Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 7 — El mejor amigo #3
33%

Capítulo 7 — El mejor amigo #3

—Mientras tanto, le recomiendo recordar qué objeto guardó en el bolsillo y por qué Gabriel lo miró antes de morir.

Delaunay salió al corredor. Delacroix lo siguió, pero Bastien lo llamó antes de que cerrara la puerta.

—Monsieur Delacroix.

El detective se volvió.

—Léonie no hizo nada.

La afirmación no contenía duda ni petición. Sonaba como algo que Bastien necesitaba decirse a sí mismo.

—No le he preguntado —respondió Delacroix.

—La está vigilando.

—Vigilo a todos.

—Ella no soportaría una acusación así.

—Parece soportar bastante bien las sospechas sobre usted.

Bastien palideció.

—Está asustada.

—Probablemente.

—Gabriel podía ser cruel con ella.

Delacroix no movió la mano del picaporte.

—Ayer dijo que era un hombre bueno.

—Las dos cosas no son incompatibles.

—¿Cruel cómo?

Bastien miró hacia el suelo.

—La ignoraba. La hacía sentir estúpida. Decidía por ambos y llamaba principios a todo lo que le permitía imponer su voluntad.

—¿Léonie se lo contó?

—No necesitaba hacerlo.

—La conocía lo suficiente para comprenderla sin palabras.

El hombre levantó los ojos.

—Sí.

—¿También lo suficiente para saber qué estaría dispuesta a hacer si Gabriel pensaba denunciarla?

Bastien apretó los labios.

—Él no pensaba denunciarla.

—¿Cómo lo sabe?

No hubo respuesta.

Delacroix abrió la puerta.

—Descanse, monsieur Cormier. Su memoria parece mejorar cuando se siente acorralado.

Salió y cerró detrás de sí.

Delaunay lo esperaba junto a una ventana del corredor, sosteniendo dos vasos de café. Entregó uno a Delacroix.

—No ha confesado nada.

—No esperaba que lo hiciera.

—Miente sobre la escalera, sobre el encendedor, sobre lo que sabía de la denuncia y probablemente sobre la relación con Léonie.

—Sí.

—Pero eso no significa que retirara el pasador.

—No.

—Ni que ella empujara a Gabriel.

—No.

Delaunay bebió un sorbo y puso una mueca.

—Entonces seguimos teniendo demasiadas posibilidades.

Delacroix miró hacia la puerta cerrada.

—Tenemos algo más útil.

—¿Qué?

—Bastien no teme que lo acusemos de matar a Gabriel.

—Ha repetido que es inocente desde que entramos.

—Teme que acusemos a Léonie.

Delaunay consideró la observación.

—Puede amarla.

—Puede.

—Eso explicaría su conocimiento del perfume, las gotas y la llave.

—Y explicaría por qué Gabriel lo miró antes del fogonazo.

—Si había descubierto la relación.

—O si Bastien hizo algo que esperaba que Gabriel no viera.

Un agente se acercó desde el extremo del corredor con una hoja en la mano.

—Comisario, encontramos al empleado que atendió la zona de la escalera.

Delaunay tomó el informe.

—¿El camarero que fumaba?

—Sí. Dice que monsieur Cormier no le pidió ningún cigarrillo. Lo vio agacharse junto a la pared de la galería y levantarse cuando Bellac empezó a contar.

—¿Qué hacía agachado?

—No pudo verlo. Una viga le tapaba las manos.

Delacroix dejó el café sobre el alféizar.

—¿Cuánto tiempo?

—Medio minuto, quizá más.

—¿Y después?

—Se guardó algo en el bolsillo derecho.

Delaunay miró la puerta de la habitación.

—Eso basta para detenerlo.

—Por mentir, quizá. No por asesinato.

—Estuvo junto a la compuerta.

—Junto a la galería. El cierre podía haber sido manipulado horas antes.

—Y falta el pasador.

—Que no apareció entre sus cosas.

—Pudo arrojarlo.

—O entregárselo a alguien.

Delaunay frunció el ceño.

—¿Léonie?

—No tuvo oportunidad visible después de la caída. Pero sí antes.

El comisario volvió a leer el informe.

—El camarero dice que Bastien se agachó cuando Gabriel y Léonie ya posaban.

—Entonces quizá no retiró el pasador. Quizá comprobó que seguía fuera.

—O abrió el seguro superior.

—Eso podía hacerse en segundos.

Delaunay guardó el papel.

—Ordenaré su detención formal.

—Hágalo por las declaraciones falsas y el fraude. No le diga todavía lo que vio el camarero.

—¿Quiere que siga creyendo que no podemos situarlo allí?

—Quiero saber a quién intenta advertir cuando comprenda que no saldrá.

Delaunay miró hacia la puerta.

—A Léonie.

—Probablemente.

—El agente de su apartamento interceptará cualquier mensaje.

—No subestime a un hombre enamorado. Suelen considerar la vigilancia una prueba de ingenio.

El comisario comenzó a alejarse y Delacroix recuperó el vaso de café. Antes de seguirlo, miró una vez más hacia la habitación donde Bastien esperaba.

El mejor amigo de Gabriel conocía el perfume de Léonie, sus medicamentos, la llave de su casa y las palabras que debía pronunciar para convertir un anillo en una promesa.

Había mentido sobre la escalera, sobre el objeto guardado en el bolsillo y sobre lo que sabía de la denuncia.

Sin embargo, ninguna de aquellas mentiras parecía destinada a protegerlo únicamente a él.

Delacroix pensó en la rapidez con que Bastien había defendido a Léonie, incluso cuando ella comenzaba a señalarlo.

Quizá no era el hombre que había planeado el crimen.

Quizá solo era el hombre que había aceptado participar sin comprender que, para la persona a quien intentaba proteger, un cómplice podía terminar convertido en prueba.

Y las pruebas, cuando dejaban de resultar útiles, solían desaparecer.