Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 9 — La sortija de la mañana #2
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Capítulo 9 — La sortija de la mañana #2

A las once, Gabriel ya habría abandonado la oficina de Bastien. Léonie necesitaba regresar antes de encontrarse con él o antes de que alguien pudiera advertir su ausencia.

Delaunay pidió a los agentes que recogieran muestras del papel, copias del registro y la descripción completa de la clienta. Después condujo a Delacroix hacia un rincón de la tienda.

—Podemos llevar a Cécile al apartamento.

—No.

—Podría observar a Léonie desde la calle.

—Los periódicos publicaron dibujos y descripciones. Si la ve rodeada de policías, cualquier identificación quedará contaminada.

—Entonces una rueda de reconocimiento.

—Con velo, guantes y varias mujeres de complexión semejante.

—Léonie puede negarse.

—Puede. Y usted puede explicarle que la alternativa es solicitar una orden formal porque una testigo sitúa a una mujer con sus características comprando el anillo.

Delaunay miró hacia Cécile.

—No estoy seguro de que la testigo pueda reconocerla.

—Tampoco Léonie.

La fila de reconocimiento se organizó aquella misma tarde en una dependencia discreta de la Prefectura.

Delaunay hizo llamar a seis mujeres de estatura y edad aproximadas a las de Léonie: dos funcionarias, la esposa de un agente, una mecanógrafa, una actriz que colaboraba ocasionalmente con la policía y una modista que aceptó participar a cambio de que le devolvieran el dinero del carruaje.

Todas vistieron abrigos oscuros, guantes claros y velos prestados por el guardarropa de un teatro cercano.

Léonie llegó a las cuatro acompañada por un abogado que había contratado aquella mañana.

Se llamaba maître Étienne Marot y tenía el cabello completamente blanco, aunque su rostro no pasaba de los cincuenta.

Su primera acción fue preguntar si su clienta estaba detenida.

La segunda, protestar porque la respuesta negativa no impedía que la policía la tratara como si lo estuviera.

—Mademoiselle Auber participa voluntariamente —dijo Delaunay.

—Después de que uno de sus agentes le explicara que una negativa sería considerada sospechosa.

—El agente no debió decir eso.

—Al menos estamos de acuerdo en algo.

Léonie vestía de negro y llevaba un velo corto sobre el sombrero. No parecía sorprendida por el procedimiento. Observó a las otras mujeres, después a Delacroix y finalmente la puerta cerrada detrás de la cual esperaba Cécile.

—¿La vendedora no vio el rostro de la compradora? —preguntó.

—No completamente —respondió Delaunay.

—Entonces esto es una representación.

—Las representaciones suelen resultarle útiles a París.

Marot levantó una mano.

—Mi clienta ocupará el lugar que elija y no responderá preguntas sobre el caso durante la identificación.

—Solo deberá repetir una frase.

Léonie miró al abogado.

—¿Qué frase?

Delaunay consultó la declaración de Cécile.

—“Necesito que parezca elegido por un hombre que desea hacerlo bien”.

Algo cambió en los ojos de la mujer. No fue miedo. Pareció irritación ante la precisión con que una conversación privada había sido conservada.

—Una frase bastante común —dijo.

—Eso decidirá la testigo.

Las siete mujeres ocuparon sus posiciones detrás de una línea trazada en el suelo. Léonie eligió el cuarto lugar. Un funcionario ajustó los velos para que todos cubrieran aproximadamente la misma parte del rostro.

Cécile fue conducida a la sala contigua, desde donde podía observar a través de una abertura estrecha protegida por una celosía. No veía a Delaunay, Delacroix ni al abogado. Solo a las mujeres.

—Tómese su tiempo —le indicó el comisario desde detrás de la pared—. No debe escoger a nadie si no está segura.

La primera mujer repitió la frase. Después la segunda y la tercera.

Cuando llegó el turno de Léonie, su voz sonó más baja que durante los interrogatorios.

—Necesito que parezca elegido por un hombre que desea hacerlo bien.

Cécile no dijo nada.

Las demás continuaron.

Delaunay pidió que cambiaran de posición y repitieran el ejercicio. Esta vez Léonie ocupó el extremo derecho. La joven joyera escuchó las siete voces una segunda vez.

—La cuarta de la primera fila —dijo finalmente.

Léonie había sido la cuarta.

—¿Está segura? —preguntó Delaunay.

—La voz se parece mucho.

—¿Mucho o está segura?

—No quiero decir algo que no pueda sostener. La voz es la misma o casi la misma.

—Observe las manos.

Las mujeres se quitaron el guante izquierdo una por una. Léonie intentó protestar, pero Marot le indicó en voz baja que continuara.

Cuando descubrió la muñeca apareció una cicatriz pequeña y curva, apenas visible sobre la piel.

Cécile se inclinó hacia la celosía.

—Esa marca.

—¿La reconoce?

—Sí.

—¿En qué mujer?

—La del extremo derecho.

Delaunay no mostró reacción.

—¿Algo más?

Cécile observó durante unos segundos.

—Cuando se prueba una sortija, empuja el aro con el pulgar derecho antes de retirarlo. Lo hizo varias veces en la tienda.

El comisario pidió que entregaran a cada mujer un anillo de muestra.

No explicó el motivo. Algunas se lo colocaron con facilidad; otras necesitaron ayuda.

Léonie introdujo el aro en el dedo anular izquierdo y, al notar que quedaba ajustado, apoyó el pulgar derecho contra la montura para hacerlo avanzar.

Cécile no dudó.

—Es ella.

La identificación terminó sin que Léonie pudiera oír la respuesta. Las mujeres abandonaron la sala de una en una. Marot pidió hablar de inmediato con Delaunay.

Se reunieron en un despacho cercano. Léonie permaneció junto a la ventana mientras el abogado se sentaba frente al comisario.

—¿Ha sido identificada?

—La testigo reconoce su voz, una cicatriz en la muñeca y un gesto particular al probarse una sortija.

Marot dejó el sombrero sobre las rodillas.

—Eso no constituye una identificación fiable. La mitad de París empuja los anillos con el pulgar.

—La mitad de París no comparte la misma voz, la misma cicatriz y el mismo perfume.

Léonie se volvió.

—¿Perfume?

—La compradora utilizaba violetas.

—Como miles de mujeres.

—La sortija fue ajustada a su medida.

—No pueden saber cuál es mi medida por una prueba hecha con un aro cualquiera.

Delaunay abrió la caja. El anillo de Gabriel descansaba dentro.

—Podemos comprobarlo ahora.

Marot se puso de pie.

—No.

Léonie continuó mirando la pieza.

Por primera vez desde la muerte, no pareció observarla como el símbolo de una propuesta perdida. La miró como se mira un objeto que ha regresado a un lugar donde no debía estar.

—¿Visitó Maison Vautrin ayer por la mañana? —preguntó Delaunay.

—No.

—Piénselo antes de responder.

—No necesito pensarlo.

—¿Ha estado alguna vez en esa joyería?

—Quizá hace años. No lo recuerdo.

—¿Compró esta sortija?

—No.

—¿Se probó una pieza idéntica?

—No.

—¿Tiene una sortija sencilla de oro con una marca en forma de hoja?

Léonie guardó silencio.

Marot intervino.

—Mi clienta posee varias joyas. No está obligada a recordar cada una.

—La dependienta afirma que la compradora utilizó una para dar la medida exacta.

—La dependienta vio a una mujer con el rostro cubierto.

—Y acaba de reconocer a su clienta.

Léonie apartó la vista del anillo.

—¿Bastien les ha dicho que fui yo?

La pregunta no respondía a ninguna de las formuladas.

—Bastien afirmó que compró la pieza con Gabriel la semana pasada —dijo Delacroix.

Ella lo miró.

—Entonces pregúntenle por qué mintió.

—Eso hacemos.

—Tal vez la compró él ayer y envió a una mujer.

—La sortija coincide con su dedo.

—Bastien conocía mi medida.

El silencio cayó con tal precisión que Marot cerró los ojos un instante.

Léonie comprendió el error. Intentó corregirlo.

—Eso han dicho ustedes.

—No —respondió Delacroix—. Bastien dijo que la conocía. Usted negó saber cómo podía conocerla.

—Me lo han repetido tantas veces que...

—Y ahora lo utiliza para explicar la compra.

Marot se levantó del todo.

—La entrevista termina aquí.

Delaunay no intentó impedirlo.

—Mademoiselle Auber, la fibra hallada en el bolsillo de Gabriel coincide a simple vista con el papel utilizado por Maison Vautrin.

El laboratorio confirmará la comparación.

La pieza fue comprada ayer por la mañana por una mujer de su estatura, con su voz, su perfume, su cicatriz y su medida de anillo. Usted niega haber estado allí.

—Porque no estuve.

—Entonces alguien se tomó muchas molestias para parecerse a usted.

Léonie se colocó los guantes con movimientos lentos.

—Quizá alguien quiere que piensen eso.

—¿Bastien?

—No lo sé.

—Lo nombra con frecuencia para no saber nada.

La mujer terminó de ajustar el guante izquierdo, ocultando la cicatriz.

—Él conocía a Gabriel. Sabía dónde estaría. Sabía lo de la fotografía y pudo comprar el anillo para construir una historia después.

—El anillo estaba en el bolsillo antes de la caída.

—Eso no pueden demostrarlo.

Delacroix observó su rostro.

La frase era cierta. Nadie había revisado el abrigo de Gabriel antes del crimen.

Bastien, Léonie o cualquier persona con acceso suficiente podía haber introducido la caja incluso después de la caída, durante la confusión, antes de que la policía asegurara las pertenencias.

Sin embargo, Léonie no había dicho que Bastien pudiera haber comprado la sortija.

Había señalado el único espacio que todavía quedaba abierto en la prueba.

—¿Cómo sabe que no podemos demostrarlo? —preguntó.

Marot abrió la puerta.

—Mi clienta no responderá más.

Léonie salió sin mirar de nuevo el anillo.

Delaunay esperó hasta que los pasos se perdieron por el corredor. Después cerró la caja.

—Podría detenerla.

—Por mentir sobre la joyería, no por matar a Gabriel.

—La vendedora la identificó.

—Con el rostro cubierto. La defensa atacará la voz, el perfume y el gesto. La cicatriz es mejor, pero no exclusiva.

—La fibra unirá el paquete con el bolsillo.

—Unirá el envoltorio con el abrigo. No demostrará quién lo introdujo.

—¿Qué más necesita?

—El momento.

Delaunay se acercó a la ventana. En el patio de la Prefectura, Léonie cruzaba hacia el vehículo acompañada por Marot y un agente. Caminaba erguida, sin prisa. Aun después de la identificación, no parecía una mujer que temiera una detención inmediata.

—Sabe que todavía no basta —dijo el comisario.