Capítulo 2 — Una fotografía para dos #2
Bastien estrechó la mano de Delacroix con energía. El alfiler de su corbata representaba una pequeña brújula de ocho puntas, con la inferior ligeramente más larga que las demás. El metal estaba rayado en uno de los bordes, como si hubiese golpeado contra una superficie dura.
—¿También forma parte de la sesión fotográfica? —preguntó Delacroix.
—No. Mi rostro exige un artista con mayor presupuesto.
—Ha venido a acompañarnos —dijo Léonie—. Gabriel y él trabajan juntos.
—Trabajábamos —corrigió Gabriel.
Bastien bebió champán.
—Una distinción administrativa.
—Una distinción bastante reciente —añadió Delacroix.
Gabriel volvió la mirada hacia él.
Delaunay intervino antes de que el silencio adquiriera una forma demasiado evidente.
—El señor Montfort y yo tenemos una conversación pendiente.
—Pasado mañana —dijo Gabriel.
—Mañana —corrigió Delaunay—. Su nota solicitaba una entrevista para mañana por la mañana.
Gabriel pareció sorprendido.
—Creí que era pasado mañana.
—A las diez.
Léonie lo miró.
—¿Una entrevista?
—Un asunto de trabajo.
—No me habías dicho nada.
—No era importante.
Bastien se volvió hacia la mesa de bebidas.
—Si es trabajo, ya es demasiado importante para una tarde como esta.
Léonie no insistió, pero el brazo que mantenía enlazado con el de Gabriel se tensó. Delacroix lo advirtió porque Gabriel bajó los ojos hacia la mano enguantada de la mujer.
—Será una conversación breve —dijo Gabriel—. Después habrá terminado todo.
Léonie levantó la cabeza.
—Sí —respondió—. Mañana habrá terminado.
La frase fue pronunciada con suavidad. Podría haber sido una promesa, una amenaza o simplemente la confirmación de un plan doméstico. Bastien miró hacia otro lado.
Antes de que Delacroix pudiera formular una pregunta, una voz irritada resonó detrás de ellos.
—No quiero enamorados inquietos. Los enamorados inquietos parecen culpables.
Narcisse Bellac avanzaba entre los invitados con una cámara pequeña colgada del cuello y una expresión que indicaba que el resto del mundo había sido creado para complicar su trabajo.
Era un hombre de cincuenta años, corpulento, con barba recortada y cabello gris que llevaba demasiado largo.
Vestía un traje oscuro manchado de polvo blanco en una manga y sostenía un cigarrillo apagado entre los labios.
Lo seguía un joven flaco cargado con una caja de madera, un trípode plegado y varias bolsas.
—Bellac —dijo Delaunay.
El fotógrafo lo reconoció y extendió una mano sin retirar el cigarrillo.
—Comisario. Espero que no haya venido a impedirme trabajar.
—Solo intervengo cuando el trabajo constituye un delito.
—Entonces debería arrestar a la mitad de los fotógrafos de París.
Bellac miró a Delacroix y entrecerró los ojos.
—Lo conozco.
—Eso afirma mucha gente antes de descubrir que no es cierto.
—Delacroix. Vi su fotografía en un periódico después de aquel asunto de Londres.
—Entonces comprende por qué desconfío de los fotógrafos.
Bellac sonrió. Tenía dientes pequeños y desiguales.
—La cámara no miente.
—La cámara no habla. Son los fotógrafos quienes interpretan su silencio.
El hombre pareció apreciar la respuesta.
—Quizá permita que lo retrate.
—No.
—Tiene un rostro interesante.
—Es el rostro que utilizo para rechazar propuestas.
Bellac soltó una carcajada y se volvió hacia Gabriel y Léonie.
—Ustedes son los de la sociedad benéfica.
—Gabriel Montfort —dijo Gabriel.
—Ya tengo los nombres. Necesito saber cuál de los dos sabe permanecer quieto.
—Gabriel —respondió Léonie—. Siempre permanece quieto cuando debería decir algo.
Bastien volvió a reír, aunque Gabriel no lo hizo.
Bellac sacó una libreta del bolsillo.
—La sesión será en la segunda plataforma. Quiero una primera fotografía junto a la galería interior y otra con la ciudad detrás. Si el viento no nos odia, quizá consigamos una tercera. Necesitaremos magnesio cuando caiga la luz.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Es imprescindible?
—Solo si desea aparecer en la placa.
—Podríamos hacerla antes de que oscurezca.
—Podríamos, si la revista no hubiera pagado para que las luces de París aparezcan al fondo. La luz natural es vulgar. La oscuridad, bien iluminada, resulta mucho más costosa.
Léonie rozó el brazo de Gabriel.
—Será solo un instante.
—No me agrada el fogonazo.
Bastien alzó la copa.
—A nadie le agrada. Por eso las fotografías muestran siempre a la gente con expresión de haber recibido una mala noticia.
Gabriel no sonrió.
Bellac llamó al joven que cargaba el equipo.
—Clovis, muéstrales la carga.
El ayudante dejó la caja en el suelo. Tendría unos veinticinco años, rostro afilado y manos manchadas de productos químicos. Abrió con cuidado uno de los compartimentos y mostró varios recipientes metálicos.
—Utilizaremos una cantidad pequeña —explicó—. El destello será intenso, pero no peligroso.
—¿Pequeña? —preguntó Léonie.
Clovis la miró.
—Suficiente para iluminar la escena.
—Necesitamos que se vea la ciudad.
—La ciudad no se ilumina con el magnesio, mademoiselle —dijo Bellac—. Se ilumina a sí misma. Nosotros solo debemos impedir que ustedes desaparezcan delante de ella.
Léonie contempló los recipientes.
—¿No convendría utilizar una carga más fuerte, por si la niebla aumenta?
Bellac retiró el cigarrillo de la boca.
—Las cargas más fuertes producen humo, sombras duras y personas con aspecto de cadáver.
—Entonces supongo que usted sabrá lo que conviene.
—Por eso me pagan.
Gabriel se apartó unos pasos. Miró hacia el ascensor, luego hacia la salida. Léonie lo siguió con los ojos, aunque no fue tras él.
Delacroix observó a Clovis cerrar la caja. El joven colocó un pequeño broche de metal y comprobó dos veces que quedara asegurado.
—¿Teme que alguien robe el magnesio? —preguntó Delacroix.
Clovis alzó la vista.
—Temo que alguien lo trate como si fuese harina.
—¿Ocurre con frecuencia?
—Una vez es suficiente.
Bellac se volvió con impaciencia.
—Clovis, deja de conversar. La gente se vuelve menos fotogénica cuanto más tiempo espera.
El ayudante recogió el equipo y lo siguió hacia el acceso del ascensor.
Adèle Montargis dio una palmada para atraer la atención de los invitados.
—Damas y caballeros, comenzaremos el ascenso en dos grupos. Les ruego que mantengan sus tarjetas visibles y que sigan las indicaciones de los empleados. Algunas galerías de servicio permanecerán cerradas. No se separen del recorrido.
—Siempre dicen eso antes de que alguien se separe —murmuró Delacroix.
Delaunay lo oyó.
—No ha ocurrido nada y ya parece decepcionado.
—Me preocupa que haya ocurrido algo y nadie lo haya advertido.
El primer grupo comenzó a avanzar hacia el ascensor. Gabriel y Léonie quedaron incluidos entre los primeros invitados, junto con Bastien, Bellac, Clovis, Delaunay y Delacroix. Adèle permaneció abajo para organizar al resto.
Mientras esperaban, Gabriel se aproximó a Delaunay.
—Comisario, respecto a nuestra entrevista...
—Mañana a las diez.
—Preferiría que fuese discreta.
—La discreción es una de las pocas cosas que la Prefectura ofrece sin cobrar.
Gabriel miró hacia Léonie. Ella conversaba con Bastien a varios metros de distancia.
—Llevaré la documentación.
—¿La tiene en un lugar seguro?
—Sí.
—¿Alguien más sabe que piensa entregarla?
Gabriel tardó en contestar.
—No debería.
Delaunay no pareció satisfecho.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darle aquí.
Las puertas del ascensor se abrieron. Un empleado hizo señas al grupo para que entrara.
Gabriel se adelantó. Delaunay observó cómo se alejaba.
—¿Sigue pensando que no es grave? —preguntó Delacroix.
—Pienso que Montfort está asustado.
—Eso tampoco responde.
Subieron.
El mecanismo comenzó a moverse con un estremecimiento que hizo callar a varios invitados.
A través de los paneles de cristal y las aberturas de la estructura, París descendía bajo ellos.
Las personas se reducían, los vehículos se convertían en puntos oscuros y las avenidas adquirían una geometría que desde el suelo no podía apreciarse.
La esposa del empresario ferroviario cerró los ojos. Su marido le aseguró a gritos que el sistema era perfectamente seguro, aunque nadie le había pedido una explicación. La actriz se aproximó al cristal y adoptó una expresión pensativa al advertir que Bellac la observaba.
Léonie permaneció junto a Gabriel. Bastien estaba detrás de ambos, lo bastante cerca para oír cualquier palabra y lo bastante lejos para fingir que no escuchaba.
—Podemos marcharnos después de la primera fotografía —dijo Gabriel en voz baja.
—La cena forma parte de la invitación.
—No tenemos obligación de quedarnos.
—Pensé que querías venir.
—Tú querías.
Léonie mantuvo la mirada al frente.
—No creí que una tarde juntos representara un sacrificio tan grande.
—No he dicho eso.
—No hace falta que digas siempre lo que piensas. Últimamente tu silencio es bastante elocuente.
Gabriel miró hacia Bastien. El amigo fingía contemplar la ciudad.
—Hablaremos después.
—Eso dices desde hace semanas.
—Mañana ya no será necesario.
Léonie volvió el rostro hacia él.
—¿Por la entrevista?
Gabriel no respondió.
El ascensor se detuvo con una sacudida leve. Las puertas se abrieron a una galería amplia, rodeada por la estructura metálica de la torre y por ventanales desde los que podía verse el río. El viento se filtraba por las aberturas y traía un olor frío, mezcla de hierro húmedo y humo lejano.
Bellac tomó el control de inmediato.
—Clovis, instala la cámara junto a la galería exterior. Quiero probar el encuadre antes de que llegue el segundo grupo. Los demás pueden beber, hablar o fingir que no tienen miedo a la altura.
Un camarero esperaba con una bandeja de copas. La música de un pequeño conjunto llegaba desde un salón contiguo, amortiguada por el metal y el viento.
Delacroix recorrió el espacio con la mirada. Una parte de la plataforma estaba abierta a los invitados; otras secciones quedaban cerradas mediante puertas y compuertas bajas pintadas del mismo tono oscuro que las vigas. En una de ellas aparecía un cartel: ACCESO DE SERVICIO. PROHIBIDO EL PASO.