Capítulo 10 — Las cuentas impecables
El dinero robado a los pobres solía llegar a manos de los ricos con una limpieza sorprendente.
No avanzaba en sacos ni dejaba un rastro de monedas sobre el suelo.
Se desplazaba mediante recibos, firmas, balances y nombres de sociedades que parecían tan respetables que nadie sentía la necesidad de preguntar qué hacían realmente.
Cuando la cantidad desaparecida era pequeña, se llamaba error.
Cuando era considerable, se llamaba inversión.
Y cuando el responsable vestía bien, conocía a las personas adecuadas y pronunciaba la palabra beneficencia con suficiente gravedad, podía pasar años antes de que alguien utilizara el término correcto.
Gabriel Montfort lo había utilizado.
La oficina de Henri Marescot se encontraba en un edificio gris próximo a la Prefectura, en el tercer piso de una institución encargada de supervisar fundaciones, sociedades caritativas y organizaciones que recibían subvenciones públicas.
El nombre oficial ocupaba dos líneas en la placa de entrada y parecía diseñado para que nadie pudiera recordarlo completo.
Marescot era un hombre de cincuenta años, de rostro redondo, bigote fino y dedos manchados de tinta.
Había preparado tres carpetas sobre su escritorio y ordenado que no los interrumpieran.
Aun así, una secretaria entró dos veces durante los primeros diez minutos: primero para pedir una firma y después para recordar que la firma entregada correspondía al documento equivocado.
—La administración —dijo Marescot cuando la puerta volvió a cerrarse— tiene una habilidad particular para exigir precisión mientras multiplica las oportunidades de equivocarse.
Delacroix observó los anaqueles cubiertos de expedientes.
—Eso explica por qué algunas personas prefieren robar dentro de ella.
El funcionario miró a Delaunay antes de decidir si debía sonreír.
—Monsieur Montfort solicitó que uno de nuestros funcionarios estuviera presente en la entrevista que había concertado con usted —dijo Marescot—. Su carta llegó por mensajero hace tres días. No especificaba todo, pero mencionaba irregularidades graves en las cuentas de Les Amis de Saint-Roch.
—¿Lo conocía? —preguntó Delaunay.
—No personalmente. Había leído su nombre en informes anteriores. Revisaba libros contables para varias asociaciones y empresas. Tenía fama de ser... meticuloso.
—Una palabra que parece perseguirlo después de muerto —dijo Delacroix.
Marescot acomodó una de las carpetas.
—En nuestro oficio puede ser un elogio o una amenaza.
—Para Gabriel era ambas cosas.
El funcionario sacó una hoja mecanografiada.
—Esta es la solicitud original. Indicaba que había descubierto transferencias sin justificación, facturas emitidas por proveedores inexistentes y donaciones registradas dos veces con destinos distintos.
Afirmaba poseer documentos originales y correspondencia privada que demostraban que no se trataba de simples errores.
—¿Mencionó responsables? —preguntó Delaunay.
—Solo dos nombres. Bastien Cormier y una mujer identificada como Louise Arnaud.
Delacroix miró la hoja.
—¿Léonie Auber?
—No escribió ese nombre.
—Las iniciales coinciden.
—También podrían coincidir con cientos de personas.
Delaunay abrió una de las carpetas que habían traído desde el apartamento.
—Gabriel anotó “L. A.” junto a la palabra transferencias.
Marescot se ajustó las gafas.
—Eso refuerza la posibilidad, pero no la demuestra.
—¿Existe alguna Louise Arnaud vinculada formalmente a Saint-Roch?
El funcionario tomó otra carpeta y mostró varios documentos.
—No en la dirección ni en el consejo. Aparece una empresa llamada Arnaud Services, registrada hace cuatro años. Proporcionaba alimentos, ropa de cama y material médico a instituciones beneficiarias de Saint-Roch.
—¿Existía realmente? —preguntó Delacroix.
—Sobre el papel.
—El papel suele ser el domicilio favorito de las empresas fraudulentas.
Marescot asintió.
—La dirección corresponde a una oficina compartida. No tenía empleados permanentes, almacenes ni vehículos. Sin embargo, durante tres años facturó cantidades considerables por suministros destinados a hospitales, comedores y viviendas para viudas.
—¿Los suministros llegaron? —preguntó Delaunay.
—Algunos sí. Otros llegaron parcialmente. En varios casos se compraron a proveedores reales por una suma y Arnaud Services presentó después una factura tres veces mayor.
—La diferencia desaparecía.
—Pasaba a través de dos cuentas y terminaba en inversiones privadas.
—¿De Bastien?
—Una parte. Otra se retiraba en efectivo.
Delacroix tomó una de las facturas. El encabezamiento era sencillo, con una dirección del arrondissement noveno y una firma inclinada al pie.
—¿Quién firmaba como responsable?
—Louise Arnaud.
—¿Han localizado a esa mujer?
—No. La documentación comercial incluye una partida de nacimiento que parece auténtica, pero la persona a la que corresponde murió a los nueve años.
Delaunay dejó la factura sobre la mesa.
—Una identidad prestada a una muerta.
—No es infrecuente.
—Tampoco tranquilizador.
Marescot abrió la tercera carpeta.
—Gabriel había empezado a reconstruir el circuito.
Saint-Roch recibía una donación para un propósito concreto.
Cormier autorizaba la contratación de Arnaud Services.
La empresa emitía una factura inflada. Una sociedad financiera adelantaba el pago y después exigía el reintegro a la organización.
El dinero atravesaba tantos libros que, al final, la misma suma parecía haber financiado tres proyectos diferentes.
—¿Quién controlaba la sociedad financiera? —preguntó Delacroix.
—Cormier poseía una participación oculta mediante un socio.
—¿Y Léonie?
—Todavía no aparece.
—Pero Gabriel pensaba que sí.
—Eso indica su nota.
Delacroix observó la firma de Louise Arnaud. Había algo deliberadamente impersonal en ella: una L alta, una A estrecha y el resto reducido a una línea ondulante. Resultaría difícil compararla con una escritura cotidiana, pero no imposible.
—¿Tiene cartas de esa mujer? —preguntó.
—Copias, no originales. Monsieur Montfort dijo que traería los originales esta mañana.
—¿Le indicó dónde los guardaba?
—No.
Delaunay sacó la llave de seguridad encontrada entre las pertenencias de Gabriel. La había conservado dentro de un sobre numerado.
—¿Reconoce el tipo?
Marescot la examinó sin tocarla.
—Podría pertenecer a un banco o a un depósito privado.
—Hemos consultado los establecimientos donde Gabriel tenía cuentas. Ninguno reconoce el número.
—Quizá no utilizó su nombre.
Delacroix miró el extremo de la llave. Llevaba grabadas las letras C. P. y un número de tres cifras.
—Crédit Parisien —dijo.
Delaunay frunció el ceño.
—Ya preguntamos allí.
—Preguntaron por una caja a nombre de Gabriel Montfort.
—Sí.
—Marescot acaba de decir que quizá no utilizó su nombre.
El funcionario observó la llave.
—Crédit Parisien ofrece depósitos numerados para documentación comercial. Algunas asociaciones los contratan a nombre de la entidad, no del empleado.
Delaunay llamó a un agente y ordenó que contactara de nuevo con el banco utilizando el número de la llave y el nombre de Saint-Roch. Mientras esperaban, Marescot mostró las copias de las cartas que Gabriel había mencionado.
La primera estaba dirigida a Bastien. Louise Arnaud solicitaba acelerar un pago y advertía que ciertos documentos no debían permanecer en los archivos de la sociedad benéfica. La segunda contenía instrucciones para dividir una transferencia en cuatro cantidades menores. La tercera era más breve:
B. empieza a inquietarse por la revisión de G. Si insiste, habrá que recordarle que una reputación puede perderse mucho antes que una causa judicial.
—¿B. es Bastien o alguien más? —preguntó Delaunay.
—Por el contexto, Bastien —respondió Marescot—. G. sería Gabriel.
Delacroix leyó la frase de nuevo.
—La persona que escribió esto ya contemplaba neutralizarlo.
—Arruinar su reputación no es lo mismo que matarlo.
—No. Pero demuestra que su honestidad había dejado de ser una molestia contable.
Otra carta hablaba de cenas, donantes y una mujer capaz de convencer a ciertos empresarios de firmar compromisos que Bastien no conseguía obtener.
Ella sabe hacer que crean que la idea fue suya.
No había nombre, pero la frase recordó a Delacroix la forma en que Léonie había orientado cada interrogatorio hacia Bellac o Bastien sin acusar directamente a ninguno.
—¿Quién organizaba los actos de recaudación? —preguntó.
Marescot revisó una lista.
—Léonie Auber aparece en varios comités sociales. No tenía un cargo financiero, pero atraía donantes, presentaba proyectos y acompañaba a los representantes de Saint-Roch en cenas privadas.
—Podía seleccionar quién entregaba el dinero —dijo Delacroix— y Bastien decidía después dónde terminaba.
—Es una interpretación.
—Sí.
El agente regresó con un mensaje. Crédit Parisien había localizado una caja correspondiente al número grabado en la llave. No figuraba a nombre de Gabriel ni de Saint-Roch, sino de una sociedad llamada Montfort Révision et Conseil, la pequeña firma profesional desde la que él auditaba cuentas.
El banco exigía una orden judicial y la presencia de un representante legal.
Delaunay se puso de pie.
—La orden estará lista en una hora.
—La hermana de Gabriel llegará esta tarde —dijo Delacroix—. Como heredera inmediata, puede facilitar el acceso.
Marescot recogió las cartas.
—Si los originales están allí, tendremos motivos para intervenir las cuentas y detener a más personas.
—Ya tenemos una muerte —respondió Delaunay—. Las cuentas pueden esperar unas horas.
El funcionario pareció incómodo.
—No lo decía de ese modo.
—El dinero siempre consigue que la gente olvide el orden de las víctimas.
Salieron del edificio bajo un cielo gris. La lluvia había cesado, aunque el aire continuaba húmedo y frío. En la calle, los vendedores ofrecían las últimas ediciones con titulares sobre la investigación. El rostro de Léonie aparecía en casi todos.
Uno de los periódicos anunciaba:
LA PROMETIDA DE LA TORRE INTERROGADA POR LA POLICÍA
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