Muerte en París (Los misterios de Armand Delacroix nº 28)
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Capítulo 1 — La ciudad donde nada debía ocurrir
Armand Delacroix llegó a París poco después de las cuatro de la tarde, con una maleta de cuero que pesaba más de lo que recordaba y la firme determinación de no investigar la muerte de nadie durante, al menos, una semana.
No se trataba de una promesa solemne. Las promesas solemnes le producían cierta desconfianza, quizá porque solían pronunciarse poco antes de que alguien hiciera exactamente lo contrario de lo que acababa de jurar.
Era más bien una resolución práctica, similar a la de beber menos café, dormir ocho horas o no corregir en voz alta los errores de razonamiento de los desconocidos.
Delacroix sabía que probablemente fracasaría en las tres primeras, pero confiaba en que París le permitiría cumplir la última.
Bajó del tren entre el vapor, los silbatos y el trasiego de pasajeros que avanzaban por el andén como si cada uno hubiese recibido una noticia urgente y distinta.
Había mujeres con sombreros imposibles, hombres que consultaban relojes de bolsillo sin dejar de caminar, maleteros que gritaban números y destinos, soldados de permiso, familias enteras cargadas con baúles y un niño que lloraba porque alguien había olvidado su caballo de madera en el vagón.
Delacroix se apartó para dejar pasar a una señora que conducía a dos perros con más elegancia que la mayoría de los caballeros presentes. Después encendió un cigarrillo, aspiró con calma y observó la estación.
París seguía teniendo la capacidad de comportarse como si acabara de inventarse a sí misma.
Había ciudades que recibían al viajero con cierta modestia.
París no. París exigía atención desde el primer momento, como una actriz demasiado célebre para esperar a que levantaran el telón.
Incluso el humo parecía elevarse con pretensiones artísticas.
Las voces se mezclaban bajo la cubierta de cristal, los zapatos resonaban sobre el suelo y, más allá de las puertas, el tráfico producía un estrépito continuo de motores, cascos, bocinas y ruedas sobre los adoquines.
Delacroix dejó que un mozo se ocupara de la maleta y salió a la calle.
El aire tenía un frío húmedo, ligero todavía, pero suficiente para anunciar que la tarde no conservaría mucho tiempo su claridad.
Sobre los tejados se extendía una neblina pálida, y las fachadas parecían recién lavadas por una lluvia que no había terminado de decidir si regresaría.
Los vehículos se acumulaban frente a la estación.
Entre los automóviles negros continuaban apareciendo coches de caballos, cuyos conductores insultaban a los chóferes con una creatividad que, en opinión de Delacroix, merecía mayor reconocimiento literario.
Se acomodó en un taxi y dio la dirección de un hotel pequeño de la rue de Lille, elegido precisamente porque no aparecía recomendado en ninguna guía de viajeros importantes.
Había aprendido que los hoteles famosos atraían a tres clases de personas: quienes deseaban ser vistos, quienes deseaban ver y quienes tenían intención de matar a alguno de los anteriores.
Él prefería lugares donde el dueño conociera el nombre de sus huéspedes, el café llegara caliente y nadie considerase necesario colocar una orquesta junto al comedor.
El vehículo se puso en marcha con un tirón.
Durante el trayecto, Delacroix contempló las calles con la mezcla de familiaridad y extrañeza que siempre le producía regresar.
París no parecía cambiar; se limitaba a sustituir unas vanidades por otras.
Los escaparates ofrecían perfumes, sombreros, bastones, relojes y vestidos para mujeres que, según sugerían los maniquíes, jamás se habían sentado ni pensaban hacerlo.
Los cafés comenzaban a llenarse. Algunos hombres leían el periódico con expresión grave; otros discutían sobre asuntos públicos que probablemente comprendían peor que los camareros que los escuchaban.
Una pareja se besaba bajo un toldo, protegida de una llovizna tan tenue que no justificaba aquel entusiasmo.
El conductor señaló con un gesto hacia el río cuando cruzaron uno de los puentes.
—La ciudad del amor —dijo, sin que nadie se lo hubiera preguntado.
Delacroix siguió la dirección de su mano. El Sena avanzaba gris y tranquilo bajo el cielo, con pequeñas ondulaciones que deformaban los reflejos de las fachadas.
—Una reputación bastante peligrosa —respondió.
El conductor lo miró a través del espejo.
—¿No cree en el amor, monsieur?
—Creo en él con la misma prudencia con la que creo en los caballos. Puede llevarlo a uno muy lejos, pero conviene no ponerse detrás.
El hombre soltó una carcajada y condujo el resto del camino con una simpatía que Delacroix no estaba seguro de haber merecido.
El hotel se encontraba en una calle estrecha, detrás de una librería y frente a una tienda de antigüedades cuyo escaparate parecía no haber sido modificado desde el Segundo Imperio.
El edificio tenía cuatro plantas, balcones de hierro oscuro y una entrada discreta protegida por un toldo verde.
En el vestíbulo olía a cera, madera antigua y sopa de cebolla.
Aquello le pareció una señal favorable.
La dueña, madame Blanchet, era una mujer de unos sesenta años, pequeña, erguida y vestida de negro, con el cabello recogido en un moño tan severo como su mirada. Al reconocer su nombre en el registro, levantó los ojos.
—¿El detective?
Delacroix dejó la pluma sobre el mostrador.
—Solo cuando no puedo evitarlo.
—Aquí preferimos evitarlo.
—Por eso he venido.
Madame Blanchet lo examinó durante unos segundos, como si tratara de determinar qué cantidad de cadáveres cabía razonablemente esperar de un hombre con aquella respuesta. Después cerró el libro de huéspedes.
—Su habitación está en el tercer piso. Da al patio interior.
—Excelente.
—No hay ascensor.
—Todavía mejor. Los ascensores permiten que demasiada gente llegue con facilidad a lugares donde nadie la ha invitado.
La propietaria no sonrió, pero la rigidez de su boca disminuyó apenas.
Un botones condujo a Delacroix por una escalera alfombrada que crujía con dignidad.
La habitación era amplia sin resultar lujosa.
Tenía una cama de hierro, un escritorio junto a la ventana, dos sillones tapizados y una chimenea en la que ardía un fuego pequeño.
Sobre la cómoda descansaba un jarrón con tres flores blancas.
Delacroix dejó el sombrero, se quitó el abrigo y abrió las cortinas.
El patio interior no ofrecía una vista memorable.
Había una pared cubierta de hiedra, varias ventanas enfrentadas y una mujer que sacudía una alfombra desde el cuarto piso.
Aquello también le pareció favorable. Las vistas memorables obligaban a mirar por la ventana y él había ido a París con la intención de no observar nada que pudiera convertirse en una pista.
Despidió al botones, deshizo parte del equipaje y colocó sobre el escritorio los tres libros que había llevado consigo.
Uno era una colección de ensayos que llevaba meses intentando terminar; otro, una novela cuyo autor parecía convencido de que ningún personaje debía decir en diez palabras lo que podía expresar en cuatro páginas; el tercero era un volumen de poesía que había comprado en la estación para no sentirse obligado a leer los otros dos.
Se sirvió un poco de agua, se sentó frente al fuego y permaneció inmóvil durante casi un minuto.
El silencio lo incomodó.
No porque fuese verdadero silencio. Desde la calle llegaba el rumor del tráfico; en la habitación contigua alguien arrastraba un mueble o un cadáver de tamaño moderado; una cañería golpeaba dentro de la pared con intervalos irregulares.
Sin embargo, faltaba esa presión invisible que se instalaba en torno a una investigación: la certeza de que cada hora perdida podía borrar una huella, permitir una fuga o conceder al culpable tiempo para inventar una mentira mejor.
Delacroix había deseado descansar. Ahora que estaba allí, no parecía recordar exactamente qué debía hacer una persona cuando descansaba.
Tomó el libro de ensayos, leyó dos páginas y descubrió que no había entendido una sola frase.
Probó con la novela y llegó a la conclusión de que el asesino era el mayordomo, aunque todavía no se había producido ningún crimen ni aparecido mayordomo alguno.
Finalmente abrió el volumen de poesía, leyó cuatro versos sobre una mujer muerta junto al mar y lo cerró.
Aquello no contaba como investigación, se dijo.
Se levantó, volvió a ponerse el abrigo y salió del hotel.
Caminó sin dirección precisa. La tarde se había vuelto azulada y los faroles comenzaban a encenderse uno tras otro, extendiendo manchas doradas sobre las aceras húmedas.
París parecía adquirir una segunda piel cuando descendía la luz.
Durante el día exhibía su arquitectura; por la noche ofrecía insinuaciones.
Las entradas de los teatros se llenaban, los cafés abrían sus terrazas protegidas y las ventanas iluminadas revelaban fragmentos de vidas ajenas: una mujer inclinada sobre un piano, un hombre afeitándose, dos criadas que discutían junto a una mesa.
Delacroix cruzó el boulevard Saint-Germain y entró en un café casi por casualidad. Eligió una mesa junto a la pared, pidió café y coñac y desplegó un periódico que había quedado abandonado sobre la silla contigua.
La portada ofrecía noticias sobre una crisis ministerial, una huelga de ferroviarios, el robo de unas joyas pertenecientes a una condesa y la próxima inauguración de una exposición de fotografía moderna.
Delacroix leyó la información política con la misma atención que habría dedicado al pronóstico del tiempo de una provincia lejana.
La noticia del robo, en cambio, le pareció demasiado sencilla.
La condesa aseguraba que el collar había desaparecido de una caja cerrada, a la que solo ella y su doncella tenían acceso.
El periodista, fascinado por el misterio, no parecía haber considerado que cualquiera de las dos mujeres podía estar mintiendo.