Capítulo 3 — El fogonazo #3
Bellac se aproximó lo suficiente para observarlo.
—La placa debe haber registrado algo.
Delacroix alzó la vista.
—¿Cuánto tiempo estuvo expuesta?
—Lo suficiente para captar la postura inicial. Quizá algo del movimiento posterior, aunque con el fogonazo y el humo no puedo saberlo.
—¿Cuándo podrá revelarla?
—Esta misma noche.
—No estará solo.
El fotógrafo sonrió sin humor.
—Comisario, ¿cree que voy a falsificar una imagen?
—Creo que todo hombre es más cuidadoso cuando alguien lo observa.
Bellac miró la cámara.
—La cámara no miente.
—Ya hemos hablado de eso —dijo Delacroix.
—Entonces sabrá que, si alguien lo empujó, quizá esté ahí.
—O quizá esté ahí lo que todos esperaban ver antes de que ocurriera.
Bellac frunció el ceño.
—No entiendo.
—Eso suele ser una ventaja en los primeros minutos de una investigación.
Delaunay terminó de dar instrucciones y regresó junto a Delacroix.
—El cuerpo cayó sobre una de las estructuras inferiores antes de llegar al suelo. No hubo posibilidad de supervivencia.
—¿Algo sobre la postura?
—Todavía no.
—Necesitaremos examinar la ropa antes de que la retiren.
—Ya lo he ordenado.
Delacroix señaló la compuerta.
—No fue el peso lo que la abrió. El cierre estaba preparado para ceder.
—Eso convierte el accidente en algo peor.
—Todavía podría haber sido una negligencia anterior.
—No lo cree.
—No.
Delaunay miró a Léonie.
—¿La cree capaz de empujarlo delante de veinte personas?
—Delante de veinte personas cegadas al mismo tiempo.
—Sigue siendo arriesgado.
—Los mejores planes no eliminan el riesgo. Solo deciden quién debe verlo.
Bastien hablaba con uno de los agentes. Gesticulaba poco y mantenía el cuerpo rígido. Cuando sintió la mirada de Delacroix, volvió la cabeza.
—También lo considera sospechoso.
—Lo considero un hombre que no estaba donde dice.
—¿Y ella?
Delacroix observó a Léonie. El médico había conseguido que bebiera agua. La mujer sostenía el vaso con ambas manos, pero no temblaba.
—Ella fue la primera persona que explicó lo ocurrido.
—Estaba a su lado.
—Exactamente.
Delaunay guardó silencio.
Las primeras voces de la prensa comenzaron a escucharse en el nivel inferior. No era posible saber cómo habían llegado tan rápido, aunque en París las malas noticias parecían disponer de transporte propio. Adèle Montargis se acercó al comisario con el rostro descompuesto.
—Hay periodistas abajo. Alguien les ha dicho que un hombre cayó durante una fotografía.
—No les permita subir.
—Preguntan por el nombre.
—No lo dé.
—Ya lo conocen.
Delaunay apretó la mandíbula.
—¿Quién se lo ha dicho?
—No lo sé.
—Averígüelo.
Adèle se alejó hacia el ascensor.
Delacroix volvió a mirar el pequeño grupo. Bellac protegía la cámara con su propio cuerpo. Clovis contemplaba el soporte del flash como si esperara que el metal pudiera defenderlo. Bastien se tocaba una y otra vez el bolsillo derecho. Léonie mantenía los ojos bajos.
—La historia ya ha empezado —dijo.
—¿Qué historia? —preguntó Delaunay.
—La que todos preferirán creer.
El comisario siguió la dirección de su mirada.
Léonie levantó la cabeza justo cuando una mujer del segundo grupo se acercaba para ofrecerle un pañuelo.
—Íbamos a casarnos —dijo.
Delaunay frunció el ceño.
—¿Eso había dicho Montfort?
—No.
—Entonces ¿de dónde lo saca?
Antes de que Delacroix respondiera, uno de los agentes subió apresuradamente desde el nivel inferior. Llevaba en la mano una pequeña caja de terciopelo oscuro.
—Comisario. La encontraron en el abrigo del fallecido.
Delaunay abrió la caja.
Dentro había un anillo.
La piedra reflejó las luces de la plataforma con una claridad fría. Léonie lo vio desde la silla y se quedó inmóvil.
—No —susurró.
Bastien cerró los ojos.
—Yo lo sabía.
Todos se volvieron hacia él.
El hombre miró la sortija y luego a Léonie.
—Gabriel iba a pedírtelo esta noche.
El silencio que siguió tuvo una cualidad distinta. La muerte adquirió de pronto una forma comprensible, casi hermosa en su crueldad. Un hombre, una mujer, una torre iluminada, una pregunta que no llegó a pronunciarse.
La esposa del empresario comenzó a llorar.
Léonie extendió una mano hacia la caja, pero no llegó a tocarla.
—No me dijo nada.
—Quería que fuera una sorpresa —respondió Bastien—. Lo ayudé a elegirlo.
Delacroix observó el anillo.
Después miró el bolsillo exterior del abrigo que el agente llevaba doblado sobre un brazo. La tela estaba abultada en el lugar donde habían encontrado la caja. Demasiado visible. Demasiado accesible.
Un hombre que deseaba ocultar una propuesta durante toda una visita no habría guardado el anillo allí.
No si esperaba conservar la sorpresa.
Delaunay cerró la caja y se la entregó al agente.
—Consérvela como evidencia.
Léonie alzó la vista hacia él.
—Era mío.
—Todavía no.
La respuesta la hirió o pareció hacerlo.
Delacroix contempló la compuerta abierta, el fragmento de manga, el botón caído lejos del borde y el anillo que convertía un posible asesinato en una tragedia perfecta.
París ya tenía su historia.
La única dificultad consistiría en demostrar que alguien la había escrito antes de que Gabriel Montfort cayera.