Capítulo 6 — La mujer a quien todos compadecen
A las ocho de la mañana, París ya había decidido que Léonie Auber era inocente.
No había sido necesario un juicio, una investigación ni siquiera una noche completa.
Bastaron un anillo, una torre y una fotografía que todavía no había sido revelada.
Los periódicos llenaban los quioscos con dibujos de Gabriel Montfort arrodillado ante una mujer vestida de blanco, aunque nadie lo había visto arrodillarse y Léonie llevaba un abrigo azul.
Algunos ilustradores añadían rosas. Otros preferían representar la caja abierta cayendo de la mano del muerto mientras su cuerpo desaparecía entre las vigas.
Uno especialmente imaginativo había colocado una luna llena detrás de la torre, pese a que el cielo de la tarde anterior había permanecido cubierto.
Delacroix leyó tres versiones durante el desayuno y descubrió que ninguna mencionaba la compuerta manipulada.
Madame Blanchet dejó la cafetera sobre la mesa y observó los periódicos desplegados alrededor de su huésped.
—Una desgracia terrible.
—Sí.
—Tan joven.
—También.
—Y justo cuando iba a pedirle matrimonio.
Delacroix levantó los ojos.
—Eso todavía no lo sabemos.
La mujer se quedó inmóvil con una mano sobre la cafetera.
—Encontraron el anillo.
—Encontrar un anillo demuestra que alguien tenía un anillo.
—El amigo confirmó que pensaba entregárselo.
—El amigo también dijo que se encontraba detrás del fotógrafo cuando estaba junto a una escalera.
Madame Blanchet contempló la portada más cercana. En ella, Léonie aparecía inclinada sobre el fragmento de manga, con los ojos elevados hacia el cielo.
—No creerá que esa muchacha hizo algo.
—No he dicho eso.
—Pero lo piensa.
—Pienso que un hombre murió porque una protección fue preparada para abrirse. Eso limita bastante las posibilidades de una intervención divina.
La propietaria apretó los labios.
—La pobre debe de estar destrozada.
—Probablemente.
—Los hombres como usted siempre sospechan de las personas que no lloran de la manera adecuada.
—Los hombres como yo sospechan de las personas que explican demasiado bien algo que acaba de suceder.
Madame Blanchet retiró la cafetera un poco más bruscamente de lo necesario.
—Debería dejarla descansar.
—Yo también vine a París con esa intención.
La mujer se alejó hacia otra mesa, convencida sin duda de que había admitido en su hotel a un individuo carente de sentimientos. Delacroix regresó a los periódicos.
La versión más extensa había sido publicada por Le Matin de Paris.
El periodista describía a Gabriel como un contable modesto y honorable, dedicado a obras benéficas y enamorado desde hacía años de Léonie.
Bastien aparecía como el amigo fiel al que había confiado el secreto de la propuesta.
Bellac era presentado como el fotógrafo atormentado cuyo flash había desencadenado la tragedia.
El artículo incluía una declaración anónima de alguien presente en la plataforma:
Ella intentó sujetarlo. Conservaba entre las manos la manga del hombre al que amaba.
La frase no era completamente falsa. Por eso resultaba eficaz.
Delacroix dobló el periódico. En la página siguiente había una entrevista breve con un médico que explicaba que ciertas luces podían provocar ataques en personas sensibles.
El especialista no había examinado a Gabriel, no conocía su historial y utilizaba expresiones prudentes, pero el titular había eliminado toda incertidumbre:
UN FOGONAZO PUDO CAUSAR LA CAÍDA
La historia se cerraba sobre sí misma. El anillo explicaba la presencia de la pareja. El flash explicaba el movimiento. La manga rota explicaba la posición de Léonie. El dolor explicaba cualquier contradicción futura.
La verdad tendría que abrirse paso contra algo mucho más resistente que una mentira: una versión que la gente deseaba conservar.
Delaunay llegó al hotel poco antes de las nueve. No se quitó el abrigo y rechazó el café, dos señales que indicaban que no había dormido o que el café de la Prefectura había terminado por destruirle el paladar.
—La placa está revelada —dijo.
Delacroix dejó el periódico.
—¿Y?
—Bellac tenía razón. La cámara no miente.
—Eso no responde.
—La imagen no muestra la caída. Gabriel y Léonie permanecen en posición. El movimiento posterior quedó fuera del tiempo de exposición.
—¿Se ve a Bastien?
—No claramente. Hay una sombra junto a una viga, pero podría ser él, un empleado o parte de la estructura.
—¿Gabriel mira hacia la cámara?
Delaunay lo observó con interés.
—No.
—Mira hacia la galería.
—Ligeramente. Bellac asegura que pudo distraerse por una voz.
—¿Cuál?
—Nadie recuerda haber hablado.
—Todos hablaron antes del fogonazo.
—En el instante de la exposición, no.
Delacroix tomó el sombrero.
—Quiero verla.
—Después. Primero tenemos una entrevista con Léonie.
—¿Ha pedido un abogado?
—No.
—Eso no significa que no lo necesite.
—Tampoco está detenida.
—Todavía.
Delaunay miró los periódicos.
—La ciudad no aprobaría demasiado esa decisión.
—La ciudad tampoco aprobó la construcción de la torre.
—Y ahora arrojaría a cualquiera desde ella antes que permitir que la desmontaran.
Delacroix se puso el abrigo.
—¿Dónde está Léonie?
—En el apartamento de Gabriel. Insistió en volver. Dejé un agente en la puerta y otro en la calle.
—¿Encontraron los guantes?
—No.
—¿Registraron el recorrido entre el coche y el instituto?
—Dos veces.
—¿Y la sala donde esperó?
—También.
—Entonces se deshizo de ellos antes de salir de la torre o se los entregó a alguien.
Delaunay abrió la puerta.
—Esa será una de las preguntas.
—No empiece por ella.
—¿Por qué?
—Porque lleva toda la noche preparando la respuesta.
El apartamento se encontraba en una calle tranquila próxima al parc Monceau, en el segundo piso de un edificio elegante sin resultar ostentoso.
La fachada tenía balcones de hierro, molduras claras y una entrada custodiada por un portero que parecía considerar la presencia policial una ofensa personal.
Delaunay mostró la acreditación por segunda vez.
—Ya hay un agente arriba —dijo el hombre.
—Lo envié yo.
—Entonces no comprendo por qué necesita subir también.
—Porque el agente todavía no ha aprendido a interrogar desde la acera.
El portero no sonrió. Miró a Delacroix.
—¿Y él?
—Ha venido a criticar la decoración.
—No permitiré que registren nada sin autorización.
—No venimos a registrar —dijo Delaunay—. Todavía.
La última palabra consiguió que el hombre apartara el cuerpo de la escalera.
El agente situado frente a la puerta informó que Léonie no había recibido visitas. Una criada llamada Marthe había llegado a primera hora y permanecía con ella. Bastien había enviado dos mensajes y acudido personalmente a las siete, pero no se le permitió entrar.
—¿Ella pidió verlo? —preguntó Delacroix.
—No. Cuando le informé que estaba abajo, dijo que no podía recibir a nadie.
—¿Leyó los mensajes?
—Los abrió delante de mí.
—¿Qué decían?
—El primero preguntaba si se encontraba bien. El segundo decía que debían hablar antes de que la policía confundiera las cosas.
Delaunay intercambió una mirada con Delacroix.
—¿Conserva las notas?
—Ella las arrojó al fuego.
—¿Usted se lo permitió?
El agente se irguió.
—No tenía órdenes de impedirle quemar correspondencia personal.
—Ahora las tiene.
Léonie abrió la puerta antes de que llamaran.
Vestía de negro, aunque la ropa parecía escogida con prisa: una falda sencilla, una blusa cerrada y un chal sobre los hombros.
Había recogido el cabello sin demasiado cuidado.
Su rostro continuaba pálido, pero no mostraba las señales de una noche de llanto que los periódicos ya le atribuían.
—Comisario.
—Mademoiselle Auber. ¿Podemos pasar?
Ella miró a Delacroix.
—¿Es imprescindible que venga también?
—Sí —respondió Delaunay.
La mujer se apartó.
El salón era luminoso, ordenado y más impersonal de lo que Delacroix esperaba.
Había muebles de buena calidad, cuadros discretos y una chimenea apagada.
Sobre una mesa descansaban varios ramos de flores enviados por desconocidos, periodistas y asociaciones benéficas.
Algunas tarjetas estaban abiertas. Otras formaban una pila junto a una bandeja de plata.
Una de las tarjetas llevaba la firma de Paul Dervaux, consejero municipal y antiguo benefactor de Saint-Roch. Había escrito que París no abandonaba a quienes dedicaban su vida a los demás.
Léonie siguió la dirección de su mirada.
—Empezaron a llegar antes de que regresara.
—París madruga cuando se trata del dolor ajeno —dijo Delacroix.
—También cuando se trata de invadirlo.
Una criada de rostro redondo apareció con una bandeja de café. Miró a los visitantes con abierta desconfianza.
—Marthe, puedes dejarnos —dijo Léonie.
—No creo que deba estar sola.
—No lo estaré.
La mujer dejó la bandeja, pero antes de marcharse se inclinó hacia su señora.
—No tiene que responder nada que no quiera.
Delaunay esperó a que cerrara la puerta.
—Su criada parece conocer bien los procedimientos policiales.
—Ha leído los periódicos.
—Eso suele ser peor.
Léonie tomó asiento en un sofá. No ofreció café a los hombres. Delaunay eligió un sillón frente a ella y Delacroix permaneció de pie junto a una biblioteca.
—La entrevista será breve —dijo el comisario—, siempre que podamos aclarar algunos puntos.
—Anoche dijo lo mismo.
—Anoche no sabía que la compuerta había sido manipulada.
Léonie bajó los ojos hacia sus manos.
—¿Entonces fue un asesinato?
—Eso investigamos.
—¿Cree que alguien quería matar a Gabriel?
—No se retira un pasador de seguridad por accidente.
La mujer permaneció callada. No preguntó cómo se había manipulado ni cuándo. Tampoco mostró sorpresa ante la confirmación.
—¿Lo sospechaba? —preguntó Delacroix.
Ella alzó la vista.
—Lo vi caer por una puerta que no debía abrirse.
—Anoche insistía en que el flash le había provocado un ataque.
—Una cosa no excluye la otra. Pudo sufrir el ataque y caer contra una protección defectuosa.
—No estaba defectuosa. Alguien la preparó.
—Entonces esa persona mató a Gabriel.
—Eso parece.
—¿Por qué me mira como si esperara que yo lo explique?