Capítulo 8 — El hombre que miraba a otra parte #2
—¿Bastien volvió a preguntar después de la caída?
—No tuvo ocasión.
Delaunay anotó el detalle.
—Quiero todas las ampliaciones posibles —dijo—. La mano, el pie, el sector de la galería, el marco de la compuerta y cualquier superficie reflectante.
Bellac lo miró.
—¿Cualquier superficie reflectante?
—Metal, cristal, bandejas, lo que aparezca.
—Necesitaré mi laboratorio.
—Trabajará aquí.
—Esto no es un laboratorio. Es una habitación donde han apagado las ventanas.
—Entonces demuestre que su talento no depende de la comodidad.
Bellac murmuró algo que no parecía destinado al informe y volvió hacia las cubetas.
Delacroix tomó la copia por los bordes cuando Clovis le indicó que estaba suficientemente seca. La llevó bajo una lámpara blanca y la inclinó.
En el extremo izquierdo aparecían parte del trípode y la tela negra de la cámara. Detrás se distinguían formas borrosas: invitados, una columna, quizá un camarero. El sector derecho estaba más oscuro. Una viga cruzaba la escena y ocultaba casi por completo la entrada de la galería.
—¿Puede recuperar detalle de esa sombra? —preguntó.
Bellac negó sin mirarlo.
—No hay luz donde no hay luz.
—El magnesio iluminó la escena.
—Durante una fracción. La viga bloquea parte del destello.
—Pero Gabriel vio algo allí.
—Gabriel podía ver más que la placa.
La frase era evidente, aunque abrió una posibilidad distinta. La fotografía no tenía que mostrar aquello que Gabriel miraba. Bastaba con demostrar que existía algo fuera del encuadre capaz de apartar su atención en el instante exacto.
Delaunay recibió un mensaje de uno de sus agentes y se apartó para leerlo. Cuando terminó, dobló el papel.
—Lemaire tiene los resultados preliminares.
—¿Sobre la grasa? —preguntó Delacroix.
—También. El residuo del puño y del zapato coincide con el lubricante de la compuerta. Las fibras claras de la manga corresponden probablemente a lana fina o seda mezclada. Todavía no pueden compararlas con los guantes porque no los tenemos.
—¿Y el cuerpo?
—No encontró indicios de una crisis convulsiva. Ningún medicamento conocido, ninguna sustancia sedante y ningún antecedente médico registrado en París, Tours u Orléans.
Bellac dejó de mover una cubeta.
—Entonces el flash no lo hizo caer.
—No podemos afirmarlo de manera absoluta —dijo Delaunay—. Pero no hay prueba de que sufriera esos ataques.
—¿Y la mujer los inventó? —preguntó Clovis.
Nadie respondió.
El ayudante miró la fotografía.
—Ella sabía que Gabriel no quería el flash.
Bellac se volvió.
—También lo sabía usted y encendió la carga.
Clovis palideció.
—Porque usted me lo ordenó.
—Porque era nuestro trabajo.
—Mademoiselle Auber pidió más luz.
—Y yo decidí la cantidad.
—Pero alguien cambió el recipiente.
Bellac quedó inmóvil.
Delacroix se acercó.
—¿Qué ha dicho?
Clovis bajó la voz.
—Cuando recogimos el soporte después de la caída, vi que el recipiente utilizado era el mediano.
—Usted preparó el pequeño.
—Sí.
—¿Está seguro?
—Lo medí delante de todos. El pequeño era suficiente.
Bellac apretó los dientes.
—Eso debió decirlo anoche.
—Creí que me había confundido con el humo.
—¿Dónde estaba el recipiente pequeño?
—No lo encontré.
Delaunay dejó el mensaje sobre la mesa.
—¿Cuántos había?
—Tres preparados: pequeño, mediano y grande.
—¿Quién podía distinguirlos?
—Cualquiera que mirara el tamaño. No estaban etiquetados.
—¿Cuándo los dejó sin vigilancia?
Clovis pensó.
—Durante el ascenso del segundo grupo ayudé a mover el trípode. La caja quedó abierta menos de un minuto.
—Léonie se acercó a ella —dijo Delacroix.
—Sí. Preguntó por la carga.
—Bastien también pasó cerca.
—Sí.
—Bellac.
—Yo estaba bajo la tela.
—¿Podría el recipiente mediano haber producido el fogonazo que vimos?
Clovis asintió.
—Más luz, más humo y un sonido algo mayor. No suficiente para herir a nadie, pero sí para deslumbrar durante más tiempo.
—¿Cuánto más?
—Unos segundos. Depende de la distancia.
—Los segundos que alguien necesitaba —dijo Delacroix.
Bellac golpeó la mesa con el puño.
—Esto es ridículo. Si el recipiente fue cambiado, pudo ser un error del muchacho.
Clovis se volvió hacia él.
—No fue un error.
—Llevabas horas preparando material.
—Sé qué carga coloqué.
—Ahora lo sabes porque resulta conveniente.
El ayudante se puso de pie.
—¿Conveniente para quién? La policía puede acusarme de haber causado la caída.
—Y por eso inventas una mano invisible que cambió el recipiente.
Delaunay se interpuso antes de que la discusión avanzara.
—Señor Perrin, quiero una declaración formal con el momento exacto en que preparó cada carga y todas las personas que se acercaron a la caja. Bellac, si vuelve a intimidarlo, revelará sus fotografías desde una celda.
El fotógrafo retrocedió.
—No lo intimido. Intento impedir que destruya mi reputación con un recuerdo tardío.
—Su reputación sobrevivirá o no sin ayuda de sus gritos.
Clovis se sentó otra vez.
Delacroix observó la copia. Una carga mayor explicaba la intensidad extraordinaria del fogonazo, el humo espeso y el tiempo durante el cual los testigos quedaron cegados. No provocaba por sí misma la muerte, pero convertía la fotografía en una cobertura mucho más eficaz.
La cámara no había sido el arma.
Alguien la había transformado en oscuridad.
—¿Podía Léonie sustituir el recipiente sin mancharse? —preguntó.
Clovis negó.
—Los recipientes estaban cerrados. Solo tenía que sacar uno y poner otro en el soporte. Podía hacerlo con guantes.
Los guantes que habían desaparecido.
Delaunay lo entendió también.
—¿El recipiente mediano conserva huellas?
—El calor y el polvo las habrán destruido en gran parte. Pero puede haber fibras en el cierre.
—Envíelo al laboratorio.
Bellac soltó una risa seca.
—Dentro de unas horas investigarán hasta el aire.
—El aire no suele mentir con tanta frecuencia como las personas —respondió Delacroix.
El fotógrafo regresó a su mesa y comenzó a preparar las ampliaciones. Durante varios minutos solo se oyó el movimiento de líquidos, el roce del papel y los pasos de los funcionarios.
Delacroix seguía estudiando la fotografía cuando Delaunay se acercó.
—Tenemos otra cosa —dijo en voz baja.
Sacó del bolsillo una hoja doblada. Era una copia de una nota encontrada entre los papeles de Gabriel, no la carta a su hermana ni la reserva del hotel. Contenía una dirección cercana a la Prefectura, el nombre de un funcionario y varias palabras escritas con letra apretada.
Originales. Firmas. Saint-Roch. Cormier. L. A. Confirmar transferencias.
Delacroix señaló las iniciales.
—Léonie Auber.
—Probablemente.
—¿Dónde estaba?
—Dentro de la funda donde guardaba la dirección de la cita. Lemaire la encontró adherida al forro por la humedad.
—Entonces pensaba hablar también de ella.
—Eso parece.
—¿Qué significan las transferencias?
—Estamos revisando las cuentas. Saint-Roch recibió donaciones que debían destinarse a un hospital infantil, comedores y viviendas para viudas. Parte del dinero pasó por sociedades intermediarias antes de volver a cuentas privadas.
—¿De Bastien?
—Algunas están relacionadas con él. Otras con una empresa registrada a nombre de una mujer llamada Louise Arnaud.
—L. A.
—Sí.
—¿Léonie utilizaba ese nombre?
—Todavía no lo sabemos.
Delacroix volvió a mirar la fotografía. Gabriel no observaba a una mujer amada ni al objetivo que debía conservar su felicidad. Miraba hacia la galería donde su mejor amigo se ocultaba, poco antes de morir, mientras Léonie mantenía una mano cerrada sobre su brazo.
Quizá había comprendido en ese momento que ambos secretos —el fraude y la relación— eran el mismo.
—No entregó todavía los originales —dijo Delacroix.
—No estaban en el escritorio ni entre sus pertenencias.
—La llave de seguridad.
—Mis hombres están consultando bancos y depósitos privados.
—Quien lo mató también los buscará.
Delaunay observó a Bellac.
—¿Cree que la fotografía contiene suficiente para asustarlos?
—A Bastien, sí. Le demuestra que Gabriel lo vio donde no debía estar. A Léonie todavía puede parecerle inocua.
—Hasta que ampliemos su mano y el pie.
—Eso será interpretación, no prueba.
—¿Entonces qué espera encontrar?
Delacroix inclinó la copia otra vez. Cerca del borde derecho, detrás del vestido de Léonie, una pequeña superficie metálica reflejaba una mancha clara. No se distinguía forma alguna. Podía ser el destello, parte de una lámpara o el rostro de alguien deformado por el ángulo.
—Algo que Bellac todavía no sepa que fotografió.
El comisario siguió su mirada.
—¿Qué hay ahí?
—Una placa de señalización junto al marco.
—¿Refleja la galería?
—Tal vez.
—Bellac dijo que ampliaría cualquier superficie.
—Sí.
Bellac, que debía de haber oído la última frase, habló sin volverse.
—Y lo haré. Pero no esperen que una mancha de metal les entregue al asesino con el nombre escrito en la frente.