Capítulo 4 — El anillo #2
La mujer mantenía los ojos fijos sobre la mesa. Su voz sonó cansada y baja.
—Gabriel ha muerto. No conviertan esto en una discusión sobre tornillos.
El empleado pareció ofendido, pero no respondió.
Delacroix se quitó los guantes y dejó el abrigo bajo custodia del agente.
—Tiene razón, mademoiselle Auber. Hablemos de Gabriel.
Léonie levantó lentamente la mirada.
—No quiero hablar con usted.
—Entonces hablaremos con el comisario.
—No quiero hablar con nadie.
—Eso será más difícil.
Delaunay regresó en ese momento.
—Han trasladado el cuerpo al instituto médico. El examen preliminar comenzará esta noche. Antes necesitamos una identificación formal.
Léonie cerró los ojos.
—Iré yo.
—No es necesario que sea ahora.
—He dicho que iré.
Bastien se levantó.
—La acompañaré.
—Usted se quedará aquí —respondió Delaunay.
—No puede dejarla sola.
—No estará sola.
Bastien dio un paso, pero el agente junto a la puerta se interpuso. El hombre se detuvo y miró al comisario.
—Soy su amigo.
—¿De cuál de los dos?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Bastien no respondió inmediatamente.
—De ambos.
—Entonces empiece ayudándonos a comprender qué ocurrió.
Léonie volvió el rostro hacia la ventana. Del otro lado del cristal podía verse la base iluminada de la torre y, más allá, el movimiento de los periodistas.
Delaunay pidió que condujeran a los demás testigos a una sala contigua.
Bellac protestó por la cámara, pero terminó obedeciendo después de que le permitieran enviar a un empleado de la policía a recoger el material.
Clovis salió con él, mirando varias veces hacia Léonie.
El encargado de mantenimiento fue retenido cerca de la puerta.
Cuando quedaron solo Delaunay, Delacroix, Léonie, Bastien y dos agentes, el comisario tomó asiento en la cabecera de la mesa.
—No se trata de un interrogatorio formal —dijo—. Necesito fijar algunos datos antes de que la memoria de todos empiece a corregirse a sí misma.
—Mi memoria está perfectamente —respondió Bastien.
—Me tranquiliza. ¿Cuándo conoció a Gabriel Montfort?
—Hace casi veinte años. Estudiamos juntos.
—¿Mantenían una relación estrecha?
—Era mi mejor amigo.
—Él dijo que ya no trabajaban juntos.
Bastien apoyó las manos sobre la mesa.
—Tuvimos diferencias profesionales.
—¿De qué clase?
—Nada relacionado con su muerte.
—Eso lo decidiré yo.
—Diferencias contables. Gabriel era extremadamente rígido.
—¿Rígido o honrado?
—No son términos incompatibles.
—Tampoco equivalentes.
Bastien respiró hondo.
—Se negaba a aceptar determinados retrasos, modificaciones o acuerdos que forman parte de cualquier actividad comercial. Quería que cada cifra estuviese exactamente donde debía, incluso cuando la realidad exigía cierta flexibilidad.
—¿Falsificaba usted cuentas? —preguntó Delacroix.
Bastien volvió el rostro hacia él.
—No.
—Entonces la flexibilidad no debería preocuparle.
—No voy a discutir asuntos de mi empresa delante de Léonie.
Ella lo miró por primera vez.
—¿Por qué no?
La pregunta pareció sorprenderlo.
—Porque no tienen relación contigo.
—Gabriel pensaba ir a la policía.
Bastien quedó inmóvil.
Delaunay entrecerró los ojos.
—¿Cómo lo sabe?
Léonie pareció comprender que había dicho demasiado. Bajó la mirada hacia sus manos.
—Lo escuché hablar con usted.
—Mencionamos una entrevista, no la policía.
—Usted es comisario.
—También asisto a cenas.
—Gabriel llevaba semanas preocupado. Supuse que estaba relacionado.
Delacroix observó a Bastien. El hombre había perdido parte de su color.
—¿Sabía usted de la entrevista? —preguntó.
—No.
—Lo vio conversar con Delaunay junto al ascensor.
—Pensé que se trataba de una cuestión menor.
—Hace un momento dijo que Gabriel era rígido con las cuentas.
—Porque el comisario lo mencionó.
—No mencionó cuentas.
Bastien apretó los labios.
Léonie cerró una mano sobre la otra.
—Gabriel quería denunciar irregularidades —dijo—. No sé cuáles. Se negó a explicármelas.
—¿Cuándo se enteró?
—Hace unos días.
—Antes dijo que no sabía nada sobre la entrevista.
—No sabía que ya la había concertado.
—¿Le preguntó a quién pensaba denunciar?
—Sí.
—¿Y qué respondió?
—Que no quería involucrarme.
Bastien soltó una risa breve y amarga.
—Eso era muy propio de Gabriel. Protegía a todos incluso cuando nadie se lo pedía.
Léonie se volvió hacia él.
—No hables así.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras enfadado con él.
—Estoy enfadado. Ha muerto.
—No parece esa clase de enfado.
Bastien sostuvo su mirada. Delaunay dejó que el silencio se prolongara.
Delacroix pensó en la conversación que había oído antes de la sesión: No hagas nada esta noche.
Entonces deja de mirarlo. Léonie y Bastien no parecían dos personas que acabaran de descubrir que compartían un secreto.
Parecían dos personas que intentaban recordar qué parte del secreto correspondía a cada una.
Delaunay abrió una libreta.
—Volvamos al anillo. Señor Cormier, ha declarado que ayudó a Gabriel a elegirlo.
—Sí.
—¿Cuándo?
—La semana pasada.
—¿Qué día?
Bastien dudó.
—El miércoles.
—¿En qué joyería?
—Maison Vautrin, cerca de la place Vendôme.
—¿A qué hora?
—Por la tarde. No recuerdo la hora exacta.
—¿Pagó en efectivo?
—Sí.
—¿Vio usted la compra?
—Estaba a su lado.
—¿Por qué acudió a usted?
Bastien miró a Léonie.
—Porque necesitaba consejo.
—¿Sobre joyas?
—Sobre ella.
Léonie hizo un movimiento casi imperceptible.
—¿Qué le preguntó? —continuó Delaunay.
—Qué clase de anillo le gustaría. Si preferiría una piedra grande o algo discreto.
—¿Y usted lo sabía?
—Conozco a Léonie desde hace años.
—¿Cuántos?
—Casi cinco.
—Gabriel llevaba más tiempo con ella.
—Pero no prestaba atención a ciertas cosas.
—¿Como los anillos?
—Como lo que una mujer desea aunque diga lo contrario.
Léonie lo miró con una frialdad que Bastien no pareció advertir.
—¿Gabriel le dijo dónde pensaba proponerle matrimonio? —preguntó Delacroix.
—Aquí.
—¿En qué momento?
—Durante la cena o después de la fotografía. No lo tenía decidido.
—¿Por qué elegir una fotografía con un flash que le desagradaba tanto?
Bastien apartó la vista.
—No sabía que le desagradaba de esa manera.
—Era su mejor amigo.
—A nadie le agrada que le arrojen una explosión de luz en la cara.
—Léonie asegura que sufría ataques.
—Sí.
—¿Usted los había presenciado?
La respuesta tardó demasiado.
—Una vez.
Léonie levantó la cabeza.
—¿Cuándo?
Bastien la miró.
—En Chartres.
—Tú no estabas en Chartres.
El error quedó expuesto con una limpieza casi cruel.
Bastien se corrigió.
—Me lo contó Gabriel después.
—Le he preguntado si había presenciado alguno —dijo Delacroix.
—No. Entendí mal.
—Su memoria estaba perfectamente hace unos minutos.
—Mi mejor amigo acaba de morir. Quizá pueda concederme alguna contradicción.
—Puedo concedérsela. Lo que no puedo es ignorarla.
Delaunay intervino antes de que Bastien respondiera.
—Mademoiselle Auber, describa esos ataques.
Ella respiró lentamente.
—No eran frecuentes.
—¿Cuántos sufrió?
—Tres, quizá cuatro.
—¿Cuándo fue el último?
—Hace aproximadamente un año.
—¿Lo atendió un médico?
—No quiso.
—¿Qué síntomas presentaba?
Léonie se humedeció los labios.
—Se quedaba inmóvil. Los músculos se le tensaban. A veces cerraba los ojos y parecía no oírme. Una vez cayó al suelo.
—¿Perdió el conocimiento?
—Durante unos segundos.
—¿Qué lo provocaba?
—Luces intensas. Destellos. También el cansancio.
—¿Por qué aceptó entonces una sesión fotográfica con magnesio?
Ella miró hacia la ventana.
—Porque pensé que sería distinto.
—¿Distinto cómo?
—Había pasado mucho tiempo. Gabriel dijo que podía hacerlo.
—Yo lo oí decir que no le agradaba el flash.
—No dijo que no quisiera la fotografía.
—Dijo que prefería esperar.
—Estaba nervioso.
—Usted pidió una carga más fuerte.
La voz de Léonie se volvió más débil.
—Pregunté si la luz sería suficiente.
—Clovis le explicó que sí.
—No soy fotógrafa.
—Precisamente.
Bastien golpeó la mesa con los dedos.
—Esto es absurdo. Está tratando de convertir una pregunta inocente en una acusación.
—Todavía no he acusado a nadie.
—Lleva haciéndolo desde que Gabriel cayó.
—No. Desde que la compuerta se abrió.
Delaunay levantó una mano.
—Continuemos con orden. Mademoiselle Auber, ¿sabía que Gabriel llevaba el anillo?
—No.
—¿Notó algo en el bolsillo del abrigo?
—No.
—Lo tomó de ese brazo varias veces.
—No estaba buscando nada.
—No hace falta buscar una caja para sentirla —dijo Delacroix.
Ella sostuvo su mirada.
—Entonces no la sentí.
—¿Gabriel se quitó el abrigo en algún momento?
—No.
—¿Lo dejó sin vigilancia?
—No lo sé.
—Estuvo con usted durante toda la recepción.
—Se apartó para hablar con el comisario. También fue a buscar una copa.
—¿Bastien permaneció cerca?
—Había muchas personas cerca.
—No le he preguntado eso.
Léonie apretó las manos.
—No sé dónde estuvo Bastien cada minuto.
—Yo sí —dijo él—. Estaba contigo y con Gabriel.
Delacroix se volvió.
—Salvo cuando se acercó a la escalera de servicio.
—Ya le expliqué lo del cigarrillo.
—¿Quién se lo dio?
—Nadie.
—¿Qué guardó en el bolsillo cuando regresó?
Bastien se quedó quieto.
—Nada.
—Lo vi hacerlo.
—Guardé mi encendedor.
—Usted pidió un cigarrillo, no fuego.
—Porque me quedaban cerillas.
—Entonces ¿para qué sacó el encendedor?
—No recuerdo cada movimiento de mis manos.
—Eso es más razonable que recordar una compra completa de joyería con fecha, lugar y conversación.
Bastien se levantó.
—No seguiré respondiéndole.
El agente junto a la puerta avanzó, pero Delaunay le indicó que esperara.
—Se sentará —dijo el comisario—. Y responderá cuando le preguntemos.
Bastien miró a Léonie, esperando quizá que interviniera. Ella permaneció inmóvil. Finalmente volvió a ocupar la silla.
Delacroix se acercó a la ventana. Fuera, los flashes de las cámaras periodísticas iluminaban de cuando en cuando la entrada. Resultaba irónico que el mismo tipo de luz señalado como causa del accidente estuviera construyendo ya la leyenda de la víctima.
—¿Quién informó a la prensa del anillo? —preguntó.
Delaunay frunció el ceño.
—Los periodistas conocían la propuesta antes de que bajáramos.
—Yo se lo dije a un agente —respondió Bastien.