Capítulo 1 — La ciudad donde nada debía ocurrir #3
Delacroix bebió el coñac y miró hacia la ventana.
La lluvia había regresado, fina y oblicua.
Los transeúntes abrían paraguas o se refugiaban bajo los toldos.
Al otro lado de la calle, una mujer reía mientras un hombre intentaba protegerla con su abrigo.
París se esforzaba por justificar sus sobrenombres.
—La ciudad del amor —dijo Delaunay, siguiendo su mirada—. Las luces, los enamorados, las mejores vistas del mundo. Incluso usted tendría dificultades para encontrar algo desagradable allí arriba.
Delacroix se volvió hacia él.
—La altura mejora muchas vistas porque impide distinguir a las personas.
—Entonces vendrá.
—No he dicho eso.
—Tampoco ha dicho que no.
—Lo dije al principio.
—Antes de que mencionara la cena.
Delacroix lo estudió en silencio. Delaunay parecía divertido, pero sus dedos habían dejado de jugar con la copa.
Había un motivo adicional para la invitación, aunque quizá ni él mismo lo consideraba importante todavía.
La presencia del expediente, la prisa con la que había abandonado el despacho y el interés por reunir a Delacroix con un grupo de desconocidos no podían ser completamente casuales.
—¿Quién organiza la visita? —preguntó.
—La revista Le Regard Parisien. Preparan un número especial sobre parejas y lugares románticos de la ciudad.
—Parece una amenaza.
—El fotógrafo es Narcisse Bellac.
Delacroix conocía el nombre. Bellac había retratado a políticos, actrices, aristócratas y criminales antes de que estos últimos fueran reconocidos como tales. Poseía talento para conseguir que las personas pareciesen más bellas y menos honradas de lo que eran.
—¿Y las parejas?
—No conozco a todas. Una de ellas ha sido propuesta por una sociedad benéfica con la que colaboran los dueños de la revista. Un joven llamado Gabriel Montfort y su compañera, Léonie Auber. Al parecer son exactamente la clase de enamorados que los lectores desean contemplar mientras desayunan.
—¿Y usted por qué sabe sus nombres?
Delaunay tardó una fracción de segundo más de lo necesario en responder.
—Figuran en la lista de invitados.
Delacroix miró el bolsillo que contenía el expediente.
—¿También figuran ahí?
El comisario suspiró.
—Montfort solicitó esta mañana una entrevista con un funcionario de la Prefectura.
—¿Por qué?
—No lo sé. La cita es para pasado mañana. Mencionó ciertas irregularidades contables relacionadas con donaciones privadas. No parece grave.
—Pero llevó el expediente consigo.
—Lo estaba revisando cuando recibí la nota de su hotel.
—Y ahora desea que conozca a ese hombre antes de que presente la denuncia.
—Deseo que me acompañe a una cena aburrida para que yo no tenga que soportarla solo.
—Esa explicación era mejor cuando todavía parecía cierta.
Delaunay apartó la mirada hacia el salón. El café estaba más concurrido. Un violinista había comenzado a tocar cerca de la entrada, demasiado lejos para resultar agradable y demasiado cerca para ser ignorado.
—Montfort no corre peligro —dijo finalmente—. No ha denunciado amenazas. No ha pedido protección. Ni siquiera sé si la información que posee merece abrir una investigación. Es un invitado más.
—Entonces no necesita que yo esté allí.
—Probablemente no.
—Pero prefiere que esté.
—Sí.
Delacroix apagó el cigarrillo.
No había nada concreto. Un hombre que pensaba denunciar irregularidades, una visita privada, una sesión fotográfica y un comisario que fingía no estar preocupado. Cualquier persona razonable habría rechazado la invitación y regresado al hotel.
Delacroix nunca había considerado la razonabilidad una obligación permanente.
—¿A qué hora? —preguntó.
La sonrisa de Delaunay regresó.
—A las cinco. Lo recogeré en el hotel.
—No me recoja. Iré por mi cuenta.
—Teme que aparezca con un cadáver en el vehículo.
—Temo que aparezca hablando.
Delaunay terminó el vino y se puso de pie.
—Le hará bien, Armand. Una tarde en la Torre Eiffel, rodeado de enamorados. Ningún callejón oscuro, ningún caserón aislado, ninguna habitación cerrada. Solo París bajo sus pies.
Delacroix tomó el periódico de nuevo.
—Siempre he desconfiado de las cosas que se encuentran bajo mis pies.
—Mañana cambiará de opinión.
—Eso sería más extraordinario que cualquier asesinato.
Delaunay recogió el sombrero y los guantes. Antes de marcharse, dejó una tarjeta sobre la mesa con la hora y el nombre de la revista.
—Descanse esta noche —dijo—. Durante unos días no ocurrirá nada.
Delacroix observó cómo atravesaba el café y desaparecía bajo la lluvia.
Después miró la tarjeta.
En una esquina aparecía impresa una pequeña reproducción de la Torre Eiffel, atravesada por haces de luz. Debajo, una frase anunciaba la sesión fotográfica:
París, ciudad del amor eterno.
Delacroix dobló la tarjeta y la guardó en el bolsillo.
No sabía todavía quién era Gabriel Montfort, qué pretendía denunciar ni por qué Rémy Delaunay había considerado necesario mencionar su nombre. Solo sabía que las ciudades no adquirían sobrenombres por decir la verdad, sino por repetir una mentira durante el tiempo suficiente.
Pidió otro coñac.
Afuera, París encendía sus luces.