Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28) Capítulo 1 — La ciudad donde nada debía ocurrir #2
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Capítulo 1 — La ciudad donde nada debía ocurrir #2

Doblando el periódico, decidió que tampoco aquello contaba como investigación.

El café llegó acompañado de una pequeña bandeja de azúcar. Delacroix observó cómo el camarero se alejaba y se permitió disfrutar del primer sorbo. Era fuerte, oscuro y no intentaba agradar. Por primera vez desde su llegada, sintió que París podía cumplir su propósito.

—No lleva aquí tres horas y ya está estudiando un robo.

La voz procedía de detrás de él.

Delacroix cerró los ojos un instante antes de volverse.

Rémy Delaunay se encontraba junto a la mesa con una sonrisa que parecía haber sido cuidadosamente practicada para irritarlo.

Era un hombre alto, de hombros estrechos y rostro anguloso, con bigote oscuro y unos ojos claros que rara vez coincidían con el tono ligero de sus palabras.

Vestía un abrigo gris, guantes negros y un sombrero que llevaba ligeramente inclinado, no por elegancia, sino porque siempre parecía habérselo colocado mientras caminaba.

—No estaba estudiando nada —dijo Delacroix.

Delaunay tomó el periódico y leyó el titular del robo.

—Naturalmente.

—Intentaba averiguar hasta qué punto un periodista puede describir una caja cerrada sin preguntarse quién posee la llave.

—Eso se parece mucho a estudiar.

—Se parece a lamentar.

Delaunay dejó el sombrero sobre una silla y se sentó sin haber sido invitado. Llamó al camarero con un gesto.

—Me alegra verlo, Armand.

—No debería. Mi presencia suele coincidir con una disminución brusca de la población.

—París puede permitirse perder a algunos habitantes.

—Eso mismo dicen siempre las ciudades grandes.

Delaunay pidió vino y apoyó los antebrazos sobre la mesa.

Habían trabajado juntos muchos años atrás, cuando Delacroix todavía aceptaba encargos que exigían viajar sin preguntar demasiado y Delaunay era un inspector joven que consideraba la obediencia una virtud discutible.

Desde entonces se habían encontrado de forma irregular: en investigaciones, cenas, funerales y una ocasión especialmente desagradable en Marsella que ninguno mencionaba si había comida presente.

Delaunay había ascendido dentro de la policía parisina sin adquirir el aspecto satisfecho de los hombres que ascendían demasiado rápido.

Conservaba una inteligencia práctica, una paciencia limitada y el hábito de escuchar las mentiras hasta el final, aunque ya supiera dónde se encontraban los errores.

—¿Cómo supo que había llegado? —preguntó Delacroix.

—Usted escribió anunciando el viaje.

—Le escribí hace tres semanas.

—Y esta mañana recibí una nota de madame Blanchet informándome de que esperaba a un huésped capaz de traer desgracias al establecimiento.

Delacroix miró hacia la puerta.

—Empiezo a arrepentirme de haber elogiado su sopa.

—La convencí de que su reputación estaba exagerada.

—Eso explica por qué me ha asignado una habitación desde la que sería difícil arrojar un cuerpo a la calle.

Delaunay sonrió mientras el camarero servía el vino.

—Me dijeron que venía a descansar.

—Es cierto.

—¿De qué?

—De las personas.

—Ha elegido mal la ciudad.

—Pensé que París estaba llena de monumentos.

—También están llenos de personas.

Delacroix encendió otro cigarrillo y observó a su antiguo colega.

Había algo levemente artificial en aquella conversación.

Delaunay podía mostrarse cordial, pero rara vez visitaba a alguien sin motivo.

Incluso sus invitaciones a cenar solían contener una pregunta que esperaba formular entre el plato principal y el postre.

—¿Qué necesita? —preguntó.

Delaunay levantó las cejas.

—Su compañía.

—Eso es más preocupante que un crimen.

—No hay ningún crimen.

—Entonces todavía no lo han encontrado.

Delaunay bebió un sorbo de vino y dejó la copa con cuidado.

—No he venido por trabajo.

—Lleva un expediente en el bolsillo interior del abrigo.

El comisario miró hacia su pecho.

—Es una costumbre.

—También tiene una mancha de tinta en el pulgar y ha olvidado quitarse los guantes, lo que indica que salió de su despacho con prisa. Además, eligió este café porque se encuentra a mitad de camino entre la Prefectura y mi hotel.

—¿Ve por qué nadie cree que sepa descansar?

—Todavía no ha respondido.

Delaunay se quitó por fin los guantes.

—El expediente no tiene relación con usted. Es un asunto administrativo.

—Los asuntos administrativos no suelen contener fotografías.

El borde de una imagen sobresalía apenas entre los papeles. Delaunay empujó el expediente hacia el fondo del bolsillo.

—Es una denuncia por fraude.

—Entonces sí es administrativo. Los fraudes se vuelven interesantes únicamente cuando alguien pierde demasiado dinero o demasiado miedo.

—Y nadie ha muerto.

—Empieza a repetirlo.

Delaunay apoyó la espalda contra la silla.

—He venido a invitarlo a una visita.

Delacroix aguardó.

—Mañana por la tarde —continuó el comisario—.

Una revista ilustrada ha organizado un recorrido privado por la Torre Eiffel.

Habrá una pequeña recepción, una sesión fotográfica y una cena en uno de los salones.

Me han pedido que asista como representante de la Prefectura, aunque sospecho que solo desean colocar mi nombre en el programa.

—Rechácelo.

—Lo intenté.

—Inténtelo con mayor convicción.

—Mi superior considera que la presencia policial tranquiliza a los visitantes importantes.

—Nada tranquiliza menos que ver a un policía en un lugar donde no se esperaba necesitarlo.

Delaunay hizo girar la copa entre los dedos.

—Pensé que podría acompañarme.

Delacroix soltó una pequeña nube de humo.

—Ha pensado mal.

—Será al atardecer. La torre estará cerrada al público durante parte del recorrido. Habrá fotógrafos, empresarios, un par de benefactores y algunas parejas seleccionadas por la revista.

—Su descripción mejora con cada palabra.

—Podrá ver París desde lo alto.

—Ya la he visto desde el suelo. Parece suficientemente peligrosa.

—No tendrá que investigar nada.

—Ha dicho eso tres veces.

—Porque parece incapaz de creerlo.