Capítulo 5 — La puerta que cedió #2
—Ya es suficiente.
Léonie pasó junto a Delacroix. Al llegar a su altura se detuvo.
—No conocía a Gabriel.
—No.
—No sabe cómo era cuando se sentía acorralado. No sabe cuántas cosas ocultaba ni hasta dónde podía llegar para evitar una conversación.
—Mañana pensaba mantener una bastante importante.
La mujer sostuvo su mirada.
—Quizá por eso murió.
No hubo temor en la frase. Tampoco parecía una confesión. Podía interpretarse como una referencia al fraude, a Bastien o a alguien todavía desconocido. Sin embargo, Delacroix advirtió que Delaunay también la había oído.
Léonie continuó hacia la salida.
El agente la acompañó. Lemaire esperó hasta que desaparecieron al final del pasillo y después miró a Delacroix con desaprobación.
—Posee usted el tacto de una autopsia.
—Las autopsias son precisas.
—No siempre.
—Entonces tenemos algo en común.
Delaunay pidió que prepararan la ropa de Gabriel para una revisión completa. Lemaire los condujo a una sala contigua donde las prendas habían sido extendidas sobre una mesa cubierta de tela blanca.
El abrigo presentaba daños en la espalda y en el costado, además de la manga desgarrada. Los pantalones estaban rotos en las rodillas. Uno de los zapatos había desaparecido durante la caída y el otro conservaba una mancha negra en el borde exterior de la suela.
Delacroix se inclinó.
—¿Grasa?
—Eso parece —respondió Lemaire—. También hay restos en el puño izquierdo.
Delaunay acercó una lámpara.
La mancha tenía un brillo oscuro y espeso. No se parecía al aceite común utilizado en vehículos ni a la suciedad húmeda de las plataformas. Era más densa, mezclada con pequeñas partículas de óxido y pintura.
—La misma sustancia del cierre —dijo Delacroix.
—Todavía no lo sabemos —respondió Delaunay.
—Lo sabremos cuando comparemos las muestras.
Lemaire señaló el puño.
—Hay además fibras claras adheridas a la manga rasgada.
Delacroix tomó unas pinzas y separó una de ellas. No eran iguales a la fibra hallada en el bolsillo. Aquellas parecían proceder de un tejido, quizá un guante.
—Léonie llevaba guantes de color claro —dijo.
—También varias mujeres de la recepción —repuso Delaunay.
—Pero solo una afirma haberlo sujetado.
El comisario examinó la manga.
—Si intentó salvarlo, es normal que dejara fibras.
—Sí.
—Y si lo empujó, también.
—Exactamente.
Lemaire se cruzó de brazos.
—Me alegra haber podido aclararlo.
Delacroix recorrió la costura rasgada. La tela no se había desprendido por completo. Faltaba un tramo irregular a la altura del antebrazo, donde Lemaire había encontrado el hematoma. El fragmento conservado por la policía encajaría allí, pero la dirección del desgarro era lateral, no longitudinal.
—Cuando una persona cae y otra la sujeta por la manga —dijo—, el tejido tiende a tensarse hacia abajo. El desgarro debería seguir el peso del cuerpo.
Delaunay observó el borde.
—Este va hacia atrás.
—Como si ella hubiese tirado de él antes de que alcanzara la compuerta o como si él intentara liberarse de una mano.
—¿Está seguro?
—No.
Lemaire dejó escapar una respiración satisfecha.
—Por fin.
—Necesito el abrigo colocado sobre alguien de su altura. Y el fragmento recuperado en la torre.
—Mañana —dijo Delaunay.
—Esta noche.
—La plataforma continúa cerrada, el personal está agotado y nosotros llevamos horas interrogando personas.
—El culpable también ha tenido horas.
Delaunay se quitó el sombrero y se pasó una mano por el cabello.
—No tenemos un culpable. Tenemos una compuerta abierta, un hombre muerto y contradicciones suficientes para llenar un café.
—Tenemos un pasador retirado.
—Tenemos un pasador ausente.
—La argolla estaba cortada.
—Lima, fatiga del metal, mantenimiento deficiente.
—Usted mismo no cree eso.
—Lo que yo crea no importa hasta que pueda demostrarlo.
Delacroix se enderezó.
—Entonces regresemos a la torre y démonos la oportunidad.
Delaunay miró el reloj. Eran casi las once.
—Le recuerdo que vino a París para descansar.
—Estoy empezando a olvidarlo.
El comisario se volvió hacia Lemaire.
—Quiero un análisis de la grasa, las fibras y cualquier residuo bajo las uñas. También necesito saber si Montfort había consumido medicamentos, alcohol o alguna sustancia que pudiera provocar un desvanecimiento.
—Lo tendrá mañana.
—Esta noche —dijo Delacroix.
Lemaire lo miró.
—Mañana.
—He intentado ayudar.
—No lo ha conseguido.
Salieron del instituto poco después. La lluvia había vuelto, leve y constante. Un vehículo policial los esperaba junto a la acera. Delaunay subió sin hablar. Delacroix se acomodó a su lado y observó las calles a través del cristal mojado.
París parecía más tranquila a aquella hora.
Las terrazas seguían llenas, pero el tránsito había disminuido y las luces se reflejaban en el pavimento con una suavidad que no tenía nada que ver con el fogonazo de la torre.
Una pareja avanzaba bajo un mismo paraguas.
El hombre lo inclinaba demasiado hacia la mujer y recibía sobre un hombro toda la lluvia.
—¿Cree que Montfort sabía lo de Léonie y Bastien? —preguntó Delaunay.
—No sabemos que haya nada entre ellos.
—Los vio.
—Vi intimidad. No necesariamente una relación.
—El modo en que él la sostuvo al bajar.
—Y el modo en que ella evitó que la tocara cuando estaban solos.
Delaunay apoyó la cabeza contra el respaldo.
—Tal vez acababan de discutir.
—Tal vez se habían puesto de acuerdo sobre algo y temían recordar versiones distintas.
—Bastien habló del anillo antes de que nadie lo interrogara.
—Porque necesitaba que todos supieran lo que significaba.
—O porque acababa de perder a su mejor amigo y quiso explicarle a Léonie lo que Gabriel planeaba.
Delacroix observó una gota que descendía lentamente por el cristal.
—Cuando una persona recibe una noticia terrible, suele hablar de la persona muerta. Bastien habló de la historia.
—¿Qué diferencia hay?
—Dijo: “Iba a pedírtelo esta noche”. No dijo que Gabriel estaba feliz, nervioso, enamorado o que llevaba semanas preparándolo. Entregó la conclusión exacta que todos debían recordar.
—Eso es bastante tenue.
—Las primeras sospechas suelen serlo.
El vehículo giró hacia el Campo de Marte.
La torre apareció sobre los tejados, iluminada y casi desierta.
Desde lejos no parecía un escenario criminal.
Parecía una promesa vertical, la clase de monumento que conseguía que las personas levantaran la cabeza y olvidaran por un momento lo que ocurría a ras del suelo.
Los accesos permanecían cerrados. Dos agentes custodiaban la entrada lateral y dejaron pasar a Delaunay después de revisar la autorización. El ascensor había sido inmovilizado, por lo que tuvieron que ascender parte del trayecto por una combinación de escaleras y mecanismos de servicio.
—Si muero de agotamiento —dijo el comisario mientras subían—, espero que no convierta mi muerte en un misterio.
—Dependerá de dónde guarde usted el anillo.
Delaunay soltó una risa sin entusiasmo.
La segunda plataforma estaba casi a oscuras. Solo permanecían encendidas las lámparas de servicio y algunas luces exteriores. Sin invitados, música ni camareros, el lugar parecía más amplio. El viento entraba por la compuerta abierta y hacía vibrar una cinta policial colocada alrededor de la zona.
El encargado de mantenimiento los esperaba junto a dos técnicos. Se llamaba Émile Roussel y llevaba aún el uniforme azul de la tarde, aunque se había añadido una bufanda y un abrigo pesado.
—Comisario.
—Gracias por quedarse.
Roussel miró a Delacroix.
—No me han permitido tocar nada.
—Ha hecho bien —dijo este.
—No ha sido idea mía.
Uno de los técnicos había instalado una lámpara sobre el suelo. El pasador superior permanecía levantado. La argolla inferior colgaba partida de una pequeña cadena.
Delacroix se arrodilló.
A la luz directa, el corte resultaba más visible. Una parte del metal estaba oscurecida por la antigüedad; otra presentaba un tono claro y reciente. La superficie había sido limada casi por completo, dejando solo una sección mínima para que la argolla permaneciera aparentemente unida.
—Alguien la debilitó —dijo Roussel—. Después bastó el golpe.
—¿Cuánto tiempo habría necesitado? —preguntó Delaunay.
—Con una lima fina, unos minutos. Tal vez menos si sabía dónde trabajar.
—¿Podría hacerlo durante la recepción?
Roussel negó con la cabeza.
—No sin agacharse junto al cierre. Alguien lo habría visto.
—¿Antes?
—La plataforma estuvo abierta al personal desde la mañana. Los proveedores subieron y bajaron. Fotógrafos, camareros, gente de la revista. También algunos invitados llegaron antes para ensayar.
Delacroix miró hacia la escalera lateral donde había visto desaparecer a Bastien.
—¿Esta compuerta puede abrirse sin llave?
—El pasador inferior se retira desde dentro de la plataforma. El superior tiene un pequeño seguro, pero cualquiera puede levantarlo si sabe cómo. La llave sirve para la puerta interior de la pasarela.
—Entonces quien manipuló la argolla no necesitaba una llave para preparar la caída.
—No.
—¿Y el pasador desaparecido?
Roussel señaló el suelo.
—Debería estar sujeto a esta cadena. La cadena fue cortada también.
Delacroix examinó el extremo. A diferencia de la argolla, la cadena había sido separada limpiamente.
—¿Antes o después de la caída?
—Antes. Si se hubiera roto por el peso, el pasador seguiría aquí.
Delaunay se agachó a su lado.
—Alguien se lo llevó.
—Sí.
—¿Por qué?
—Para que la compuerta pudiera abrirse.
—Después del crimen, quiero decir. Podía haberlo dejado en el suelo.
Delacroix miró hacia el espacio donde habían estado reunidos los invitados.
—Porque el pasador podía tener huellas, fibras o grasa de la persona que lo retiró. O porque necesitaba ocultar que había sido manipulado de forma deliberada.
Roussel señaló el hueco inferior.
—Sin el pasador, cualquiera con experiencia lo habría advertido.
—Pero después de una caída todos miran hacia abajo —dijo Delacroix—, no hacia la pieza que falta.