Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 9 — La sortija de la mañana #3
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Capítulo 9 — La sortija de la mañana #3

—Por eso aceptó venir.

—También sabe que Bastien mintió para proteger la historia.

—Y ha empezado a ofrecérnoslo como autor.

Delaunay volvió hacia el escritorio.

—Él afirmó que acompañó a Gabriel a la joyería. Ella acaba de sugerir que pudo comprar el anillo y enviarlo con otra mujer. Cada uno corrige la mentira de manera distinta.

—Porque ya no confían en que la versión común sobreviva.

—¿Interrogamos de nuevo a Bastien?

—Sí.

—¿Le mostramos la identificación?

—Solo la fecha de compra.

Encontraron a Bastien en la misma habitación de la mañana.

Había recibido comida, café y la notificación formal de su detención por declaraciones falsas y sospechas relacionadas con las cuentas de Saint-Roch.

Parecía más cansado, aunque el cansancio no había debilitado su necesidad de mostrarse ofendido.

Delaunay colocó la caja sobre la mesa.

—Quiero que repita cuándo compró Gabriel este anillo.

Bastien miró a Delacroix antes de responder.

—El miércoles pasado.

—¿A qué hora?

—Por la tarde.

—¿Quién los atendió?

—Una joven.

—¿Cabello?

—Oscuro.

Cécile era pelirroja.

—¿Estaba el propietario?

—Entró en algún momento.

—¿Gabriel pagó en efectivo?

—Sí.

—¿Cuánto?

Bastien dio una cifra cercana al precio real, aunque algo inferior.

—¿La pieza estaba ya expuesta?

—Sí.

Delaunay abrió el registro de la joyería.

—La montura llegó el lunes. La piedra fue colocada esa tarde. El anillo se vendió ayer por la mañana.

Bastien dejó de mirar la caja.

—Entonces no es el mismo.

—Vautrin lo identificó.

—Puede equivocarse.

—La marca del taller y el registro de la pieza coinciden.

El hombre se pasó la lengua por los labios.

—Gabriel debió comprar otro.

—¿Y dónde está?

—No lo sé.

—El anillo encontrado en su abrigo fue adquirido pocas horas antes de su muerte por una mujer sola.

Bastien levantó la cabeza.

—¿Qué mujer?

—Eso queremos que nos diga.

—No puedo.

—Pero puede explicar por qué inventó la compra del miércoles.

Bastien guardó silencio.

Delacroix tomó asiento frente a él.

—La historia necesitaba un testigo.

—No sé de qué habla.

—El anillo por sí solo podía pertenecer a cualquiera. Usted le dio un propósito. Dijo que Gabriel iba a pedirle matrimonio y que lo había ayudado a elegir la sortija.

—Eso me había contado.

—¿Cuándo?

—Ayer.

—¿Antes de la recepción?

—Sí.

—¿Dónde?

—En la oficina.

—Allí discutieron por las cuentas.

—También hablamos de otras cosas.

—¿Le mostró el anillo?

—No.

—¿Describió la caja?

—No.

—¿Mencionó Maison Vautrin?

Bastien respiró con dificultad.

—Quizá confundí el lugar.

—No confundió el lugar. Inventó una escena completa: miércoles por la tarde, la joyería, la elección y el pago.

—Estaba conmocionado.

—El estado de conmoción parece haberle proporcionado una imaginación muy ordenada.

Bastien miró hacia la puerta.

—Quiero hablar con mi abogado.

—Hablará —dijo Delaunay—. Pero antes debe comprender algo. La mujer que compró la sortija tenía la medida exacta de Léonie.

El rostro de Bastien perdió el poco color que conservaba.

—No.

—¿Qué parte niega?

—Léonie no la compró.

—No he dicho que fuera ella.

—Lo está insinuando.

—Usted la ha nombrado.

Bastien se levantó. El agente de la puerta avanzó, pero Delaunay le indicó que esperara.

—Ella no estuvo en esa joyería.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Delacroix.

—Porque...

El hombre se interrumpió.

—¿Porque estaba con usted? —continuó Delacroix.

—No.

—¿Porque le contó dónde estuvo?

—No.

—¿Porque la ayudó a organizar la mañana?

Bastien apoyó ambas manos sobre la mesa.

—No la acuse.

—Todavía no la he acusado. Solo le he mostrado que la mentira que contó para protegerla ya no funciona.

—No mentí para protegerla.

—Entonces ¿a quién?

Bastien miró la caja. Durante varios segundos pareció debatirse entre una respuesta que pudiera salvarlo y otra que no destruyera a Léonie. Al final no eligió ninguna.

—Gabriel me había dicho que pensaba casarse —murmuró.

—¿Cuándo?

—Hace meses.

—¿Por qué afirmó que compraron la sortija juntos?

—Porque cuando apareció... pensé que debía de ser esa.

—No necesitaba inventar la joyería para pensar eso.

—Los periodistas preguntaban. Léonie estaba destrozada. Todo el mundo quería saber.

—Y usted les dio la respuesta que ella necesitaba.

Bastien cerró los ojos.

Delacroix inclinó la caja hasta que la piedra reflejó la lámpara.

—¿Sabía que Léonie había comprado el anillo?

—No.

—¿Sabía que pensaba colocarlo en el abrigo de Gabriel?

—No.

—¿Sabía que la historia de la propuesta formaba parte del plan?

—¡No había ningún plan!

La voz se quebró en la última palabra.

Delaunay se acercó.

—Entonces explique la compuerta.

Bastien abrió los ojos. El miedo que apareció en ellos no se dirigía hacia la policía.

—No puedo.

—¿Porque se incriminaría?

—Porque no sé qué ocurrió.

—Estuvo agachado junto a la galería.

—No toqué la compuerta.

—¿Qué guardó en el bolsillo?

—Ya dije que no lo recuerdo.

—¿Una llave?

—No.

—¿El pasador?

—No.

—¿Una herramienta?

—No.

Delacroix observó las manos del hombre. La abrasión de la palma había sido cubierta con una venda pequeña.

—Léonie empieza a pensar que usted compró el anillo —dijo.

Bastien lo miró como si acabara de recibir un golpe.

—Eso es mentira.

—Sugirió que pudo enviarlo con otra mujer para preparar la historia.

—No diría eso.

—Lo dijo.

—Usted la obligó.

—No hizo falta.

Bastien retrocedió hasta la pared.

—Está asustada. No sabe lo que dice.

—Lo sabe siempre —respondió Delacroix—. Ese es el problema.

Delaunay guardó el registro y recogió la caja.

—Su abogado llegará dentro de media hora. Hasta entonces no volveremos a interrogarlo.

El comisario se dirigió a la puerta. Delacroix permaneció unos segundos más.

Bastien no levantó la mirada.

—Ella no me entregaría —dijo.

—Todavía no.

—No entiende lo que hay entre nosotros.

—Creo que empiezo a entenderlo.

—Léonie me ama.

Delacroix observó al hombre apoyado contra la pared, con la camisa prestada, la corbata retirada y una venda sobre la mano que quizá había manipulado el cierre de la compuerta.

—Eso no significa que piense salvarlo.

Bastien cerró los puños.

Delacroix salió.

En el corredor, Delaunay esperaba con el anillo dentro de la caja.

—Ha estado a punto de hablar.

—No sobre el crimen.

—Sobre la relación.

—Esa parte ya no tardará.

—¿Cree que sabía lo del anillo?

—No. Su reacción fue auténtica.

—Entonces Léonie lo compró sin decírselo.

—Quería que Bastien confirmara una historia que él creía parcialmente cierta. Quizá le había hablado durante meses de una posible propuesta. Tal vez lo convenció de que Gabriel planeaba casarse y, cuando apareció el anillo, él completó el relato.

Delaunay miró la puerta cerrada.

—Un cómplice que no conoce todo el plan.

—Los cómplices resultan más manejables cuando creen participar por amor y no por obediencia.

—Pero Bastien manipuló la compuerta.

—Probablemente.

—Eso lo convierte en asesino.

—Lo convierte en alguien que sabía que Gabriel podía morir. La diferencia jurídica quizá sea pequeña. Para Bastien, sin embargo, puede ser la única mentira que aún le permite dormir.

Delaunay entregó la caja a un agente para que regresara a evidencias.

—La fibra confirmará el papel esta noche.

—Sí.

—La cicatriz y la medida sitúan a Léonie en la joyería.

—Sí.

—Bastien ha admitido implícitamente que inventó la compra con Gabriel.

—Sí.

—Y aun así no quiere detenerla.

Delacroix miró cómo el agente se alejaba con la sortija.

—El anillo demuestra que la propuesta era falsa y que alguien preparó el relato antes de la muerte. Necesitamos demostrar quién lo puso en el bolsillo y cómo se conecta esa mano con la que empujó a Gabriel.

—¿Y si huye?

—No huirá.

—¿Por qué está tan seguro?

—Porque París todavía la compadece. Marcharse ahora equivaldría a abandonar el escenario antes de que terminen los aplausos.

Delaunay soltó una respiración cansada.

—No sé si eso es psicología o desprecio.

—En algunos casos se parecen demasiado.

Caminaron hacia el patio. Afuera, el cielo se había cubierto y comenzaban a caer unas gotas finas. Un vendedor de periódicos gritaba la última edición junto a la entrada de la Prefectura. El titular continuaba hablando de Gabriel como el enamorado que no había logrado formular su pregunta.

Delacroix tomó un ejemplar y observó el dibujo del anillo sobre la torre.

La sortija no había sido comprada por un hombre nervioso que preparaba una declaración. La había elegido una mujer que pidió que pareciera seleccionada por él, que midió el aro con su propio dedo y que preguntó si la joyería conservaba los nombres de sus clientes.

No era un recuerdo de la vida que Gabriel deseaba ofrecer.

Era un objeto comprado por la mañana para explicar su cadáver por la noche.

Delacroix dobló el periódico y lo dejó sobre un banco húmedo.

—No era una promesa —dijo.

Delaunay se detuvo.

—¿Qué era?

Delacroix miró hacia las ventanas de la Prefectura, detrás de una de las cuales Bastien empezaba a sospechar que la mujer a la que había ayudado podía estar preparando su caída.

—Una coartada que cabía en un bolsillo.