Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 3 — El fogonazo
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Capítulo 3 — El fogonazo

El mundo se volvió blanco.

No fue una luz, al menos no en el sentido habitual de la palabra.

Fue una ocupación repentina del espacio, una llamarada que borró los contornos, atravesó los párpados y dejó durante un instante la impresión de que la plataforma entera había desaparecido.

El fogonazo llegó acompañado por un estampido seco y una bocanada de humo acre que se extendió bajo la estructura metálica de la torre.

Delacroix cerró los ojos por reflejo.

Oyó un jadeo, el roce brusco de unos zapatos sobre el suelo y después un golpe de hierro. No un crujido ni una rotura, sino el sonido claro de un mecanismo que cedía.

Alguien gritó.

El grito no duró mucho.

Cuando Delacroix abrió los ojos, solo distinguió manchas oscuras flotando sobre una neblina blanca. Extendió una mano hasta encontrar el brazo de Delaunay y lo apartó del lugar donde acababa de estar la cámara.

—No se mueva.

—¿Qué ha ocurrido?

—Todavía no lo sé.

A través del zumbido que le llenaba los oídos, Delacroix escuchó pasos, voces que se superponían y el ruido del viento entrando con una fuerza que no había sentido antes.

La niebla del magnesio comenzó a dispersarse.

Primero aparecieron las vigas, convertidas en sombras negras; luego el trípode, inclinado hacia un lado; finalmente, una figura en el suelo.

Léonie estaba de rodillas.

Tenía el cuerpo inclinado hacia la compuerta de servicio, que ahora se balanceaba abierta sobre el vacío. En una mano sujetaba un fragmento de tela oscura. La otra permanecía extendida hacia el borde como si todavía intentara alcanzar algo que ya no estaba allí.

Gabriel había desaparecido.

—¡Gabriel!

La voz de Léonie se quebró al pronunciar el nombre. Se arrastró hacia la abertura, pero Delacroix llegó antes y la sujetó por los hombros.

—No se acerque.

—¡Suélteme! ¡Gabriel!

Ella forcejeó con una violencia inesperada. Delacroix la apartó lo suficiente para que Delaunay pudiera interponerse entre ambos y el borde. El comisario miró hacia abajo una sola vez, con el rostro endurecido.

—Cierren esta zona —ordenó—. ¡Nadie se mueva! ¡Busquen a un médico y avisen abajo!

Los invitados tardaron unos segundos en comprender que la indicación iba dirigida a ellos.

La actriz había retrocedido hasta chocar con una mesa.

El empresario ferroviario mantenía un brazo delante de su esposa, aunque parecía ser él quien necesitaba sostenerse.

Adèle Montargis permanecía inmóvil junto al ascensor, con la lista de invitados todavía apretada entre los dedos.

Bellac salió de debajo de la tela negra de la cámara.

—¿Dónde está?

Nadie respondió.

El fotógrafo miró la compuerta abierta, luego a Léonie y finalmente al espacio vacío donde Gabriel había estado posando.

—Mon Dieu.

Clovis Perrin se encontraba junto al soporte del flash con las manos levantadas. La pequeña bandeja metálica había caído al suelo y todavía despedía humo. Su rostro estaba cubierto por una fina capa de polvo blanco.

—La carga era normal —dijo—. La preparé yo. Era normal.

—Apague eso —ordenó Delaunay.

—Ya está apagado.

—Entonces apártese.

Bastien apareció detrás de una de las vigas. No llevaba el cigarrillo que había pedido y su mano derecha continuaba dentro del bolsillo del abrigo.

—¿Qué ha pasado?

Léonie volvió la cabeza hacia él.

—¡Ha caído!

Bastien miró la abertura. El color abandonó su rostro.

—No.

—¡Gabriel ha caído!

Avanzó dos pasos, pero Delaunay lo detuvo con el brazo.

—Quédese donde está.

—Es mi amigo.

—Y por eso mismo no permitirá que tenga que recuperar dos cuerpos.

Bastien apartó la mirada del vacío y observó a Léonie. Entre ambos pasó algo demasiado breve para llamarlo gesto y demasiado preciso para ser ignorado. Ella bajó los ojos primero.

Delacroix se agachó junto a la compuerta.

El marco no parecía deformado. La pieza metálica colgaba hacia fuera sujeta por las bisagras laterales, que se mantenían intactas. El pasador superior estaba levantado. Del inferior solo quedaba el hueco oscuro donde debía encajar.

No había cedido.

Se había abierto.

Delacroix apoyó dos dedos sobre el borde. La superficie estaba húmeda y fría, pero cerca de la cerradura había una capa grasa que aún conservaba el brillo. Retiró la mano y vio una mancha oscura sobre el guante.

El empleado de mantenimiento llegó corriendo desde el otro extremo de la plataforma.

—¿Qué ocurre?

Se detuvo al ver la compuerta.

—Eso estaba cerrado.

—¿Está seguro? —preguntó Delacroix.

—Lo comprobé hace menos de media hora.

—¿Con ambos pasadores?

—Sí.

El hombre se arrodilló, pero Delacroix extendió una mano para impedirle tocar el mecanismo.

—No.

—Monsieur, debo cerrarla.

—Todavía no.

Delaunay comprendió la intención y llamó a dos agentes que habían acompañado discretamente a la comitiva desde el acceso inferior.

—Que nadie toque nada. Bloqueen el ascensor y anoten los nombres de todos los presentes. Nadie abandona la plataforma sin mi autorización.

La palabra nadie produjo una reacción inmediata. Las conversaciones cesaron. Algunas personas miraron hacia la salida, como si hasta ese momento hubieran considerado la posibilidad de marcharse sin anunciarlo.

Adèle Montargis recuperó parte de su voz.

—Comisario, hay invitados abajo. La recepción...

—La recepción ha terminado.

—Pero no podemos retenerlos aquí.

—Podemos y vamos a hacerlo.

—¿Cree que no fue un accidente?

Delaunay no respondió. Miró a Delacroix, que seguía examinando el marco.

Léonie dejó de forcejear. Respiraba con dificultad y mantenía el fragmento de tela apretado contra el pecho. Uno de sus guantes se había rasgado a la altura del pulgar.

—Fue la luz —dijo.

La frase fue apenas un susurro, pero consiguió que todos la oyeran.

Delacroix levantó la cabeza.

—¿Qué ha dicho?

—La luz. El fogonazo.

Bastien cerró los ojos.

—Léonie...

Ella se volvió hacia Delacroix con una expresión de horror creciente, como si acabara de comprender algo que debió haber previsto.

—Gabriel no soportaba las luces intensas. A veces sufría ataques. Se quedaba rígido, perdía el equilibrio. Yo le dije que no debíamos hacer la fotografía.

Delacroix recordó la conversación de unos minutos antes. Gabriel había dicho que el flash no le agradaba. Léonie había insistido en que no le haría daño.

—No la oí decir eso —respondió.

Ella lo miró, desconcertada.

—Se lo dije antes.

—Le dijo que sería rápido.

—Porque intentaba tranquilizarlo.

—También preguntó si la carga era suficiente.

—No sabía que podía ser peligroso.

Clovis dio un paso hacia ellos.

—No lo es. Una carga de esa intensidad no provoca...

Bellac lo interrumpió.

—Cállate.

—Pero está diciendo que fue el flash.

—Y tú estás cubierto de magnesio junto a un hombre que acaba de caer desde la torre. No es el momento de explicar tu inocencia.

Clovis retrocedió. Sus manos comenzaron a temblar.

Léonie volvió a mirar hacia el vacío.

—Tuvo uno de esos ataques. Lo sentí tensarse. Intenté sujetarlo, pero...

Abrió la mano.

El fragmento de tela era parte de la manga del abrigo de Gabriel. En uno de los extremos colgaba un hilo oscuro y cerca del dobladillo permanecía cosido un botón.

—Se me escapó.

El relato encontró lugar en la mente de los presentes con una facilidad inquietante.

Una enfermedad previa. Una luz intensa. Una convulsión.

Una mujer que intentaba salvar al hombre amado y solo conseguía arrancarle un pedazo de la ropa.

La historia se construía a la misma velocidad con que el humo abandonaba la plataforma.

La esposa del empresario se llevó una mano a la boca.

—Pobre muchacha.

Delacroix miró el trozo de manga. La tela estaba rasgada en diagonal, pero el borde no parecía haberse desprendido de un tirón vertical. Había una zona aplastada, como si los dedos se hubieran cerrado sobre ella antes de que el peso actuara.

—¿Dónde estaba usted cuando lo sujetó? —preguntó.

Léonie señaló el lugar junto a la compuerta.

—Aquí.

—¿Él cayó directamente hacia atrás?

—No lo sé.

—¿Se volvió?

—Todo ocurrió muy rápido.

—¿Se golpeó contra el metal antes de caer?

—Creo que sí. Escuché el ruido.

—Todos lo escuchamos.

Delaunay se acercó.

—Armand.

La advertencia era leve, pero clara. Léonie acababa de presenciar la muerte de su compañero. Aquello no era todavía un interrogatorio.

Delacroix se puso de pie.

—Necesito saber cómo se abrió la protección.

El empleado de mantenimiento continuaba mirando el hueco inferior.

—Falta el pasador.

—¿Podría haber caído?

—No. Está sujeto con una cadena corta.

—¿Dónde está la cadena?

El hombre señaló una pequeña argolla partida junto al marco.

—Rota.

Delacroix se agachó otra vez. La argolla no presentaba una rotura irregular. El metal había sido cortado o limado y luego dejado en su lugar para que pareciera entero. La presión del impacto habría terminado de separarlo.

Delaunay lo vio también.

—¿Cuánto peso soporta esa protección?

—El suficiente para que nadie caiga —respondió el empleado—. No debería abrirse aunque un hombre se lanzara contra ella.

—Pero se abrió.

—Porque alguien quitó el pasador inferior.

La afirmación se extendió entre los presentes con mayor lentitud que la historia de Léonie. Un accidente médico podía comprenderse. Una pieza retirada exigía una voluntad.

Bellac se quitó el cigarrillo de los labios y lo guardó en el bolsillo sin encenderlo.

—Quizá estaba defectuosa.

El empleado se volvió hacia él.

—No lo estaba.

—Usted mismo ha dicho que faltaba una pieza.

—He dicho que alguien la quitó.

—¿Y cómo puede saberlo?

—Porque yo la coloqué esta tarde.

Clovis miró al suelo.

—Había gente pasando junto al equipo todo el tiempo.

—¿Está insinuando algo? —preguntó Bellac.

—No.

—Entonces no empiece ahora.

Delaunay levantó la voz.

—Basta. Nadie va a insinuar nada hasta que sepamos qué ha ocurrido. Señor Perrin, aléjese del material. Bellac, no toque la cámara.

—La placa puede estropearse.

—Sobrevivirá.

—No comprende cómo funciona.

—Y usted parece no comprender cómo funciona una investigación.

Bellac apretó la mandíbula, pero obedeció.