Capítulo 7 — El mejor amigo #2
Delacroix observó la mancha del puño.
—¿Qué es eso?
Bastien bajó la mirada.
—Tinta.
—Parece grasa.
—Revisé un cajón metálico ayer en la oficina.
—Antes de llegar a la torre.
—Sí.
—¿Se lavó las manos después?
—No recuerdo.
—Anoche no tenía esa mancha en la camisa.
—¿También memoriza los puños de todos?
—Los suyos estaban cubiertos por el abrigo.
—Entonces no podía verla.
—Exactamente.
Bastien separó la manga del cuerpo.
—Pueden analizarla.
—Lo haremos.
Delaunay pidió al agente de la puerta una bolsa para recoger la camisa. Bastien se levantó de golpe.
—No voy a desnudarme.
—Le proporcionaremos otra.
—Esto es una humillación.
—Gabriel cayó desde una torre —dijo Delaunay—. Sus incomodidades todavía no han alcanzado un nivel comparable.
Bastien se quitó la camisa con movimientos bruscos. El agente le entregó una prenda limpia perteneciente a la Prefectura, demasiado ancha en los hombros y demasiado corta en las mangas. Bastien la miró con desprecio antes de ponérsela.
La mancha fue protegida y etiquetada.
—¿Registraron mi abrigo? —preguntó.
—Sí.
—Entonces saben que no llevaba el pasador.
—Sabemos que no lo llevaba cuando lo registramos.
—¿Insinúa que me deshice de él?
—Insinúo que desapareció.
—Podría haber caído.
—La cadena fue cortada.
—No soy mecánico.
—No hace falta serlo para retirar una pieza.
Bastien se abotonó la camisa.
—Si hubiera planeado matar a Gabriel, ¿cree que me habría quedado junto a veinte testigos?
—La misma pregunta podría formularla Léonie.
El hombre levantó la mirada.
—No la meta en esto.
—Ella estaba junto a Gabriel.
—Intentó salvarlo.
—Eso afirma.
—Todos la vieron con la manga.
—Vieron la manga después de la caída.
—¿Cree que lo empujó?
Delacroix no respondió.
—Es absurdo —continuó Bastien—. Léonie amaba a Gabriel.
—¿Y usted?
—También.
—No de la misma manera.
Bastien quedó callado.
Delaunay abrió la carpeta por el inventario de sus pertenencias.
—Llevaba una pitillera, cerillas, una cartera, dos llaves, monedas, un pañuelo y un pequeño cortaplumas.
—Sí.
—No llevaba encendedor.
—Debí de dejarlo en la torre.
—Dijo que lo guardó en el bolsillo al regresar de la escalera.
—Entonces se cayó después.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿Qué aspecto tenía?
—Plateado. Rectangular.
—¿Iniciales?
—B. C.
—Lo buscaremos.
Delacroix observó al hombre.
—¿Y si no era un encendedor?
—Lo era.
—No llevaba cigarrillos.
—Se los había terminado.
—Pidió uno, según su versión.
—Sí.
—Pero llevaba cerillas.
—No comprendo por qué eso les parece extraordinario.
—Porque un hombre que desea fumar pide un cigarrillo. Un hombre que desea justificar su presencia junto a una escalera inventa también un encendedor.
Bastien apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Fui allí porque Gabriel me había visto.
—¿Visto haciendo qué?
La pregunta salió antes de que pudiera corregirse.
Bastien abrió la boca, pero ninguna palabra llegó de inmediato.
Delaunay se inclinó hacia delante.
—¿Qué había visto Gabriel?
—Nada.
—Acaba de decir que se apartó porque Gabriel lo había visto.
—Quise decir que me estaba mirando.
—Eso no es lo mismo.
—Me miró como había estado mirándome toda la tarde. Con desconfianza.
—¿Por el fraude?
—Por todo.
—¿Incluida Léonie?
Bastien dejó caer el peso sobre la silla.
—Gabriel se había vuelto suspicaz.
—¿Sospechaba que usted y Léonie mantenían una relación?
—No había ninguna relación.
—No le he preguntado si existía. Le he preguntado si él la sospechaba.
—No.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿Por qué los observó hablar durante la recepción?
—Éramos amigos.
—Léonie le dijo que dejara de mirarlo.
Bastien no consiguió ocultar la sorpresa.
—No sé de qué habla.
—La oí.
—Entonces oyó una parte de una conversación.
—Dijo: “No hagas nada esta noche”. Después: “Deja de mirarlo”.
—Hablábamos de la discusión de la mañana.
—Usted pensaba enfrentar a Gabriel durante la cena.
—Quería aclarar las cosas.
—Y Léonie le pidió que no lo hiciera.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Gabriel estaba nervioso.
—¿Ella conocía la discusión?
—Le había contado algo.
—Esta mañana nos dijo que no conocía sus negocios.
Bastien se pasó una mano por la nuca.
—No conocía los detalles.
—Pero sabía que Gabriel lo acusaba de irregularidades.
—Sabía que teníamos diferencias.
—También sabía que él pensaba hablar con la policía.
—No.
—¿No se lo dijo usted?
—No lo sabía.
Delaunay cerró la carpeta.
—Vamos a intentar una versión sencilla. Gabriel descubrió algo en las cuentas.
Lo enfrentó ayer por la mañana. Usted comprendió que pensaba acudir a la policía.
Después habló con Léonie antes de la fotografía y ella le pidió que no hiciera nada esa noche.
Minutos más tarde, usted desapareció junto a una galería de servicio cuya compuerta había sido manipulada.
—Eso no es una versión. Es una acusación.
—Todavía le faltan varias piezas.
—Porque no las hay.
—Falta el motivo para que Léonie lo protegiera.
Bastien miró hacia la puerta.
—Ella intentaba evitar una escena.
—¿Lo hace con frecuencia?
—Gabriel y yo discutíamos.
—¿Y Léonie mediaba?
—A veces.
—¿También sabía dónde guardaba usted sus documentos?
—No.
—¿Tenía acceso a su oficina?
—No.
—¿Y usted al apartamento?
Bastien no respondió.
Delacroix sacó del bolsillo una pequeña hoja doblada.
—Anoche envió dos notas a Léonie.
—Quería saber cómo estaba.
—La segunda decía que debían hablar antes de que la policía confundiera las cosas.
—Exactamente.
—¿Qué cosas?
—La discusión, el fraude, mi posición durante el accidente.
—¿Cómo podía ayudarlo ella?
—Estuvo presente.
—¿Esperaba que confirmara una versión?
—Esperaba que dijera la verdad.
—¿Cuál?
Bastien miró a Delaunay.
—Que regresé antes del fogonazo.
—Ella no lo ha dicho.
El rostro del hombre cambió.
—¿Qué dijo?
—Que no sabía dónde estaba usted cada minuto.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque me vio.
—¿Desde dónde?
Bastien señaló un punto imaginario sobre la mesa.
—Detrás de Bellac.
—La misma posición que Clovis contradice.
—Léonie estaba mirando hacia la cámara.
—Entonces no podía verlo detrás de ella.
—Me vio antes.
—¿Antes de qué?
El hombre se quedó callado.
Delacroix dobló de nuevo el papel.
—No necesita que Léonie diga la verdad. Necesita que recuerde lo mismo que usted.
Bastien se levantó y comenzó a caminar por la habitación. Dio tres pasos hacia la ventana, se volvió y regresó a la mesa.
—No maté a Gabriel.
—Eso no le hemos preguntado todavía —dijo Delaunay.
—Llevan horas preguntándolo sin utilizar las palabras.
—Entonces utilicémoslas. ¿Retiró usted el pasador?
—No.
—¿Manipuló la compuerta?
—No.
—¿Entró en la galería de servicio antes o durante la recepción?
—No.
—¿Posee una copia de alguna llave de la torre?
—No.
—¿Sabía que Gabriel se colocaría junto a esa protección?
—No.
—¿Sabía que Bellac utilizaría magnesio?
—Todos lo sabían.
—¿Sabía que Léonie pediría una carga mayor?
—No.
—¿Sabía que Gabriel temía el flash?
—Sabía que no le gustaba.
—¿Sabía que Léonie pensaba explicar la caída como un ataque?
Bastien golpeó la mesa con la palma.
—¡No había ninguna explicación preparada!
El sonido resonó en la habitación.
Nadie habló durante unos segundos.
Bastien retiró la mano y bajó la voz.
—Lo vio caer. Lo conocía. Sabía lo que le ocurría. No necesitaba preparar nada.
Delacroix contempló la palma que acababa de golpear la mesa. Cerca de la base del pulgar había una pequeña abrasión lineal, reciente y ya oscurecida.
—¿Cómo se hizo eso?
Bastien miró la herida.
—No lo sé.
—Parece un corte con metal.
—Pudo ser cualquier cosa.
—¿Una cadena?
—No.
—¿Una argolla limada?
—He dicho que no.
Delaunay llamó al agente y pidió que fotografiaran la lesión. Bastien protestó, aunque terminó extendiendo la mano bajo la lámpara.
—Están perdiendo el tiempo —dijo—. Mientras me retienen aquí, quien manipuló la compuerta puede marcharse de París.
—¿A quién propone que busquemos? —preguntó Delacroix.
—Al fotógrafo.
—¿Por qué?
—Controlaba el flash. Eligió el lugar. Insistió en que Gabriel retrocediera.
—Fue Léonie quien lo hizo retroceder primero.
—Bellac confirmó la posición.
—¿Cree que Bellac quería matar a Gabriel?
—No lo sé. Quizá trabajaba para alguien.
—¿Alguien relacionado con el fraude?
—Es posible.
—¿Quién?
Bastien se sentó otra vez.
—Gabriel había molestado a mucha gente.
—Hasta ahora solo hemos encontrado pruebas de que lo había molestado a usted.
—Busquen mejor.
—Eso hacemos.
Delaunay sacó una pequeña bolsa transparente del interior de la carpeta. Contenía una fibra oscura encontrada en el marco de la compuerta.
—Necesitaremos comparar esto con su abrigo.
Bastien miró la bolsa.
—Ya lo tienen.
—La tela parece similar.
—La mitad de los hombres de París llevaban un abrigo oscuro ayer.
—Incluido Bellac —dijo Delacroix—. También Delaunay y yo.
—Entonces ¿por qué solo me interrogan a mí?
—Porque Bellac no dijo que guardó un encendedor que no tenía.
Bastien apoyó la frente sobre una mano.
—No recuerdo qué guardé.
—Hace una hora estaba seguro.
—Estoy cansado de que convierta cada palabra en una trampa.
—Las trampas funcionan mejor cuando una persona entra voluntariamente.
Delaunay ordenó que llevaran el abrigo al laboratorio. Después cerró la carpeta y se puso de pie.
—Puede permanecer aquí unas horas más.
Bastien levantó la cabeza.
—¿Sigo sin estar detenido?
—Sigue sin poder marcharse.
—Eso no es legal.
—Puedo detenerlo formalmente por obstrucción, declaraciones contradictorias y posible vinculación con un fraude. Preferiría evitarlo hasta tener algo más sólido.
—Qué considerado.