Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 5 — La puerta que cedió
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Capítulo 5 — La puerta que cedió

El instituto médico de París tenía la cortesía de no parecerse demasiado a un hospital.

Los hospitales conservaban, incluso de noche, cierta obstinación por la vida.

Había pasos rápidos, puertas que se abrían, médicos llamados desde un extremo del pasillo y familiares que interpretaban cualquier movimiento como una señal.

Aquel edificio, en cambio, recibía a sus visitantes con una calma administrativa.

Las lámparas ardían sin prisa, las voces se mantenían bajas y nadie corría porque allí todas las urgencias habían terminado.

Delacroix entró detrás de Delaunay poco antes de las diez.

Léonie había llegado en otro vehículo, acompañada por un agente y por el médico que la atendió en la torre.

Bastien continuaba retenido en las dependencias policiales, no bajo arresto, aunque aquella distinción parecía ofrecerle poco consuelo.

En el vestíbulo los esperaba el doctor Auguste Lemaire, un hombre pequeño, de barba blanca y hombros encorvados, con unas gafas redondas que agrandaban sus ojos hasta darles una expresión de permanente asombro.

Conocía a Delaunay desde hacía años y a Delacroix lo suficiente para no alegrarse demasiado de verlo.

—Creí que estaba de vacaciones —dijo mientras les estrechaba la mano.

—Eso creíamos todos —respondió Delaunay.

Lemaire miró a Delacroix.

—¿Cuánto tiempo llevaba en París?

—Veintiocho horas.

—Está perdiendo facultades.

—La primera noche dormí.

—Una imprudencia.

El médico los condujo por un corredor lateral.

A través de las puertas entreabiertas se veían mesas de madera, armarios de cristal y empleados que escribían informes bajo la luz amarillenta.

El olor era una mezcla de desinfectante, piedra húmeda y productos químicos.

Delacroix había visitado lugares semejantes en demasiadas ciudades para que ninguno pudiera resultarle completamente desconocido.

—La identificación se realizará en unos minutos —explicó Lemaire—. Preferí esperar a que llegaran. La señorita Auber se encuentra en una sala próxima. No parece estar en condiciones de responder muchas preguntas.

—Ha respondido bastantes esta tarde —dijo Delacroix.

El médico lo miró por encima de las gafas.

—El dolor no siempre llega en el momento que considera más conveniente un investigador.

—Tampoco las mentiras.

Delaunay intervino antes de que la conversación se volviera menos médica.

—¿Ha podido examinar el cuerpo?

—Solo de manera preliminar. La autopsia completa será mañana, pero puedo adelantar algunas conclusiones.

Se detuvo frente a una puerta y bajó la voz.

—La muerte fue inmediata o prácticamente inmediata. El cuerpo golpeó una estructura metálica durante la caída y después una plataforma inferior. Hay múltiples fracturas, lesiones internas y un traumatismo craneal severo. No sufrió.

—Eso no puede saberlo —dijo Delacroix.

Lemaire sostuvo su mirada.

—Puedo decirlo a la mujer que debe identificarlo.

—Ella no está aquí.

—Pero podría necesitar oírlo después.

Delacroix aceptó la corrección con una inclinación leve de cabeza.

—¿Encontró señales de una convulsión?

El médico se quitó las gafas y limpió uno de los cristales con el borde de la bata.

—No existe una señal única que permita afirmar que una persona sufrió un ataque inmediatamente antes de morir, sobre todo después de lesiones tan graves.

No he encontrado mordeduras en la lengua, espuma, daños compatibles con una contracción prolongada ni otros indicios habituales.

Eso no permite descartarlo de forma absoluta.

—¿Encontró algo que lo sugiera?

—No.

Delaunay cruzó los brazos.

—Léonie Auber asegura que las luces intensas le provocaban episodios.

—Necesitaré su historial médico.

—No sabemos si existe.

—Entonces convendría buscarlo antes de convertir una explicación en diagnóstico.

Delacroix miró a Delaunay. El comisario no respondió.

—¿Qué hay de los brazos y las manos? —preguntó.

Lemaire volvió a colocarse las gafas.

—En el antebrazo izquierdo hay un hematoma reciente. Se produjo muy poco antes de la muerte, quizá en los últimos minutos. La manga del abrigo está rasgada en esa zona.

—¿Forma de dedos?

—No con suficiente claridad. Parece una presión lateral o una sujeción fuerte. También hay una pequeña abrasión en la palma derecha, como si hubiera intentado aferrarse a una superficie rugosa.

—¿Al marco de la compuerta?

—Es posible.

—¿Y en la espalda?

—Una marca horizontal a la altura de la cintura. El borde metálico lo golpeó cuando la protección se abrió o cuando pasó sobre ella.

—Entonces cayó de espaldas.

—Al menos atravesó la abertura en esa posición.

Delaunay frunció el ceño.

—Si sufrió una convulsión, podría haberse desplomado hacia atrás.

—Podría —respondió Lemaire—. También podría haber retrocedido, tropezado o recibido un empujón. El cuerpo no tiene la amabilidad de distinguir entre todas las posibilidades.

—A veces sí —dijo Delacroix.

—A veces los investigadores creen que sí.

El médico abrió la puerta. Detrás había una sala pequeña con una ventana alta, una mesa y dos sillas.

Léonie se encontraba sentada junto a la pared.

Había sustituido el abrigo azul por una manta gris que le cubría los hombros.

Tenía el rostro pálido y el cabello desordenado, pero sus ojos permanecían secos.

El agente que la acompañaba se puso de pie al verlos.

—Mademoiselle Auber —dijo Lemaire con suavidad—, necesitamos que confirme la identidad.

Ella se aferró a la manta.

—¿Debo verlo entero?

—No. Solo el rostro.

—¿Está muy...?

Lemaire se acercó.

—Hemos preparado todo para que resulte lo menos doloroso posible.

Léonie miró a Delacroix.

—¿Usted también entrará?

—No es necesario.

—Entonces no.

La respuesta fue rápida. Podía ser miedo, pudor o el rechazo natural a que un extraño estudiara su reacción frente al cadáver de su compañero.

Delaunay señaló la puerta.

—Yo la acompañaré.

—Prefiero al doctor.

El comisario aceptó. Lemaire ayudó a Léonie a ponerse de pie y ambos salieron por un acceso interior.

Delacroix permaneció en la sala junto a Delaunay. A través de la pared llegaba un murmullo amortiguado. Después hubo silencio.

—No ha llorado desde la torre —dijo Delacroix.

—Algunas personas no pueden.

—En la plataforma lloró.

—Había acabado de verlo caer.

—Y había público.

Delaunay lo miró.

—No todo comportamiento humano es una representación.

—No. Pero algunas representaciones son comportamiento humano.

—Ya ha decidido que es culpable.

—No.

—La observa como si esperara que olvide su siguiente línea.

Delacroix se acercó a la ventana. El cristal devolvía el reflejo de ambos sobre un patio oscuro.

—La mayoría de las personas que inventan una historia no la inventan completa.

Construyen lo necesario para superar la primera pregunta y confían en improvisar después.

Léonie ofreció una explicación en menos de un minuto: el flash, la enfermedad, el ataque y el intento de sujetarlo.

Bastien añadió el anillo. Cada elemento solucionó un problema diferente.

—También puede ser la verdad.

—Sí.

—No parece gustarle esa posibilidad.

—Me gusta cualquier posibilidad capaz de sobrevivir a las pruebas.

La puerta interior volvió a abrirse.

Léonie apareció apoyada en el brazo de Lemaire. Había cerrado la manta con una mano y mantenía la otra junto a la boca. Dio dos pasos y se detuvo.

—Es él.

Su voz no tembló.

Delaunay se acercó.

—Lo siento.

Ella lo miró sin responder.

—Necesitamos localizar a su familia —continuó el comisario—. Encontramos una dirección en sus documentos.

—Su hermana.

—¿Nombre?

—Madeleine Montfort. Vive en Orléans.

—¿Sus padres?

—Murieron.

—¿Estaba usted legalmente registrada en la misma residencia que Gabriel?

Léonie pareció ofendida por la pregunta.

—Vivíamos juntos.

—Necesitamos datos precisos.

—El apartamento está a nombre de él. Yo llevo allí casi tres años.

—¿Compartían cuentas bancarias?

Delacroix vio cómo la mujer desviaba la vista hacia Lemaire.

—¿Es imprescindible hablar de esto ahora?

—Podemos esperar hasta mañana —dijo el médico.

—No —respondió Delaunay—. Algunas preguntas no pueden esperar.

Léonie se volvió hacia él.

—No compartíamos cuentas. Gabriel era muy cuidadoso con el dinero.

—¿Desconfiaba de usted?

—Desconfiaba de todos.

—Bastien dijo que confiaba en él.

Algo se endureció en la expresión de la mujer.

—Bastien dice muchas cosas cuando tiene miedo.

—¿De qué tendría miedo?

—De que lo culpen.

—¿Por qué podrían culparlo?

Léonie tardó en responder.

—Porque estaba cerca. Porque Gabriel y él habían discutido. Porque la policía siempre necesita alguien a quien señalar.

Delacroix se apartó de la ventana.

—¿Sobre qué discutieron?

Ella lo miró.

—Negocios.

—¿Fraude?

—No lo sé.

—En la torre dijo que Gabriel quería denunciar irregularidades.

—Eso supuse.

—Ahora afirma no saber de qué discutían.

—No es una contradicción.

—No necesariamente.

Lemaire se interpuso con una cortesía firme.

—La señorita Auber ha identificado el cuerpo. Puede continuar mañana.

Delaunay iba a protestar, pero Delacroix habló antes.

—Solo una cosa más.

Léonie ajustó la manta.

—Ya le dije que no quiero hablar con usted.

—No es una pregunta. Es una devolución.

Sacó del bolsillo un pequeño sobre de papel. Dentro estaba la fibra recogida del forro del abrigo.

—Encontramos esto junto al lugar donde apareció el anillo.

La mujer observó el sobre sin tocarlo.

—¿Qué es?

—Eso queremos saber.

—Entonces averígüenlo.

—Lo haremos.

Los ojos de Léonie descendieron por una fracción de segundo hacia sus propios guantes. Ya no los llevaba. Delacroix lo notó.

—¿Dónde están los guantes que utilizó durante la visita? —preguntó.

—No lo sé.

—Los tenía al bajar de la torre.

—Debí de quitármelos aquí.

El agente miró alrededor.

—No los vi, monsieur.

Léonie volvió el rostro hacia él.

—Quizá quedaron en el coche.

—Los buscaremos —dijo Delacroix.

—Eran guantes. Gabriel está muerto y usted busca guantes.

—También busco una pieza de metal del tamaño de un dedo. La muerte suele depender de objetos menos importantes de lo que uno desearía.

Lemaire abrió la puerta del corredor.