Capítulo 8 — El hombre que miraba a otra parte
Narcisse Bellac recibió a Delacroix y Delaunay como si la policía hubiera organizado la muerte de Gabriel Montfort con el único propósito de estropearle una mañana de trabajo.
El laboratorio improvisado ocupaba dos salas de la Prefectura que normalmente se utilizaban para copiar planos y examinar documentos.
Habían cubierto las ventanas con telas oscuras, trasladado varias cubetas, instalado lámparas rojas y obligado a dos funcionarios a vigilar cada movimiento del fotógrafo.
El resultado era un lugar húmedo, cargado de vapores y lo bastante estrecho para que Bellac chocara con alguien cada vez que deseaba expresar su indignación mediante un gesto amplio.
—La placa ha sobrevivido a pesar de sus agentes —dijo cuando los vio entrar—. No puedo afirmar lo mismo de mi paciencia.
Delaunay se quitó los guantes.
—Su paciencia no forma parte de la investigación.
—Mi paciencia forma parte de todo lo que hago.
—Entonces explica la calidad irregular de algunas de sus fotografías.
Bellac lo miró con una ofensa que parecía casi profesional.
Clovis Perrin permanecía junto a una mesa lateral.
Había cambiado la ropa manchada de magnesio por una camisa limpia y un chaleco demasiado grande, probablemente prestado por algún funcionario.
Sus ojos estaban enrojecidos por la falta de sueño.
Frente a él se extendían varias tiras de prueba, una copia todavía húmeda y el negativo sujeto en un marco.
Bellac había utilizado una placa de vidrio de gran formato, casi el doble de la empleada en sus retratos habituales.
El negativo ofrecía una superficie generosa y la viga pulida que devolvía el reflejo se encontraba relativamente cerca de la cámara; aun así, cualquier ampliación de los márgenes perdería nitidez y exigiría interpretar con cautela lo que apareciera allí.
Delacroix se acercó sin tocar nada.
—¿Cuál es la imagen completa?
Bellac señaló la copia mayor.
—Esa. La primera impresión. Necesita secarse, pero ya puede observarla.
La fotografía medía poco más que una hoja de correspondencia.
Gabriel y Léonie ocupaban el centro, rodeados por las vigas metálicas de la torre.
Detrás de ellos, París aparecía convertida en una extensión pálida de tejados, humo y luces incipientes.
La exposición había conseguido conservar suficiente detalle en los rostros, aunque algunas zonas laterales quedaban hundidas en la sombra.
A primera vista, la escena parecía exactamente lo que la revista deseaba publicar.
Léonie estaba junto a Gabriel, inclinada ligeramente hacia él. Una mano descansaba sobre su brazo y la otra quedaba oculta por el cuerpo. El vestido claro destacaba contra la estructura oscura. Su rostro mostraba una sonrisa serena, pequeña, sin exageración.
Gabriel no sonreía.
Tampoco miraba a la cámara.
Tenía la cabeza girada hacia su derecha, apenas unos grados, pero lo suficiente para que la línea de sus ojos apuntara más allá de Bellac, hacia la galería de servicio. La expresión era tensa. No parecía asustado todavía. Parecía haber visto algo que intentaba comprender.
—¿Estaba moviéndose? —preguntó Delacroix.
Bellac tomó una lupa.
—No durante la parte principal de la exposición. El rostro está demasiado definido. Giró la cabeza antes del destello o justo en el comienzo.
—¿Podría haber reaccionado al flash?
—No. Si lo hubiera hecho después de la ignición, aparecería borroso.
—Entonces ya miraba hacia allí.
—Eso parece.
Delaunay se inclinó sobre la copia.
—¿Qué había en esa dirección?
—La escalera lateral —respondió Delacroix—. La entrada de la galería y Bastien, si Clovis y el camarero dicen la verdad.
Clovis levantó la cabeza.
—Yo vi una sombra.
—No vio el rostro —dijo Bellac.
—No he dicho que lo viera.
—Pero lleva toda la mañana hablando como si la placa fuese a entregar una confesión.
El ayudante apretó los labios y volvió a mirar la mesa.
Delaunay señaló la fotografía.
—Gabriel pudo oír un ruido.
—Pudo —respondió Delacroix.
—La compuerta estaba detrás de él. Quizá notó que algo se movía.
—La protección no se abrió hasta después del fogonazo.
—Entonces alguien pudo tocar el seguro.
—O llamarlo desde la galería.
Bellac le entregó la lupa.
—No encontrará una voz en el papel.
Delacroix examinó primero el rostro de Gabriel. El ojo derecho estaba más abierto que el izquierdo. La boca permanecía cerrada, pero la mandíbula parecía rígida. No había nada que sugiriera una convulsión. Tampoco felicidad.
Desplazó la lupa hacia Léonie.
Su mano izquierda sujetaba el brazo de Gabriel cerca del codo. Los dedos no descansaban con suavidad sobre la tela. Estaban hundidos en la manga, produciendo pequeños pliegues que convergían bajo la palma.
—¿Podría ampliar esta zona? —preguntó.
Bellac miró por encima de su hombro.
—Puedo ampliar cualquier zona si me permiten trabajar sin que un policía respire sobre mi cuello.
Uno de los funcionarios respiró de manera deliberadamente ruidosa.
—La mano —dijo Delacroix—. Y el brazo de Gabriel.
Clovis tomó nota.
—También el pie derecho de ella —añadió Delacroix.
Delaunay buscó la zona.
El vestido ocultaba casi por completo las piernas de Léonie, pero bajo el borde de la falda se distinguía la punta de un zapato. No estaba orientada hacia la cámara. Apuntaba hacia atrás, en dirección a la compuerta.
—Podía estar buscando equilibrio —dijo el comisario.
—O preparándose para empujar.
—O simplemente posando mal.
Bellac hizo un gesto de aprobación.
—Por fin alguien comprende la fotografía. Las personas colocan los pies de forma absurda cuando intentan parecer naturales.
Delacroix observó la posición de ambos cuerpos.
Gabriel permanecía erguido, aunque su peso parecía descansar sobre la pierna izquierda.
Léonie estaba más cerca de él de lo que recordaba.
Su hombro tocaba el brazo del hombre y el pie retrasado le permitía ejercer fuerza hacia delante sin perder estabilidad.
—¿Cuántas veces corrigió la posición? —preguntó Delacroix.
Bellac se encogió de hombros.
—Dos o tres.
—Ella hizo retroceder a Gabriel.
—La ciudad quedaba mejor en el encuadre.
—Usted confirmó el cambio.
—Porque quedaba mejor.
—¿Por qué eligió exactamente ese punto?
Bellac apartó la lupa de la mano de Delacroix.
—No elegí la compuerta. Elegí las vigas, la distancia y la perspectiva. La protección estaba allí.
—¿Había otro lugar posible?
—Había cien lugares posibles y noventa y ocho eran peores.
—¿Quién propuso fotografiarlos junto a la galería?
—La revista quería la estructura visible. Mademoiselle Montargis me mostró el recorrido y yo decidí el encuadre.
—¿Léonie lo vio antes de la recepción?
Bellac respondió demasiado rápido.
—No.
Clovis levantó los ojos.
El fotógrafo se volvió hacia él.
—¿Qué?
El ayudante dudó.
—Mademoiselle Auber subió por la mañana.
La sala quedó en silencio.
Bellac retiró el cigarrillo apagado que llevaba entre los labios.
—No la vi.
—Habló con mademoiselle Montargis cerca de la cámara —dijo Clovis—. Yo estaba descargando el equipo.
—Había muchas mujeres.
—Llevaba el mismo abrigo azul.
Delaunay miró a Bellac.
—¿Por qué no constaba en la lista de visitantes previos?
—Pregúnteselo a la revista.
—Se lo preguntaremos. ¿Cuánto tiempo estuvo aquí?
Clovis se encogió ligeramente.
—Diez minutos. Quizá quince.
—¿Se acercó a la compuerta?
—No lo sé. Yo subía y bajaba cajas.
—¿Habló con usted?
—Preguntó si el lugar de la fotografía ya estaba decidido.
Bellac golpeó la mesa con la lupa.
—La gente pregunta cosas. Eso no convierte cada conversación en una conspiración.
—¿Qué respondió? —preguntó Delacroix.
Clovis miró al fotógrafo antes de hablar.
—Que el señor Bellac quería utilizar el espacio junto a la galería porque desde allí se veía mejor la estructura y podíamos trabajar con la luz del atardecer.
—¿Mencionó el magnesio?
—Ella preguntó si habría flash.
—¿Qué le dijo?
—Que probablemente.
—¿Preguntó qué intensidad?
—No por la mañana.
Bellac se volvió hacia su ayudante.
—¿Hay algún detalle de la jornada que haya decidido guardar hasta que se lo extraigan con pinzas?
Clovis se puso rígido.
—No pensé que importara. La mujer visitó el lugar donde iba a ser fotografiada. La revista había invitado a varias parejas a ver la torre antes.
—¿También Gabriel? —preguntó Delaunay.
—No lo vi.
—¿Bastien?
—Tampoco.
Delacroix regresó a la copia.
La visita de Léonie no demostraba que hubiera manipulado la compuerta.
Quince minutos entre organizadores, empleados y fotógrafos ofrecían pocas oportunidades para agacharse con una lima junto a un cierre.
Pero sí demostraba que conocía con antelación el lugar exacto donde Gabriel posaría y que sabía que habría un fogonazo.
—¿Montargis estaba con ella todo el tiempo? —preguntó.
—Al principio —respondió Clovis—. Después la llamaron desde abajo.
—¿Léonie permaneció sola?
—No completamente. Había trabajadores.
—¿Cuánto tiempo?
—Unos minutos.
Bellac soltó un suspiro.
—La plataforma estaba llena de personas. Si hubiera comenzado a desmontar una compuerta, alguien lo habría advertido.
—La argolla pudo ser limada en otro momento —dijo Delaunay.
—Por otra persona —añadió Bellac—. Quizá su amigo de la corbata elegante.
Delacroix levantó la vista.
—¿Por qué Bastien?
Bellac hizo un movimiento con los hombros.
—Porque no me gusta.
—A usted no parece gustarle nadie.
—Por eso mi opinión tiene más valor cuando distingo a uno.
—¿Qué hizo?
El fotógrafo dejó la lupa sobre la mesa.
—Se acercó demasiado al equipo, preguntó varias veces cuánto duraría el destello y quiso saber cuándo revelaríamos la placa.
—¿Antes del crimen?
—Durante la recepción.
Clovis frunció el ceño.
—Solo preguntó cuándo estaría lista la copia.
—Preguntó si existía forma de que una exposición conservara un movimiento.
Delacroix se quedó quieto.
—¿Qué respondió?
—Que dependía del tiempo, la luz y la velocidad.
—¿Por qué preguntó eso?
—Dijo que deseaba aparecer entrando por sorpresa detrás de la pareja.
—¿Una broma?
—Eso afirmó.
—¿Léonie estaba presente?
Bellac pensó unos segundos.
—No. Hablaba con Gabriel.