Capítulo 6 — La mujer a quien todos compadecen #4
—No podrá salir sin que la rodeen —dijo Delaunay.
—No pensaba salir.
—Conviene que permanezca aquí hoy.
—¿Es una orden?
—Una recomendación.
—¿Y el agente de la puerta también es una recomendación?
—Es protección.
Léonie soltó una risa breve.
—Todo el mundo llama protección a lo que hace cuando quiere impedir que una mujer se mueva.
Delaunay cerró uno de los sobres.
—Alguien mató a Gabriel. Hasta saber quién fue, no puedo descartar que usted corra peligro.
—Ni que sea yo el peligro.
El comisario no respondió.
Delacroix se acercó a la mesa de las flores. Una tarjeta llevaba el sello de Le Regard Parisien. Otra procedía de una asociación de viudas de guerra. Una tercera no tenía firma. Solo decía:
París llora con usted.
—No parece cansarla la compasión de los desconocidos —dijo Léonie sin volverse.
—Me sorprende su rapidez.
—¿Preferiría que me insultaran?
—Preferiría que esperaran a saber qué ocurrió.
—La gente no espera para sentir.
—Tampoco para equivocarse.
Ella se volvió.
—¿Qué quiere de mí, monsieur Delacroix?
—La versión que no preparó ayer.
—No preparé ninguna versión.
—Entonces dígame algo imperfecto.
Léonie frunció el ceño.
—No entiendo.
—Todo lo que cuenta tiene una función. Los ataques explican el movimiento.
El guante perdido explica la falta de una prueba.
La insistencia de Bellac explica el flash.
El fraude de Bastien explica el motivo. Incluso la reserva de hotel confirma ahora que Gabriel hacía cosas extrañas cuando estaba preocupado.
No hay un solo recuerdo inútil, una duda real o un detalle que no sirva para protegerla.
—Quizá porque usted convierte todo lo que digo en una pieza contra mí.
—No. Algunas cosas se convierten solas.
La mujer avanzó hasta quedar frente a él.
—Vi morir al hombre con quien compartía mi vida.
Lo vi desaparecer delante de mí. No recuerdo el sonido de su voz esa mañana, pero recuerdo el ruido del metal cuando cayó.
No sé dónde dejé mis guantes y no sé por qué había reservado una habitación.
No sé si Bastien falsificó cuentas ni por qué Gabriel llevaba un anillo que nunca me mostró.
¿Eso es suficientemente imperfecto para usted?
La emoción apareció por primera vez sin cálculo visible. Sus ojos se humedecieron, aunque ninguna lágrima llegó a caer.
Delacroix no apartó la mirada.
—Sí.
Léonie pareció no saber qué hacer con la respuesta.
—Y todavía no la creo —añadió él.
Delaunay recogió los sobres.
—Nos marchamos.
Léonie permaneció inmóvil mientras los agentes cerraban el escritorio y trasladaban los documentos. Cuando Delaunay llegó a la puerta, ella habló.
—Comisario.
Él se volvió.
—Bellac sabía que Gabriel no quería el flash. Todos lo oyeron.
—Sí.
—Y aun así siguió adelante.
—Era una sesión fotográfica.
—También permitió que su ayudante dejara el magnesio al alcance de cualquiera. La carga pudo ser mayor de lo que dice.
—La examinaremos.
—Deberían hacerlo.
—Lo haremos.
Léonie bajó la voz.
—No permita que ese hombre se esconda detrás de una cámara.
Delaunay abrió la puerta.
—No permitiré que nadie se esconda detrás de nada.
Salieron al rellano. El agente volvió a ocupar su posición frente al apartamento. Cuando comenzaron a bajar las escaleras, Delacroix miró hacia arriba. Léonie continuaba en el umbral.
No había acusado directamente a Bellac. Tampoco había culpado de forma abierta a Bastien. Había hecho algo más eficaz: había entregado a la policía razones distintas para desconfiar de ambos y había permitido que pareciera que las encontraban por sí mismos.
En la calle, los periodistas se abalanzaron sobre Delaunay.
—¿Fue un asesinato?
—¿La compuerta estaba rota?
—¿Es cierto que monsieur Montfort pensaba abandonar a su prometida?
La última pregunta hizo que el comisario se detuviera.
—¿Quién les ha dicho eso?
Nadie respondió. Las voces continuaron superponiéndose.
—¿Mademoiselle Auber sigue siendo sospechosa?
—¿Han detenido al fotógrafo?
—¿El amigo participó en el fraude?
Delaunay abrió paso sin realizar declaraciones. Delacroix subió al vehículo detrás de él. Solo cuando las puertas se cerraron, el comisario dejó escapar el aire.
—Alguien les está proporcionando información.
—Sí.
—La reserva del hotel solo la conocíamos nosotros, Léonie y los agentes que estaban en el salón.
—Y Marthe, si escuchó desde el dormitorio.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
El coche se puso en marcha. Los periodistas quedaron atrás, aunque uno corrió algunos metros junto a la puerta antes de rendirse.
—Léonie quiere que investiguemos a Bellac —dijo Delaunay.
—Quiere que parezca inevitable investigarlo.
—Y a Bastien.
—Bellac explica el accidente. Bastien explica el crimen. Ella puede adaptarse a cualquiera de las dos versiones.
—¿Cree que intenta enfrentar a todos?
—Creo que lleva años aprendiendo qué debe decir para que los demás elijan la conclusión que le conviene.
Delaunay contempló los sobres con documentos.
—No ha cometido un solo error serio.
—Sí lo hizo.
—¿Cuál?
—Cuando preguntó si los papeles demostraban que Bastien mató a Gabriel.
—Era una reacción lógica.
—No preguntó qué contenían, cuánto dinero faltaba ni por qué Gabriel los ocultaba. Pasó directamente del fraude al asesinato.
—Porque nosotros ya le habíamos dicho que fue asesinado.
—Y porque necesitaba saber si habíamos encontrado suficiente para entregarnos un culpable.
Delaunay guardó silencio.
—¿Está seguro de que no la juzga por ser demasiado serena? —preguntó finalmente.
—No desconfío de su serenidad.
—¿Entonces?
Delacroix miró a través de la ventanilla. En un quiosco, el rostro dibujado de Léonie ocupaba otra portada. La habían representado con los ojos cerrados y el anillo sobre el corazón.
—Desconfío de que nunca esté serena por accidente.
El vehículo giró hacia la Prefectura.
Detrás de ellos, las ventanas del apartamento desaparecieron entre los árboles del boulevard. Léonie seguía allí, rodeada de flores, vigilada por la policía y defendida por una ciudad entera que no la conocía.
Todos la compadecían.
Delacroix empezaba a sospechar que eso podía no ser solo una consecuencia del crimen.
Quizá también formaba parte de algo preparado.