Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 10 — Las cuentas impecables #2
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Capítulo 10 — Las cuentas impecables #2

EL MEJOR AMIGO, BAJO SOSPECHA

Ninguno mencionaba a Louise Arnaud.

Delaunay compró un ejemplar y leyó las primeras líneas.

—Alguien ha filtrado que Bastien está detenido.

—Era inevitable.

—También saben que Léonie participó en una rueda de reconocimiento.

—Eso no.

—Aquí dice que una testigo la vinculó con una compra realizada la mañana de la tragedia.

Delacroix tomó el periódico. El artículo no mencionaba la joyería ni el anillo, pero la referencia era suficiente para advertir a Léonie de que la policía avanzaba.

—¿Quién conocía la identificación?

—Cécile, Vautrin, los agentes, Marot, Léonie, usted y yo.

—Y las seis mujeres de la fila.

—Ninguna sabía qué se investigaba.

—No necesitaban saberlo para contar que Léonie había sido colocada detrás de una celosía.

Delaunay dobló el periódico.

—Quiero revisar a todos los funcionarios que han tocado este caso.

—Revise también a Marot.

—El abogado no tiene obligación de proteger nuestro secreto.

—No. Pero sí interés en saber quién paga sus honorarios.

Delaunay lo miró.

—Léonie puede permitírselo.

—Hasta ahora no hemos revisado sus cuentas.

—Vivía con Gabriel.

—Precisamente.

La hermana de Gabriel llegó a París poco después de las dos.

Madeleine Montfort tenía cuarenta años, vestía un abrigo marrón sin adornos y llevaba el cabello recogido con una sencillez que hacía evidente el parecido con su hermano.

No poseía su misma severidad, aunque sus ojos mostraban una atención parecida, como si prefiriera esperar antes de aceptar cualquier explicación.

Delaunay la recibió en un despacho privado. Había identificado formalmente la firma de Gabriel en la carta encontrada en el apartamento y aceptado colaborar con el acceso a la caja del banco.

—No sabía que pensaba venir a Orléans —dijo mientras sostenía una copia de la carta—. Habíamos hablado hacía dos semanas, pero no mencionó nada.

—¿Le parecía preocupado? —preguntó Delacroix.

—Gabriel siempre parecía preocupado. Creía que la tranquilidad era una forma de descuido.

—¿Le habló de Bastien?

Madeleine dejó la carta sobre la mesa.

—Dijo que había cometido un error al confiar demasiado tiempo en él.

—¿Qué clase de error?

—No quiso explicarlo por teléfono. Solo dijo que quizá tendría que hacer algo que destruiría una amistad de veinte años.

—¿Mencionó a Léonie?

La mujer tardó en responder.

—Preguntó si podía quedarse conmigo sin ella.

—¿Le sorprendió?

—Sí. Gabriel no viajaba solo desde hacía años.

—¿Pensaba dejarla?

—No lo dijo.

—¿Usted lo creyó?

Madeleine miró hacia la ventana.

—Creí que quería poder pensarlo.

Delaunay apoyó las manos sobre el escritorio.

—Necesito preguntarle por la relación de su hermano.

—No era feliz.

La respuesta llegó sin vacilación.

—¿Desde cuándo?

—Desde hacía bastante. Gabriel no hablaba mal de las personas. Cuando dejaba de defender a alguien, significaba que ya había perdido toda esperanza.

—¿Había dejado de defender a Léonie?

—Empezó a decir que ella era más inteligente de lo que todos creían.

Delacroix se inclinó ligeramente.

—Eso no parece una crítica.

—En su boca sí. Quería decir que había fingido no comprender ciertas cosas.

—¿Cuáles?

—Dinero, firmas, empresas. Léonie siempre decía que no entendía nada de negocios. Gabriel empezó a sospechar que comprendía demasiado.

—¿La acusó de participar en el fraude?

—No delante de mí. Pero una noche me preguntó si recordaba a una mujer llamada Louise.

—¿La recordaba?

—No.

—¿Qué dijo después?

—Que quizá nunca había existido.

Delaunay y Delacroix intercambiaron una mirada.

—¿Sabía lo de Bastien y Léonie? —preguntó el comisario.

Madeleine bajó los ojos hacia sus guantes.

—Sospechaba algo.

—¿Su hermano?

—No estoy segura. Gabriel veía los errores contables con claridad. Los errores de las personas le costaban más.

—¿Por qué sospechaba usted?

—La forma en que Bastien hablaba de ella. Conocía sus gustos, sus horarios, las personas que le desagradaban. Y Léonie siempre sabía dónde había estado él, incluso cuando Gabriel no lo sabía.

—¿Se lo dijo a su hermano?

—Una vez.

—¿Cómo reaccionó?

—Me pidió que no confundiera intimidad con traición.

La frase permaneció en el despacho durante varios segundos.

Madeleine apretó los labios.

—Era un hombre bueno. A veces eso lo volvía lento.

—No es el único —dijo Delacroix.

El Crédit Parisien los recibió por una entrada lateral para evitar a los periodistas. El director, monsieur Lambert, era un hombre pálido, de cabello pegado al cráneo y modales tan cuidadosos que cada frase parecía haber pasado previamente por un departamento jurídico.

La orden fue revisada, copiada y registrada. Madeleine firmó como familiar. Delaunay firmó como representante de la investigación. Delacroix no firmó nada y, por eso mismo, Lambert lo miró con mayor desconfianza que a los demás.

Descendieron a una cámara subterránea protegida por dos puertas de acero. La caja correspondiente a la llave era pequeña, apenas suficiente para documentos y objetos planos. Un empleado introdujo una llave maestra; Delaunay utilizó la de Gabriel.

El mecanismo se abrió con un sonido discreto.

Dentro había tres sobres gruesos, un cuaderno de tapas negras, dos paquetes de fotografías y una caja de madera estrecha.

No había dinero.

—Eso decepcionará a varios periodistas —dijo Delacroix.

Lambert no reaccionó.

Delaunay trasladó el contenido a una sala privada del banco. Cada objeto fue fotografiado antes de abrirse.

El primer sobre contenía originales de las facturas emitidas por Arnaud Services, órdenes de pago firmadas por Bastien y comprobantes bancarios. Las cantidades desviadas durante tres años superaban todo lo que Marescot había calculado con las copias.

El segundo guardaba correspondencia.

Las cartas de Louise Arnaud aparecían firmadas con las mismas iniciales, pero varias incluían anotaciones manuscritas de Gabriel. En una había escrito:

La letra cambia, pero el modo de ordenar no. Comparar con invitaciones L.

—¿Invitaciones? —preguntó Delaunay.

Madeleine observó los documentos.

—Léonie escribía todas las tarjetas para las cenas de Saint-Roch.

El tercer sobre contenía algunas de esas invitaciones.

Eran notas elegantes, dirigidas a donantes y benefactores. La caligrafía no era idéntica a la de Louise Arnaud, pero compartía hábitos pequeños: la inclinación de las mayúsculas, la forma de cerrar la letra e y un trazo descendente que se prolongaba demasiado al final de ciertas palabras.

Delacroix colocó ambas escrituras lado a lado.

—Intentó modificarla.

—¿Es suficiente para un perito? —preguntó Delaunay.

—Suficiente para empezar.

El cuaderno de tapas negras era más importante.

Gabriel había registrado durante meses nombres, fechas y observaciones. No escribía como un hombre que construía una sospecha, sino como alguien que temía equivocarse y buscaba destruir su propia conclusión antes de aceptar que era cierta.

Bastien autorizó el segundo pago después de saber que la primera entrega no llegó. Dice que fue presión de L.

Léonie negó conocer Arnaud Services. Dos días después corrigió el nombre de la calle sin que yo lo hubiera mencionado.

Firma L. A. posiblemente copiada por distintas manos. Instrucciones siempre redactadas por la misma persona.

B. sabe que investigaré. L. sabe que iré más lejos.

En una página fechada la semana anterior, Gabriel había escrito:

No creo que Bastien sea el principio. Es demasiado débil para inventar algo de esta escala. Obedece porque desea dinero, pero también porque desea a quien se lo pide.

Madeleine apartó la vista.

Delaunay continuó leyendo.

La anotación siguiente era todavía más breve:

He visto cómo la mira. Creo que por fin he entendido.

Delacroix pensó en el rostro de Gabriel en la fotografía, vuelto hacia la galería, mirando a su mejor amigo mientras Léonie mantenía cerrada la mano sobre su brazo.

—Lo sabía —dijo Delaunay.

—Al final, sí.

—¿Cuándo lo descubrió?

Delacroix señaló la fecha. Dos días antes de la visita a la torre.

—Eso explica la despedida.

Madeleine cerró los ojos.

—¿Qué despedida?

Delaunay le mostró la reserva de la pensión y la carta enviada a Orléans.

—Su hermano pensaba abandonar el apartamento después de hablar con la policía.

Madeleine leyó los documentos sin decir nada. Cuando los devolvió, su voz había cambiado.

—Léonie sabía que iba a dejarla.

—Todavía no podemos asegurarlo —dijo Delaunay.

—Gabriel no reservaba habitaciones sin motivo. Si pensaba dormir en una pensión después de denunciar a Bastien, era porque no quería regresar a casa con ella.

El cuaderno contenía una última entrada escrita a primera hora de la mañana, antes de que Gabriel saliera para ver a Bastien:

Hoy hablaré con B. por última vez. No espero que admita nada. Después de la torre, diré a Léonie que me marcho. Mañana entregaré los originales. No puedo seguir confundiendo la misericordia con la cobardía.

Delacroix leyó la frase dos veces.

Gabriel había organizado la secuencia con la misma precisión que aplicaba a sus cuentas: enfrentar a Bastien, cumplir el compromiso de la torre, terminar la relación y acudir a la Prefectura.

No había deseado arruinar públicamente a ninguno antes de tener la documentación completa.

Incluso después de descubrir la traición, había decidido concederles una última noche sin escándalo.

Ellos la utilizaron para matarlo.

La caja de madera contenía un sello de empresa, varias hojas con firmas ensayadas y una placa metálica con el nombre de Louise Arnaud.

También había una fotografía tomada durante una cena de Saint-Roch.

Léonie aparecía en el centro, rodeada de donantes.

Bastien estaba detrás de ella, inclinado para hablarle al oído.

Gabriel se encontraba al otro lado de la mesa, mirando un documento.

En el reverso había una anotación:

La noche de la primera transferencia.

Delaunay dejó la imagen.

—Esto basta para acusar a Bastien de fraude.

—Sí.

—Y vincula a Léonie con la empresa falsa.

—La escritura, el conocimiento de la dirección y las notas de Gabriel la vinculan. Todavía necesitaremos peritos, registros bancarios y testigos.