Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 9 — La sortija de la mañana
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Capítulo 9 — La sortija de la mañana

Maison Vautrin ocupaba un local estrecho cerca de la place Vendôme, entre una casa de perfumes y una sombrerería cuyos escaparates parecían exigir una fortuna antes incluso de permitir que alguien mirara.

No tenía el tamaño ni la ostentación de las grandes joyerías de la plaza.

Su fachada era discreta, con letras doradas sobre cristal oscuro y una puerta que se abría mediante una campanilla demasiado delicada para anunciar la entrada de la policía.

Delaunay llegó poco después de las once acompañado por Delacroix y dos agentes.

La tienda había permanecido cerrada al público desde que los primeros funcionarios aparecieron aquella mañana.

Al otro lado de los cristales, varias personas se habían detenido a observar, atraídas por la presencia del vehículo policial y por esa curiosidad específica que despertaban las desgracias ocurridas en establecimientos costosos.

El propietario los esperaba detrás de un mostrador de nogal.

Anatole Vautrin era un hombre de setenta años, delgado, con una barba blanca cuidadosamente recortada y unas manos que parecían demasiado grandes para manipular objetos pequeños.

Llevaba un chaleco oscuro, una lupa colgada del cuello y una expresión de ofensa que no se dirigía contra los visitantes, sino contra la posibilidad de que una de sus piezas hubiera terminado mezclada con un asesinato.

Junto a él se encontraba una joven de cabello rojizo recogido en una trenza baja. Tendría unos veinticinco años y vestía un delantal gris sobre una blusa blanca. Había vendido el anillo.

—Mi sobrina Cécile atendió a la clienta —dijo Vautrin después de las presentaciones—. Yo estaba en el taller.

—No era una clienta habitual —añadió la joven.

Su voz era firme, aunque mantenía ambas manos enlazadas sobre el mostrador.

Delaunay colocó la caja de terciopelo dentro de una bandeja cubierta con tela.

—¿Reconoce la pieza?

Vautrin se puso unos guantes finos antes de tocarla. Abrió la caja, examinó el anillo con la lupa y giró la montura bajo una lámpara.

—Sí. Es nuestro.

—¿Está seguro?

El joyero señaló una marca casi invisible en la parte interior del aro.

—Cada taller tiene una firma, comisario. Algunas se leen con letras. Otras, con herramientas. Esta montura fue realizada aquí y la piedra se fijó en nuestro banco de trabajo.

—Bastien Cormier afirma que acompañó a Gabriel Montfort a comprarla el miércoles de la semana pasada.

Vautrin bajó lentamente la lupa.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Porque el anillo no existía el miércoles pasado.

Delacroix se acercó al mostrador.

—Explíquese.

El joyero abrió un libro de registros y pasó varias páginas hasta encontrar una anotación marcada con tinta azul.

—La montura llegó del taller el lunes. La piedra fue colocada esa misma tarde. El martes por la mañana la pieza pasó al escaparate interior. Antes de eso, sus componentes estaban separados.

Delaunay miró a Cécile.

—¿Cuándo la vendió?

—Ayer. Poco después de las diez.

Gabriel había acudido a la oficina de Bastien a las nueve y media. A esa misma hora, una mujer entraba en la joyería para comprar el objeto que convertiría su muerte en una propuesta de matrimonio.

—Cuéntenos exactamente qué ocurrió —dijo Delacroix.

Cécile respiró hondo.

—La mujer llegó sola. Vestía un abrigo oscuro, quizá negro o azul muy profundo. Llevaba sombrero y un velo que le cubría parte del rostro. No era extraño. Muchas señoras lo utilizan cuando no desean ser reconocidas comprando una joya.

—¿Por qué no desean ser reconocidas?

Vautrin respondió por ella.

—Amantes, deudas, regalos que sus maridos no deben conocer, regalos de sus maridos que desean vender. Las joyerías aprenden pronto que la discreción es más rentable que la curiosidad.

—¿La mujer llevaba guantes? —preguntó Delacroix.

—Claros —dijo Cécile—. Color crema o marfil.

—¿Se los quitó?

—Solo uno. El izquierdo.

Delaunay tomó nota.

—¿Por qué?

—Quiso comprobar la medida.

—¿Se probó el anillo?

—Sí.

—Entonces era para ella.

Cécile dudó.

—No lo dijo.

—¿Qué dijo?

La joven miró a su tío antes de responder.

—Pidió algo discreto. No demasiado costoso, pero lo bastante elegante para parecer elegido con cuidado. Le mostré varias piezas. Rechazó dos porque eran demasiado llamativas y otra porque, según dijo, parecía escogida por una mujer.

Delacroix apoyó los dedos sobre el borde del mostrador.

—¿Utilizó esas palabras?

—Sí. Dijo: “Necesito que parezca elegido por un hombre que no sabe demasiado de joyas, pero que desea hacerlo bien”.

Delaunay dejó de escribir.

—¿No le pareció extraño?

—Aquí se escuchan encargos más extraños.

—¿Qué explicación dio?

—Que ayudaba a un hermano. Dijo que él quería sorprender a su prometida, pero no podía acudir personalmente porque ella conocía a los empleados de las joyerías que frecuentaban.

—¿Mencionó el nombre del hermano?

—No.

—¿Ni el de la prometida?

—Tampoco.

Vautrin cerró el libro de registros.

—Mi sobrina no tenía motivos para sospechar. La clienta eligió una pieza, pagó y se marchó. No es un delito comprar un anillo.

—Depende de dónde aparezca después —dijo Delacroix.

Cécile miró la caja.

—Anoche vi el periódico. Reconocí la sortija, pero al principio pensé que podía existir otra igual. Después vinieron sus agentes.

—¿Cómo eligió la medida? —preguntó Delaunay.

—La mujer se quitó una sortija del dedo izquierdo y me pidió comparar ambos aros.

—¿Cómo era la suya?

—Muy sencilla. Oro amarillo, sin piedra. Tenía una pequeña marca en forma de hoja.

—¿La llevaba en el anular?

—Sí.

Delacroix recordó las manos de Léonie durante la recepción. Llevaba guantes y no había mostrado sortijas. En el apartamento tampoco había visto ninguna en sus dedos.

—¿La pieza elegida coincidía exactamente con su medida?

—Casi. Ajustamos el aro una fracción.

—¿Esperó mientras lo hacían?

—Unos veinte minutos.

—¿Permaneció en la tienda?

—Sí. Se sentó allí.

Cécile señaló una silla tapizada junto a un espejo alto. Sobre una mesa baja había revistas de moda y un pequeño jarrón con camelias.

—¿Habló con alguien?

—Conmigo. Mi tío salió del taller unos minutos, pero ella bajó el velo cuando lo vio.

Vautrin asintió.

—Recuerdo la figura, no el rostro.

—¿Qué preguntó durante la espera? —dijo Delacroix.

La joven pensó.

—Quiso saber si conservábamos el nombre de los compradores.

—¿Qué le respondió?

—Que registrábamos la pieza, la fecha y el importe, pero no exigíamos un nombre si el pago era en efectivo.

—¿Le preocupó la respuesta?

—Pareció tranquilizarla.

Delaunay escribió una línea más.

—¿Pidió recibo?

—No.

—¿Pagó con billetes nuevos?

—Bastante nuevos, sí. Los contó dos veces.

—¿Con qué mano?

—Con la derecha.

—¿Notó algo más en sus manos?

Cécile dejó de mirar la libreta y dirigió los ojos hacia Delacroix.

—Una marca.

—¿Dónde?

—En la muñeca izquierda. El guante se enganchó al volver a ponérselo y la manga subió un poco. Era una cicatriz pequeña, curva, como una media luna.

—¿Quemadura?

—Podría ser. La piel era más clara.

Delacroix no recordaba haber visto las muñecas desnudas de Léonie. Sus vestidos y blusas terminaban siempre cerca de los guantes. No era una prueba imposible de comprobar.

—¿Utilizaba perfume? —preguntó.

Cécile asintió.

—Violetas.

Delaunay levantó la vista de la libreta. Violette de Parme. El perfume que Bastien había nombrado sin vacilar.

—Muchas mujeres utilizan perfume de violetas —dijo Vautrin.

—Sí —respondió Delacroix—. Y muchas compran anillos. Lo interesante empieza cuando la misma mujer hace ambas cosas la mañana en que su compañero muere con la sortija en el bolsillo.

El joyero apretó la boca. No pareció apreciar que su comercio fuera utilizado para formar frases de esa clase.

Delaunay mostró a Cécile la fibra recogida del forro del abrigo de Gabriel. Estaba protegida entre dos láminas de cristal.

—¿Podría proceder de su envoltorio?

La joven se inclinó.

—Parece papel de seda.

Vautrin tomó una hoja de uno de los cajones. Era marfil, muy fina, con una textura fibrosa visible bajo la luz.

—Utilizamos este papel para proteger las cajas antes de introducirlas en la bolsa.

Delacroix comparó el borde de la muestra con la fibra.

—El laboratorio lo confirmará.

—¿La clienta se llevó la caja envuelta? —preguntó Delaunay.

—Sí, pero rechazó la bolsa.

—¿Por qué?

—Dijo que no quería que alguien reconociera el nombre de la joyería.

—¿Guardó el paquete en el bolso?

—No llevaba bolso. Lo introdujo en el bolsillo del abrigo.

Delacroix miró la caja oscura sobre la bandeja.

La mujer había comprado un anillo ajustado a su propio dedo, había evitado proporcionar un nombre, preguntado por los registros y guardado el paquete en un bolsillo. Horas después, la caja apareció en el bolsillo exterior del abrigo de Gabriel, con una fibra del envoltorio atrapada en el forro.

—¿Pidió una caja concreta? —preguntó.

Cécile asintió.

—Le ofrecí una de madera clara. Eligió esta porque era más pequeña.

—¿Dijo por qué?

—Que su hermano necesitaría ocultarla durante una cena.

Delaunay cerró la libreta.

—Una cena en la Torre Eiffel.

—Eso no lo mencionó.

—No hacía falta.

Vautrin retiró los guantes.

—¿Van a acusar a la joven de los periódicos?

—Primero debemos saber si fue ella quien entró aquí —respondió el comisario.

Cécile se mostró inquieta.

—No le vi bien el rostro.

—Pero oyó su voz, observó sus manos y permaneció con ella veinte minutos.

—Podría reconocerla. No puedo prometerlo.

—No le pediremos promesas.

Delacroix se acercó al espejo junto a la silla.

Desde allí, la mujer habría podido ver parte del interior del establecimiento sin levantar el velo.

También habría visto el reloj colocado detrás del mostrador.

La compra no había sido impulsiva. Había elegido el momento, la pieza, el tamaño de la caja y la ausencia de registro.

—¿Preguntó cuánto tardarían en ajustar el aro antes de escogerlo? —dijo.

Cécile reflexionó.

—Sí. Quería estar fuera antes de las once.

—¿Lo dijo?

—Preguntó varias veces la hora.