Capítulo 5 — La puerta que cedió #4
—Dijo que era un encendedor.
—Y no lo hemos encontrado.
—¿Lo registraron?
—Superficialmente. No estaba detenido.
—Ahora tenemos un pasador desaparecido, una llave posiblemente copiada y un hombre que mintió sobre su posición.
Delaunay miró hacia la compuerta.
—También tenemos a una mujer que podía empujarlo sin que nadie sospechara que se acercaba demasiado.
—Los planes con dos personas suelen fracasar porque cada una cree haber corrido más riesgo que la otra.
—Está dando por hecho que actuaron juntos.
—Estoy dando por hecho que al menos una persona preparó el cierre antes de que Léonie colocara a Gabriel delante.
Roussel llamó desde el marco.
—Hay algo más.
Había introducido una lámpara por el hueco donde faltaba el pasador inferior. En la parte interior aparecía un pequeño residuo de tela oscura atrapado en una arista.
Delacroix lo retiró con pinzas.
No era lana del abrigo de Gabriel. Era un tejido más fino, azul muy oscuro o negro.
—¿Uniforme? —preguntó Delaunay.
Roussel comparó la fibra con su manga.
—No parece igual.
—El abrigo de Bastien era oscuro —dijo Delacroix.
—También el de Bellac, el de usted y el mío.
—Por eso existen los laboratorios.
Delaunay se puso de pie y caminó unos pasos sin hablar. Se detuvo junto a la barandilla interior, desde donde París se extendía debajo como un mapa de luces. Durante unos segundos pareció contemplar la ciudad, aunque Delacroix sabía que estaba ordenando los hechos.
—La compuerta fue debilitada —dijo finalmente—.
El pasador inferior fue retirado y alguien se lo llevó.
Montfort fue situado delante de la abertura.
El flash cegó a los testigos. La mujer que estaba junto a él proporcionó de inmediato una explicación médica que todavía no podemos verificar.
El amigo mintió sobre su posición y pudo tener acceso a una zona de servicio.
El anillo apareció en un bolsillo absurdo y ambos construyeron la historia de la propuesta.
—Eso resume bastante bien la tarde.
—Aún puede existir una explicación inocente para cada elemento por separado.
—Sí.
—Pero no para todos juntos.
Delacroix esperó.
Delaunay regresó junto a la compuerta. El viento levantó el borde de su abrigo.
—Fue un asesinato.
No lo dijo con dramatismo. La frase salió baja, casi molesta, como una conclusión contable que hubiera preferido evitar.
Delacroix miró el vacío detrás del marco.
—Sí.
—¿Léonie o Bastien?
—Al menos uno preparó el mecanismo. Al menos uno sabía que el flash ocultaría el instante. Y uno de los dos puso el anillo.
—Puede haber una tercera persona.
—Puede.
—Bellac controlaba la cámara y el momento del fogonazo.
—Clovis preparó la carga.
—Roussel conocía el cierre.
—Adèle tenía la llave.
—Y Montfort pensaba denunciar un fraude que todavía no comprendemos.
Delacroix volvió la vista hacia París.
—El motivo nos dirá quién necesitaba que muriera. El mecanismo nos dirá quién podía hacerlo. La mentira nos dirá quién creyó que la historia del anillo sería suficiente para evitar ambas preguntas.
Delaunay se ajustó los guantes.
—Cerraré los accesos y ordenar é una revisión completa del personal, los proveedores y los invitados. Bastien no abandonará la Prefectura hasta que encontremos el objeto que guardó. Léonie quedará bajo vigilancia.
—No la detenga todavía.
—¿Por qué?
—Porque cree que todos la compadecen. Una persona que se siente protegida por su propia historia comete errores para conservarla.
—¿Y Bastien?
—Bastien ya tiene miedo. Conviene averiguar si teme a la policía o a ella.
El comisario observó el lugar donde la pareja había posado.
—La prensa publicará la historia del accidente al amanecer.
—Déjela.
—¿Quiere que el asesino crea que lo aceptamos?
—Quiero que crea que París está mirando el anillo y no la compuerta.
Delaunay sonrió apenas.
—Empieza a disfrutar de sus vacaciones.
—Todavía no he probado la cena de la torre.
Uno de los técnicos llamó desde el ascensor. Había llegado un mensaje del laboratorio fotográfico: la placa estaba intacta y el proceso de revelado había comenzado. Bellac insistía en estar presente, aunque la policía no le permitía tocar el negativo.
Delacroix miró la cámara abandonada junto al trípode. Bajo la tela negra, el aparato parecía un animal inmóvil esperando abrir un ojo.
—¿Cuánto falta? —preguntó.
—Una hora, quizá dos —respondió el agente.
Delaunay suspiró.
—Podríamos dormir mientras tanto.
—Podríamos.
—Pero no lo haremos.
—Empieza a conocerme.
Abandonaron la plataforma después de que las pruebas fueran embaladas y la compuerta asegurada con una cadena nueva. Al descender, Delacroix se volvió una última vez.
Desde aquella distancia, el lugar del crimen apenas se distinguía. La marca de tiza, el botón, las huellas y el cierre cortado habían quedado reducidos a pequeñas irregularidades sobre el suelo de una construcción inmensa. Sin embargo, bastaron para cambiar por completo la naturaleza de la muerte.
Gabriel Montfort no había caído porque una luz lo cegara.
Alguien había necesitado la luz para cegar a los demás.