Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 22 — El mapa equivocado #2
86%

Capítulo 22 — El mapa equivocado #2

Pembroke se acercó a la marca en la pared.

—Harcourt dijo que podía ser antigua.

—Puede serlo.

—¿Y usted?

Delacroix observó el ladrillo.

La mancha no era grande. Apenas una sombra oscura, irregular. Podía ser tinta, grasa, hollín, barro. Pero estaba a la altura de un hombre que hubiera apoyado una carpeta o una mano manchada mientras recogía papeles.

—No me interesa solo qué es —dijo—. Me interesa cuándo dejó de ser invisible.

Thomas, que había permanecido junto al carro, se acercó.

—Aquí no suele pararse el Herald.

Todos lo miraron.

—¿Qué?

Thomas señaló el pasaje.

—No es punto normal de reparto. El carro pasa cerca, sí. Pero no se detiene aquí. Es mala parada. Muy estrecha. Si se detiene, bloquea. Solo se entra si alguien tiene una razón.

—¿Y el día de Ashcombe? —preguntó Pembroke.

—El carro se detuvo aquí. O cerca. Lo sé por las ruedas.

Pike gruñó.

—Eso no lo dijiste.

—No estaba seguro.

—¿Ahora sí?

Thomas señaló el suelo, cerca de la pared opuesta.

—La rueda pequeña del carro del Herald tiene una muesca. Deja una marca rara cuando hay barro. La vi al día siguiente, antes de que limpiaran. No pensé… —Se interrumpió—. No quise pensar.

Delacroix se agachó.

El barro del día anterior ya no estaba igual. Pero junto al borde, protegida por una piedra saliente, quedaba una huella parcial. No mucho. Suficiente para sugerir un defecto en la rueda.

Pembroke llamó a un agente.

—Protejan esto.

Pike se inclinó.

—Puede ser cualquier carro.

Thomas negó.

—No con esa muesca.

—¿Cuántos carros del Herald la tienen? —preguntó Delacroix.

Pike apretó los labios.

—Uno.

El silencio que siguió fue denso.

No era aún prueba de asesinato.

Pero sí de presencia.

El coche de Fleet Street había estado donde no debía.

Delacroix miró hacia la salida del pasaje.

—Ahora sabemos que el elefante llegó en carro.

Pembroke respiró hondo.

—Necesitamos requisar ese coche.

—Sí.

Pike dijo:

—Ya lo limpiaron.

Delacroix se volvió hacia él.

—¿Quién?

—No sé.

—Señor Pike.

—Ayer por la noche. Alguien ordenó revisar la rueda, cambiar cuerda, limpiar la lona y engrasar el eje. Pensé que era por el desgaste.

—¿Quién lo ordenó?

Pike miró a Clara.

Clara ya sabía la respuesta.

—Morrow.

—Una nota de redacción —dijo Pike—. Con iniciales.

—¿E.M.? —preguntó Pembroke.

—Sí.

Thomas cerró los ojos.

—Está borrando.

—No —dijo Delacroix.

El muchacho lo miró.

—¿No?

—Está confirmando que había algo que borrar.

Regresaron al patio trasero del Herald antes de que la ciudad terminara de despertarse.

El carro pequeño seguía allí.

Limpio.

Demasiado limpio.

La lona había sido cambiada. Las ruedas estaban engrasadas. El interior olía a aceite reciente y a madera húmeda. Pike maldijo con voz baja y creativa. Pembroke ordenó a los agentes que lo aislaran. Un muchacho de reparto preguntó si eso retrasaría las entregas. Nadie le respondió.

Delacroix se inclinó sobre una de las ruedas.

La muesca seguía allí.

Los hombres limpian muchas cosas.

Rara vez recuerdan limpiar la forma de sus movimientos.

Clara, mientras tanto, había entrado unos minutos en el edificio y regresó con una pequeña carpeta gris.

—No pude sacar registros principales —dijo—. Pero sí esto.

Pembroke la miró.

—¿Qué es?

—Copias de órdenes de ruta extraordinarias. No todas. Las que estaban en la mesa de Pike para archivo.

Pike abrió la boca.

Clara lo miró.

—No me mire así. Si usted hubiera querido conservarlas en secreto, no las habría dejado debajo de una taza.

Pike gruñó.

—Esa taza tenía autoridad.

Delacroix tomó las hojas.

Eran órdenes breves. Fechas. Horas. Iniciales. Destinos. Algunas llevaban correcciones a mano.

La noche posterior a Pritchard: refuerzo cerca de la estación.

La noche de Beatrice: paquete especial Drury Lane.

La noche de Frost: hoja extraordinaria Holborn y zona de empeños.

El día de Ashcombe: coche pequeño, St. Bride/Ludgate, cuatro menos diez.

Delacroix se detuvo.

—Cuatro menos diez.

Pembroke se acercó.

—Antes de que Ashcombe llegara al pasaje.

—Sí.

Thomas susurró:

—Fue el coche.

Clara señaló la corrección.

—Esa letra es de Morrow.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Puede demostrarlo?

—Puedo compararla con sus galeradas, sus notas, sus correcciones. Pero él dirá que ordenar una ruta no es matar a nadie.

Delacroix asintió.

—Y tendrá razón.

Pembroke pareció desesperarse.

—¿Entonces?

Delacroix observó la orden de ruta.

La tinta de la corrección era más oscura que la del resto. En el borde inferior, una pequeña mancha había atravesado el papel. No era tinta negra ordinaria. Tenía un matiz azulado, casi aceitoso.

—Esta tinta —dijo.

Clara miró.

—Es la que usa Morrow para correcciones personales. No siempre. Cuando trabaja en columna, prefiere esa. Dice que la tinta común parece escrita por funcionarios.

Harcourt habría apreciado la frase.

Delacroix sostuvo la hoja con cuidado.

—¿La usa alguien más?

—No en la redacción. Es suya. La trae de una papelería cara. Una ridiculez, pero muy Morrow.

Pembroke miró la hoja.

—¿Y la mancha del pasaje?

—Quizá la misma —dijo Delacroix.

—¿Eso prueba que estuvo allí?

—No todavía.

—Pero…

—Pero la tinta acaba de entrar en la conversación.

Thomas, que parecía cada vez más pálido, miró hacia la puerta trasera del Herald.

—Si él sabe que sacamos eso…

—Lo sabrá —dijo Clara.

Pembroke se volvió hacia ella.

—¿Por qué?

Clara miró hacia una ventana del segundo piso.

Morrow estaba allí.

No escondido.

No alarmado.

Solo mirando.

Desde la altura, con una taza en la mano, parecía un hombre observando el reparto de su propio periódico. Su rostro era ilegible. La distancia lo volvía casi sereno.

Delacroix levantó la vista.

Morrow no saludó.

Tampoco se apartó.

Durante un instante, ambos hombres se miraron a través del patio, entre carros, paquetes, agentes y muchachos que fingían trabajar más despacio para no perder detalle.

Luego Morrow levantó la taza apenas.

Un brindis mínimo.

O una burla.

Delacroix no respondió.

Clara se estremeció.

—Sabe.

—Sí —dijo Delacroix.

Pembroke apretó la orden de ruta.

—Entonces hay que detenerlo.

—No.

—Delacroix…

—Si lo detenemos ahora, tendremos un periodista brillante, un coche limpio, una tinta peculiar, un testigo asustado, una mujer muerta convertida en símbolo, un editor asesinado y demasiadas frases. Mucho para saber. Poco para condenar.

—¿Qué falta?

Delacroix miró la ventana.

Morrow seguía allí.

—Falta el cuchillo.

Thomas tragó saliva.

—¿El arma?

—No solo el arma —dijo Delacroix—. Falta aquello que una la mano que escribió las rutas con la mano que abrió la carne.

Clara miró la mancha de tinta en la orden.

—La tinta en el cuchillo.

Delacroix volvió hacia ella.

—Exactamente.

A lo lejos, las primeras campanas de la mañana anunciaron una hora que Londres no necesitaba saber para seguir corriendo.

El mapa equivocado había sido corregido.

Ahora faltaba demostrar que el hombre que movía las palabras también había movido la hoja.