Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 2 — Una fotografía para dos
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Capítulo 2 — Una fotografía para dos

La lluvia había desaparecido al día siguiente, pero París conservaba en las aceras un brillo húmedo que duplicaba los edificios y hacía que cada carruaje pareciera avanzar sobre una segunda ciudad, invertida y temblorosa.

Delacroix abandonó el hotel poco después de las cuatro y media. Había rechazado el vehículo ofrecido por madame Blanchet y también el paraguas que ella le tendió a pesar de que el cielo se encontraba despejado.

—En París nunca se sabe —le advirtió la mujer.

—Eso parece aplicarse a más cosas que al clima.

Madame Blanchet no preguntó adónde iba. Se limitó a observar cómo se ajustaba los guantes y a dirigir después una mirada significativa hacia el pequeño revólver que Delacroix acababa de guardar en el bolsillo interior del abrigo.

—Creí que venía a descansar.

—Yo también.

Salió antes de que la propietaria pudiera recordarle que únicamente llevaba una noche en el establecimiento y ya parecía haber perdido la confianza en sus propias intenciones.

La Torre Eiffel emergió ante él mucho antes de que alcanzara el Campo de Marte.

Se alzaba sobre las construcciones cercanas con una insolencia metálica, demasiado grande para pasar inadvertida y demasiado extraña para confundirse con cualquier otra cosa.

Delacroix se detuvo unos segundos en la acera y levantó la vista.

La primera vez que había visto aquella estructura, años atrás, había pensado que parecía el esqueleto de una catedral diseñada por un ingeniero que desconfiaba de Dios.

El tiempo no había suavizado esa impresión.

La torre continuaba dominando el paisaje con una mezcla de elegancia y amenaza, fina desde lejos, desmesurada cuando uno se aproximaba a sus pilares.

En torno a ella se movían visitantes, vendedores y empleados.

Aunque una parte del monumento había sido reservada para la recepción privada, el flujo habitual todavía no se había detenido por completo.

Familias enteras esperaban su turno para ascender; hombres con sombrero discutían precios; una niña señalaba hacia lo alto mientras su madre intentaba impedir que perdiera un guante.

El viento arrastraba voces, papeles y el olor de las castañas calientes que vendía un anciano cerca de una de las entradas.

Delaunay aguardaba junto al acceso reservado, vestido con un abrigo oscuro y una corbata gris que parecía escogida para no llamar la atención en una reunión donde su cargo obligaba precisamente a lo contrario.

—Llega temprano —dijo al verlo.

—No. Usted esperaba que llegara tarde.

—Esperaba que no llegara.

—Podría haber tenido esa cortesía conmigo y no invitarme.

Delaunay le entregó una tarjeta rígida con el nombre de la revista impreso en letras doradas.

—La necesitará para entrar.

—¿La torre exige ahora una prueba de buena reputación?

—Solo una prueba de que ha sido invitado.

—Eso es bastante menos fiable.

Un empleado comprobó las tarjetas y les permitió atravesar una barrera lateral.

Más allá, varias personas se reunían alrededor de una mesa decorada con flores blancas y cintas azul oscuro.

Dos camareros servían copas de champán. Una mujer de vestido verde consultaba una lista con expresión alarmada, como si cada nombre representara una complicación distinta.

—¿Esa es la organizadora? —preguntó Delacroix.

—Adèle Montargis. Secretaria de dirección de Le Regard Parisien. Lleva tres semanas preparando esta tarde y desde ayer parece haber dejado de creer en la bondad humana.

—Una conclusión razonable.

La mujer levantó la vista al ver a Delaunay y avanzó hacia ellos con una sonrisa apresurada.

—Comisario, gracias a Dios.

—No me parece necesario atribuirle a Dios decisiones administrativas, mademoiselle Montargis.

Adèle dejó escapar una risa breve y nerviosa. Tendría poco más de treinta años, aunque la tensión acumulada en torno a sus ojos le añadía una década cuando fruncía el ceño. Llevaba el cabello oscuro recogido y sostenía un lápiz entre los dedos como si pudiera utilizarlo para defenderse.

—Temí que no viniera.

—Le dije que vendría.

—Los hombres dicen muchas cosas cuando desean terminar una conversación.

Delaunay miró a Delacroix.

—Permítame presentarle a Armand Delacroix.

La mujer tardó apenas un instante en reconocer el nombre.

—¿El investigador?

—Solo cuando no puedo evitarlo —dijo Delacroix.

Adèle lo miró con renovado interés.

—Entonces quizá hoy consiga evitarlo.

—Eso me han prometido.

—Aquí no ocurrirá nada. Todo está organizado.

Delacroix contempló la mesa, las copas, las listas y a un camarero que acababa de tropezar con una caja de botellas.

—Las desgracias suelen apreciar especialmente los lugares bien organizados.

Adèle sonrió sin estar segura de que se tratara de una broma.

—La recepción comenzará en unos minutos. Subiremos en grupos pequeños. El señor Bellac ha dispuesto una serie de retratos en la segunda plataforma y después habrá una cena ligera. La revista prepara un número dedicado a París y al amor moderno.

—¿En qué se diferencia del amor antiguo? —preguntó Delacroix.

—En las fotografías, imagino.

La mujer fue llamada desde la mesa y se alejó antes de tener que desarrollar aquella teoría.

Delaunay tomó dos copas de una bandeja y entregó una a Delacroix.

—Compórtese.

—Lo estoy haciendo.

—Ha asustado a la organizadora en menos de un minuto.

—Ella ya estaba asustada. Yo solo le he permitido advertirlo.

Delacroix bebió un sorbo y examinó a los invitados.

No eran más de veinte. Algunas parejas conversaban junto a los pilares; otras miraban hacia lo alto con una mezcla de curiosidad y prevención.

Había un matrimonio de edad avanzada cuyos miembros parecían discutir desde antes de llegar y una joven actriz reconocible por su manera de comprobar quién la observaba.

Cerca de una columna, un hombre corpulento con bigote rojizo hablaba demasiado alto sobre inversiones ferroviarias. Su esposa asentía sin escucharlo.

En el extremo opuesto del grupo, una pareja permanecía apartada.

El hombre era alto y delgado, de unos treinta y cinco años, con cabello castaño y un rostro que habría parecido severo incluso mientras sonreía.

Vestía con sobriedad, sin adornos innecesarios, y sostenía la copa sin probarla.

La mujer junto a él era algo más joven. Llevaba un vestido color marfil bajo un abrigo azul oscuro, un sombrero pequeño adornado con una pluma y guantes claros que destacaban contra la tela.

No era una belleza llamativa. Su rostro tenía, sin embargo, una armonía que retenía la atención una vez que se la miraba. Los ojos eran grandes, oscuros y serenos. Sonreía al hombre mientras le acomodaba una arruga del cuello del abrigo con un gesto íntimo y preciso.

—Gabriel Montfort y Léonie Auber —dijo Delaunay.

—¿Cuál de los dos piensa denunciar el fraude?

—Montfort.

—Eso suponía.

—¿Por qué?

—Ella parece demasiado tranquila.

Delaunay siguió observándolos.

—Quizá no sabe nada.

—Quizá.

Un tercer hombre se aproximó a la pareja por detrás y cubrió los ojos de Gabriel con ambas manos.

—No mire —dijo—. Podría descubrir que París es menos hermosa de lo que le prometieron.

Gabriel apartó las manos sin brusquedad.

—Bastien.

El recién llegado soltó una carcajada. Era más bajo que Gabriel, de cuerpo ancho y movimientos ligeros.

Llevaba el cabello rubio peinado hacia atrás, un abrigo de corte excelente y una corbata sujeta por un pequeño alfiler de plata.

Tenía el tipo de atractivo que dependía en gran medida de la confianza con que ocupaba el espacio.

Besó la mano de Léonie.

—Temía que hubieran subido sin mí.

—Llegas tarde —dijo ella.

—Los hombres verdaderamente importantes no llegan tarde. Hacen que los demás lleguen pronto.

—Los hombres verdaderamente importantes suelen anunciarse menos.

Bastien sonrió, complacido por la respuesta. Se volvió hacia Gabriel y le dio una palmada en el hombro.

—No parece usted un hombre a punto de pasar una tarde memorable.

Gabriel miró hacia la torre.

—Todavía no ha ocurrido.

—Esa actitud arruina muchos recuerdos antes de que puedan empezar.

Léonie entrelazó el brazo con el de Gabriel.

—Está cansado. Ha trabajado demasiado durante estas últimas semanas.

—Entonces París lo curará —dijo Bastien—. París cura cualquier enfermedad que no sea la falta de dinero.

Gabriel lo miró.

—Algunas enfermedades empeoran con el dinero.

La frase no fue pronunciada con suficiente fuerza para interrumpir la conversación, pero produjo un silencio breve. Bastien apartó la mirada y tomó una copa de champán. Léonie mantuvo la sonrisa.

Delaunay dejó la suya sobre la mesa.

—Deberíamos saludarlos.

—¿Como representantes de la ley o como invitados interesados en el amor moderno?

—Como personas educadas.

—No se me ha advertido que fuese obligatorio.

A pesar de la protesta, Delacroix lo acompañó.

Gabriel reconoció a Delaunay y su expresión cambió apenas. No llegó a parecer alarmado, pero una tensión visible se instaló en torno a su boca.

—Comisario.

—Señor Montfort. Me alegra encontrarlo aquí.

Delaunay presentó a Delacroix. Gabriel inclinó la cabeza con cortesía. Léonie le ofreció la mano y lo observó con atención.

—He oído hablar de usted —dijo.

—Lo lamento.

—No todas las historias eran desagradables.

—Entonces probablemente no eran verdaderas.

Léonie sonrió. Su mano permaneció un instante más de lo necesario entre los dedos de Delacroix antes de retirarse.

—Gabriel no me había dicho que conoceríamos a un detective.

—No lo sabía —respondió él.

—Armand está de vacaciones —explicó Delaunay.

Bastien soltó una risa.

—¿Los detectives toman vacaciones?

—Algunos incluso intentan sobrevivirlas —dijo Delacroix.

—Bastien Cormier —se presentó el hombre—. Amigo de Gabriel desde una época en la que ambos teníamos menos criterio y mejores rodillas.

—Bastien exagera nuestra juventud —dijo Gabriel.

—Y Gabriel exagera nuestra edad. Entre ambos conseguimos una cifra razonable.