Capítulo 6 — La mujer a quien todos compadecen #2
—Porque estaba a su lado.
Léonie sostuvo la mirada sin responder.
Delaunay abrió la libreta.
—Empecemos por los episodios médicos. Necesitamos nombres, fechas y lugares. ¿Qué médico atendía a Gabriel?
—No tenía un médico habitual.
—Todo el mundo tiene alguno.
—Gabriel evitaba las consultas. Decía que los médicos encontraban enfermedades en quienes podían pagar por ellas.
—¿Quién le diagnosticó la sensibilidad a las luces?
—Nadie la llamó así.
—Usted dijo que sufría ataques provocados por destellos.
—Porque eso era lo que ocurría.
—¿Cómo lo sabía?
—Lo había visto.
—Describa el primero.
Léonie se tomó unos segundos.
—Fue en una estación. Había tormenta. Un relámpago iluminó el andén y Gabriel se quedó completamente rígido. Después cayó contra una pared.
—¿En qué estación?
—Tours.
—¿Cuándo?
—Hace casi cuatro años.
—¿Viajaba con usted?
—Sí.
—¿Alguien más lo vio?
—Había decenas de personas.
—¿Alguna a quien podamos localizar?
—No conocíamos a nadie.
Delaunay anotó.
—¿Perdió el conocimiento?
—Quizá durante unos segundos.
—¿Lo atendieron allí?
—Un empleado se acercó. Gabriel dijo que estaba bien.
—¿Cómo regresó al hotel?
—Caminando.
—¿Hubo otro episodio?
—Meses después, durante una representación teatral. Utilizaron una luz muy fuerte al final de una escena. Se agarró al asiento y dejó de responderme.
—¿Qué teatro?
—No recuerdo el nombre.
—¿Qué obra?
Léonie frunció el ceño.
—Una comedia. No era importante.
—Para nosotros sí.
—Han pasado años.
—Anoche recordó con precisión los síntomas.
—Los síntomas ocurrieron delante de mí. El nombre de una mala comedia no me interesaba.
Delacroix recorrió con la mirada los estantes. Había novelas, libros de viajes, varios volúmenes de contabilidad y una colección de programas teatrales guardados en una caja decorativa. Léonie advirtió su atención.
—Gabriel conservaba todo.
—¿También el programa de aquella representación?
—No lo sé.
—Podríamos comprobarlo.
—¿Necesita una orden?
—Solo si se niega.
Ella cerró las manos.
—No me niego a que busquen la verdad. Me niego a que desarmen la vida de Gabriel para demostrar que yo no recuerdo el título de una obra.
—La vida de Gabriel ya fue desarmada ayer —dijo Delacroix—. Nosotros intentamos saber quién retiró las piezas.
Delaunay continuó antes de que ella respondiera.
—Mencionó tres o cuatro episodios. ¿Cuál fue el tercero?
—En casa.
—¿Qué lo provocó?
—Una lámpara cayó de la mesa. La pantalla se desprendió y la luz le dio directamente en los ojos.
—¿Cayó al suelo?
—Se sentó. Temblaba.
—¿Cuánto duró?
—Un minuto, quizá menos.
—¿Marthe estaba presente?
—No trabajaba con nosotros entonces.
—¿Algún vecino oyó algo?
—No fue una catástrofe, comisario. Gabriel se sentó y luego siguió con su vida.
—¿Y el cuarto episodio?
Léonie bajó los ojos.
—No estoy segura de que hubiera un cuarto.
—Anoche dijo tres, quizá cuatro.
—Por eso he dicho que no estoy segura.
Delacroix se separó de la biblioteca.
—¿Por qué Gabriel no mencionó esos ataques cuando Bellac habló del magnesio?
—No quería llamar la atención.
—Dijo que no le agradaba el flash.
—Era su forma de evitar explicaciones.
—Usted sí sabía el riesgo.
—Pensé que no era un riesgo real.
—Había visto caer a Gabriel en una estación, quedarse sin responder en un teatro y temblar en su casa.
—Y habían pasado años sin que ocurriera nada.
—Aun así pidió una carga más fuerte.
Léonie respiró profundamente.
—No pedí una carga más fuerte. Pregunté si la imagen tendría suficiente luz.
—Clovis le explicó que sí.
—Bellac había dicho que la niebla podía estropear la fotografía.
—No había niebla.
—Estábamos en una torre, al atardecer, con viento. No soy meteoróloga.
—Tampoco fotógrafa.
—Exactamente. Por eso pregunté.
La respuesta era sencilla, razonable y estaba pronunciada sin irritación excesiva.
Delacroix entendió por qué madame Blanchet había decidido defenderla después de leer un solo artículo.
Léonie no atacaba. Permitía que cada acusación pareciera una crueldad cometida contra alguien cansado de repetir lo evidente.
Delaunay pasó a otra página.
—¿Cuándo supo que Gabriel pretendía hablar conmigo?
—Ayer, durante la recepción.
—En el instituto dijo que llevaba días sospechándolo.
—Sospechaba que pretendía denunciar algo. No sabía que ya había concertado una cita con usted.
—¿Qué le hizo sospechar?
—Trabajaba hasta tarde. Escondía papeles. Empezó a cerrar con llave el escritorio.
Delacroix miró hacia un mueble situado junto a la ventana. Era un escritorio de madera oscura con la persiana bajada. La cerradura parecía nueva.
—¿Ese escritorio? —preguntó.
—Sí.
—¿Dónde está la llave?
—La llevaba consigo.
Entre las pertenencias de Gabriel habían encontrado una llave pequeña que podía corresponder al mueble.
—¿Intentó abrirlo? —preguntó Delaunay.
—No.
—¿Nunca?
—No.
—Vivía en esta casa, sospechaba que su compañero ocultaba documentos que podían ponerlo en peligro y no intentó saber qué eran.
—Gabriel tenía derecho a su intimidad.
—Una opinión bastante moderna dentro de una pareja.
Léonie miró a Delacroix.
—¿Le parece sospechoso respetar una puerta cerrada?
—Me parece raro que una persona curiosa solo haga preguntas sobre la intensidad del flash.
Ella desvió la mirada hacia Delaunay.
—¿Puedo saber qué pretende exactamente? Ayer vi morir a Gabriel. Desde entonces no he dormido. Hay periodistas en la calle y desconocidos me envían flores como si me conocieran. Ahora ustedes vienen a insinuar que inventé una enfermedad porque no recuerdo una obra de teatro.
—Pretendemos comprobar la explicación que usted proporcionó —dijo el comisario.
—Porque alguien necesita culpar a una persona. Primero será el fotógrafo. Después Bastien. Luego yo.
La frase hizo que Delacroix levantara apenas la cabeza.
—¿Por qué el fotógrafo primero?
Léonie pareció sorprendida.
—Porque preparó el flash.
—El flash no abrió la compuerta.
—Pero pudo provocar el ataque.
—Hace un momento dijo que alguien mató a Gabriel al manipular la protección.
—Pueden haber ocurrido ambas cosas.
—¿Cree que Bellac sabía lo de los ataques?
—No.
—Entonces no pudo utilizar deliberadamente el flash para causarlo.
—No he dicho que lo hiciera deliberadamente.
—Ha dicho que la policía necesitará culparlo.
—La prensa ya lo hace.
Delaunay cerró la libreta durante un instante.
—¿Cree que Bellac fue negligente?
Léonie adoptó una expresión cautelosa.
—No conozco su trabajo.
—Pero insistió en utilizar el magnesio.
—Era su sesión.
—Usted también insistió en realizar la fotografía.
—Gabriel había aceptado.
—No parecía desearla.
—Gabriel nunca parecía desear nada que no hubiese decidido él mismo.
La frase salió más dura que las anteriores. Léonie se dio cuenta y bajó la voz.
—Era un hombre bueno, pero podía ser... difícil.
—¿Difícil cómo? —preguntó Delacroix.
—Necesitaba tener razón.
—¿La tenía con frecuencia?
—Eso no facilitaba convivir con él.
—¿Discutieron ayer?
—No.
—En el ascensor, él dijo que podían marcharse después de la primera fotografía.
—No fue una discusión.
—Usted le reprochó que llevaba semanas evitando hablar.
—Las parejas hablan.
—A veces incluso dicen la verdad.
Léonie lo miró con cansancio.
—Gabriel estaba distante. Pensé que se debía al trabajo. Quería pasar una tarde agradable con él antes de que resolviera lo que fuera que lo preocupaba. Si eso me convierte en sospechosa, no puedo ayudarlo.
—¿Sabía que pretendía dejarla?
El silencio fue inmediato.
Delaunay volvió el rostro hacia Delacroix. Todavía no tenían ninguna prueba directa de aquella intención. La pregunta era un riesgo.
Léonie no respondió durante varios segundos.
—¿Quién le ha dicho eso?
—Nadie.
—Entonces acaba de inventarlo.
—He preguntado si lo sabía.
—Gabriel no pensaba dejarme.
—¿Se lo dijo?
—No tenía que hacerlo.
—Ayer dijo que no hablaba con usted desde hacía semanas.
—Dije que evitaba ciertas conversaciones.
—¿Cuáles?
—El dinero. Bastien. Su trabajo.
—¿Y ustedes?
La mujer mantuvo el rostro inmóvil.
—Nosotros estábamos bien.
Delacroix miró el salón. No había fotografías recientes de la pareja a la vista.
Solo una, tomada varios años atrás, descansaba sobre una consola.
En ella, Gabriel miraba a la cámara con una sonrisa más abierta que cualquiera que Delacroix hubiera visto durante la recepción.
Léonie estaba a su lado, apoyada sobre él.
—¿Dormían en la misma habitación? —preguntó.
Delaunay le dirigió una mirada breve, pero no lo detuvo.
—Eso no es asunto suyo.
—Puede ser asunto de la investigación.
—¿Cómo?
—La proximidad suele afectar lo que una persona sabe de otra.
—Sí, dormíamos juntos.
—¿Anoche encontró sus cosas en el dormitorio?
—¿Qué cosas?
—Ropa, objetos de aseo, documentos. Algo que indicara que preparaba una partida.
—No.
—¿Ha revisado?
—No registré la habitación después de identificar su cadáver.
—¿Marthe?
—Tampoco.
Delacroix no insistió. Si Gabriel pensaba marcharse, podía haber preparado el equipaje fuera de la casa o no haberlo preparado todavía. La reacción de Léonie, sin embargo, había sido más rápida ante la posibilidad de una ruptura que ante la confirmación del asesinato.
Delaunay volvió al asunto del anillo.
—Bastien afirma que Gabriel lo compró el miércoles pasado en Maison Vautrin.
—No sabía nada.
—¿Reconoce la sortija?
—La vi anoche.
—Me refiero al diseño. ¿Había hablado con Gabriel de algo semejante?
—No.
—¿Con Bastien?
—Tampoco.
—Él dice que conocía su medida.
Por primera vez, Léonie perdió el control de su expresión. Fue apenas un destello de irritación.
—Bastien habla demasiado.
—¿Cómo podía saberla?
—No lo sé.
—Dijo que había tomado prestado uno de sus anillos.
—Nunca le presté ninguno.
—Tal vez lo tomó sin pedírselo.
—Eso sería absurdo.
—También íntimo.
Léonie se levantó.
—Se acabó.
Delaunay no se movió.
—Siéntese, por favor.
—No estoy detenida.
—No.
—Entonces pueden marcharse.