Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 4 — El anillo #3
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Capítulo 4 — El anillo #3

—¿Cuál?

—No sé su nombre.

—¿Por qué?

—Porque me preguntó si Gabriel tenía familia.

—¿Y usted respondió que pensaba casarse?

—Estaba conmocionado.

—Parece un estado muy productivo en su caso.

—¿Qué insinúa?

—Que la historia llegó a los periodistas con demasiada rapidez.

Léonie habló sin levantar la voz.

—¿Cree que alguno de nosotros quería convertir esto en un espectáculo?

—No hace falta querer un espectáculo. Basta ofrecerle un buen título.

—Gabriel está muerto.

—Sí.

—Y usted habla del lugar donde guardó una caja.

—Porque ya no puede explicarlo él.

Ella lo miró con una mezcla de cansancio y hostilidad.

—Quizá la guardó ahí porque esperaba sacar el anillo en unos minutos. Quizá no pensaba conservarlo oculto durante toda la noche. Quizá estaba nervioso y eligió mal el bolsillo. Usted lo vio unos minutos y ya cree conocer cada decisión que habría tomado.

Delacroix no respondió de inmediato.

Era una defensa inteligente. No negaba la rareza, la convertía en una imperfección humana. Un hombre enamorado podía actuar con torpeza. Un hombre asustado podía olvidar sus costumbres. Un hombre muerto podía transformarse en cualquier cosa que necesitara la persona encargada de hablar por él.

—Tiene razón —dijo finalmente—. Apenas lo conocí.

La respuesta pareció sorprenderla.

—Entonces deje de tratarlo como una pieza de su juego.

—No es una pieza. Es el único presente que no puede mentirnos.

Léonie apartó la mirada.

Delaunay cerró la libreta y ordenó que acompañaran a la mujer a otra habitación para descansar antes de la identificación. Bastien intentó seguirla. El comisario volvió a impedírselo.

Cuando la puerta se cerró tras ella, Bastien se inclinó hacia delante.

—La están destrozando.

—Su compañero murió delante de ella —respondió Delaunay—. No necesita nuestra ayuda para estar destrozada.

—No tiene a nadie.

—Lo tiene a usted.

Bastien se quedó callado.

Delacroix regresó a la mesa auxiliar y tomó la caja del anillo.

—¿Gabriel conocía la talla exacta? —preguntó.

Bastien tardó en comprender.

—¿Qué?

—La medida del dedo de Léonie.

—Yo se la di.

—¿Cómo la sabía?

—Le pregunté una vez.

—¿A ella?

—No directamente.

—Entonces ¿cómo?

Bastien miró la caja.

—Había tomado prestado uno de sus anillos.

—¿Cuándo?

—Hace meses.

—¿Por qué?

—Gabriel me lo pidió.

—Hace meses, pero decidió comprar la sortija la semana pasada.

—Estaba pensándolo desde hacía tiempo.

—Y usted conservó la medida.

—Sí.

—Es un amigo extraordinariamente previsor.

—Gabriel confiaba en mí.

La frase salió con una seguridad que desapareció apenas fue pronunciada.

Delacroix lo observó.

—Eso parece.

Uno de los agentes entró para informar de que un periodista había conseguido publicar ya una edición especial en una imprenta cercana. Delaunay tomó el pliego aún húmedo.

En la portada aparecía un dibujo apresurado de la Torre Eiffel y un titular enorme:

MUERE ANTES DE PEDIRLE MATRIMONIO

Debajo, el texto relataba que Gabriel Montfort había caído al vacío durante una sesión romántica y que la sortija destinada a su amada había sido encontrada entre sus pertenencias. Léonie era descrita como una joven inconsolable. Bastien aparecía citado como el amigo que conocía la sorpresa.

Delaunay dejó el periódico sobre la mesa.

—Han trabajado rápido.

—Les di solo su nombre y el dato del anillo —dijo Bastien.

—Eso era suficiente —respondió Delacroix.

El hombre se levantó otra vez.

—¿Piensan detenerme?

—Todavía no.

—Entonces quiero marcharme.

—Tampoco.

—¿Con qué fundamento?

Delaunay tomó el periódico y lo dobló.

—Con el fundamento de que un hombre acaba de morir junto a una compuerta manipulada, usted mintió sobre dónde se encontraba y ha proporcionado a la prensa detalles que aún no hemos verificado.

—El anillo existe.

—La historia no necesariamente.

Bastien miró a Delacroix.

—Usted ha decidido que Gabriel no pensaba casarse porque guardó la caja en un bolsillo que no le agrada.

—No he decidido nada.

—Lo parece.

—Las decisiones rápidas son para los periódicos.

Bastien apretó la mandíbula.

—Gabriel amaba a Léonie.

—Eso tampoco demuestra que quisiera casarse con ella.

—¿Qué más necesita?

—Que él lo hubiera dicho.

—Me lo dijo a mí.

—Y ahora depende de usted que todos lo crean.

Bastien sostuvo la mirada durante unos segundos y después se volvió hacia la ventana.

Delaunay esperó a que uno de los agentes lo condujera a la sala contigua. Cuando quedaron solos, se apoyó contra la mesa.

—No le cae bien.

—Eso no tiene importancia.

—A veces la tiene.

—Miente con demasiada facilidad y recuerda demasiadas cosas solo después de necesitarlas.

—Pero la joyería existe. Podemos comprobarlo mañana.

—Esta noche.

Delaunay miró el reloj.

—Estará cerrada.

—El dueño tendrá una casa.

—También tendrá derecho a dormir.

—Gabriel tenía derecho a llegar vivo a su entrevista.

El comisario suspiró.

—Enviaré a alguien.

Delacroix volvió a contemplar el periódico. El dibujo de la torre ocupaba casi toda la página. El artista había añadido una pareja abrazada bajo las vigas, aunque nadie había visto realmente a Gabriel y Léonie de aquella manera durante la sesión.

—La historia está demasiado completa —dijo.

—Tenemos una pareja, un anillo y un muerto. Los periodistas no necesitan mucho más.

—Tienen también al mejor amigo que conocía la propuesta, a la mujer que no sabía nada y el flash que explica la caída.

—¿Qué le molesta exactamente?

—Que cada pieza aparezca en el momento correcto.

Delaunay se acercó al abrigo.

—La fibra puede proceder del envoltorio. El bolsillo puede haber sido una mala elección. Bastien puede estar diciendo la verdad sobre la joyería.

—Sí.

—Y Léonie puede haber intentado sujetarlo.

—Sí.

—No parece muy convencido de sus propias sospechas.

—Estoy convencido de que alguien preparó la compuerta. Todo lo demás necesita pruebas.

Delaunay tomó la caja y la sostuvo un instante.

—¿Cree que ella puso el anillo ahí?

Delacroix observó el terciopelo oscuro, la piedra limpia y la pequeña solapa del bolsillo exterior.

—Creo que quien lo guardó quería que lo encontraran.

—Un hombre que planea proponer matrimonio también quiere que lo encuentren.

—Después de hacer la pregunta.

Delaunay dejó la caja.

—¿Dónde lo habría guardado usted?

Delacroix señaló los bolsillos interiores del abrigo.

—Cerca del cuerpo. Con cierre. Lejos de la mano de la mujer que debía sorprender.

—Quizá Montfort era menos cuidadoso que usted.

—Gabriel Montfort llevaba tres documentos comprometidos distribuidos en bolsillos interiores distintos, una llave de seguridad escondida detrás de la cartera y la dirección de su cita doblada dentro de una funda. No era descuidado.

Delaunay volvió a mirar la deformación del bolsillo exterior.

—Entonces alguien pudo introducir la caja sin que lo notara.

—Alguien que pudiera tocarlo sin despertar sospechas.

—Léonie.

—O Bastien.

—O cualquiera durante el ascenso.

—Cualquiera podía rozarlo. No cualquiera podía hundir una mano en su abrigo.

El comisario guardó silencio.

Desde el exterior llegó otro estallido de voces. Un periodista gritó el nombre de Léonie. Otro preguntó si la policía investigaba un suicidio. París reclamaba una explicación y no parecía dispuesta a aceptar una respuesta sin lágrimas.

Delacroix recogió con cuidado el papel que contenía la fibra encontrada en el forro.

—¿Qué piensa hacer con ella? —preguntó Delaunay.

—Compararla.

—¿Con qué?

—Con el envoltorio de la joyería, si conseguimos localizarlo. Con los guantes de Léonie. Con cualquier papel que encontremos en sus pertenencias.

—No podemos registrar su habitación solo porque había una fibra en un bolsillo.

—Todavía no.

Delaunay se puso el abrigo.

—Voy al instituto médico. ¿Viene?

—Sí.

El comisario se dirigió hacia la puerta, pero Delacroix permaneció junto a la mesa.

—Rémy.

Delaunay se volvió.

—¿Dónde guardaría usted un anillo si pensara pedir matrimonio esa misma noche?

El comisario miró el bolsillo exterior del abrigo y después la caja.

—En un lugar donde ella no pudiera encontrarlo.

—Exactamente.

—Eso sigue sin demostrar quién lo puso allí.

Delacroix apagó la lámpara de la mesa auxiliar.

—No. Pero demuestra que la historia empezó antes de que Gabriel cayera.

Salieron de la sala.

Afuera, las luces de la torre iluminaban a los periodistas, a los policías y a los curiosos que continuaban reunidos bajo la estructura.

Desde el Campo de Marte, la ciudad parecía contemplar su nuevo relato con fascinación.

París había necesitado menos de una hora para enamorarse de un muerto, y Delacroix sospechaba que sería mucho más difícil lograr que aceptara la verdad sobre la mujer que lo lloraba.