Capítulo 23 — La tinta en el cuchillo
La prueba llegó en un sobre sin firma.
Eso bastó para que Delacroix desconfiara de ella.
Blackthorne, en cambio, la miró como se mira un salvavidas arrojado desde la orilla después de demasiado tiempo en el agua. No porque fuera ingenuo. No lo era. Sino porque estaba cansado, presionado y rodeado de hombres que querían resultados con la urgencia grosera de quienes no deben producirlos.
El sobre había sido entregado en Scotland Yard por un muchacho que no pudo decir quién se lo había dado. O no quiso. O no sabía que no sabía. En Londres, durante aquellos días, esa clase de ignorancia se había vuelto una profesión secundaria.
Dentro había una sola hoja.
Letra impersonal.
Tinta común.
Una frase:
El cirujano guarda lo que usó.
Tercer cajón del armario de Harcourt.
Pregunten antes de que lo limpie.
Pembroke leyó la nota en voz alta.
Harcourt, presente por una casualidad que parecía ensañamiento administrativo, cerró los ojos.
—Magnífico —dijo—. Ahora además soy el tipo de asesino que deja pistas con instrucciones de mobiliario.
Blackthorne tomó la hoja.
—Doctor, le recomiendo prudencia.
—Superintendent, estoy acusado por un anónimo que cree que “tercer cajón” es un argumento. Si esto no me da derecho a la ironía, no sé qué calamidad lo haría.
Delacroix pidió la nota.
La sostuvo por los bordes.
La miró.
No buscaba solo la letra.
Buscaba la intención.
La nota no quería informar.
Quería conducir.
Eso ya era una firma, aunque no hubiera nombre.
—¿El armario existe? —preguntó.
Harcourt lo miró.
—Lamentablemente, sí. Mi sala contiene muebles, además de cadáveres y decepciones.
—¿Tercer cajón?
—Instrumentos viejos, paños, etiquetas, algunos frascos vacíos, objetos que deberían haber sido tirados por hombres con más tiempo y menos sentido de la acumulación.
Blackthorne se volvió hacia Pembroke.
—Vamos.
—Señor…
—Ahora.
Delacroix no se opuso.
A veces conviene seguir una cuerda aunque uno sospeche que el otro extremo está atado a una trampa. Las trampas, bien observadas, explican mucho sobre quien las construye.
La sala de Harcourt estaba más ordenada que la mayoría de despachos de Scotland Yard, lo cual no la hacía cálida. Había una mesa de trabajo, estantes con frascos, un lavabo, instrumentos cerrados en estuches, paños blancos, cuadernos, etiquetas, cajas y un armario de madera oscura junto a la pared.
Harcourt observó cómo Blackthorne se acercaba al mueble.
—Permítame disfrutar el momento —dijo—. Pocas cosas hay más humillantes que ver a un superior registrar un cajón con esperanza.
Blackthorne no respondió.
Abrió el primer cajón.
Paños.
El segundo.
Etiquetas, cordel, un frasco vacío.
El tercero.
Nadie respiró durante un segundo.
Allí, envuelto en un trozo de tela gris, había un objeto largo y estrecho.
Blackthorne lo sacó con cuidado.
Pembroke se acercó.
Harcourt no.
Delacroix tampoco.
El superintendent desplegó la tela.
Un cuchillo pequeño, o algo que había aprendido a parecer cuchillo, quedó expuesto bajo la luz.
Tenía mango oscuro, trabajado, elegante, con una fina línea plateada cerca de la empuñadura.
La hoja era estrecha, rígida, más larga que la de una navaja común, menos amplia que la de un cuchillo de cocina.
No era un instrumento vulgar. No era exactamente un bisturí.
Harcourt lo miró.
Luego levantó la vista hacia Blackthorne.
—Eso no es mío.
Blackthorne, por primera vez desde que había entrado, no pareció triunfante.
Pareció incómodo.
—Está en su armario.
—También hay polvo en el Parlamento y no por eso lo inventé yo.
Pembroke se inclinó sobre la hoja.
—¿Qué es?
Harcourt dio un paso, no hacia el cuchillo, sino hacia la indignación.
—Un abrecartas. O lo fue. Alguien lo ha afilado. Mal no. Pero con intención.
Delacroix se acercó entonces.
La línea plateada del mango.
El tamaño.
La forma.
Lo había visto antes.
Sobre el escritorio de Elias Morrow.
Un regalo de su madre, había dicho.
Para que al menos una cosa cortante en su vida tuviera buen gusto.
Delacroix no sonrió.
La memoria, cuando encaja, no siempre produce placer.
A veces produce frío.
—No lo toque más —dijo.
Blackthorne se quedó inmóvil.
—¿Lo reconoce?
—Creo que sí.
Pembroke lo miró.
—¿Morrow?
—En su escritorio. El día que lo visitamos.
Harcourt soltó una risa seca.
—Espléndido. El asesino me incrimina con papelería sentimental.
Blackthorne envolvió de nuevo el arma, esta vez con menos seguridad.
—Podría haber sido robada.
—Sí —dijo Delacroix.
—Podría haber sido colocada por cualquiera.
—También.
—Podría ser una trampa contra Morrow.
Delacroix levantó la vista.
—Ah, superintendent. Ahora empieza a desconfiar de la prueba. Progresamos.
Blackthorne no apreció la felicitación.
Pembroke tomó la nota anónima.
—La pregunta es quién tuvo acceso a esta sala.
Harcourt respondió:
—La pregunta es quién sabía que ustedes querían encontrar algo aquí.
Nadie lo contradijo.
Porque era mejor pregunta.
Llevaron el abrecartas a una mesa limpia. Harcourt insistió en examinarlo él mismo, lo cual provocó una discusión de tres minutos sobre la conveniencia de permitirle al sospechoso manipular el arma que acababa de aparecer en su armario. Al final, Delacroix resolvió el problema con una frase:
—Si el doctor quisiera destruirla, no habría esperado a que todos lo miráramos.
Harcourt lo agradeció con un gesto mínimo.
—No se emocione —añadió Delacroix—. La confianza excesiva estropea el carácter.
—El mío sobrevivirá.
El forense usó una lente pequeña.
No tocó la hoja con los dedos desnudos. La giró con pinzas, la observó bajo la luz, examinó el borde, la unión con el mango, la ranura donde la hoja entraba en la empuñadura.
—Ha sido limpiada —dijo.
Pembroke se inclinó.
—¿De sangre?
—De todo lo que alguien pudo limpiar con prisa y algo de habilidad. Pero las ranuras son menos obedientes que las superficies.
Delacroix colocó junto al arma la orden de ruta con la corrección de Morrow.
—Doctor.
Harcourt miró la hoja.
—¿La tinta?
—Sí.
El forense acercó la lente.
En la ranura junto al mango había un residuo oscuro, casi negro. A simple vista podía ser suciedad. Bajo la lente, tenía un matiz azulado, aceitoso, irregular. Harcourt tomó una astilla fina, raspó apenas y depositó el residuo sobre un vidrio.
—No soy impresor —dijo—. Pero eso no parece sangre seca.
—¿Tinta? —preguntó Pembroke.
—Probablemente.
Blackthorne se acercó.
—Un abrecartas tiene tinta. No es sorprendente.
Delacroix señaló la hoja.
—Un abrecartas de escritorio puede tener tinta. Un arma escondida en la sala de un forense, que supuestamente usó un asesino médico, no debería conservar tinta de redacción en el mango.
Harcourt añadió:
—Y menos en la ranura. Eso se acumula cuando se usa para cortar papel, abrir sobres, quizá separar pruebas húmedas. No por estar guardado en un maletín quirúrgico.
Pembroke tomó la orden de ruta.
—La tinta de Morrow.
—Quizá —dijo Delacroix.
Clara Fenwick fue llamada poco después.
Llegó escoltada por un agente, pálida y con el miedo bien sujeto.
Delacroix no le mostró el arma de inmediato.
Primero le pidió que describiera el abrecartas de Morrow.
—Mango oscuro —dijo ella—. Una línea plateada cerca de la empuñadura. Hoja estrecha. Lo usaba para abrir cartas y cortar galeradas. Decía que era un regalo de su madre.
Harcourt murmuró:
—Las madres deberían regalar bufandas.
Delacroix descubrió el objeto.
Clara no necesitó acercarse.
—Es ese.
Pembroke preguntó:
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Puede haber otro igual?
—Quizá. Pero esa marca en el mango no.
—¿Qué marca?
Clara señaló sin tocar.
—Ahí. Cerca de la línea plateada. Una muesca pequeña. Se le cayó una vez en redacción. Henry dijo que incluso sus objetos tenían dramatismo. Morrow se enfadó más por la broma que por el golpe.
Delacroix recordó la mesa del Herald.
El abrecartas en la mano de Morrow.
El gesto elegante.
La frase sobre la madre.
Las cosas importantes rara vez se anuncian como importantes cuando aparecen por primera vez. Suelen estar sobre una mesa, bajo una lámpara, en manos de un hombre que sonríe.
Blackthorne respiró hondo.
—Entonces podemos detenerlo.
—No —dijo Delacroix.
Pembroke se volvió hacia él.
—¿No?
Clara también.
Harcourt sonrió apenas, como quien anticipa una complicación agradable porque al menos no lo acusa a él.
Blackthorne apretó los dientes.
—Monsieur Delacroix, tenemos el arma probable, identificada como propiedad de Morrow, escondida en la sala del hombre al que la prensa intentaba convertir en culpable, con tinta similar a la que Morrow usa y con una nota anónima que nos conduce hasta ella.
—Exactamente.
—¿Y dice que no podemos detenerlo?
—Podemos detenerlo. No estoy seguro de que podamos conservarlo.
—Explíquese.
Delacroix tomó el abrecartas envuelto.
—Morrow dirá que se lo robaron.
—¿Cuándo?
—Cuando convenga.
—Dirá que alguien lo plantó para incriminarlo.
—Y tendrá razón en parte. El arma fue plantada.
Blackthorne dio un paso.
—Por él.
—Eso creemos.
—Lo sabemos.
—No. Sabemos que el arma es suya. Sabemos que apareció donde convenía que apareciera para condenar a Harcourt. Sabemos que contiene tinta. Sabemos que una nota anónima la entregó a Scotland Yard en el momento más útil para dar a Londres una cabeza.
—Eso es mucho.
—Sí. Mucho para sospechar. Poco para cerrar una puerta ante un juez inteligente y un periodista célebre.
Pembroke dijo:
—¿Y la tinta?
Delacroix señaló la orden de ruta.
—La tinta prueba que el arma estuvo en un escritorio, no que entró en Ashcombe.
Harcourt carraspeó.
—Eso tal vez pueda mejorarse.
Todos lo miraron.
El forense parecía más vivo que en días.
—¿Recuerda la marca en la camisa de Ashcombe? —dijo—. En el borde de la herida había un residuo oscuro. Lo tomé por suciedad del tejido. El cuerpo cayó junto a una pared húmeda y un pasaje sucio. Pero si la hoja tenía tinta en la ranura…
Delacroix completó:
—Pudo transferirse al paño al entrar o salir.
—Sí.
Pembroke se enderezó.