Muerte en Londres (Los misterios de Armand Delacroix 21) Capítulo 22 — El mapa equivocado
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Capítulo 22 — El mapa equivocado

Al amanecer, Londres parecía una ciudad recién impresa.

La niebla no había desaparecido. Se había vuelto más baja, más pálida, extendida sobre las calles como una tinta lavada.

Los faroles agonizaban uno a uno. Los barrenderos empujaban el barro hacia los bordes.

Los primeros cocheros maldecían a los caballos con una ternura que solo entienden los hombres cansados.

Las panaderías abrían. Las chimeneas empezaban a trabajar.

Y, por debajo de todo, antes de que la ciudad terminara de reconocerse en sus propios escaparates, los periódicos salían a ocuparla.

Delacroix estaba en el patio trasero del Herald a las cinco y media.

Pembroke, a su lado, parecía haber dormido de pie y mal.

Clara Fenwick llegó envuelta en un abrigo oscuro, con el sombrero bajo y una expresión que no admitía comentarios sobre prudencia.

Thomas Bell apareció unos minutos después, acompañado por un agente que no lo perdió de vista ni cuando el muchacho protestó por la falta de confianza institucional.

Tenía el brazo vendado y la cara todavía marcada por el golpe, pero se movía con más decisión que la noche anterior.

El miedo, cuando no mata, a veces madura de golpe.

Jonah Pike los esperaba junto a dos carros.

—Esto es una estupidez —dijo como saludo.

—Buenos días para usted también —respondió Pembroke.

—No son buenos. Son húmedos. Y ustedes van a meter la nariz donde la gente sensata no mete ni las botas.

Delacroix miró los carros.

—Eso explica por qué nos han enviado a nosotros.

Pike soltó una risa breve.

—El francés me gusta. No lo suficiente para prestarle dinero, pero me gusta.

Thomas señaló el carro más pequeño.

—Ese es el de Fleet Street.

El vehículo no tenía nada de extraordinario. Era bajo, cubierto por una lona oscura, con las ruedas embarradas y el nombre del Herald pintado en un costado con letras que habían conocido días mejores. Había cientos de carros como aquel en Londres. Esa era, precisamente, su fuerza.

Delacroix rodeó el coche.

—¿Este pudo salir el día de Ashcombe?

Pike miró a Thomas.

Thomas respondió:

—Sí.

—¿Con Morrow?

El muchacho tragó saliva.

—Sí.

Pike dijo:

—Eso habrá que probarlo.

—Naturalmente —dijo Delacroix—. La verdad sin pruebas es solo una opinión con buen sombrero.

Clara se acercó al carro.

—Las órdenes especiales de ruta pasan por administración.

Pike negó.

—Las oficiales.

—¿Hay otras?

El hombre la miró como si acabara de preguntar si Londres tenía ratas.

—Señorita Fenwick, un periódico tiene más rutas no oficiales que amantes un diputado. Paquetes urgentes, hojas sueltas, pruebas que deben llegar a un editor, recados de redacción, favores, sobornos pequeños, encargos de caballeros que no quieren mancharse las botas.

Pembroke sacó su cuaderno.

—Necesitamos todas.

Pike lo miró.

—Entonces necesitará otra vida.

Thomas intervino:

—No todas. Solo las que salen antes o después de las hojas extraordinarias.

Delacroix se volvió hacia él.

—Explícate.

Thomas se agachó junto a la rueda del carro y, con un trozo de tiza, empezó a dibujar líneas torpes sobre el empedrado húmedo.

—Cuando hay una edición normal, las rutas son más o menos fijas.

Los vendedores esperan. Los puntos están marcados.

Pero cuando pasa algo, salen hojas extraordinarias.

Menos orden. Más prisa. Se manda un carro pequeño con paquetes a los sitios donde se junta gente: estaciones, teatros, esquinas de tabernas, mercados, juzgados, comisarías.

—Y escenas de crimen —dijo Pembroke.

Thomas lo miró.

—Después, sí. Pero si alguien sabe que habrá escena antes de que todos lo sepan, puede usar una ruta extraordinaria antes de que parezca extraordinaria.

La frase, salida de un muchacho con barro en las botas, hizo más por el caso que varios informes encuadernados.

Delacroix asintió.

—Muy bien.

Thomas se sonrojó.

—No lo dije bonito.

—Mejor. Las frases bonitas a veces nos han traído problemas.

Clara bajó la vista.

No hizo falta nombrar a Morrow.

Empezaron por la ruta de Samuel Pritchard.

No fueron al lugar exacto del cadáver al principio, sino a la esquina donde el muchacho pelirrojo solía vender periódicos cerca de la estación. Thomas reconoció al vendedor actual, un chico más bajo, de nariz roja por el frío.

—Alfie cubrió esa esquina después —dijo—. Antes estaba Ned. Y a veces yo.

El vendedor, interrogado por Pembroke, recordaba poco y exageraba mucho.

Eso no lo volvía inútil. Los vendedores de periódicos tienen una memoria hecha para titulares, no para juramentos.

Había visto a Morrow alguna vez. Había visto el carro del Herald muchas veces.

Había visto a Samuel Pritchard comprar el periódico.

Recordaba que el día antes de la muerte de Pritchard, un caballero elegante se detuvo cerca del puesto, habló con un hombre de abrigo oscuro y luego se marchó hacia la estación.

—¿Morrow? —preguntó Pembroke.

El vendedor se encogió de hombros.

—Podría ser. Podría no. Los caballeros elegantes se parecen cuando uno los mira con hambre.

Delacroix no insistió.

Le interesaba más la ruta.

Thomas señaló una calle lateral.

—Si uno sale del Herald con el carro pequeño, puede llegar aquí sin pasar por los puntos grandes. Deja paquetes en dos esquinas, parece trabajo normal, y nadie pregunta. Desde aquí, Pritchard caminaba a su casa.

—¿Morrow sabía eso? —preguntó Pembroke.

Thomas dudó.

—Sabía qué hombres compraban el Herald todos los días. Le gustaba preguntar. Decía que un lector fijo vale más que un suscriptor porque se le ve el miedo en la cara.

Clara cerró los ojos.

—Dios.

Delacroix miró la estación.

Samuel Pritchard, hombre común, había comprado un periódico, había leído sobre miedo, había cambiado quizá su ruta y había terminado formando parte del miedo que otros leerían. La circulación era perfecta. Casi obscena.

La segunda ruta los llevó hacia el teatro Marlowe.

A esa hora, Drury Lane parecía una versión desmaquillada de sí misma. Las puertas de servicio estaban cerradas. Los carteles húmedos se desprendían en las esquinas. Un gato cruzó el pasaje con más autoridad que cualquier empresario teatral.

Thomas señaló una entrada lateral.

—Aquí se dejan paquetes cuando hay funciones. Reseñas, avisos, hojas de última hora. Los actores compran. Las costureras también. La señorita Vane…

Se detuvo.

Clara dijo:

—Beatrice.

Thomas asintió.

—Beatrice a veces compraba el Chronicle porque decía que el Herald escribía como si todos los muertos quisieran ser importantes.

Delacroix la oyó decirlo.

No directamente.

A través de Thomas.

Y por eso le creyó.

—Morrow vino por aquí antes —dijo Clara—. Pudo saber lo de la falda azul.

—Pudo —dijo Delacroix.

Pembroke miró la puerta.

—Y pudo elegirla porque el teatro ofrecía un relato.

—No el teatro —corrigió Delacroix—. La forma en que Londres cree que debe llorar a una mujer del teatro.

Clara tocó el borde de un cartel.

—La convirtió en algo más vendible que ella misma.

—Sí.

Thomas trazó otra línea en su hoja.

—Desde aquí, un carro puede salir hacia el norte, rodear sin volver al Herald y pasar cerca de Frost.

—¿En la misma ruta? —preguntó Pembroke.

—No en una normal. Pero en hojas extraordinarias, sí. Se cruzan zonas. Se improvisa. Si Morrow pedía cubrir “puntos calientes”, nadie discutía. Él sabía dónde habría gente esperando miedo.

La tercera ruta terminó frente a la casa de empeños de Gideon Frost.

La tienda seguía cerrada. El escaparate parecía más triste que antes, como si los objetos hubieran comprendido que ni siquiera la muerte del prestamista los liberaría. En la puerta había restos de barro seco y un papel pegado con instrucciones legales para acreedores, deudores y oportunistas.

Pike, que los había acompañado a distancia, se acercó por fin.

—Aquí se vendían bien las hojas cuando murió Frost —dijo—. A la gente le gusta leer sobre hombres odiados. Les permite sentirse justos mientras disfrutan.

Pembroke lo miró.

—¿Siempre comenta con esa precisión?

—Solo cuando no he desayunado.

Delacroix observó la calle.

—Frost tenía demasiados enemigos.

—Eso no requiere mapa —dijo Pike.

—No. Pero requiere selección.

Thomas señaló una esquina.

—El carro podía detenerse allí. Sin llamar la atención. Los vendedores cambian paquetes en esa boca de calle.

Clara dijo:

—Ashcombe encontró la conexión entre Frost y Morrow.

—Sí —dijo Delacroix.

—Entonces Frost era más que una víctima útil.

—Quizá. Pero no necesariamente el motivo principal. Si Frost guardaba papeles sobre Morrow, su muerte podía servir doblemente.

Pembroke entendió.

—Elimina un riesgo y, al mismo tiempo, crea confusión.

—Exacto.

Pike escupió al suelo.

—Eso es eficiencia de oficina. Me desagrada.

—A mí también —dijo Delacroix—. Pero la admiro con fines estrictamente profesionales.

La última ruta fue la más corta.

Del Herald al pasaje de St. Bride.

La recorrieron en silencio.

No porque no hubiera nada que decir, sino porque todo parecía decir demasiado.

Thomas caminaba rígido. Clara no miraba a los lados.

Pembroke llevaba el cuaderno abierto sin escribir.

Delacroix seguía el trazado de la calle, los puntos donde un carro podía detenerse, las puertas traseras, los rincones desde donde un hombre podía quitarse una gorra, abandonar un abrigo viejo, volver a convertirse en caballero y entrar en una redacción por una escalera secundaria.

St. Bride seguía allí.

El pasaje no había cambiado.

Eso siempre resulta ofensivo después de una muerte.

El muro había sido limpiado a medias. La marca de tinta seguía protegida por una pequeña señal policial. El suelo estaba húmedo. Un barrendero había evitado la zona con una delicadeza extraña, como si el empedrado conservara memoria.

Clara se detuvo en la entrada.

—Henry vino solo.

—Sí —dijo Delacroix.

—Porque creyó que aún podía arreglarlo sin hacer ruido.

—Probablemente.

—Y lo escondieron dentro de todo el ruido del mundo.

Delacroix la miró con suavidad.

—Sí.