Capítulo 7 — El mejor amigo
Bastien Cormier había pasado la noche en una habitación de la Prefectura que no era una celda, aunque todos los objetos que contenía parecían haber sido escogidos para impedir cualquier otra interpretación.
Había una mesa atornillada al suelo, dos sillas de respaldo recto, una ventana demasiado alta para mirar a través de ella y una lámpara cuya luz convertía el cansancio en una enfermedad visible.
La puerta carecía de cerrojo interior. Un agente permanecía en el corredor y otro entraba cada cierto tiempo con café, preguntas o la noticia de que todavía no podía marcharse.
Cuando Delacroix y Delaunay llegaron, Bastien se encontraba de pie frente a la ventana, con las manos en los bolsillos y la corbata desanudada.
Se había quitado el abrigo, que descansaba sobre una silla.
La camisa conservaba el aspecto impecable de la tarde anterior salvo por una pequeña mancha cerca del puño izquierdo.
—Espero que hayan disfrutado de su noche —dijo sin volverse.
Delaunay dejó una carpeta sobre la mesa.
—Fue menos cómoda que la suya.
Bastien miró la habitación.
—Entonces debería cambiar de hotel.
—No estoy alojado aquí.
—Yo tampoco. Aunque sus hombres parecen haberlo olvidado.
Delaunay tomó asiento.
—No estaba detenido.
—No me permitieron marcharme.
—Necesitábamos confirmar algunos datos.
—Necesitaban encontrar una excusa para retenerme hasta que la prensa decidiera si debía ser el amigo leal o el asesino celoso.
Delacroix cerró la puerta.
—¿Cuál de las dos posibilidades le preocupa más?
Bastien lo miró.
—La segunda.
—No parecía tan evidente.
—Mi mejor amigo murió ayer.
—Y París ya sabe que usted lo ayudó a comprar el anillo.
—Porque es cierto.
—La verdad suele soportar bien una comprobación.
—Entonces compruébenla y déjenme ir.
Delaunay abrió la carpeta. Dentro estaban las primeras declaraciones de los testigos, una copia del artículo publicado aquella mañana y el inventario de las pertenencias de Bastien.
Delaunay empezó por el domicilio y el recorrido.
Bastien vivía solo en el boulevard Haussmann, con servicio doméstico ocasional.
Había salido de casa cerca de las cuatro, pasado por la oficina para revisar una correspondencia que luego dejó en un cajón y llegado tarde a la recepción.
Cada precisión obligaba a corregir la anterior, pero ninguna alteraba el punto central: Gabriel y Léonie ya estaban en la torre cuando él llegó.
—¿Los había visto ese día?
—A Gabriel por la mañana.
—¿Dónde?
—En la oficina.
—¿Hablaron?
—Nos vimos todos los días durante años. Naturalmente que hablamos.
—¿Sobre qué?
Bastien se pasó una mano por el rostro.
—Asuntos de trabajo.
—¿El fraude?
—No existe ningún fraude.
—Gabriel pensaba entregar documentación a la Prefectura.
—Gabriel pensaba muchas cosas cuando se convencía de que una cifra no estaba donde él quería.
—¿Sabía lo de la cita?
—No.
—Léonie cree que sí.
La frase produjo una reacción breve, pero visible. Bastien dejó de moverse.
—¿Ha hablado con ella?
—Esta mañana.
—¿Cómo está?
Delaunay no respondió de inmediato.
—¿Eso le preocupa más que lo que dijo sobre usted?
—Me preocupa que haya perdido al hombre con quien vivía.
—Y también que nos haya dicho que usted conocía la denuncia.
—No la conocía.
—Ella afirma que debía conocerla.
—Léonie está confundida.
—No parecía confundida.
Bastien miró a Delacroix.
—Usted ha estado llenándole la cabeza.
—Las cabezas suelen venir bastante llenas de casa.
—No la conoce.
—Usted sí.
—Sí.
—Mucho.
Bastien apartó la vista.
Delaunay sacó una hoja.
—Su oficina confirmó que Gabriel Montfort acudió ayer a las nueve y media. Permaneció allí menos de una hora. Uno de los empleados oyó una discusión.
—No fue una discusión.
—Lo escucharon levantar la voz.
—Gabriel no necesitaba levantarla para resultar desagradable.
—¿Qué dijo?
—Que quería revisar ciertas cuentas.
—¿Cuáles?
—Las de Saint-Roch.
—La sociedad benéfica.
—Sí.
—¿Por qué?
—Había discrepancias en unas transferencias.
—¿Discrepancias o dinero desaparecido?
—Retrasos entre el registro de una donación y su aplicación a determinados gastos.
—¿Quién autorizaba esas transferencias?
—Yo supervisaba parte del procedimiento.
—¿Y Léonie?
Bastien levantó la cabeza.
—¿Qué tiene que ver ella?
—Eso intentamos averiguar.
—Nada. Léonie participaba en algunos actos de recaudación. No tocaba cuentas.
—¿Gabriel sospechaba de ella?
—No.
—¿Se lo preguntó?
—No hacía falta.
—Parece saber con bastante precisión qué sospechaba y qué no.
—Era mi amigo.
Delacroix apoyó una mano sobre el respaldo de la silla vacía.
—Anoche dijo que no conocía el motivo de la entrevista con Delaunay.
—Y sigo sin conocerlo.
—Esta mañana admite que Gabriel investigaba las cuentas de Saint-Roch, que había encontrado discrepancias y que discutió con usted el mismo día en que concertó una cita con la policía.
—Eso no significa que pensara denunciarme.
—No he dicho que fuera a denunciarlo a usted.
—Lo ha insinuado desde que entró.
—Ha sido usted quien se ha reconocido en la insinuación.
Bastien se acercó a la mesa, pero no se sentó.
—Gabriel tenía una forma enfermiza de interpretar la honestidad. Para él, cualquier ajuste era una falsificación, cualquier demora un robo y cualquier favor una corrupción. Podía destruir el trabajo de un año por una cantidad mínima mal asentada.
—¿Cuánto dinero faltaba?
—No faltaba.
—¿Cuánto estaba mal asentado?
—No lo sé con exactitud.
—Trabajaba con las cuentas.
—No revisaba personalmente cada entrada.
—Pero sabe que la cantidad era mínima.
Bastien cerró los ojos un instante.
—Estoy cansado.
—Gabriel también lo estaba ayer —dijo Delacroix—. Aun así pensaba llegar a una entrevista esta mañana.
El hombre volvió a mirarlo.
—¿Qué quiere que diga? ¿Que discutimos? Sí. Discutimos. Gabriel me acusó de permitir procedimientos que consideraba irregulares. Yo le dije que estaba exagerando. No lo amenacé, no lo seguí y no retiré ningún pasador de una compuerta.
Delaunay señaló la silla.
—Siéntese.
Bastien obedeció.
—Hablemos de la torre. Desde el principio —continuó el comisario—. Llegó tarde, saludó a Gabriel y Léonie, bebió una copa y subió con el primer grupo.
—Correcto.
—Durante el ascenso, oyó que Gabriel mencionaba la entrevista.
—Sí.
—Y fingió no saber de qué hablaba.
—No fingí nada.
—Después se apartó del lugar de la fotografía y desapareció detrás de una viga.
—Fui a pedir un cigarrillo.
—Los camareros que atendían la plataforma han declarado esta mañana.
Bastien esperó.
—Ninguno recuerda que se lo pidiera.
—Había mucha gente.
—Había cuatro camareros. Los cuatro recuerdan que usted pasó cerca. Ninguno llevaba cigarrillos.
—Uno de ellos fumaba.
—En la zona de descanso, lejos de la escalera.
—Entonces me confundí de empleado.
—También dijo que regresó detrás de Bellac antes de la cuenta.
—Así fue.
—Clovis Perrin afirma que vio su sombra junto a la galería de servicio cuando Bellac dijo “uno”.
—Clovis estaba manipulando magnesio.
—Eso no le impide ver.
—El flash pudo distorsionar lo que recuerda.
—La sombra fue antes del flash.
Bastien apoyó los codos sobre la mesa.
—Quería apartarme de Gabriel y Léonie. Estaban hablando y pensé que necesitaban intimidad.
—Una consideración delicada en un hombre que había pasado toda la tarde interrumpiéndolos.
—Intentaba aliviar la tensión.
—¿Qué tensión?
—La de Gabriel.
—¿Por la denuncia?
—Por el flash.
Delacroix se sentó frente a él.
—Usted afirmó anoche haber presenciado uno de sus ataques.
—Me equivoqué.
—Dijo que ocurrió en Chartres.
—Había oído el relato.
—Léonie dijo que usted no estaba allí.
—Por eso aclaré el error.
—¿Cuándo le contó Gabriel lo ocurrido?
—No recuerdo.
—¿Antes o después de que Léonie comenzara a decir que las luces le provocaban ataques?
Bastien frunció el ceño.
—Gabriel hablaba poco de sus enfermedades.
—Entonces quizá nunca se lo contó.
—Quizá fue Léonie.
—¿Cuándo?
—Hace años.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿En esta habitación tampoco recuerda cada movimiento de sus manos?
Bastien retiró los brazos de la mesa.
—¿Qué tiene que ver eso con el crimen?
—La explicación médica apareció antes de que nadie examinara el cuerpo. Necesitamos saber si era un hecho conocido o una historia construida después.
—Léonie no construiría algo así.
—Está muy seguro.
—Porque la conozco.
—¿Mejor que Gabriel?
El silencio se prolongó apenas demasiado.
—De otra manera —respondió Bastien.
Delaunay tomó una segunda hoja.
—¿Qué perfume utiliza Léonie?
Bastien lo miró, desconcertado.
—¿Qué?
—Su perfume.
—No veo la relación.
—Responda.
—Violette de Parme. O algo parecido.
—¿Toma algún medicamento?
—A veces unas gotas para dormir.
—¿Nombre?
—Cloral, creo.
—¿Dónde las guarda?
—En el armario del dormitorio.
Bastien se quedó inmóvil al terminar la frase.
Delacroix no apartó los ojos de él.
—¿Cómo sabe eso?
—Gabriel me lo comentó.
—¿También le comentó el lugar exacto?
—He estado en su casa muchas veces.
—El armario del dormitorio no suele formar parte de una visita social.
—Una vez Léonie se sintió mal. Fui a buscar las gotas.
—¿Estaba Gabriel presente?
—Sí.
—¿Cuándo ocurrió?
—Hace unos meses.
—¿Qué perfume utilizaba antes de Violette de Parme?
Bastien apretó la mandíbula.
—No lo sé.
—Muguet Blanc —dijo Delaunay—. Lo mencionó su criada esta mañana. Lo cambió en primavera.
—Entonces lo sabía.
—No. Lo hemos averiguado.
Bastien se recostó.
—¿Pretenden demostrar que tengo una relación con ella porque conozco su perfume?
—Pretendemos saber por qué conoce detalles que Gabriel quizá no conocía.
—Éramos tres amigos.
—¿Dónde guarda Léonie la llave de repuesto del apartamento?
El hombre no contestó.
—¿La conoce? —preguntó Delacroix.
—No.
—Ha mirado hacia la puerta.
—Porque deseo salir por ella.
—La guarda detrás de un jarrón en el rellano —dijo Delaunay—. Marthe nos lo explicó.
Bastien soltó el aire.
—Todos lo sabíamos.
—¿Todos quiénes?
—Gabriel, Léonie, Marthe, yo.
—¿Alguna vez utilizó esa llave sin que Gabriel estuviera en casa?
—No.
—¿Sin que Léonie supiera que entraba?
—No.
—¿Tiene una copia propia?
—No.
Delaunay tomó nota sin comentar la respuesta.