Capítulo 3 — El fogonazo #2
Desde abajo llegó el sonido lejano de silbatos. La noticia comenzaba a descender por la torre antes de que el cuerpo hubiera sido localizado. Varios empleados corrían por las escaleras. Un médico que se encontraba entre los invitados del segundo grupo se abrió paso hasta Léonie y comprobó su pulso.
—Necesita sentarse.
—No quiero sentarme.
—Está al borde de un desmayo.
—Gabriel está ahí abajo.
—Precisamente por eso.
El médico pidió una silla. Bastien se adelantó para ayudarla, pero Delacroix observó que sus manos no llegaron a tocarla. Léonie se dejó conducir hasta una mesa y mantuvo los ojos fijos en él durante todo el trayecto.
—¿Dónde estaba usted? —preguntó Delacroix.
Bastien se volvió.
—¿Cuándo?
—Cuando se produjo el fogonazo.
—Detrás de Bellac.
—No.
El hombre frunció el ceño.
—¿Cómo dice?
—Detrás de Bellac no. Lo vi cerca de la escalera.
—Fui a pedir un cigarrillo.
—¿A quién?
Bastien buscó con la mirada al camarero que había pasado por allí.
—A uno de los empleados.
—¿Cuál?
—No lo sé. Llevaba una bandeja.
—¿Le dio el cigarrillo?
—No llegó a hacerlo. Bellac empezó la cuenta y regresé.
—¿Hasta dónde?
Bastien señaló una posición detrás de la cámara.
—Allí.
Clovis levantó la cabeza.
—Yo no lo vi.
—Estaba ocupado con el flash.
—Podía ver a Bellac y a los invitados de detrás.
—Entonces no miró bien.
—Vi su sombra junto a la viga.
Bastien dio un paso hacia él.
—¿Me está acusando?
Delaunay se interpuso.
—Le está respondiendo a Delacroix. No es lo mismo.
—Gabriel acaba de morir y ustedes me interrogan como si...
—Como si hubiera una compuerta manipulada y usted hubiese mentido sobre su posición —terminó Delacroix.
Bastien lo miró con una mezcla de furia y miedo.
—No he mentido.
—Entonces se equivoca.
—Sé dónde estaba.
—Eso espero.
Léonie se levantó de la silla.
—Déjenlo.
El médico intentó detenerla, pero ella apartó la mano.
—Bastien no tuvo nada que ver. Era el mejor amigo de Gabriel.
La defensa llegó demasiado pronto. Nadie había acusado aún a Bastien de provocar la caída.
Delacroix contempló a la mujer. Ella pareció advertir el error y añadió:
—Está conmocionado. Todos lo estamos.
—Por supuesto —dijo Delacroix.
Bastien bajó la voz.
—Léonie, siéntate.
Ella obedeció, aunque sin dejar de mirarlo.
Un empleado se acercó a Delaunay y le habló al oído. El comisario endureció el gesto.
—Han encontrado el cuerpo.
La plataforma quedó en silencio.
Hasta el viento pareció disminuir durante un instante.
—¿Está...? —preguntó Léonie.
Delaunay no necesitó responder.
Ella inclinó el rostro y emitió un sonido bajo, casi animal. Se llevó ambas manos a la boca. El fragmento de manga cayó al suelo.
Bastien avanzó por fin y se arrodilló frente a ella.
—Lo siento.
Léonie lo miró.
—Tú dijiste que todo saldría bien.
La frase apenas se oyó.
Bastien se quedó inmóvil.
—¿Qué? —preguntó Delaunay.
Ella cerró los ojos.
—Dijo que la fotografía saldría bien. Que Gabriel se tranquilizaría.
Bastien respiró de nuevo.
—Sí. Eso dije.
Delacroix recogió el fragmento de tela utilizando un pañuelo y lo dejó sobre una bandeja vacía. Al agacharse vio algo junto a la pata trasera del trípode.
Un botón oscuro.
No era el que permanecía unido al trozo de manga. Este tenía aún un hilo corto atravesando los orificios y una pequeña porción de tela adherida. Se encontraba a varios pasos de la compuerta, casi en el punto donde Gabriel y Léonie habían comenzado a colocarse antes de retroceder.
Delacroix lo cubrió con el pañuelo sin tocarlo.
—Delaunay.
El comisario se acercó.
—¿Qué es?
—Otro botón.
—¿De Gabriel?
—Probablemente.
Delaunay miró la distancia hasta el borde.
—No pudo caer aquí si la manga se rompió allí.
—No.
—Quizá se desprendió antes.
—Quizá.
Delacroix observó a Léonie. El guante derecho estaba rasgado, y en la yema del índice aparecía una pequeña mancha oscura. Podía ser suciedad, grasa o restos de pintura.
—Necesito revisar las manos de todos —dijo.
Delaunay siguió su mirada.
—¿Ahora?
—Antes de que se laven.
El comisario llamó a los agentes y ordenó que reunieran a los invitados en el salón interior.
Algunos protestaron. Otros aceptaron con una docilidad nacida del miedo.
Bellac insistió en que la cámara debía ser trasladada a un lugar seco.
Clovis pidió que le permitieran limpiar el soporte del flash antes de que el polvo se extendiera. Ninguno obtuvo permiso.
Léonie permaneció sentada.
—No puedo quedarme aquí —dijo—. Quiero verlo.
—No es aconsejable —respondió Delaunay.
—Era mi compañero.
—Precisamente.
—No puede impedírmelo.
—En este momento puedo impedirle casi cualquier cosa.
Ella levantó los ojos hacia él. Durante un segundo, el dolor desapareció y dejó paso a una frialdad inmediata. Después regresó la expresión devastada.
—Necesito saber que es él.
—La identificación se hará abajo.
Bastien se ofreció a acompañarla. Delaunay negó con la cabeza.
—Primero hablarán conmigo.
—¿Por separado? —preguntó Bastien.
—Sí.
La respuesta pareció inquietarlo más que la propia retención.
Delacroix recorrió la zona de la fotografía con lentitud.
Sobre el suelo había marcas de zapatos, residuos de magnesio y pequeñas gotas de champán derramado.
Cerca de la compuerta se distinguía una mancha alargada producida por un tacón o una suela que había resbalado hacia atrás.
Junto a ella, casi oculta por la sombra del marco, aparecía una huella más corta orientada en sentido contrario.
Dos movimientos.
Uno hacia el vacío.
Otro hacia el interior.