Capítulo 4 — El anillo
La noticia descendió por la Torre Eiffel con mayor rapidez que cualquier ascensor.
Cuando Delaunay autorizó por fin el traslado de Léonie al nivel inferior, ya había periodistas agrupados junto a los accesos, empleados que fingían cumplir alguna tarea para permanecer cerca y curiosos que señalaban hacia las plataformas como si todavía esperaran ver caer algo.
Nadie parecía saber exactamente lo ocurrido, pero todos conocían una versión.
Un hombre había sufrido un ataque durante una fotografía.
Un hombre se había arrojado al vacío después de discutir con su prometida.
Un fotógrafo había provocado una explosión.
Una compuerta se había roto. Una mujer había intentado sujetar a su novio y conservaba aún entre las manos un pedazo de su abrigo.
El anillo había mejorado cada relato.
Para cuando Delacroix llegó al pie de la torre, Gabriel Montfort ya no era un hombre que pensaba presentar una denuncia a la mañana siguiente.
Era un enamorado que había elegido el lugar más romántico de París para ofrecer matrimonio a la mujer de su vida y que había muerto antes de poder formular la pregunta.
Los seres humanos, pensó Delacroix, soportaban mal las tragedias sin argumento. Necesitaban un comienzo, una promesa y, si era posible, un objeto pequeño que pudiera aparecer reproducido en los periódicos.
La policía había despejado un corredor hasta uno de los edificios de servicio.
Dos agentes contenían a los reporteros mientras Delaunay conducía a Léonie, Bastien y los demás testigos hacia una sala utilizada por el personal.
El cuerpo había sido retirado por otro acceso, protegido de las miradas mediante una lona que no impedía que los curiosos estiraran el cuello.
Léonie caminaba acompañada por el médico. Se había quitado el sombrero y el viento le había desordenado algunos mechones, que caían sobre su rostro. El fragmento de manga ya no estaba con ella, pero mantenía las manos unidas a la altura del pecho como si aún lo sujetara.
Un periodista logró inclinarse por encima del hombro de uno de los agentes.
—¡Mademoiselle Auber! ¿Es cierto que iba a pedirle matrimonio?
Léonie se detuvo.
El médico le habló al oído, instándola a continuar. Ella no pareció escucharlo. Miró hacia la multitud y, durante un instante, su expresión quedó completamente vacía. Después bajó la cabeza.
—No lo sabía —dijo.
La respuesta fue apenas audible, pero los periodistas la recibieron como una confesión. Varias voces comenzaron a repetirla. No lo sabía. La pobre mujer no lo sabía. Había descubierto el anillo después de verlo morir.
Bastien se acercó y le rodeó los hombros con un brazo.
—Déjenla en paz.
La frase tuvo el tono exacto de una indignación protectora. Un fotógrafo levantó su cámara y capturó el gesto: el mejor amigo sosteniendo a la prometida que nunca llegó a serlo.
Delacroix observó la mano de Bastien sobre el abrigo azul de Léonie. No parecía una mano colocada por primera vez en aquel lugar.
Delaunay lo vio también, aunque no hizo comentario alguno. Ordenó a los agentes que abrieran paso y condujo al grupo al interior.
La sala era estrecha y funcional. Contenía una mesa larga, ocho sillas desiguales, un armario metálico y una estufa que producía más ruido que calor.
En una de las paredes colgaba un plano de la torre cubierto de anotaciones técnicas.
Alguien había dejado una baraja sobre el alféizar y una taza con café frío junto a la ventana.
Delaunay dispuso que los testigos esperaran allí hasta que pudieran declarar por separado. Las protestas comenzaron de inmediato.
El empresario ferroviario tenía una cena. La actriz debía asistir a un estreno. Bellac necesitaba revelar la placa. Adèle Montargis debía impedir que la revista se convirtiera en objeto de una demanda. Clovis Perrin insistía en que el material fotográfico no podía permanecer expuesto a la humedad.
Delaunay escuchó a todos sin alterar la expresión.
—Un hombre ha muerto —dijo cuando terminaron—. Si alguno considera que sus planes son más urgentes, puede explicárselo a un juez mañana por la mañana.
Nadie volvió a mencionar sus compromisos.
Bellac se sentó junto a la ventana y pidió permiso para encender un cigarrillo. Delaunay se lo concedió. El fotógrafo ofreció otro a Clovis, que lo rechazó y continuó limpiándose las manos con un pañuelo ya completamente manchado de blanco.
Léonie permaneció apartada. Bastien había intentado sentarse a su lado, pero uno de los agentes le indicó una silla al otro extremo de la mesa. La distancia entre ambos pareció inquietarlo más que la presencia policial.
Delacroix se acercó al armario donde se habían depositado las pertenencias de Gabriel. El abrigo permanecía doblado sobre una repisa, todavía húmedo en algunas zonas. Junto a él había una bolsa que contenía el reloj, la cartera, unas llaves, monedas, un pañuelo, varios papeles y la caja del anillo.
—No debería tocarlo —dijo Delaunay.
—No pensaba hacerlo sin guantes.
—Eso no mejora la frase.
Delacroix se puso un par de guantes claros proporcionados por uno de los empleados y extendió el abrigo sobre la mesa auxiliar.
Era una prenda de buena calidad, sobria, con dos bolsillos exteriores y tres interiores. El izquierdo presentaba la deformación producida por la caja de terciopelo. No era una marca profunda, pero sí lo bastante visible para indicar que el objeto había permanecido allí durante algún tiempo.
—¿En qué bolsillo lo encontraron? —preguntó.
El agente que había entregado la caja se aproximó.
—En este, monsieur. El exterior izquierdo.
—¿Estaba cerrado?
—No tiene cierre. Solo una solapa.
—¿La caja se veía?
—No hasta que revisamos la prenda.
Delacroix introdujo la mano lentamente. El bolsillo era amplio y poco profundo. Un hombre sentado o apoyado contra una barandilla podía perder con facilidad cualquier objeto guardado allí. Además, bastaba que alguien rozara el abrigo para advertir el volumen.
—¿Quién retiró el abrigo del cuerpo?
—Un empleado del servicio médico. Yo estaba presente.
—¿Encontró la caja de inmediato?
—No. Primero revisamos los bolsillos interiores. Después palpé el exterior.
—¿Había algo más?
—Un billete de tranvía y un recibo de café.
Delacroix examinó el forro. Cerca de una de las costuras había quedado atrapada una fibra muy fina, casi blanca. No pertenecía a la lana oscura del abrigo ni al revestimiento interior. La recogió con unas pinzas y la dejó sobre un papel limpio.
Delaunay se inclinó.
—¿Tela?
—Quizá papel.
—¿Del envoltorio de la joyería?
—Podría ser.
—Eso no demuestra nada.
—Todavía no.
Abrió la caja. El anillo descansaba sobre terciopelo azul. Era una pieza elegante, de oro claro, con una piedra de tamaño discreto. No tenía inscripción visible.
Delaunay lo observó.
—Bastien dice que ayudó a elegirlo.
—Bastien dice muchas cosas con rapidez.
—¿Cree que miente?
—Creo que la historia le resulta cómoda.
—A Léonie también.
Delacroix cerró la caja y la introdujo de nuevo en el bolsillo exterior.
—Mire.
Delaunay contempló la deformación.
—Se nota.
—Y se nota más cuando uno abraza al dueño del abrigo, le toma el brazo o se enlaza con él durante una tarde entera.
—Quizá Léonie no tocó ese lado.
—Lo hizo. Al menos dos veces delante de nosotros.
—También puede haber pensado que era una pitillera.
—Gabriel llevaba la pitillera en el bolsillo interior derecho.
Delaunay lo miró de reojo.
—¿Cuándo lo vio?
—Cuando ofreció un cigarrillo a Bastien antes del ascenso.
—Naturalmente.
Delacroix volvió a retirar la caja.
—Un hombre que planea una sorpresa no guarda el objeto en el lugar donde la persona sorprendida puede descubrirlo con solo apoyarse en su brazo.
—Quizá estaba nervioso.
—Quizá era incompetente.
—Incluso los hombres enamorados pueden serlo.
—Sobre todo los hombres enamorados. Pero Montfort no me pareció descuidado.
Uno de los agentes llamó a Delaunay desde la puerta. El comisario se alejó para recibir un informe. Delacroix continuó revisando las pertenencias.
La cartera contenía una suma moderada de dinero, tarjetas comerciales y una fotografía pequeña de Léonie tomada en un jardín. En el reverso, una dedicatoria decía: Para que no olvides dónde debes volver. La tinta estaba algo desvaída. Gabriel la había conservado durante años.
Había también un papel doblado con varias cifras, tres nombres y una serie de cantidades.
Delacroix no reconoció de inmediato las referencias, pero una de ellas coincidía con el nombre de la sociedad benéfica mencionada por Delaunay.
Otro documento contenía una dirección cercana a la Prefectura y una hora: las diez de la mañana.
La cita que Gabriel nunca cumpliría.
Delacroix dejó los papeles en su sitio y examinó las llaves. Una correspondía a la habitación del hotel. Otra, más pequeña, parecía pertenecer a un escritorio o archivador. La tercera era una llave de seguridad, pesada y poco común.
Bastien levantó la cabeza desde el otro extremo de la sala.
—¿Qué está buscando?
Delacroix se volvió.
—Todavía no lo sé.
—Esas son sus cosas.
—Lo eran.
El rostro de Bastien se endureció.
—No me parece necesario que las revuelva delante de todos.
—A mí tampoco. Pero el lugar no ofrece mayores comodidades.
—Gabriel merece respeto.
—También merece que averigüemos por qué una compuerta asegurada se abrió cuando cayó contra ella.
La sala quedó en silencio.
Bastien miró a Léonie. Ella no levantó la cabeza.
—Ya se lo han explicado —dijo él—. Sufrió un ataque.
—Eso explica que perdiera el equilibrio. No explica el cierre manipulado.
—Quizá el empleado se equivocó.
El hombre de mantenimiento, que esperaba cerca de la puerta, reaccionó de inmediato.
—No me equivoqué.
—No lo estoy acusando —respondió Bastien—. Solo digo que las cosas fallan.
—Las cosas fallan cuando se rompen. Ese pasador no se rompió.
—¿Y usted cómo sabe que no estaba deteriorado?
—Porque lo tuve en la mano esta tarde.
Bastien abrió la boca, pero Léonie habló antes.
—Basta.
Todos la miraron.