos segundos.
—¿Qué cree que encontró?
Delacroix miró los sobres con las cuentas de Saint-Roch, el cuaderno donde Gabriel había escrito la verdad y la fotografía de una cena en la que los tres aún fingían ser amigos.
—Algo que transforma a una sombra en una persona.
Entraron en la Prefectura.
A esa misma hora, en algún lugar de París, Léonie debía de estar descubriendo que la policía había abierto la caja que Gabriel esperaba entregar aquella mañana. Bastien comprendería pronto que las cuentas podían enviarlo a prisión incluso si conseguía sobrevivir a la acusación de asesinato.
Y Narcisse Bellac, que había pasado la vida revelando rostros ajenos bajo una luz cuidadosamente calculada, acababa de encontrar en una fotografía algo que consideraba suficientemente valioso para ocultárselo a la policía.
Delacroix volvió a leer la nota antes de guardarla. El fotógrafo no había escrito que hubiera encontrado una prueba, sino algo. La diferencia podía costarle la vida.