Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 6 — La mujer a quien todos compadecen #3
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Capítulo 6 — La mujer a quien todos compadecen #3

Delacroix observó cómo mantenía el chal cerrado sobre el pecho. Las manos seguían firmes. No temblaban. Su enfado no era desordenado. Incluso al poner fin a la conversación había elegido una pregunta concreta para hacerlo: la medida del anillo, la familiaridad de Bastien.

Delaunay guardó la libreta.

—Nos marcharemos cuando nos entregue los guantes que llevaba ayer.

Léonie no se sentó.

—Ya dije que los perdí.

—Dijo que quizá estaban en el coche.

—Pensé que podían estar allí.

—No estaban.

—Entonces cayeron en la torre.

—Tampoco.

—No sé qué espera que diga.

—La verdad suele ser útil.

La mujer dirigió una mirada a Delacroix, como si la frase proviniera de él.

—Me los quité después de bajar. Tenía las manos húmedas. Quizá los dejé en alguna mesa.

—Todos los objetos de la sala fueron recogidos —dijo Delaunay.

—Entonces alguien los tomó.

—¿Quién?

—Había policías, empleados, periodistas.

—Los periodistas no entraron en la sala.

—No recuerdo cada persona que pasó junto a mí.

—¿Bastien tocó sus manos?

La pregunta la hizo callar.

—No.

—¿Está segura?

—Sí.

—En la plataforma tenía rasgado el guante derecho —dijo Delacroix—. Cerca del índice había una mancha de grasa.

—Intenté sujetar a Gabriel junto al cierre.

—Eso explicaría la grasa.

—Entonces ¿por qué pregunta?

—Porque el cierre inferior estaba casi a ras del suelo. Para mancharse el índice de esa forma habría tenido que tocarlo o agacharse.

—Me arrastré hacia la abertura después de que Gabriel cayera.

—La vimos.

—Entonces ya tiene su explicación.

—Quizá.

Léonie soltó una risa sin alegría.

—Siempre dice eso.

—Porque las explicaciones no se vuelven ciertas solo por llegar primero.

La criada apareció en la puerta, incapaz de contenerse por más tiempo.

—Mademoiselle necesita descansar.

—Marthe —dijo Léonie.

—No, señora. Esto no está bien. Todo París sabe que intentó salvarlo y ellos vienen a tratarla como una criminal.

Delaunay se levantó.

—Todo París sabe lo que leyó esta mañana.

—Yo conozco a mademoiselle.

—¿Desde cuándo?

—Dos años.

—Entonces quizá pueda ayudarnos. ¿Presenció alguno de los ataques de monsieur Montfort?

Marthe abrió la boca.

Léonie respondió antes.

—No.

La criada la miró.

—Una vez lo vi mareado.

—No fue un ataque.

—Se quedó blanco y tuvo que sentarse.

Delaunay volvió a sacar la libreta.

—¿Cuándo?

—El invierno pasado. En la cocina.

—¿Qué ocurrió?

Marthe miró a Léonie, buscando permiso.

—Se había cortado una mano.

—Gabriel no soportaba la sangre —dijo ella.

—¿Hubo una luz intensa? —preguntó Delacroix.

—No, monsieur.

—¿Perdió el conocimiento?

—No. Se sentó y mademoiselle le dio agua.

Léonie cerró los ojos durante un instante.

—Eso no tiene relación.

—Quizá no —dijo Delacroix—. Pero es el único episodio que podemos confirmar y no fue provocado por una luz.

Marthe comprendió demasiado tarde que no había ayudado. Se llevó una mano al delantal.

—Yo solo digo que monsieur Gabriel podía marearse.

—Gracias —respondió Delaunay—. ¿Recuerda haber visto los guantes ayer por la noche?

—No.

—¿Mademoiselle llevaba guantes al regresar?

—Cuando llegó estaba envuelta en una manta.

—¿Quemó algo esta mañana?

Léonie se volvió hacia el comisario.

—Ya le explicaron lo de las notas de Bastien.

—Le pregunto a Marthe.

La criada miró la chimenea.

—Encendí el fuego al amanecer. Mademoiselle arrojó dos papeles.

—¿Algo más?

—No.

—¿Guantes?

—Por supuesto que no.

—¿Los vio en el dormitorio, la entrada o el salón?

—No.

Delaunay guardó definitivamente la libreta.

—Necesitaremos revisar el escritorio de Gabriel.

Léonie lo miró.

—Ha dicho que no venían a registrar.

—He dicho que todavía no.

—No puede abrirlo sin autorización.

—Podemos pedirla. También puede entregarnos la llave y permitir que comprobemos si contiene los documentos relacionados con su cita.

—La llave estaba con él.

—Sí.

—Entonces ábranlo.

La ausencia de resistencia sorprendió incluso a Delaunay.

—¿Está segura?

—Quiero que encuentren a quien lo mató.

—Y si el escritorio contiene información personal...

—Gabriel ya no tiene secretos que puedan protegerlo.

Delacroix se acercó al mueble. Delaunay hizo llamar al agente y pidió que llevaran la llave desde la Prefectura. Mientras esperaban, Léonie se retiró al dormitorio acompañada por Marthe.

Los dos hombres quedaron solos en el salón.

—Ha aceptado demasiado rápido —dijo Delaunay.

—Porque sabe lo que encontraremos.

—O porque no tiene nada que ocultar.

—Todo el mundo tiene algo que ocultar. La diferencia está en si cree que nosotros ya lo sabemos.

Delaunay miró hacia la puerta cerrada del dormitorio.

—No pudimos verificar ninguno de los ataques.

—Todavía.

—La estación de Tours será difícil. El teatro, imposible sin el nombre.

—Los recuerdos inventados suelen situarse en lugares públicos porque parecen tener testigos, aunque ninguno pueda localizarse.

—Y el episodio de la lámpara ocurrió aquí, sin nadie presente.

—Exactamente.

—Marthe confirmó que Gabriel se mareaba.

—Ante la sangre, no ante la luz.

Delaunay caminó hacia la consola y tomó la fotografía antigua de la pareja.

—Podía sufrir ambas cosas.

—Podía.

—Ahí está otra vez.

—No necesito que Léonie mienta sobre todo. Solo sobre aquello que explica la caída.

El agente regresó con la llave. Delaunay abrió el escritorio en presencia de otro policía y comenzó el inventario.

Dentro había cuadernos contables, correspondencia comercial, recibos y varias carpetas ordenadas por fecha.

No encontraron los originales que Gabriel pensaba llevar a la Prefectura, pero sí indicios de que había estado preparando una denuncia: listas de pagos, nombres de sociedades y copias incompletas de pagarés.

Una carpeta azul contenía documentos relacionados con Les Amis de Saint-Roch, la organización benéfica que había propuesto a Gabriel y Léonie para la sesión fotográfica. En varias hojas aparecía el nombre de Bastien Cormier como intermediario financiero.

—Ahí está el fraude —dijo Delaunay.

Delacroix revisó las cantidades sin retirarlas de orden.

—Parte de él.

—¿Por qué parte?

—Faltan los documentos que convierten las irregularidades en delito. Aquí solo hay dudas, cifras repetidas y firmas que Gabriel marcó para comparar.

—Pudo guardar los originales en otro lugar.

—Llevaba una llave de seguridad.

El comisario asintió.

—Banco o caja privada.

Al fondo del escritorio encontraron un sobre dirigido a Madeleine Montfort, la hermana de Gabriel. Estaba cerrado y sin sello. Delaunay lo sostuvo contra la luz.

—No podemos abrirlo sin incluirlo en el inventario.

—Inclúyalo.

El comisario rompió el borde con una espátula.

La carta era breve. Gabriel informaba a su hermana de que viajaría a Orléans al final de la semana y le pedía preparar la habitación que utilizaba cuando eran jóvenes. No explicaba cuánto tiempo permanecería allí. Solo añadía:

Necesito alejarme de París unos días y tomar ciertas decisiones sin que nadie intente tomarlas por mí. Mañana cumpliré con lo que debo. Después podré contártelo todo.

Delaunay leyó el párrafo dos veces.

—No dice que fuera a dejarla.

—Pero pensaba marcharse.

—Unos días.

—Y tomar decisiones lejos de Léonie.

—Puede referirse al fraude.

Delacroix observó la fecha. La carta había sido escrita la mañana anterior, antes de la visita a la torre.

—No preparó el viaje como una fuga —dijo—. Preparó un lugar donde pensar después de entregar la denuncia.

—¿Cree que todavía esperaba salvar a Bastien?

—Quizá. Los hombres rectos suelen imaginar que la verdad corregirá a quienes llevan años evitándola.

Entre los papeles había también una factura de una pensión próxima a la gare d’Austerlitz. Gabriel había pagado por adelantado una habitación para la noche siguiente.

—No pensaba dormir aquí después de la entrevista —dijo Delaunay.

—Eso ya se acerca más a una separación.

La puerta del dormitorio se abrió.

Léonie regresó sola. Vio la carta en manos del comisario y después la factura sobre la mesa.

—¿Qué es eso?

Delaunay le mostró el documento.

—Gabriel había reservado una habitación para mañana.

La mujer no respondió.

—¿Sabía que pensaba marcharse de casa? —preguntó.

—No.

—También escribió a su hermana diciendo que iría a Orléans.

Léonie se acercó al escritorio. Su rostro había perdido el control sereno de la entrevista.

—No tiene sentido.

—¿Por qué?

—Porque tenía aquí su casa.

—Quizá pensaba dejarla —dijo Delacroix.

Ella lo miró con auténtica hostilidad.

—No.

—No se lo había dicho.

—Porque no pensaba hacerlo.

—Había reservado una habitación.

—Podía ser por trabajo.

—A pocos kilómetros de este apartamento.

—Gabriel hacía cosas extrañas cuando estaba preocupado.

—Como ocultar documentos.

—Como aislarse.

—Como preparar una denuncia contra su mejor amigo.

La mujer desvió la vista hacia el nombre de Bastien en la carpeta azul.

—¿Eso demuestra que él lo mató?

—Demuestra que Gabriel investigaba operaciones relacionadas con él.

—Entonces interróguenlo.

—Lo estamos haciendo.

—Bastien sabía lo de la cita. Debió saberlo.

—Ayer dijo que no.

—Mintió.

—¿Por qué lo haría?

Léonie tardó apenas un segundo.

—Porque tiene miedo de que descubran el fraude.

Delacroix la observó. Había esperado la ocasión correcta para desplazar el peso hacia Bastien, pero no lo había hecho de manera burda. Primero había permitido que los papeles aparecieran. Después había presentado la acusación como una conclusión inevitable.

—Anoche lo defendió —dijo.

—Anoche creí que era el mejor amigo de Gabriel.

—Lo conocía desde hacía cinco años.

—No conocía sus negocios.

—Pero sabía que habían discutido por dinero.

—Sabía lo que Gabriel me contaba.

—¿También sabía que Bastien conocía su medida de anillo?

La expresión de Léonie volvió a cerrarse.

—No sé nada sobre ese anillo.

Delaunay guardó los documentos en sobres separados.

—Necesitaremos llevarnos el contenido relacionado con la sociedad benéfica, la carta y la factura.

—Llévenselo todo.

—No es necesario.

—Entonces terminen y márchense.

La mujer se volvió hacia la ventana. En la calle, un pequeño grupo de curiosos se había reunido frente al edificio. Una mujer sostenía flores. Dos periodistas esperaban junto a un automóvil.