Capítulo 8 — El hombre que miraba a otra parte #3
—No necesitamos el nombre —dijo Delacroix—. A veces basta una corbata, una manga o una mano donde nadie admitió haber estado.
El fotógrafo detuvo por un instante el movimiento de las pinzas.
Después continuó trabajando.
Delaunay guardó la nota de Gabriel.
—Quiero volver a interrogar a Léonie.
—Todavía no.
—Su nombre aparece entre las pruebas que Montfort pensaba entregar.
—Precisamente. Si se lo decimos ahora, sabrá cuánto conocemos.
—Bastien ya está detenido. Puede suponer que revisaremos las cuentas.
—Suponer no es saber.
—¿Qué propone?
—Que la dejemos leer los periódicos. Que piense que seguimos divididos entre el accidente, la negligencia de Bellac y la culpabilidad de Bastien.
—Y mientras tanto buscamos los originales.
—Y la joyería.
Delaunay frunció el ceño.
—Envié dos agentes a Maison Vautrin. El dueño no recuerda haber vendido ese anillo a Gabriel.
Delacroix apartó lentamente la fotografía.
—¿Está seguro?
—Reconoce la pieza. Fue comprada en su establecimiento, pero no el miércoles pasado.
—¿Cuándo?
—Ayer por la mañana.
—¿Por quién?
—Una mujer.
Bellac levantó la cabeza. Clovis también.
Delaunay continuó en voz baja.
—Pagó en efectivo. Llevaba velo, sombrero oscuro y guantes claros. El joyero no vio bien el rostro.
—¿Bastien estaba con ella?
—No.
—¿El envoltorio?
—Papel de seda marfil. Mis hombres traerán una muestra.
Delacroix pensó en la fibra atrapada dentro del bolsillo del abrigo.
El anillo había sido comprado pocas horas antes de la muerte y no por Gabriel. Bastien había inventado la visita a la joyería. La historia de la propuesta no era una interpretación equivocada construida después de la caída.
Había sido preparada antes.
—No se lo diga a nadie —dijo.
Delaunay miró hacia Bellac y Clovis.
—Ya lo han oído.
—Ellos no deben salir de aquí hasta terminar las declaraciones.
Bellac abrió los brazos.
—¿Ahora soy prisionero porque un joyero vende anillos a mujeres?
—Ahora permanece aquí porque controla la única prueba que el asesino todavía no comprende —respondió Delacroix.
El fotógrafo sostuvo su mirada.
—¿Cree que alguien intentará destruir la placa?
—Creo que alguien compró un anillo, cambió una carga de magnesio, manipuló una compuerta y arrojó a un hombre desde la torre para evitar que hablara con la policía.
Delacroix dejó la copia sobre la mesa.
—No veo por qué habría de detenerse ante una fotografía.
Bellac miró el negativo sujeto en el marco. Por primera vez desde que habían entrado, su irritación pareció ceder ante una inquietud auténtica.
Delaunay llamó a dos agentes y ordenó que la placa fuera colocada bajo custodia permanente. Bellac protestó al principio, pero su voz había perdido fuerza.
Clovis comenzó a preparar la ampliación de la mano de Léonie. El papel fue sumergido lentamente en la cubeta. Bajo la luz roja, las formas aparecieron poco a poco: primero una sombra gris, luego la manga de Gabriel, los dedos claros y los pliegues tensos de la tela.
No era una caricia.
Los dedos de Léonie estaban cerrados con tanta fuerza que la costura se hundía entre ellos. Cerca del botón del codo, justo donde había aparecido después la primera rotura, se distinguía una línea oscura.
La tela ya estaba bajo tensión antes de la caída.
Delaunay contempló la imagen.
—Podía estar sujetándolo porque él quería apartarse.
—Sí.
—Podía estar nervioso por el flash.
—Sí.
—O podía haber comprendido que algo no estaba bien.
Delacroix observó el rostro de Gabriel en la copia completa. Seguía mirando hacia la galería, hacia el lugar donde Bastien había mentido sobre su posición.
—No parece un hombre a punto de sufrir un ataque.
—¿Qué parece?
—Un hombre que acaba de ver la última cosa que esperaba encontrar junto a la mujer en quien confiaba.
Bellac colocó otra hoja bajo el ampliador.
—La fotografía no dice todo eso.
—No —respondió Delacroix—. Solo dice que Gabriel Montfort no miraba hacia su futuro.
La ampliación del pie empezó a revelarse. Léonie había retrasado la pierna derecha y apoyado el peso sobre ella. La postura podía servir para mantenerse firme durante el viento.
También podía servir para impulsar a un hombre hacia atrás.
Delaunay observó las dos imágenes alineadas: la mano que sujetaba, el pie preparado, el rostro de Gabriel vuelto hacia otra parte.
—Aún no basta.
—No.
—Pero la historia de los enamorados empieza a parecer menos convincente.
Delacroix miró la caja vacía donde habían transportado la placa.
—La historia de los enamorados terminó cuando supimos quién compró el anillo.
—Entonces ¿qué estamos viendo?
—El instante anterior a que los cómplices descubrieran que una mentira perfecta también puede dejarse fotografiar.
En la sala volvió a oírse el movimiento de los líquidos. Fuera, la Prefectura despertaba del todo: teléfonos, pasos, puertas, funcionarios que transportaban informes y agentes enviados a buscar cuentas, llaves, nombres y testigos.
Sobre la mesa, Gabriel Montfort permanecía detenido para siempre en el último segundo de su vida.
Léonie miraba a la cámara.
Gabriel, no.
Él había visto algo fuera del encuadre.
Y fuera del encuadre, alguien había comenzado ya a temer que la fotografía también pudiera verlo.