Capítulo 2 — Una fotografía para dos #3
Un empleado de mantenimiento comprobaba los cierres.
Era un hombre de edad mediana, con uniforme azul, manos gruesas y un manojo de llaves sujeto al cinturón.
Al llegar a la compuerta situada junto al lugar donde Clovis montaba el trípode, tiró de ella dos veces y se agachó para revisar el pasador inferior.
—¿Algún problema? —preguntó Delacroix.
El hombre levantó la cabeza.
—Ninguno, monsieur. Solo hago mi ronda.
—Parece una puerta incómoda.
—No es una puerta. Es una protección de acceso. Detrás hay una pasarela de mantenimiento.
—¿Se abre hacia fuera?
—Cuando está desbloqueada. Pero hoy no debe abrirse.
El hombre golpeó el metal con los nudillos.
—Está asegurada.
Clovis pidió ayuda para mover una caja y el empleado se alejó. Delacroix observó la compuerta. El pasador superior estaba a la altura de la cintura; el inferior quedaba casi oculto junto al suelo. Sobre el metal se extendía una capa fina de pintura, más desgastada alrededor de la cerradura.
—No empiece —dijo Delaunay detrás de él.
—¿A qué?
—A mirar las cosas de esa manera.
—¿Qué manera?
—Como si ya hubieran sido utilizadas para cometer un crimen.
Delacroix se volvió.
—¿Hay otra forma de mirar una compuerta abierta sobre París?
—Está cerrada.
—Eso ha dicho el empleado.
—Y usted no tiene motivo para dudar.
—Todavía.
Delaunay suspiró.
—Voy a beber algo.
—Eso suele ayudar a ignorar los motivos.
Gabriel se había acercado a una de las barandillas interiores. Contemplaba el Sena sin prestar atención a la conversación que mantenían Léonie y Bastien detrás de él.
—Debiste avisarme —decía ella.
Bastien habló en voz baja.
—No sabía que vendría el comisario.
—Te pregunté por la lista.
—La lista cambió.
—Siempre tienes una explicación.
—Y tú siempre supones que todo puede controlarse.
Léonie sonrió al advertir que una pareja pasaba junto a ellos.
—Esta noche no —dijo sin dejar de sonreír—. No hagas nada esta noche.
Bastien bebió de su copa.
—No pensaba hacerlo.
—Entonces deja de mirarlo.
Delacroix apartó los ojos antes de que alguno de los dos advirtiera su atención.
Bellac llamó a Gabriel y Léonie.
—Empezaremos con ustedes. La luz desaparecerá en menos de una hora y todavía hay personas que creen que merecen ser fotografiadas.
Léonie se acercó a Gabriel.
—Vamos.
Él miró la cámara y después la caja de magnesio que Clovis había colocado junto al trípode.
—Preferiría esperar.
—¿A qué?
—A que haya menos viento.
Bellac resopló.
—El viento no desaparecerá porque usted lo mire con desaprobación.
Léonie tomó a Gabriel del brazo.
—Será rápido.
—Te he dicho que no me agrada el flash.
—No va a hacerte daño.
La firmeza de la frase hizo que Gabriel la mirara.
—No he dicho que fuera a hacerme daño.
Durante un instante, ninguno de los dos habló.
Bastien intervino con una alegría demasiado visible.
—Yo me colocaré junto a Bellac y me aseguraré de que el señor Montfort no huya antes de inmortalizar su felicidad.
Gabriel retiró lentamente el brazo de la mano de Léonie.
—No voy a huir.
—Entonces todos estamos de acuerdo —dijo ella.
Bellac señaló una marca trazada con tiza sobre el suelo, a poca distancia de la compuerta de servicio.
—Usted aquí, monsieur Montfort. Mademoiselle Auber a su izquierda. No se apoyen en el metal. Quiero que la torre aparezca detrás, no que parezca que ha intentado comérselos.
Gabriel ocupó el lugar indicado. Léonie se situó junto a él, aunque corrigió por sí misma el ángulo y lo hizo retroceder medio paso.
—Un poco más —dijo.
—Bellac ha marcado el sitio.
—La ciudad no se ve desde aquí.
—La ciudad mide varios kilómetros —respondió Gabriel—. Dudo que desaparezca por medio paso.
Bellac observó el encuadre bajo la tela oscura.
—Mademoiselle tiene razón. Un poco más atrás.
Gabriel obedeció. Su espalda quedó alineada con la protección metálica.
Clovis comenzó a preparar la carga. Vertió una cantidad medida de polvo en un recipiente y lo colocó en el soporte. Léonie se apartó de Gabriel y se aproximó al ayudante.
—¿Eso es todo?
—Es suficiente.
—El señor Bellac mencionó que la niebla podía arruinar la imagen.
Clovis miró al fotógrafo.
—No hay niebla.
—Todavía.
—La carga está calculada.
Léonie bajó la voz, aunque Delacroix alcanzó a oírla.
—No querríamos repetir la fotografía.
—Tampoco yo.
—Entonces convendría asegurarse.
Clovis cerró el recipiente.
—Mademoiselle, una carga mayor no mejora necesariamente la imagen.
Bellac salió de debajo de la tela.
—¿Qué ocurre?
—Nada —dijo Léonie—. Solo preguntaba si la luz sería suficiente.
—Será suficiente porque yo he dicho que lo será.
Ella sonrió y regresó junto a Gabriel.
Delacroix miró la caja de magnesio. El compartimento había quedado abierto. Había tres recipientes preparados, dos pequeños y uno de tamaño mayor. Clovis tomó el más pequeño y cerró la caja con el broche.
Bastien se colocó detrás de Bellac, luego cambió de posición y se aproximó a la entrada de la galería de servicio.
—Desde ahí interfiere en el fondo —le advirtió el fotógrafo.
—No quisiera arruinar una obra maestra.
Bastien se desplazó hacia la escalera lateral. Durante unos segundos quedó oculto por una de las vigas diagonales.
Gabriel miró en su dirección.
Delacroix vio cómo la expresión del hombre cambiaba. No fue miedo exactamente, sino reconocimiento. Parecía haber visto algo que confirmaba una sospecha anterior.
Léonie apoyó una mano sobre su brazo.
—Mírame.
Gabriel no lo hizo.
—Gabriel.
Él bajó la vista hacia los dedos enguantados de la mujer.
—Mañana —dijo.
—Sí.
—No habrá marcha atrás.
—Nunca la hay.
Bellac golpeó el suelo con una pata del trípode.
—¿Podrían reservar la conversación sentimental para después de la exposición? Necesito que miren hacia la cámara.
Gabriel levantó el rostro.
En el otro extremo de la plataforma, un empleado abrió las puertas del ascensor para recibir al segundo grupo. Las voces aumentaron. Adèle Montargis apareció rodeada por varios invitados y comenzó a ordenarles que no se acercaran al equipo.
Clovis encendió una pequeña llama de prueba y comprobó el mecanismo del flash.
Gabriel se estremeció apenas.
Léonie lo notó.
—No es demasiado tarde —dijo él.
Ella inclinó la cabeza, como si las palabras fueran una declaración íntima.
—Sí lo es.
Bellac desapareció bajo la tela negra.
—Quietos.
Clovis sostuvo el brazo del soporte.
Bastien reapareció junto a la escalera. Se guardó algo pequeño en el bolsillo y después levantó una mano para pedir un cigarrillo a uno de los camareros.
Delacroix dio un paso hacia él.
En ese momento, Bellac levantó la voz.
—Cuando cuente hasta tres, no se muevan.
Léonie deslizó el pie derecho hacia atrás.
Gabriel volvió la cabeza, no hacia la cámara, sino hacia la galería de servicio.
—Uno —dijo Bellac.
Clovis acercó la llama.
—Dos.
La mano de Léonie se cerró sobre el brazo de Gabriel.
—Tres.